Abusos sexuales a menores: la importancia de su detección

ASI

La pasada semana conocimos un nuevo caso de abusos sexuales infantiles, se trataba de unos hechos ocurridos en un colegio, y perpetrados por un profesor. Es desde luego un grave problema social, que tiene además, graves implicaciones para las víctimas y sus familiares.

He oído decir que estos abusos van en aumento, y no sé si la tasa de incidencia aumenta; lo que si que puedo asegurar, es que se mantiene en el tiempo. De hecho estudios realizados en distintos países europeos apuntan a cifras que rondan porcentajes del 23 al 25 % en niñas; y del 10 al 15 % en niños. Es importante pues la prevención, y también la detección precoz, no siempre sencilla, puesto que el menor abusado, ha de salvar sus propias reticencias a hablar.

El hecho de que, en aproximadamente un 80 por ciento de los casos, el agresor forme parte del entorno más inmediato del niño, dificulta enormemente que los pequeños busquen ayuda. La vergüenza, el miedo… obran en su contra

Hoy no vamos a recrearnos en la prevención (también muy importante), hoy me querría centrar en los indicadores que nos hacen pensar en un posible abuso sexual a menores. Vaya por delante la convicción de que a un niño que se decide a contar lo ocurrido en un ejercicio de confianza, se le debe creer. La razón principal es que son muy vulnerables y necesitan toda la protección posible; pero también resulta que los pequeños no tienen experiencia ni madurez suficiente para inventar hechos de este tipo.

¿Qué es el abuso sexual infantil?

Se trata de una relación de desigualdad por edad o situación de poder, en la que el adulto utiliza a un menor con fines sexuales; puede existir o no contacto físico, porque exponer a un niño a material pornográfico, ¡es también un abuso!

Desde un punto de vista ético no nos podemos perder en averiguar si son más o menos graves, tocamientos, caricias inapropiadas, o una penetración. La mayor o menor gravedad de la intromisión en el cuerpo físico del niño, no tiene por que ser proporcional al daño psicológico o emocional. Cualquiera de los actos considerados como abuso sexual infantil, son inaceptables.

Indicadores de detección

Se dividen en específicos: manifestación verbal de los hechos por parte del niño, informe médico o indicadores físicos (lesiones en la zona genital o anal, por ejemplo). Se debe valorar si:

* El menor presenta una curiosidad inusual para su edad, o tiene conocimientos sexuales inapropiados.
* Los adultos responsables, mantienen conducta sexual dudosa.
* Se producen inflamaciones continuas, lesiones por rascado o enrojecimiento.
* El menor presenta conductas hipersexualizadas o autoeróticas impropias de la edad (por ejemplo juegos sexuales con niños más pequeños).
* Existen sospechas de abuso sexual.

E inespecíficos: estos pueden tener o no relación directa con el abuso, pero se deben a una manifestación del estrés.

* Comportamentales: trastornos del sueño, fobias, fenómenos disociativos, hiperactividad, enuresis o ecorpesis…
* Físicos: trastornos alimentarios, infecciones urinarias tras las que no haya causa orgánica / externa, trastornos alimentarios, dolores abdominales recurrentes…

Su presencia nos lleva a sospechar, o como mínimo a tener interés por conocer el origen del problema

Por último, cabe señalar que en caso de ser conscientes de que se han producido abusos sexuales con niños sobe los que tengamos responsabilidad, tenemos que actuar diligentemente. Los profesionales que trabajan en este campo aconsejan (incluso antes de poner la denuncia) buscar asesoramiento, y – muy importante – evitar la doble victimización de los niños afectados.


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