La estrella de los reyes Magos – III

los reyes magos

La estrella se les ocultó por algún tiempo, es la noche oscura del alma. Pero ellos no cejaron en su empeño y la estrella les condujo hasta Belén. El premio fue maravilloso: se encontraron con Dios. “Entraron en la casa y vieron al Niño con María su madre, y postrándose, lo adoraron, y abriendo sus tesoros le ofrecieron oro, incienso y mirra”.

Fue una dura prueba, pero el Señor les iluminó, entraron y adoraron. Creyeron y abrieron los tesoros de su generosidad: oro como a rey, incienso como a Dios, mirra como a hombre. Le entregaron todo, este fue su mérito, “que Dios no mira tanto lo que le damos, cuanto lo que nos reservamos para nosotros”, dice San Ambrosio. Creyeron que aquel pobre infante era el Mesías, descubrieron en aquel niño desvalido era el Dios Salvador. Superaron las pobres apariencias, algo que pocos saben hacer. “Siempre los buscadores de Dios se equivocan, no porque se lo imaginen menor de lo que es, sino porque se lo imaginan más inflado. Dios es grande, no inflado” (Martín Descalzo). Los hombres no recibieron a Cristo, porque “esperaban un carabinero y vino un bebé” (Bernanos). Pero “sólo el humilde es el verdadero”, dice Jorge Guillén.

Según la tradición más frecuente, fueron tres los Reyes Magos, y se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar. Herodes les había rogado con mala intención que volvieran a él, pero “volvieron a su tierra por otro camino”. Fulton Sheen aclara: “Nadie que alguna vez se encuentre con Cristo con buena voluntad, volverá por el mismo camino por el que llegó”.


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