La Navidad está a la vuelta de la esquina y todos sabemos que cuando llega, el espíritu de las personas comienza a cambiar. La Navidad consiste en transmitir valores de generación en generación sin importar tanto las creencias familiares. Si bien es cierto que en nuestra sociedad la Navidad tenía hasta no hace mucho un carácter más tradicional o religioso, poco a poco se comienzan a utilizar estas fechas para que los niños aprendan grandes valores, sin importar la creencia dominante familiar.
Pero estos valores que se enseñan a los pequeños en las fiestas navideñas, no se deberían quedar únicamente en estos días. Son valores que deben acompañarnos durante el resto del año, porque gracias a los buenos valores podemos construir una sociedad cohesionada donde el respeto hacia nosotros y hacia los demás sean los protagonistas.
En un mundo donde el ritmo de vida es acelerado y en el que muchas veces apenas hay tiempo para compartir en familia, la Navidad se convierte en una pausa necesaria. Es un momento que invita a reflexionar, a reconectar con nuestros seres queridos y a revisar qué tipo de ejemplo estamos dando a los niños a través de nuestras acciones cotidianas. Todo lo que hacemos en estas fechas, desde cómo decoramos la casa hasta cómo nos relacionamos con los demás, puede transformarse en una oportunidad educativa.
Además, la Navidad ofrece un entorno perfecto para que los más pequeños vivan experiencias llenas de magia, ilusión y amor. Estas vivencias se convierten en recuerdos que guardarán toda la vida y que contribuirán a su seguridad emocional, a su autoestima y a la construcción de una identidad sólida. Por eso es tan importante que, detrás de los regalos y las luces, haya un propósito claro de transmitir valores navideños en familia que realmente les ayuden a ser mejores personas.
Bondad y generosidad
Cuando llega la Navidad muchas personas sacan su lado más bondadoso, se ven en los supermercados donde las personas compran un poco más para darlo a las asociaciones y que éstas lleguen a las personas más necesitadas. De una forma u otra, sabemos que en muchos hogares habrá abundancia en estas fechas y que serán muchas las familias que no podrán contar con un plato caliente para cenar a no ser que otras personas se lo puedan proporcionar. Este valor es sin duda el de la bondad y la generosidad.
En estas fechas también se multiplican las campañas solidarias, las recogidas de alimentos, las donaciones de juguetes y las iniciativas para acompañar a personas que se sienten solas. Todo esto permite mostrar a los niños que ser generosos implica compartir lo que tenemos, pero también compartir nuestro tiempo, nuestra atención y nuestro cariño. La generosidad va mucho más allá del regalo material; se trata de mirar a los demás y preguntarnos qué necesitan.
Pero, ¿por qué conformarnos únicamente cuando llega la Navidad? A los niños hay que enseñarles que la bondad y la generosidad no es algo que tenga que hacerse una sola vez en todo el año. Es un valor diario, donde las personas unidas podemos llegar más lejos. Si lo viven solo como algo «típico de Navidad», existe el riesgo de que lo consideren una costumbre pasajera y no una forma de vida.
Para que este valor se asiente de verdad, es fundamental que vean a sus padres y a los adultos de referencia practicando la generosidad de manera constante. No solo en grandes gestos, sino en pequeñas acciones cotidianas: compartir con un vecino, ayudar en el colegio, colaborar en el barrio o en la comunidad. De esta forma, los niños aprenderán que la bondad no tiene calendario y que cada día ofrece oportunidades para ayudar.
También es importante explicarles que la generosidad no depende de cuánto tengamos. Un niño puede ser generoso compartiendo su tiempo de juego, ayudando a un compañero o renunciando a algo que le apetece para hacer feliz a otra persona. Así descubrirán que siempre, en cualquier circunstancia, podemos aportar algo positivo a la vida de los demás.

Ayudar a los demás

Seguido del primer punto está el valor de ayudar a los demás, de sentir empatía, de saber que no todos tienen la misma suerte en la vida. Por eso, hoy en día existen muchas asociaciones que tienen voluntarios en Navidad -en época navideña se multiplican los voluntarios que durante el resto del año- para ayudar a los más desfavorecidos. Si tienes hijos con la edad suficiente, podéis apuntaros como voluntarios para que sienta de primera mano qué es ayudar al prójimo de forma verdadera.
Involucrarse en actividades de voluntariado en familia es una de las mejores maneras de que los niños tomen conciencia de otras realidades. Pueden colaborar en campañas de donación de juguetes, alimentos o ropa, visitar residencias de mayores para cantar villancicos, participar en eventos solidarios o ayudar en comedores sociales según su edad. No hace falta que sean grandes acciones; lo importante es que comprendan que su ayuda tiene un impacto real.
Pero no solo se puede ayudar al prójimo apuntándose a una asociación, hay otras muchas formas que se pueden trabajar también durante el resto del año. Por ejemplo, se le puede enseñar a los niños -a través del ejemplo y no solo de la palabra- a hacer pequeñas acciones diarias como ayudar a una persona mayor a llevar las bolsas, ayudar a un vecino a cortar el césped, ayudar a un amigo en una tarea escolar que no entiende, etc. Ayudar a los demás, además de ser un gran valor, siempre aportará a los niños un gran trabajo interno que hará que su autoestima mejore.
Cuando un niño se siente útil y ve que sus acciones hacen más felices a otras personas, refuerza su autoconfianza y su sentido de responsabilidad. De esta forma, ayudar no se percibe como una obligación, sino como una forma de relacionarse con el mundo. Es conveniente reforzar con palabras lo que hacen bien («has sido muy amable», «gracias por ayudar», «qué detalle has tenido»), para que aprendan a valorar esas conductas.
Además, la Navidad es una buena ocasión para hablar con ellos sobre la empatía: ponerse en el lugar de los demás, imaginar cómo se sienten y preguntarse qué podríamos hacer para que estén mejor. Este tipo de conversaciones, unidas a experiencias reales de ayuda, van construyendo en los niños una mirada más humana y solidaria, que les acompañará a lo largo de su vida.
Ser agradecido

Ser agradecido es un valor que hay que trabajar tanto en niños como en adultos. Vivimos en un mundo donde parece que el materialismo está a la orden del día. Las personas quieren lo último en tecnología o los coches más grandes… las «cosas» se vuelven indispensables y los niños cuanto más tienen, más quieren… sin dar ningún tipo de valor a las cosas que tienen en su vida.

¿Alguna vez has visto a un niño o niña tan colmado/a de regalos que no sabía con qué jugar ni tan siquiera dónde mirar? Esto es un problema, porque los niños cuando tienen demasiado empiezan a restarle valor no solo a las cosas sino también al significado de que te regalen algo y el amor que hay detrás de cada regalo. Desde que los niños son pequeños hay que inculcarles el valor de la gratitud, el agradecer no solo los regalos, sino también las pequeñas cosas de la vida.
La Navidad es una época en la que muchos niños reciben un aluvión de regalos, y si no se acompaña adecuadamente, pueden llegar a no valorar el esfuerzo de quienes se los ofrecen. Es importante enseñarles a esperar, a aceptar que no pueden tener todo lo que desean y a disfrutar de cada obsequio con calma. Darles tiempo para abrir, mirar, preguntar quién lo ha regalado y dar las gracias con consciencia ayuda a cultivar este valor.
Como dice el refrán: «Es de buen nacido ser agradecido». Y es que una persona que aprende a ser agradecida con lo que tiene en la vida, independientemente de que sea más o menos material, no necesitará cosas para ser feliz, no necesitará lo que el otro tiene para sentirse mejor, porque la felicidad se encuentra en las pequeñas cosas, en la vida diaria… y siempre, en forma de experiencias y personas -y no de regalos-.
Una buena forma de trabajar la gratitud en familia es crear pequeños rituales navideños, como por ejemplo reservar un momento del día para que cada miembro diga algo por lo que se siente agradecido. También se puede animar a los niños a elaborar dibujos o notas de agradecimiento para las personas que les han ayudado durante el año: maestros, abuelos, amigos, vecinos… Así comprenden que la gratitud va dirigida a las personas y no solo a los objetos.
Cuando la familia entera adopta una actitud de gratitud, se genera un ambiente más positivo y consciente. Los niños aprenden que, incluso en momentos difíciles, siempre es posible encontrar algo que valorar: la salud, la compañía, el tiempo compartido o simplemente el hecho de estar juntos alrededor de una mesa. Este enfoque les prepara para afrontar la vida con mayor resiliencia y optimismo.
Las tradiciones familiares

Las tradiciones familiares también son importantes en esta época navideña. Los niños, cuando viven tradiciones familiares, tendrán un gran sentimiento de pertenencia, algo que les hará sentir parte de un grupo y aumentará su autoestima y su valor interno. Formar parte de una familia o de un grupo nos hace sentir bien, satisfechos y seguros. Las tradiciones familiares pueden crear los mejores recuerdos de los niños, unos recuerdos que les formarán su personalidad y que les acompañará toda la vida. Tanto es así, que muchas personas reproducen las mismas tradiciones que vivieron en su infancia para poder sentir lo que sintieron en su momento y transmitirlo a las siguientes generaciones.
Decorar el árbol de Navidad, montar el belén, preparar juntos una receta especial, cantar villancicos, ver una película típica de estas fechas, visitar belenes o luces en la ciudad, hacer un calendario de Adviento con pequeñas sorpresas simbólicas… Todas estas actividades, cuando se repiten año tras año, se convierten en tradiciones que los niños esperan con ilusión.
El calendario de Adviento, por ejemplo, puede ser algo más que una cuenta atrás con chocolatinas. Se puede aprovechar para incluir pequeños gestos o retos diarios relacionados con valores: un día dedicar un rato a ayudar en casa, otro día llamar a un familiar lejano, otro día donar un juguete, otro hacer una manualidad para alguien especial… De este modo, los niños se divierten, viven la magia de la espera y, al mismo tiempo, integran el verdadero espíritu navideño.
Las tradiciones además son buenas en época navideña porque:
- Proporcionan una fuerte identidad.
- Se crea una historia familiar y buenos recuerdos.
- Se fortalecen los lazos familiares.
- Ofrecen comodidad y seguridad.
- Se conectan generaciones.
- Se crean recuerdos duraderos.
Involucrar a los niños en estas tradiciones, adaptándolas a su edad, hace que se sientan protagonistas y no simples espectadores. Pueden encargarse de colocar ciertos adornos, elegir alguna canción, ayudar a poner la mesa, preparar tarjetas para la familia o aportar ideas nuevas para celebrar. De esta forma, aprenden que la Navidad se construye entre todos, con la suma de pequeños detalles llenos de cariño.
Además, las tradiciones navideñas son una oportunidad para reunir a distintas generaciones en torno a un mismo propósito. Abuelos, padres, hijos, tíos y primos comparten espacio, conversación y recuerdos. Escuchar historias del pasado, anécdotas familiares o costumbres de otros tiempos ayuda a los niños a situarse en una línea de continuidad y a comprender que forman parte de algo más grande: su familia.
Unión familiar
Otro valor que se transmite a los niños en la época navideña es la unión familiar. Pero esto también es algo que se debería de potenciar durante todo el año y no solo en época de Navidad. Los niños necesitan estabilidad, necesitan sentirse queridos y seguros.
Las fiestas son, por excelencia, el momento del año en que más reuniones familiares se organizan: comidas, cenas, reencuentros con familiares que viven lejos, visitas a casa de los abuelos… Todo esto, cuando se vive desde el respeto y el cariño, refuerza la idea de que la familia es un pilar fundamental en la vida de los niños. Saber que hay personas que estarán ahí para apoyarles, escucharles y disfrutar con ellos les aporta una gran seguridad emocional.
Es probable que recuerdes alguna cena familiar donde personas que ni se hablan se juntan para cenar en la misma mesa porque es Navidad. Pero, ¿por qué después durante el resto del año ni se hablan? Esto para los niños puede ser contradictorio y pueden aprender la falsedad o la hipocresía, valores nada apropiados para un buen desarrollo de la personalidad.
Por este motivo, es necesario que durante el año, las personas sean capaces de solucionar sus problemas y gestionar los conflictos para que no se conviertan en tensiones permanentes. La Navidad puede ser una buena excusa para acercar posturas, pedir perdón, practicar la empatía, la tolerancia y el respeto, y recordar que los lazos familiares suelen ser más importantes que las diferencias puntuales.
En los encuentros navideños conviene cuidar el ambiente: evitar discusiones innecesarias, comentarios hirientes o temas que se sabe que generan tensiones. Los adultos son el espejo en el que los niños se miran, por lo que es esencial que vean un entorno de paz, comprensión y diálogo. Eso no significa ocultar los problemas, sino saber afrontarlos de manera madura para que no empañen momentos tan especiales.
En la vida hay cosas mucho más importantes que simples discusiones; el amor y la familia deben estar por encima de todo eso. Dedicar tiempo de calidad a los hijos, estar presentes sin distracciones en las celebraciones, escuchar lo que tienen que contar, jugar con ellos y mostrarles afecto sincero será el mejor regalo que puedan recibir. La unión familiar no se mide por las fotos perfectas, sino por la capacidad de apoyarse, cuidarse y disfrutar juntos, también cuando pasan las fiestas.
La Navidad puede ser, así, una magnífica oportunidad para revisar nuestras prioridades y reforzar esos valores navideños en familia que realmente queremos transmitir: bondad, generosidad, ayuda, gratitud, tradición y unión. Si conseguimos que los niños vivan estas fechas como un tiempo de conexión auténtica y de aprendizaje emocional, estaremos construyendo recuerdos imborrables y sembrando en ellos semillas de amor, respeto y solidaridad que florecerán durante toda su vida.
