Adolescencia: madurez no significa precocidad

Las características asociadas a la pubertad y a la adolescencia, no cambian de una generación a otra, aunque hay ciertos factores sociales que pueden condicionar. Nuestros hijos son o serán adolescentes, nosotros lo fuimos también… no hay nada de extraño o anormal en ello. De hecho a veces basta con recordarnos hace 20 o 30 años, para entenderles.

Es una etapa en la que se construye la identidad, se autoafirman, se sienten confusos y eufóricos al mismo tiempo, prueban nuevas cosas, se enfocan en el futuro, desidealizan a los padres para identificarse con sus iguales. También ‘sufren’ y ‘disfrutan’ a sus hormonas… Sienten que la sociedad deposita demasiada responsabilidad en ellos, pero también que se les observa con ojo crítico. En general mayores y jóvenes lo podemos hacer mejor, pero sin olvidar que un cerebro adulto ha acabado de madurar, no así el de un chaval de 15 años, por lo que esperar más de lo que pueden hacer es irreal y absurdo; como lo es impulsarles a “hacerse mayores antes de tiempo”.

¿Valoramos en exceso la popularidad?

Y en muchas ocasiones no es que les impulsemos literalmente, pero si que vamos permitiendo que los contenidos audiovisuales vayan calando en su mente, a la vez que (por diversos motivos no juzgables) tenemos menos presencia en sus vidas de lo que necesitaría.

Hace unos dos o tres años leí un artículo en el New York Times, que me inquietó, y aún no había tenido ocasión de compartir aquí, se titula “Cool at 13, adrift at 23”… algo así como ‘Guay a los 13, perdido a los 23”.  Está basado en un estudio que se había publicado en Child Development, y en él se habla de algunas posibles consecuencias de determinados comportamientos precoces que en pro de la popularidad, pueden desempeñar los adolescentes.

Valga decir que en casa hemos tenido que redefinir varias veces el concepto “popularidad”, pues casi desde el primer momento en el que los niños empiezan la Secundaria, es un valor al alza, y de tal forma deslumbra quien es popular, que otras niñas y otros niños con capacidades menos “brillantes” (socialmente hablando) quedan desplazados (y ni siquiera a la sombra). No se trata de un problema que ellos generan, se trata de la forma en la que estamos educando desde la familia y la sociedad.

Educar en la responsabilidad, también cuando son adolescentes.

Les inculcamos anti valores como la competitividad, el narcisismo, la superación (pero a costa de los demás), la excelencia (sin generosidad), la inmediatez, el materialismo, el individualismo, etc. Quienes tenemos que revisar nuestro sistema de valores somos los adultos, de eso no me cabe ninguna duda.

Todos hemos oído que a llegar a la adolescencia, pueden incrementarse los comportamientos temerarios, que no meditan las decisiones. Según cómo tomemos estas afirmaciones nos pueden parecer meras etiquetas, aunque lo cierto es que la explicación está en su propio desarrollo, y el momento vital por el que atraviesan. Sin embargo, el trabajo que menciona el NYT, no está centrado tanto en si son más o menos temerarios, sino en la adopción de conductas repetidas de riesgo, que realizan sólo para impresionar, y porque a los demás les impresiona.

La pseudomadurez puede tener una cara oculta.

Es lo que se llama una pseudomadurez, y puede ocasionar una vez que se alcanza la adultez, retraso en los estudios, falta de habilidades sociales, o problemas mantenidos por consumo de tóxicos.

Y es que no hay nada mejor como dejar que el desarrollo natural y propio de la adolescencia siga su curso. Entender que son más autónomos e independientes, pero también que para serlo no necesitan recurrir al alcohol u otras drogas. Permitir que encuentren su espacio, y a la vez reflexionar sobre otros ‘espacios’ admitidos socialmente, pero que quizás no son los más adecuados (locales privados, asistencia a eventos para mayores, etc.). Además yo tengo claro que la presencia de la familia sigue siendo necesaria, pero desde la distancia, claro está. Porque los padres aún son referentes, pero deben serlo dando ejemplo, y no haciendo cosas extrañas como comprar alcohol ‘del bueno’ para que lleven a una festividad local (y así no tengan que beber ‘cualquier cosa’).

A la hora de valorar, también pasa que transmitimos nuestros juicios a los hijos, y ellos a su vez los proyectan en otras niñas o niños. Lo mejor no es lo que a casi todos les gusta, lo mejor es la diversidad, y a veces es más madura una niña que viaja sola a pasar unos días en casa de los abuelos, que la que se viste de mayor y compra alcohol para pasar la noche; aunque a la primera quizás se la vea como rara por no querer salir. En cualquier caso sobre libertades aún le queda mucho a esta sociedad por aprender, y una de ellas tendría relación con el derecho de papá y mamá de acercarse a los hijos, hablar, escuchar sin juzgar, ofrecerse para ayudar y mostrar caminos alternativos. Si en lugar de eso aprobamos implícita o explícitamente, cualquier cosa, y no expresamos nuestros valores, privamos de una aportación muy enriquecedora a nuestros hijos.

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Hace 14 años y medio conocí a mi gran maestro, dos años después llegó al mundo una persona que hace honor a su nombre (Sofia); no se parecen a los hijos de mis sueños porque son mucho mejores... Con 13 años quería ser escritora, pero a los 21 me convertía en trabajadora social... Es esta una época de muchos cambios para mí, así que tras volver a la que es mi profesión, paré de escribir, pero me lo he pensado mejor porque me apasiona comunicar y comunicarme, así que me atrevo con todo. Recientemente me he transformado tanto como las crisálidas y aunque no soy creyente, se podría decir que en lo espiritual 'he renacido' para situarme de otra forma en el mundo. Estoy ansiosa por contaros cosas.... y que me contéis.

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