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De la risa al llanto

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De la Risa al Llanto

El torbellino de emociones en el que nos sumerge un niño de dos años suele ser, al menos, desconcertante. Cuántas veces nos hemos encontrado preparando con nuestro hijo, en un clima de total alegría, los juguetes para ir a divertirnos al parque. De pronto, nuestra decisión de ponerle ropa más adecuada para jugar al aire libre, desencadena un llanto desconsolado. Para nuestra sorpresa, al poco tiempo y sin que nosotros tengamos la ocasión de intervenir, nuestro pequeño parece estar totalmente restablecido, vuelve a reír y se siente muy feliz. ¿Cómo interpretar estos cambios en su estado de ánimo? ¿Cómo deberíamos reaccionar en estas situaciones?

Búsqueda de autoafirmación
Una de las primeras cosas para tener en cuenta en la comprensión de estas contradicciones, es que el niño comienza a diferenciarse de sus padres. A los dos años, percibe que su voluntad es independiente a la de quienes lo rodean. Por eso, lejos de ser complaciente, busca afirmarse oponiendo sus deseos a los de los demás.

Este ejercicio de buscar y expresar lo que quiere, no lo realiza de manera totalmente consciente. De allí que esté lleno de vacilaciones, tropiezos y confusiones. Así por ejemplo, rechaza la ayuda de los adultos y se empeña en vestirse solo. Experimenta confianza y alegría por creer que puede hacerlo. Pero, al darse cuenta que todavía necesita de la colaboración de sus padres, se irrita y comienza a llorar. Se trata de una lucha interna entre la necesidad de ser independiente y la de descubrirse dependiente.

A este conflicto con él mismo se le suma el temor de que, por oponerse a sus padres, perderá su cariño. Este sentimiento le aporta aún más dramatismo a sus reacciones pues, si hay algo sin lo que el niño no puede vivir es, precisamente, el amor de sus padres.

El sentido del tiempo
Otra causa del constante cambio de humores del pequeño de dos años, es que vive sujeto al presente. Tanto el pasado como el futuro no tienen, aún, mucha relevancia para él. Su memoria es muy frágil y apenas le permite beneficiarse de sus experiencias
anteriores. Puede caerse una y otra vez de una silla, sin recordar que se ha lastimado por ello ya varias veces. Arma un juego de encastre con el que ya ha jugado en otras oportunidades, como si lo hiciera por primera vez.

Por otro lado, su relación con el futuro es muy distinta a la de un adulto. No se pregunta acerca de lo que sucederá más allá del instante que está transcurriendo en su vida. Por eso le cuesta prever las consecuencias de sus actos. Así por ejemplo, corre en el parque a su voluntad pero después no puede regresar al lugar
de partida.
Por último, le cuesta mucho esperar. Lo que quiere, lo quiere ahora. De allí que se alegre cuando lo sientan en su silla de comer pero, mientras aguarda que su madre caliente la comida, puede comenzar a llorar.

Expresividad dramática
A esta edad el niño tiene una gran expresividad dramática. Como el lenguaje oral es todavía para él un medio de expresión imperfecto, para hacerse entender, necesita ayudarse con el cuerpo y con los gestos. Por eso expresa su alegría con risas y muecas, o su aprobación con palmadas. Si está enojado o se siente mal, llora o golpea. A diferencia de los adultos, es muy
físico en la manifestación de sus emociones.

Además descubre que reírse, llorar, gritar o golpear, son magníficos medios para descargar sus tensiones. Estas manifestaciones deben ser interpretadas por los padres, como un signo más de la madurez alcanzada por su hijo. Así por ejemplo, es muy común que el pequeño nos pida que lo corramos por toda la casa, con esa voz grave y con los gestos rígidos que tanto lo asustan. Ante este juego responderá con risas nerviosas, gritos
desenfrenados y carcajadas de placer. Todas estas expresiones le ayudarán a elaborar sus tensiones y temores.

¿Qué hacer ante estas contradicciones?
En primer lugar, no debemos interpretar la forma en que un niño expresa sus emociones, de la misma manera que lo haríamos con un adulto. Como hemos visto, el llanto, las carcajadas o las rabietas no manifiestan, en general, un malestar intenso ni duradero.

En segundo lugar, es importante mantener la calma ante estas situaciones. Si respondemos a sus arrebatos reprendiéndolo, solo lograremos angustiarlo más. Con una actitud serena lo ayudaremos a recobrar su propia tranquilidad.

Por último, no debemos mostrarnos indiferentes ni pensar que malcriamos al niño por atender a su llanto. Por el contrario, debemos consolarlo y ser tiernos. Los niños que con su sollozo obtienen atención y sosiego, ganan confianza en sí mismos y, a la larga, se hacen menos llorones.

Recapitulando

  • Es muy común que un niño de dos años pase, de un momento a otro y sin motivos aparentes, de la felicidad al desconsuelo.
  • Estas contradicciones en la manifestación de sus emociones, están ligadas a las satisfacciones o frustraciones que le trae la necesidad de buscar y expresar lo que quiere.
  • Otra causa del constante cambio de humores es que vive sujeto al presente. Tanto el pasado como el futuro no tienen, aún, mucha relevancia para él. Le cuesta mucho esperar.
  • Lo que quiere, lo quiere ahora.
  • Además posee una gran expresividad dramática que le ayuda a completar con gestos y manifestaciones emocionales su limitado lenguaje oral y a descargar tensiones.
  • Ante estas contradicciones emocionales, es bueno que los padres respondan con una actitud serena y comprensiva, a fin de ayudarle a recobrar a su hijo la tranquilidad y la confianza en sí mismo.

Bibliografía
Luciano Montero, La aventura de crecer. Claves para un saludable desarrollo de la personalidad de su hijo, Buenos Aires, Planeta, 1999.
Jesús Palacios, Alvaro Marchesi y Mario Carretero (compiladores), Psicología evolutiva. Desarrollo cognitivo y social del niño, Madrid, Alianza, volumen 2, 1985.


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Un comentario

  1.   Juana dijo

    muy interesante la nota

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