
Todavía son muchos los profesores de educación física y, sobre todo, monitores de natación, que piensan que para enseñar a nadar a un niño hay que empezar por los mecanismos técnicos y mecánicos de… bla bla bla. No sigo, porque todo esto son bobadas. Y te lo voy a demostrar.
Piénsalo un momento. Imagina que quieres enseñar a tu hijo pequeño a jugar al fútbol, por poner un ejemplo. ¿Empezarías por colocarle un balón a los pies y enseñarle a correr con él, a pasar, chutar, a esquivar, a regatear, y a todas esas cosas? ¿A que no? Lo primero que hacemos es jugar con ellos, y les dejamos la pelota para que investiguen con ella, que la toquen, que la tiren. Y jugamos a un montón de cosas que pueden parecerse al fútbol o no. Porque lo primero que tienen que hacer es familiarizarse con el medio, conocer su cuerpo, experimentar y disfrutar. Con la natación pasa lo mismo: primero hay que jugar con el agua y familiarizarse con el medio, que para nadar y depurar la técnica habrá tiempo.
La importancia de saber nadar
En la infancia saber nadar está sobrevalorado, en mi opinión. Lo que los niños tienen que hacer es saber defenderse en el medio acuático. Y eso no es lo mismo que nadar, al menos no entendido como nos lo quieren vender algunos (demasiados, por desgracia).
Para defenderse en el medio acuático, los niños tienen que aprender a moverse por el agua, a mantenerse a flote y a «respirar». Lo pongo entre comillas porque me hace mucha gracia cuando oigo a la gente hablar de lo importante que es aprender a respirar en el agua. Ya ves, ni que ahora nos fuésemos a convertir en peces, mejor dicho, en anfibios.

Y no quiero decir con esto que saber nadar no sea importante. De hecho, pienso que nadar es muy importante, y que es muy recomendable por muchos motivos. Simplemente quiero insistir en que la prioridad con los niños es que se manejen en el agua para que cojan confianza y creen las bases de lo que después serán los movimientos técnicos de los diferentes estilos de natación de forma natural. Igual de natural que es correr o tener un balón cuando un niño aprende a jugar al fútbol.
Además, el dominio del agua es un factor de seguridad clave: los ahogamientos pueden ocurrir de forma rápida, incluso en pequeñas cantidades de agua, y hasta un bebé puede estar en riesgo en profundidades muy reducidas. Por eso, junto con el aprendizaje, resulta esencial la supervisión adulta constante y el respeto por las normas básicas de seguridad en piscinas, playas, lagos o ríos.
- Beneficios físicos: mejora de la coordinación y el equilibrio, fortalecimiento muscular y del sistema cardiorrespiratorio, mayor capacidad pulmonar.
- Beneficios emocionales: incremento de la confianza, gestión del miedo, relajación y mejor descanso.
- Beneficios sociales y cognitivos: socialización, juego cooperativo, estímulo sensorial y desarrollo psicomotor.
Respecto a la edad, muchos niños adquieren la coordinación para aprender estilos formales alrededor de los 4 años, pero la familiarización y el juego con agua pueden iniciarse antes, incluso desde bebés con programas como la matronatación, siempre con el acompañamiento y la sujeción de los padres y personal cualificado.
Claves para empezar a enseñar a los niños a nadar

El niño debe jugar con y en el agua
Lo primero que tienes que tener en cuenta cuando quieras que tu hijo aprenda a nadar es que debes dejarle que juegue en el agua y con el agua. Los niños tienen que sentirse cómodos en el medio acuático, sentir que el agua es algo divertido y, sobre todo, que pueden dominar.
Pero algunos niños tienen miedo a las piscinas grandes o muy profundas, aunque lleven todo tipo de accesorios flotadores. Por eso es importante, si detectamos miedo, empezar por piscinas poco profundas, para que el niño vaya ganando seguridad. Si se trata de niños muy pequeños probablemente no tendrás problema con esto. También puedes iniciar en casa con juegos en la bañera: salpicaduras controladas, regaderas suaves sobre la cabeza y juguetes flotantes para asociar el agua con experiencias agradables.
Las clases de matronatación son una opción recomendada durante el primer año de vida, ya que permiten a los padres sostener al bebé y realizar ejercicios sencillos y lúdicos en el agua. Así, poco a poco, aumentan la confianza y la tolerancia a la inmersión, sin forzar.
Si el niño se ríe y disfruta jugando, chapoteando y actuando libremente, su motivación para aprender a nadar será mayor, y la adquisición de habilidades básicas derivadas de la actividad física facilitará el trabajo técnico posterior.
Los juegos deben estimular el desarrollo de habilidades básicas
Además de realizar juegos libres, es importante proponer otros juegos enfocados a desarrollar habilidades y movimientos que luego necesitaremos realizar. Estamos hablando de patadas, brazadas de todo tipo, flotación en posición horizontal, giros, saltos, propulsiones, etc.
Algunas ideas útiles: recoger objetos del fondo en zonas de poca profundidad para sumergir la cara y abrir los ojos bajo el agua, carreras soplando burbujas para trabajar la exhalación, o llevar un balón de un lado a otro empujándolo con la frente para controlar la posición del cuerpo. La progresión típica es: burbujas con la boca, burbujas con la cara dentro, y meter la cabeza por breves segundos, siempre respetando el ritmo del niño.
Los juegos también son una excelente forma de que los niños empiecen a meter la cabeza debajo del agua, de que aprendan a contener la respiración y de que aprendan a coordinar movimientos.
Y llegó el momento de la enseñanza técnica
Te puedes pasar meses haciendo juegos con los niños sin sentir la necesidad de empezar a enseñarles la técnica. Para ello, sigue planteándolo a modo de juego, y vete a su ritmo.
Cuando toque, introduce patrones sencillos: primero patadas sujetándose al borde o con una tabla; después, brazadas alternas mientras tú sostienes su abdomen; y más tarde, coordinación básica de brazos y piernas junto con la exhalación bajo el agua. Un buen recurso es sostener por las axilas, pedir que haga burbujas y que patalee suave, soltando unos segundos para que descubra que puede sostenerse solo en horizontal.
Respeta siempre su proceso: no aprenderá en un minuto ni en un día. La práctica regular (al menos una vez por semana) y los progresos pequeños, constantes y positivos son la clave.
Seguridad imprescindible y equipo de apoyo

La seguridad no es negociable. Un adulto atento debe vigilar en todo momento, incluso si el niño ya se desplaza con soltura. Los incidentes pueden ocurrir rápidamente y en poca profundidad. Evita distracciones (móvil, lectura) cuando estés a cargo y establece normas claras de comportamiento en piscina y playa.
Utiliza material de apoyo con criterio: tablas, churros y gafas facilitan el aprendizaje y la comodidad, pero evita que los niños dependan de flotadores o manguitos. Son útiles en la transición, no una solución permanente. Anímales a soltarlos progresivamente para ganar confianza real en su flotación y equilibrio.
Refuerza hábitos esenciales: entrar despacio por escaleras o rampa en las primeras sesiones, comprobar profundidad antes de saltar, enseñar a girar para regresar al borde, y practicar la posición de flotación dorsal como recurso de descanso si se cansan.
Si puedes, valora clases especializadas o programas intensivos en periodos vacacionales: una dosis concentrada de práctica acelera la consolidación de la técnica y la seguridad, siempre manteniendo el enfoque lúdico.
¡¡¡¡No le tires a traición!!!!
Jamás tires a un niño al agua a traición, y menos si ya muestra signos de miedo. Ni es divertido, ni es efectivo ni vale para nada bueno. Y no permitas que nadie lo haga.
Y el miedo al agua seguro que se le pasará algún día, pero la huella que dejarás en él por hacer algo tan cruel -o permitir que se lo hagan- te pasará factura. En su lugar, acompaña, ofrece sujeción bajo las axilas, verbaliza cada paso, celebra los logros, y si muestra rechazo, detente y regresa a juegos más sencillos. El objetivo es construir una relación positiva con el agua, no demostrar nada a nadie.
Un proceso bien planteado integra juego, seguridad, respiración, flotación y desplazamiento, con pequeños retos y muchas repeticiones. Así el niño gana autonomía, disfruta del agua y asienta las bases de una técnica correcta que llegará sin prisas, de manera natural y duradera.


