¿Aprender destruyendo o construyendo?

Nuestros hijos son capaces de romper cosas y desordenar cajones rápidamente cuando sólo tienen entre uno y dos años. Basta con que los perdamos de vista unos minutos para que arrojen un juguete por la ventana o vacíen un armario.

Cuando organizan juegos de este tipo, lo primero que deberíamos preguntarnos es si se trata de acciones destructivas o constructivas, porque las apariencias engañan. Esas actividades les ayudan a construir la realidad interna y a dominar lo que les rodea.

¿Destruir o construir?
El comportamiento “destructivo” puede estar provocado tanto por su deseo de saber como por el de manifestar su enfado a alguien. En ambos casos, se trata de controlar los sentimientos propios y los objetos externos, lo que les hará aprender a relacionarse con los demás.

Cuando un niño pequeño rompe un juguete, actúa bajo el legítimo deseo de saber cómo se comporta todo aquello que le rodea. Los sentidos que tiene para comprender esta realidad son la vista, el tacto, el oído, el olfato y el gusto.

Cuando todavía no habla, trata de conocer el mundo como puede. Al intentar dominar lo que le rodea, se comporta como un científico en un laboratorio: experimentando continuamente, distinguiendo unas cosas de otras por el sabor, el color, el olor o la cantidad.

Por otro lado, cuando rompe o destruye algo de otro, puede estar expresando sus sentimientos de malestar. Si nos ponemos del lado de nuestro hijo, si sentimos empatía por lo que hace, trataremos de buscar el sentido a su acción y así le haremos aceptar que todos sus actos tienen una razón.

Pero si nos importa más el objeto que ha roto o pensamos que se comporta así porque es un niño violento o mal educado, estaremos promoviendo que reprima su deseo de dominar lo que le rodea y estaremos colaborando a que no pueda expresar sus sentimientos agresivos, lo que provocará que los reprima. Esto no quiere decir que se eliminen, sino que saldrán más tarde de forma inadecuada, por ejemplo, dañándose a sí mismo.

Cómo actuar
No es bueno privarle de estímulos porque eso imposibilita su evolución y lo entristece. Frases como “pero mira que eres malo”, “¿es que no sabes estarte quieto?” o “siempre estás molestando”, ponen intenciones en él que son falsas.

El niño sólo quiere experimentar. Colocarle la etiqueta de “malo” es un error, pues significa interpretar sus actividades como si fuera un adulto que sabe lo que hace y por qué lo hace.

Si no queremos entorpecer su deseo de saber y conocer el mundo, si deseamos colaborar en que su aprendizaje sea un proceso placentero, es conveniente:

  • Fomentar su capacidad de construir proporcionándole bloques que encajen entre sí, cajas que puedan apilarse, etc. Tirará lo que haga, pero también tendrá el placer de construir.
  • Permitirle desahogarse: es bueno que cuente con un espacio donde pueda tener objetos “destrozables” sin peligro para él.
  • Potenciar la motricidad ofreciéndole juguetes para que ejercite su fuerza y su tacto.
  • Establecer límites y ayudarle a controlar sus impulsos. Poner límites cuando sea imprescindible dará mejor resultado.

A tener en cuenta
Los niños pequeños no destruyen, “deconstruyen”, que es diferente. Rompen y separan los elementos de lo que cae en sus manos por el afán de investigar cómo es.
Son como “científicos” que investigan en su laboratorio cómo se ha hecho el mundo que les rodea. En este aprendizaje ejercitan todos sus sentidos: el tacto, el gusto, la vista, el oído y el olfato.

Las palabras con las que los adultos bañan sus actos son muy importantes. No se deben identificar sus actos con su ser. El niño juega para aprender, por lo que no se le debe decir “eres muy malo”, sino explicarle, en la medida de sus posibilidades, por qué no debe hacer algo.
Los sentimientos de un niño pequeño siempre son más importantes que lo que les ocurre a los objetos que rompe. Vía: Terra


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