El gesto protagonizado por Carolina Bescansa en el Congreso de los Diputados ha desatado una polémica que, para muchas personas, ha sido innecesaria. Parece que aún no estamos preparados para asistir a ciertos cambios sociales que en otros países se reciben con mayor naturalidad. Carolina es diputada de Podemos en el Congreso, tiene un bebé muy pequeño y se lo llevó con ella a la sesión de constitución de las Cortes; no era la primera vez que llevaba a su hijo al trabajo, tampoco es la primera (ni será la última, esperemos) mamá que prefiere cuidar en primera persona a una criatura tan pequeña antes que delegar su cuidado en la guardería del Congreso o en terceras personas.
Muchas personas se preguntaron: ¿es que hay guardería en el Congreso? Quizás nunca os lo habíais planteado. Yo misma lo supe a raíz de este episodio y la respuesta es que sí, existe un servicio de guardería que, como cualquier recurso de este tipo, puede facilitar la conciliación de madres y padres parlamentarios. Y aquí viene el primer matiz importante: que exista guardería facilita, pero no resuelve el fondo del problema. Los bebés no “necesitan” guardería, necesitan presencia, vínculo y cuidados continuos de sus figuras de apego. Les llevamos a la guardería principalmente para poder ir a trabajar y ganar dinero, no porque sea el entorno ideal desde el punto de vista de sus necesidades emocionales y biológicas.
De Licia Ronzulli a Carolina Bescansa: el mismo gesto, distinta reacción

Volvamos al Congreso, a Bescansa, a su bebé, y a todos los que opinamos sobre ello. ¿Qué ocurrió cuando la eurodiputada Licia Ronzulli apareció en el Parlamento Europeo con su hija en un fular portabebés? En los círculos de crianza respetuosa, y entre quienes defendemos la necesidad de los bebés de establecer vínculos de apego seguros con sus progenitores (primero con la madre, que cubre una necesidad muy básica como es la alimentación a través de la lactancia, y después, o a la vez, con el padre), aquella noticia fue celebrada como un símbolo muy potente.
Socialmente, aquella imagen de Ronzulli estuvo bastante bien vista, y sus compañeros lo aceptaron con normalidad. No fue un escándalo, sino más bien una estampa enternecedora que se fue repitiendo con el tiempo. La pequeña Victoria acudió en numerosas ocasiones al hemiciclo europeo, y muchos medios resaltaron cómo iba creciendo, literalmente, a la vista de toda Europa. También antes que Ronzulli, la eurodiputada danesa Hanne Dahl llevó a su bebé recién nacido a una sesión en Estrasburgo. Y fuera de Europa, la diputada chilena Camila Vallejo acudió con frecuencia al Parlamento con su hija, soportando, eso sí, fuertes críticas desde sectores conservadores.

¿Postureo o visibilización? Lo que realmente hay detrás del gesto
“Postureo” han afirmado algunos medios, incluso mujeres que representan a entidades y organizaciones. Resulta especialmente doloroso cuando las críticas vienen de quienes deberían entender mejor las dificultades reales de conciliar. ¿Que Bescansa aprovechó un día simbólico, con máxima atención mediática, para lanzar un mensaje de apoyo a la conciliación? Es muy posible. Pero conviene recordar algo esencial: el bebé la necesita todos los días, no solo el día de la sesión constitutiva, y es demasiado pequeño para ver interrumpido el contacto con su madre durante largas horas por una cuestión de imagen pública.
Desde la psicología del desarrollo sabemos que las separaciones tempranas y prolongadas pueden tener consecuencias importantes en la construcción del apego y en la sensación de seguridad del niño. La psicóloga Laura Perales, por ejemplo, ha descrito las consecuencias psicológicas de una baja maternal insuficiente y de la separación temprana de los bebés de sus madres: aumento del estrés, dificultades en la regulación emocional, mayor probabilidad de inseguridad en el apego, etc. Todo esto se agrava en un contexto como el nuestro, donde lo que tenemos es, en realidad, una “ilusión” de permiso maternal suficiente.
En España, los permisos por nacimiento han mejorado en el papel, pero siguen siendo insuficientes si pensamos en las necesidades del bebé. La OMS recomienda unos 6 meses de lactancia materna exclusiva y, sin embargo, la mayoría de las madres no puede mantener esa recomendación porque debe reincorporarse al trabajo con anterioridad o lo hace en condiciones muy difíciles. Hablamos mucho de conciliación, pero en la práctica está mal entendida y peor aplicada: se reduce a malabarismos individuales, reducciones de jornada y renuncias personales, más que a un verdadero rediseño social y laboral.
En este contexto, ¿tiene que renunciar el hijo de Bescansa a estar con su madre solo porque se espera de un personaje público que “dé ejemplo” usando la guardería o delegando el cuidado en su pareja? Es justamente al revés: si tienes la posibilidad de llevar a tu bebé contigo, y además eres una figura visible, tu gesto puede ayudar a abrir un debate de fondo sobre cómo tratamos la maternidad, la crianza y los derechos de los niños en nuestra sociedad, sin que se someta al juicio público.
La experiencia internacional también apunta en esa dirección. En países nórdicos, donde los permisos de maternidad y paternidad son más amplios y flexibles, donde se incentiva que los padres se tomen bajas reales, la productividad no se ha hundido: ha mejorado. Diversos estudios muestran que más mujeres trabajando en buenas condiciones, con planes de conciliación reales y permisos bien diseñados, aumentan la productividad, la recaudación y la estabilidad social. Es decir, apoyar la crianza no es un lujo, es una inversión.
La maternidad como asunto de repercusión social

La socióloga Carolina del Olmo, autora del libro ‘¿Dónde está mi tribu?’, habla de la maternidad como un asunto de clara repercusión social. Es decir, no es solo una vivencia privada entre una madre, un padre y un bebé, sino una realidad atravesada por estructuras económicas, políticas y culturales. Pensaba en estas ideas cuando leí los mensajes de Ada Colau, que afirmaba en redes sociales que los bebés deberían ser bienvenidos en el Congreso y remataba con una frase potente: “Madres antes que todo”. Esa afirmación, lejos de ser una consigna simplista, apunta a algo profundo: la maternidad no desaparece cuando entramos por la puerta del trabajo, del parlamento o de cualquier institución.
Del Olmo insiste en que la maternidad está “atravesada por todo tipo de cuestiones sociales, políticas y económicas”. Y tiene razón: no se puede hablar de igualdad, de empleo, de salud o de educación sin incluir la crianza en el centro del debate. Pero esa repercusión difícilmente puede hacerse visible si ponemos pegas a que las madres se muestren con sus hijos, si seguimos entendiendo que los bebés “no pintan nada” en espacios públicos o institucionales, o si la lactancia debe seguir escondiéndose para no molestar.
Permisos de maternidad, paternidad y la falsa sensación de igualdad
Uno de los puntos que más ha alimentado el debate público a raíz del caso Bescansa es el de los permisos de maternidad y paternidad. Sobre el papel, España ha ido ampliando y equiparando los permisos de los progenitores, acercándose a modelos más igualitarios. Sin embargo, cuando miramos con detalle, descubrimos varias capas de desigualdad:
- No todas las mujeres pueden disfrutar de sus derechos por igual: la precariedad, los contratos temporales o informales y el miedo al despido hacen que muchas renuncien a parte de sus permisos o trabajen en condiciones encubiertas durante las bajas.
- Las empresas siguen penalizando la maternidad, ya sea de forma directa (no contratando, no promocionando, despidiendo) o indirecta (no facilitando reducciones de jornada razonables, carreras truncadas, pérdida de salario futuro).
- La asimetría en el uso real de los permisos hace que, aunque la ley avance hacia la igualdad, en la práctica la mayor parte del tiempo de cuidado siga recayendo sobre las madres.
Investigaciones comparadas sobre permisos en Europa muestran que los países con permisos iguales, intransferibles y bien remunerados para los padres son los que más se acercan a la igualdad real en la crianza. Cuando el permiso de paternidad es opcional, mal pagado o socialmente mal visto, muchos hombres no lo toman, y la carga continúa en las mujeres. Algunas autoras y autores defienden que los permisos de paternidad deberían ser obligatorios y similares a los de maternidad para evitar que la responsabilidad de los cuidados penalice únicamente a ellas en su trayectoria laboral.
Estudios de países como Noruega sugieren, además, que una mayor implicación temprana de los padres en el cuidado puede tener efectos positivos a largo plazo en el desarrollo de los hijos, especialmente en su rendimiento escolar, y aunque no siempre redistribuye de forma automática todas las tareas domésticas, sí contribuye a modelos de corresponsabilidad más equilibrados.
Frente a este panorama, el gesto de llevar a un bebé al Congreso puede verse como una forma de decir: “Mientras no existan permisos realmente suficientes, flexibles y universales, esto es lo que la realidad nos obliga a hacer”. Es un recordatorio visible de que la vida no se pausa porque el horario del pleno o de la empresa marque otra cosa.
¿Reparto de tareas o libertad de elección familiar?
También hemos leído que lo verdaderamente ejemplarizante habría sido ver a un papá congresista con un bebé en el escaño. Esta crítica se presenta en nombre de la igualdad, pero conviene matizarla. Debemos reivindicar la igualdad, sí, pero sobre todo la igualdad de oportunidades y la igualdad dentro de la diferencia. Un padre puede llevarse a un bebé al trabajo, y de hecho sería deseable que cada vez viéramos más imágenes de este tipo. Sin embargo, en este caso concreto, la decisión de quién cuida del pequeño corresponde a Bescansa y a su pareja (si la tiene), no al juicio público.
Algunas organizaciones feministas criticaron el gesto por considerar que perpetuaba la idea de que la madre es la única responsable del cuidado. Otras defendieron que, precisamente, visualizar la maternidad en espacios de poder era necesario para que la corresponsabilidad deje de ser un discurso vacío. En el fondo, ambas posturas señalan una tensión real: cómo equilibrar la visibilidad de las madres sin reforzar el estereotipo de que solo ellas cuidan.
Mi opinión es que ambas cosas pueden convivir si ampliamos el foco. Por un lado, es crucial que no se penalice a los hombres que quieran ejercer de cuidadores visibles y que reclamen sus permisos. Por otro, no podemos exigir a cada madre que se convierta en símbolo perfecto de todos los equilibrios posibles. Cada familia debe poder decidir, sin culpa ni juicios externos, cómo organiza los cuidados, siempre que se respeten las necesidades del niño.
He comentado más arriba que Bescansa no es la única que ha realizado un gesto similar en España. Una senadora del PSC acudió hace años a un pleno de control con su bebé para reivindicar el voto telemático en el Senado, algo equiparable a lo que muchas madres y padres piden en sus empresas cuando reclaman teletrabajo parcial o flexible. No hay mucha diferencia entre solicitar poder votar a distancia por tener un bebé a cargo y pedir trabajar desde casa durante parte de la crianza: en ambos casos se trata de adaptar las instituciones a la vida, no al revés.

Guarderías, lugares de trabajo y la presencia de bebés
La existencia de guarderías en centros de trabajo, como la del propio Congreso, ha sido presentada muchas veces como la solución estrella para la conciliación. Y es verdad que acercar los espacios de cuidado a los espacios de producción puede facilitar las cosas: menos desplazamientos, más posibilidades de visitas en los descansos, mayor tranquilidad para las familias. Pero, como advierten especialistas en Recursos Humanos, estas medidas, si no se acompañan de una cultura laboral realmente flexible, corren el riesgo de convertirse en una simple “coartada” para que el trabajador llegue antes a su puesto y se quede más tiempo.
Algunas empresas están ensayando modelos más integradores, que van más allá de la guardería clásica. Conferencias y reuniones bautizadas como “baby meetings”, políticas que permiten llevar al bebé a la oficina durante un tiempo, o teletrabajo parcial para evitar separaciones tempranas son estrategias que se han demostrado viables en determinados sectores, siempre que se establezcan reglas claras y se tengan en cuenta las particularidades del entorno laboral. No es lo mismo una oficina que una fábrica o un comercio de atención al público.
Incluso hay experiencias empresariales en las que se ha observado que permitir que los bebés acompañen a sus progenitores al trabajo mejora el clima laboral y el compromiso de los empleados. Cuando se hace de forma planificada y consensuada, el resultado puede ser muy positivo para todas las partes. Sin embargo, también es verdad que la responsabilidad última sobre la seguridad del menor recae en la empresa, y que no todos los contextos son adecuados para ello. Aquí, de nuevo, entra en juego el sentido común, el diálogo y la adaptación caso por caso.
En el caso del Congreso, muchos se preguntaron si era legal o adecuado que un bebé estuviera en el hemiciclo. Desde el punto de vista jurídico, las empresas pueden limitar la entrada de personas ajenas al centro de trabajo, incluidas criaturas, por razones de seguridad o responsabilidad. Pero en instituciones políticas que representan a la ciudadanía, deberíamos poder debatir si esa presencia, bajo determinadas condiciones, no enriquece precisamente la conexión con la realidad social.

El derecho de los niños a la presencia de sus progenitores
En la discusión sobre conciliación solemos centrarnos en los derechos de las madres y de los padres: derecho a la baja, a la reducción de jornada, a no ser discriminados, etc. Pero a menudo se olvida algo fundamental: la conciliación es, ante todo, un derecho del niño. Es el niño quien tiene derecho a ser cuidado, acompañado y amado por sus figuras de referencia durante los primeros años de vida, y es la sociedad quien debería organizarse para hacerlo posible.
Vivimos en un sistema que nos bombardea con el mensaje de que nuestro valor reside en ser “productivos” económicamente. En ese marco, dedicar tiempo a la crianza, quedarse en casa un tiempo o reducir la jornada laboral se percibe como una renuncia, cuando en realidad es una inversión emocional y social de enorme valor. Las largas jornadas escolares, las guarderías a tiempo completo para bebés de pocos meses y los horarios laborales imposibles han creado una normalidad que, si la miramos con calma, es profundamente cuestionable.
La experiencia de muchas madres que han tenido que dejar su trabajo remunerado para cuidar a sus hijos, ya sea por decisión propia o por falta de alternativas, muestra el choque entre lo que es mejor para el niño y lo que el mercado espera de nosotras. Aburrimiento, soledad, miedo al futuro laboral, sensación de inutilidad… son sentimientos muy frecuentes. No porque cuidar de los hijos no tenga valor, sino porque todo a nuestro alrededor nos repite que solo cuenta lo que se puede medir en nóminas y productividad. Para muchas de estas mujeres, renunciar no es una opción real: se trata de elegir entre precariedad o ausencia de cuidados.
Los testimonios de mujeres discriminadas por ser madres, despedidas tras un embarazo, apartadas de ascensos o estancadas profesionalmente tras una reducción de jornada, evidencian que la maternidad sigue siendo vista como un “problema” para la empresa. Mientras tanto, la infancia de sus hijos transcurre muchas veces a destiempo, encajada como puede entre madrugones, actividades extraescolares y cenas tardías en las que casi no queda energía para jugar o conversar.
Cuando una diputada se presenta con su bebé en el Congreso, lo que está sobre la mesa no es solo su elección personal, sino la pregunta de fondo: ¿qué lugar queremos dar a la infancia y a los cuidados en nuestra organización social? Si como sociedad aceptamos sin pestañear jornadas interminables fuera de casa pero nos escandaliza ver un bebé en un escaño, quizás el problema no sea el bebé, sino nuestro modelo de prioridades.

Lo que ha hecho Carolina Bescansa no es simple postureo: es una apuesta, con sus luces y sombras, por una conciliación real en la que la maternidad y la infancia no desaparezcan tras la puerta del trabajo. Su gesto encendió un debate que sigue siendo incómodo pero necesario, obligándonos a mirar de frente cómo tratamos a las madres, a los padres y, sobre todo, a los niños en nuestro país. Cuando escenas como la de una diputada amamantando a su bebé en el hemiciclo dejen de ser noticia, habremos avanzado un paso importante hacia una sociedad que integra la vida en el centro de sus instituciones.



