Estados Unidos ha dado un giro de enorme calado a su política de inmunización infantil al recortar el número de vacunas que recomienda de forma general para todos los niños. A partir de ahora, el calendario federal pasa de 18 a 11 enfermedades con recomendación estándar, relegando otras inmunizaciones habituales a la categoría de vacunas para grupos de riesgo o sujetas a “toma de decisiones compartida” entre familias y profesionales sanitarios.
El cambio, que entra en vigor de inmediato, llega en un momento delicado, con descenso de las coberturas vacunales, aumento de exenciones y reaparición de brotes de enfermedades que se consideraban controladas, como el sarampión o la tos ferina. Mientras el Gobierno de EEUU defiende que la medida pretende “restaurar la confianza” en el sistema y alinearse con otros países desarrollados, la mayoría de expertos en salud pública y sociedades médicas avisan de que puede convertirse en un serio retroceso en protección infantil.
Un calendario infantil más corto: de 18 a 11 enfermedades
La reforma del calendario ha sido impulsada desde el Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), que ahora solo recomiendan de forma general la vacunación frente a 11 enfermedades, frente a las 18 del año anterior. La decisión se tomó tras una orden expresa del presidente Donald Trump para revisar cómo organizan la inmunización otros países desarrollados.
Según las nuevas directrices federales, las vacunas que se mantienen como recomendadas para todos los niños son las dirigidas a:
- Sarampión, paperas y rubéola (triple vírica o MMR)
- Difteria, tétanos y tos ferina (DTaP)
- Poliomielitis
- Varicela
- Virus del papiloma humano (VPH), con una novedad: se reduce el esquema a una sola dosis
- Haemophilus influenzae tipo B (Hib)
- Enfermedad neumocócica (PCV, vacuna conjugada neumocócica)
Las autoridades subrayan que el objetivo es concentrar el calendario en “las 11 enfermedades más graves y peligrosas”, en palabras de la administración, y que este nuevo enfoque coloca a EEUU “más en línea” con otros sistemas sanitarios avanzados, especialmente el danés.

Vacunas que dejan de ser recomendación general
El cambio más sensible recae en un grupo de inmunizaciones que, hasta ahora, formaban parte del calendario rutinario para toda la población infantil y pasan a ser recomendadas solo para determinados perfiles o tras valoración individualizada. Las autoridades han movido estas vacunas a dos categorías: alto riesgo y decisión clínica compartida.
Entre las vacunas que dejan de estar indicadas de forma universal se encuentran:
- Gripe estacional (influenza)
- Hepatitis A
- Hepatitis B
- Enfermedad meningocócica
- Rotavirus
- Virus respiratorio sincitial (VRS)
- Covid-19 (ya rebajada previamente en 2025)
Algunas de estas vacunas se recomiendan ahora solo para niños con condiciones médicas o circunstancias específicas (como determinadas inmunodeficiencias, patologías crónicas o exposición elevada al riesgo), mientras que en otros casos se deja en manos de la “decisión compartida” entre familias y pediatras, sin una directriz federal tan clara como antes.
Varios especialistas alertan de que, aunque sobre el papel las familias pueden seguir accediendo a todas las vacunas, la mera pérdida de la recomendación oficial tiende a reducir su aceptación, algo observado ya en anteriores cambios de calendario.
Cómo queda la cobertura: acceso sí, pero con más incertidumbre

Uno de los mensajes que más insiste en trasladar el Gobierno estadounidense es que todas las vacunas seguirán estando disponibles y cubiertas por los seguros médicos, con independencia de su nueva categoría en el calendario. Tanto el HHS como los CDC recalcan que las familias que deseen mantener el esquema anterior de inmunización podrán hacerlo sin coste adicional en la mayoría de pólizas públicas y privadas.
Programas como Medicaid, el seguro infantil CHIP o el Programa de Vacunas para Niños continuarán financiando las inmunizaciones incluidas hasta finales de 2025, y las aseguradoras comerciales han adelantado que, por razones de coste-efectividad, no prevén recortes drásticos a corto plazo. Las vacunas, recuerdan, resultan mucho más baratas que las hospitalizaciones por complicaciones graves.
El problema, según advierten pediatras y epidemiólogos, no reside tanto en el pago, sino en que la retirada del sello de “recomendación general” introduce dudas en muchas familias. Cuando la guía federal deja de ser categórica, las consultas se llenan de preguntas, las decisiones se retrasan y el calendario real se va quedando a medio cumplir.
Además, aunque el calendario de los CDC no es legalmente obligatorio, sirve como referencia principal para las exigencias de vacunación escolar en cada estado. Con este giro, se abre la puerta a un mosaico aún más desigual de normas estatales, algo que ya preocupa a quienes vigilan la equidad en salud pública.
Una decisión política con eco internacional
La reforma no se ha producido al margen del contexto político. El presidente Donald Trump pidió expresamente en diciembre que se comparara el calendario estadounidense con el de una veintena de países desarrollados y se estudiara cómo “alinearlo mejor” con sus prácticas. El secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., conocido por su escepticismo hacia las vacunas, ha dejado su impronta en todo el proceso.
Tras ese análisis, el HHS concluyó que EEUU era un “caso atípico” por el elevado número de vacunas y dosis recomendadas en la infancia frente a otros sistemas sanitarios. La reforma se presenta como una forma de “racionalizar” el calendario y, según el propio Kennedy, “proteger a los niños, respetar a las familias y reconstruir la confianza en la salud pública”.
En la práctica, las nuevas directrices acercan parcialmente el modelo estadounidense al de países como Dinamarca, donde no se incluyen en el calendario infantil de rutina vacunas como la de la gripe, la hepatitis A, la varicela, el rotavirus o determinadas meningitis. Sin embargo, expertos europeos recuerdan que las comparaciones simples pueden ser engañosas.
Investigadores daneses, por ejemplo, señalan que la estructura del sistema de salud, la cobertura universal, la vigilancia epidemiológica y la situación socioeconómica hacen que los riesgos sean diferentes a los de Estados Unidos. Incluso en Dinamarca, los comités científicos están revisando la posibilidad de ampliar su propio calendario e incorporar algunas de las vacunas que ahora EEUU rebaja.
Reacción de pediatras y sociedades médicas
El anuncio ha desatado una oleada de críticas entre profesionales sanitarios y organizaciones médicas de referencia en Estados Unidos. La Academia Estadounidense de Pediatría (AAP) y la Asociación Médica Estadounidense han dejado claro que seguirán recomendando el calendario amplio previo, incluyendo las vacunas que el Gobierno ha “degradado”.
Portavoces de la AAP señalan que no existe nueva evidencia científica que justifique este recorte, ni datos que indiquen que el calendario anterior haya perjudicado a los niños. Por el contrario, temen un aumento de la morbilidad y mortalidad por enfermedades prevenibles, especialmente si se debilita la recomendación de la vacuna contra la gripe en un contexto de temporadas gripales cada vez más duras.
Expertos en enfermedades infecciosas y salud pública, como Michael Osterholm o la epidemióloga Caitlin Rivers, coinciden en que un calendario reducido “pone en peligro a los niños” y sienta las bases para el resurgimiento de infecciones que hasta ahora se mantenían a raya gracias a la alta cobertura vacunal.
Incluso dentro del propio Partido Republicano han surgido voces críticas. El senador y médico Bill Cassidy ha denunciado que los cambios carecen de un proceso transparente de evaluación de riesgos y beneficios y teme que el mensaje lanzado siembre “miedo innecesario” entre pacientes y profesionales, justo cuando ya hay brotes de sarampión y tos ferina en marcha.
Impacto potencial: más brotes, más desigualdad y más confusión
Los CDC reconocen que la reforma llega en un momento en el que las tasas de vacunación infantil en EEUU ya venían cayendo y el porcentaje de menores con exenciones, tanto médicas como por motivos religiosos o filosóficos, ha alcanzado máximos históricos. Paralelamente, se detecta un incremento de enfermedades que la vacunación masiva había logrado contener durante décadas.
Especialistas consultados por diversos medios estadounidenses temen que, si el nuevo calendario se traduce en menos vacunaciones efectivas en la infancia, aumenten los brotes, las hospitalizaciones y las muertes evitables, además de las interrupciones en la vida cotidiana de las familias (más absentismo escolar y laboral por enfermedad).
A esto se suma otro elemento: la gestión de la información y la transparencia. Bajo la nueva dirección del HHS, se han eliminado algunos requisitos de notificación de datos de vacunación infantil en programas públicos, lo que, según expertos en inmunización, puede dificultar el seguimiento de las coberturas reales y generar todavía más incertidumbre sobre la magnitud del problema.
Desde Europa se observa el movimiento con atención, pero con prudencia. Muchos países europeos, incluyendo España, han optado en los últimos años por reforzar sus calendarios vacunales comunes, incorporando nuevas vacunas financiadas (como las del meningococo B o el VRS en determinados grupos) y apostando por calendarios “únicos” para todo el territorio para evitar desigualdades entre regiones.
Lo que está ocurriendo en Estados Unidos se ha convertido en un caso de estudio para la comunidad internacional: un país con alta capacidad científica y recursos sanitarios que, sin embargo, decide reducir sus recomendaciones oficiales en plena crisis de confianza hacia las vacunas. Mientras tanto, en Europa y en España el debate sigue discurriendo por otra vía, más centrada en cómo ampliar el acceso equitativo y reforzar la pedagogía sobre la seguridad y la utilidad de las inmunizaciones. El tiempo dirá si el giro estadounidense logra realmente recuperar la confianza o, por el contrario, se traduce en más brechas, más dudas y más enfermedades que podrían haberse evitado.