En los últimos años, el ejercicio durante el embarazo se ha convertido en uno de esos temas que generan debate casi inmediato: hay quien sigue defendiendo que lo mejor es «no moverse demasiado» y, al otro lado, mujeres y especialistas que insisten en que la actividad física bien adaptada no solo es segura, sino claramente beneficiosa. Entre medias, muchas embarazadas que no saben muy bien a quién hacer caso.
La experiencia de figuras mediáticas como la actriz colombiana Sara Corrales, que ha decidido mantener el deporte en su rutina diaria estando embarazada, ha puesto sobre la mesa una discusión que va más allá de la estética: se mezcla la presión social sobre el cuerpo de la mujer, el miedo a hacer daño al bebé y la falta de información clara y actualizada sobre qué tipo de actividad es recomendable en esta etapa.
Del mito de «reposo absoluto» a la evidencia científica
Buena parte de las críticas que reciben mujeres activas durante la gestación se apoyan en la idea, muy arraigada, de que el embarazo exige reposo casi permanente. Mensajes del tipo «no vayas a llorar si pasa algo por levantar peso» o «prioriza al bebé antes que tu cuerpo» siguen circulando con fuerza en redes, como ha contado la propia Sara Corrales al hacer públicos algunos de los comentarios que le han dejado sus seguidores.
Una internauta llegó a afirmar que existe «una generación que sí quiere tener hijos, pero no tener cuerpos de mamá», dando a entender que hacer deporte embarazada responde sobre todo a una preocupación estética. Otras voces, aludiendo a la edad de la actriz, le reprochaban que debería cuidarse más y evitar esfuerzos físicos, como si ejercicio y cuidado fueran conceptos opuestos.
Frente a esta visión, Corrales subraya que la mayoría de mensajes que ha recibido son de apoyo y que muchas de las críticas nacen, en su opinión, de la desinformación sobre el ejercicio en la gestación. «Creo que ya está mandado a recoger esta teoría de que las mujeres embarazadas tienen que estar quietas, en cama», sostiene, recordando que en su caso lleva toda la vida entrenando y que su ritmo no es el mismo que el de alguien sedentario.
La intérprete se ha marcado como objetivo compartir lo que ha aprendido junto a ginecólogos y especialistas en deporte, insistiendo en que la clave está en adaptar el tipo e intensidad de la actividad a cada mujer, y no en prohibir de forma genérica cualquier esfuerzo físico en cuanto aparece un test de embarazo positivo.
En publicaciones previas, la actriz ha detallado la lista de efectos positivos que ha notado en primera persona, siempre con respaldo médico: menos dolor lumbar, mejor circulación, más energía, menor riesgo de diabetes gestacional, una recuperación posparto más rápida, fortalecimiento muscular y un impacto claro en el estado de ánimo y la sensación de bienestar general, incluyendo ejercicios para relajarse durante el embarazo.

Un estudio europeo apunta a beneficios directos en la placenta
Más allá de los testimonios individuales, la ciencia empieza a aportar datos muy concretos sobre cómo influye el ejercicio en el organismo de la embarazada. Un trabajo internacional liderado por la Universidad de Granada (UGR), en colaboración con la Universidad de Graz (Austria), ha analizado el efecto de un programa de entrenamiento supervisado sobre la placenta, el órgano clave que conecta a la madre con el feto.
El estudio se enmarca en el proyecto GESTAFIT y evaluó a 76 mujeres embarazadas. Un grupo siguió un plan de ejercicio combinado (trabajo aeróbico y de fuerza) tres veces por semana desde la semana 17 de gestación hasta el parto, mientras que otro grupo no participó en un programa dirigido y mantuvo sus rutinas habituales sin entrenamiento estructurado.
Tras el nacimiento de los bebés, los investigadores analizaron muestras de placenta y encontraron que las mujeres físicamente activas presentaban niveles más altos de G-CSF, una proteína esencial para el funcionamiento correcto de la placenta, y una disminución de varias moléculas vinculadas con procesos inflamatorios.
Estas modificaciones moleculares son importantes porque la inflamación crónica se asocia con peor desarrollo fetal y más complicaciones, especialmente en contextos de obesidad materna o alteraciones metabólicas. La mejora del perfil inflamatorio en la placenta sugiere que el ejercicio bien pautado podría actuar como un factor de protección adicional tanto para la madre como para el bebé.
La respuesta varía según el sexo del bebé
Uno de los hallazgos que más ha llamado la atención de los autores es que la respuesta placentaria al ejercicio no fue igual en todos los casos, sino que dependió del sexo del feto. En las placentas de embarazos de niñas, el aumento de G-CSF fue más marcado y la reducción de los marcadores inflamatorios —como el factor de necrosis tumoral o la IL-6— resultó especialmente evidente.
Estas sustancias se asocian a problemas metabólicos y, cuando se encuentran elevadas, pueden relacionarse con un aumento del riesgo de complicaciones. En este trabajo, el incremento de G-CSF observado en mujeres activas se vinculó con una ganancia de peso más saludable durante el embarazo, reforzando la idea de que la actividad física supervisada es una herramienta útil para cuidar la salud metabólica materno-fetal.
El investigador español Pedro Acosta-Manzano, autor principal del estudio desde la Universidad de Graz, subraya que estos resultados muestran cómo el sexo del bebé condiciona la forma en que la placenta responde al ejercicio. Esta diferencia abre la puerta a líneas de trabajo en medicina personalizada: en un futuro, los programas de actividad podrían afinarse aún más en función del perfil de cada gestante.
Los autores recalcan además que la combinación de ejercicio aeróbico y de fuerza parece especialmente eficaz para modular estos procesos moleculares, lo que respalda las recomendaciones actuales que invitan a ir más allá de caminar suavemente e incorporar trabajo de resistencia, siempre con un control adecuado y evitando cargas inadecuadas y consultando qué ejercicios no se deben hacer durante el embarazo.
Comprender a fondo estos mecanismos, destacan, ayudaría a diseñar programas de entrenamiento ajustados a las necesidades de mujeres con riesgo elevado de complicaciones metabólicas, como las que presentan sobrepeso, obesidad o antecedentes de diabetes gestacional, incluyendo ejercicios de suelo pélvico con pelota para embarazadas.

Ejercicio y ganancia de peso: el otro gran frente abierto
El debate sobre el ejercicio en el embarazo está muy ligado a otro asunto clave: cuánto peso es saludable ganar durante la gestación. Un análisis reciente, que recoge datos de 1,6 millones de mujeres en estudios publicados en la revista The BMJ, muestra que alrededor de dos tercios de los embarazos (68 %) se salen de los rangos recomendados, ya sea por exceso o por defecto.
Estas desviaciones se relacionan con un conjunto amplio de complicaciones: más riesgo de parto prematuro, bebés con peso muy elevado al nacer, necesidad de ingreso en unidades de cuidados intensivos neonatales, trastornos hipertensivos del embarazo, y problemas respiratorios en los recién nacidos, entre otros.
Las investigadoras Helene Teede y Rebecca Godstein, responsables principales de este trabajo, defienden que los datos refuerzan la urgencia de disponer de estándares internacionales actualizados sobre ganancia de peso gestacional (GWG, por sus siglas en inglés). Estos estándares deberían ir acompañados de políticas públicas y apoyo real a los cambios de estilo de vida, en los que la actividad física tenga un papel protagonista.
Una de las críticas más repetidas es que muchas guías todavía se basan en las recomendaciones del Institute of Medicine elaboradas hace décadas, utilizando datos de mujeres mayoritariamente blancas de países de renta alta. Hoy se considera que estas referencias no reflejan la diversidad actual en términos de etnia, nivel socioeconómico y factores ambientales, como la gran disponibilidad de alimentos ultraprocesados o el aumento generalizado del índice de masa corporal.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha impulsado por ello una iniciativa para crear nuevos estándares globales de ganancia de peso saludable durante el embarazo, adaptados a contextos muy distintos y construidos con datos de poblaciones contemporáneas.
Rangos de peso, riesgos y el papel del estilo de vida activo
El análisis publicado en The BMJ revisó 40 estudios observacionales entre 2009 y 2024, con mujeres de más de 18 años procedentes de cinco de las seis regiones definidas por la OMS. Según los datos recopilados, solo un 32 % de las gestantes ganó el peso considerado adecuado; un 23 % engordó por debajo de lo recomendado y un 45 % superó claramente lo aconsejado.
Los riesgos asociados fueron distintos según se tratara de una ganancia insuficiente o excesiva. Engordar por debajo del rango se relacionó con menos cesáreas y menos bebés grandes para la edad gestacional, pero a costa de más partos prematuros, más bajo peso al nacer, más recién nacidos pequeños para su edad gestacional y un aumento de los problemas respiratorios iniciales.
En el extremo contrario, un aumento de peso por encima de lo indicado se asoció con mayor riesgo de cesáreas, trastornos hipertensivos, macrosomía y bebés grandes para su edad gestacional, así como más ingresos neonatales. En este grupo, sin embargo, se observó menor frecuencia de parto prematuro y de recién nacidos demasiado pequeños.
En los estudios realizados en Asia se detectaron patrones parecidos, adaptando los rangos de índice de masa corporal (IMC) a las características específicas de esa región. Las autoras del trabajo señalan limitaciones, como la forma distinta de clasificar IMC y ganancia de peso entre estudios, o la escasez de datos en países de bajos ingresos, pero consideran que la tendencia general es clara.
Para expertas como Yolanda Cabello, embrióloga clínica consultada por SMC España, estos resultados confirman las asociaciones básicas entre ganancia de peso y resultados perinatales en poblaciones más diversas, pero también dejan patente la necesidad de ajustar umbrales y recomendaciones por región y etnia. En su opinión, es imprescindible reforzar el cribado y la monitorización del peso gestacional como herramienta clínica, y priorizar intervenciones basadas en el estilo de vida: alimentación, actividad física y apoyo psicosocial.
Impacto económico y necesidad de apoyo real a las embarazadas
Más allá de la salud individual, la ganancia de peso inadecuada y la falta de actividad física tienen también un fuerte impacto en el sistema sanitario. En España, datos del Ministerio de Sanidad estiman que el coste medio de hospitalización para un neonato de muy bajo peso (entre 500 y 1.000 gramos) ronda los 52.508,5 euros por ingreso.
Otros análisis señalan que el tratamiento de bebés prematuros muy inmaduros se encuentra entre los procesos más caros del Sistema Nacional de Salud. Por ejemplo, los partos prematuros entre las semanas 28 y 32 implican un coste medio por paciente cercano a los 44.709 euros, teniendo en cuenta la atención obstétrica y neonatal.
A esto se suman los gastos derivados de complicaciones como la macrosomía fetal, los ingresos en UCI neonatal y las intervenciones necesarias, que pueden elevar el coste por caso a decenas de miles de euros si se considera la estancia en cuidados intensivos, los tratamientos asociados y el seguimiento posterior.
Cabello apunta que, aunque no existe un cálculo exacto que recoja el peso económico total de todos los problemas ligados a una ganancia de peso inadecuada, es razonable pensar que invertir en prevención —incluyendo programas de ejercicio adaptado y educación nutricional— resulta mucho más barato por mujer que asumir el coste de tratar neonatos y madres con complicaciones graves.
En esta línea, diversos editoriales científicos reclaman estrategias de salud pública amplias y sostenidas a lo largo de la vida, que apoyen a las mujeres antes, durante y después del embarazo. La idea es clara: sin un enfoque global que combine educación, recursos accesibles para moverse más y mejor, y acompañamiento sin culpabilizar, la epidemia de obesidad y sus consecuencias seguirán pasando de una generación a otra.
Entre la presión estética y la salud: lo que falta por cambiar
El caso mediático de Sara Corrales ilustra bien cómo se mezclan los planos. Por un lado, están las críticas que interpretan el ejercicio en el embarazo como un intento de esquivar el «cuerpo de madre» y una especie de competición por ver quién se ve mejor antes, durante y después del parto. Por otro, la propia actriz insiste en que su prioridad es adaptar sus rutinas y seguir las indicaciones de su equipo médico, más allá de la imagen.
Al compartir que ha sentido «shock, lágrimas y emoción» al conocer su embarazo, y al mostrar momentos íntimos como la lectura de una carta al futuro hijo o hija, la intérprete deja claro que no se trata de elegir entre cuidar al bebé o cuidarse a sí misma, sino de encontrar un equilibrio informado, donde el ejercicio sea una herramienta más al servicio de la salud.
Su lista de beneficios percibidos —menor dolor lumbar, mejor circulación, más energía, prevención de diabetes gestacional, recuperación posparto más rápida, fortalecimiento muscular, incluidos ejercicios de suelo pélvico, mejor estado de ánimo y mayor oxigenación— coincide en buena medida con lo que señalan las guías clínicas y los estudios recientes.
Lo que parece faltar, tanto en España como en otras partes de Europa, es una información más homogénea y accesible que llegue a todas las embarazadas, independientemente de su nivel socioeconómico, y una red de apoyo que incluya a profesionales formados en ejercicio prenatal que puedan adaptar los programas a cada caso concreto.
Mientras la ciencia acumula evidencias de que mantenerse activa durante el embarazo es seguro y beneficioso cuando se hace con supervisión y sentido común, la conversación social sigue anclada muchas veces en mitos y temores antiguos. Entre los datos sobre placentas más sanas, mejor control del peso y menos complicaciones, y las historias de mujeres que quieren vivir su gestación de forma plena sin renunciar al movimiento, se dibuja un escenario en el que el ejercicio deja de ser un tabú para convertirse en un aliado, siempre que se entienda como parte de un cuidado integral y personalizado de la madre y el bebé.