El mágico día de reyes

No hay despertador para levantarse el día seis de enero de cada año. Temprano, pero muy temprano, muy temprano, muy temprano, como recomienda el rey azulgrana, cuando el sol acaba de sacar la nariz, los niños con cara de sueño, de excitación, de felicidad, corre a la cama de los padres para decirles gritando entusiasmados o en un murmullo sobrecogido: han venido los Reyes, ¡han venido los Reyes!

Esta frase se va repitiendo por cualquier ciudad o aldea de mi pequeño pero intenso país. En cualquier lugar, de las tierras brumosa del llano de Lleida a los pueblos nevados de los Pirineos y el Valle de Arán, de las templadas ciudades costeras del sur a las tramontanas del norte, del frío seco de los pueblos de la franja a ventosos de las tierras del Ebro, se repite la letanía alegra: Han venido los Reyes!

Bajo el árbol, un montón de paquetes envueltos con papeles de colores con el nombre de los niños escrito con letras grandes. Los chavales, de reojo, comprobarán que los Reyes hayan bebido el cava o el vino dulce, que los camellos hayan vaciado los cubos con pan seco y se hayan bebido el agua del cubo. La travesía de los magos de Oriente ha sido larga y provechosa.

Por la calle, el ritual comienza: la niña cogiendo fuerte el padre y la madre mientras avanza, insegura y feliz, sobre los nuevos patines en línea, el padre pone a prueba sus lumbares sujetando la bicicleta que pedalea su hijo, los coches aparcados con el maletero abierto de donde sacando regalos y más regalos, chicos luciendo orgullosos la camiseta nueva del equipo de fútbol de sus amores. Procesiones de criaturas que van de casa de los abuelos en casa de los tíos jóvenes, troneras y sin hijos, que los recibirán en pijama, de casa la tía, aquella tía soltera, que les dará un dinerito para poner a la libreta, en casa el padrino o la madrina. Y en cada casa, ¡oh, sorpresa!, Habrá pasado los Reyes.

Y a pesar del sueño, a pesar de la crisis, pese a las ausencias, sin embargo, los grandes recibimos el mejor regalo para empezar el año: la mirada ilusionado de los pequeños de la casa y la mirada cómplice y satisfecha de los adolescentes que ya conocen el secreto mejor guardado.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *