Cuando los niños son payasitos

Utilizan sus cuerpos, sus muecas, sus sonidos corporales y cualquier recurso que tengan a su alcance para hacer de la vida un circo. Están en un momento de su desarrollo en el que la extroversión es la manera que tienen más a mano para impactar al personal y quedarse con las miradas de todo el mundo. Su objetivo es llamar la atención. Lo cierto es que los niños tienen que ser niños por muchas ganas que tengamos de que se vayan haciendo mayorcitos.

Hay que ver que tras este comportamiento hay valores que se esconden tras sus payasadas. Puede que no nos haga gracia ver cómo nuestro hijo repta por el suelo gruñendo y gesticulando, pero podemos valorar como positiva su capacidad de imitar con tanto “acierto” la forma de caminar del oso hormiguero o su escaso sentido del ridículo.

Pero existe un límite. Este tipo de conductas cumplen una función en su desarrollo. No hay que censurarlas por sistema, sino evitar que se les vayan de las manos. Deben tener en cuenta a los demás. El respeto es un concepto que deberíamos repetir a nuestro hijo durante toda esta etapa, porque es uno de los retos más difíciles que tiene por delante. Si no le inculcamos esta idea, le resultará terriblemente difícil distinguir entre la trenza de su prima y la cola de un mono.

Prestarle atención, pero la justa. Ignorarle no suele servir de nada. Con esta actitud solo conseguiremos que se esfuerce cada vez más en llamar nuestra atención. Pero claro, tampoco hay que reírle las gracias todo el día. El término medio siempre es el acertado: tenemos que intentar ser lo más sinceros que podamos. Si no nos hace gracia una mueca, no hace falta que nos riamos, pero tampoco hay que mirarle con teror. Si cada vez que hace una payasada se encuentra con caras de disgusto y desaprobación, se sentirá rechazado


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