El embarazo después de los 35 años es cada vez más frecuente. Muchas mujeres optan por esperar a ser madres en el futuro, y ven grandes beneficios en esta decisión: una mayor estabilidad económica, más madurez emocional, una relación de pareja más consolidada o la posibilidad de haber alcanzado metas personales y profesionales. Sin embargo, retratar la maternidad también puede presentar algunos riesgos y hacer que el embarazo requiera una atención médica más estrecha e incluso una planificación más cuidadosa. Muchas parejas hoy en día optan por iniciar la familia más tarde en la vida, y es fundamental conocer bien qué implica.
En los últimos años, las mujeres empiezan a tener hijos con más frecuencia entre los 26 y los 32 años y muchas de ellas también, después de los 35. Cada embarazo requiere cuidado y vigilancia, pero esa necesidad aumenta para las madres de más de 30 años y, sobre todo, para aquellas que tienen más de 35.
Afortunadamente, la ciencia médica ha evolucionado muchísimo y hoy existe una gran cantidad de información y recursos disponibles para las mujeres de más de 35 años. De este modo, pueden tomar decisiones más informadas sobre cuándo tener hijos, cómo prepararse y cómo protegerse de algunos peligros con los que se enfrentan durante el embarazo.

La disminución de la fertilidad
Una de las cuestiones más importantes que una mujer debe tener en cuenta si quiere esperar a crear una familia es la posibilidad real de quedarse embarazada. A medida que pasan los años, la fertilidad femenina disminuye de forma progresiva y esto influye tanto en el tiempo que se tarda en lograr un embarazo como en la probabilidad de que éste evolucione adecuadamente.
La fertilidad comienza a disminuir en las mujeres a partir de los 30 años por varias razones. En primer lugar, las mujeres mayores de 35 años tienden a ovular con menos frecuencia que las mujeres más jóvenes, lo que significa que sus posibilidades de concepción estarán reducidas en cada ciclo. Además, la calidad de los óvulos también se ve afectada, aumentando el riesgo de alteraciones cromosómicas en los embriones.
Biológicamente, la etapa más fértil de la mujer se sitúa en la década de los 20, pero aún es posible conseguir embarazos naturales a partir de los 30 y 35 años. Lo que cambia es la probabilidad de conseguirlo en un tiempo determinado. A partir de cierta edad, la reserva ovárica (el número de óvulos disponibles) y su calidad disminuyen con más rapidez, y muchas mujeres necesitan más tiempo o incluso ayuda médica para lograr la gestación.
Algunos de los problemas que contribuyen a la infertilidad suelen estar relacionados con la edad de la mujer, pero también con otras condiciones. Por ejemplo, la endometriosis, en la que las células endometriales crecen de forma anormal fuera del útero, puede bloquear las trompas de Falopio y dificultar el paso de los óvulos, además de favorecer la aparición de fibromas o miomas, que son tumores benignos que pueden alterar la anatomía del útero u ovarios y complicar la concepción.

La mayoría de las veces, esta disminución de la fertilidad no significa que el embarazo sea imposible, sino que puede costar más conseguirlo que a una mujer más joven. Las probabilidades de éxito por ciclo son menores y la tasa de aborto espontáneo es algo más alta, pero muchas mujeres de más de 35 años logran embarazos sanos.
Además, existen tratamientos de fertilidad y técnicas de reproducción asistida que hoy en día aumentan de manera notable las probabilidades de concepción. En función de la edad, el estado de la reserva ovárica, el semen de la pareja y otros factores médicos, el especialista puede recomendar desde relaciones dirigidas con control de la ovulación hasta inseminación artificial o fecundación in vitro.
Es muy importante saber que, si tras un periodo de búsqueda de embarazo no se consigue gestación, conviene consultar con un especialista en fertilidad. En general, se recomienda acudir a un experto si no se ha logrado el embarazo después de un año de relaciones sexuales regulares sin protección. Sin embargo, en mujeres de 35 años o más, este margen se reduce a unos 6 meses, ya que el tiempo juega en contra y es preferible valorar la situación cuanto antes.
En esa primera consulta de fertilidad, se evalúa la reserva ovárica de la mujer mediante ecografía (conteo de folículos antrales) y análisis hormonales (como la hormona antimülleriana), y se realiza un seminograma al varón para estudiar la calidad del semen. Con estos datos, el especialista puede orientar sobre las opciones más adecuadas.
Riesgos que deben tenerse en cuenta

Quedarse embarazada no siempre es un obstáculo para las mujeres de más de 35 años, pero sí hay algunos riesgos que deben tenerse muy presentes. A medida que avanza la edad materna, aumentan la probabilidad de ciertas complicaciones durante el embarazo y el parto, y también algunos riesgos para el bebé.
Las mujeres de más de 35 años tienen mayor probabilidad de sufrir un aborto involuntario, muerte fetal intraútero y otras complicaciones, como la diabetes gestacional y la hipertensión gestacional. Estos problemas no aparecen en todas las mujeres, pero sí son más frecuentes conforme aumenta la edad, sobre todo cuando se asocian otros factores de riesgo como sobrepeso, antecedentes familiares o enfermedades previas.
La diabetes gestacional es una condición que puede manifestarse en mujeres embarazadas que nunca antes habían tenido diabetes. Se produce porque el organismo tiene más dificultad para manejar los niveles de glucosa durante la gestación. Esta condición podría conducir a complicaciones en el parto (bebé grande, necesidad de cesárea, hipoglucemia neonatal) y debe ser tratada y controlada de forma estricta por el equipo médico.
Por otro lado, a partir de los 35 años las mujeres pueden tener más riesgo de presentar hipertensión gestacional, que si progresa puede derivar en preeclampsia, una complicación potencialmente grave tanto para la madre como para el feto. La preeclampsia se caracteriza por tensión arterial elevada y presencia de proteínas en la orina, y puede conllevar problemas en la placenta, retraso de crecimiento intrauterino o parto prematuro.

Esta condición debe ser vigilada de cerca por el equipo médico mediante controles de presión arterial, analíticas y ecografías. En algunos casos, el bebé deberá tener cuidados intensivos al nacer, sobre todo si el parto se adelanta o si necesita atención especializada por algún tipo de complicación durante la gestación.
También aumenta ligeramente el riesgo de otros problemas, como alteraciones en la placenta (placenta previa o desprendimiento), partos más largos o complejos, mayor probabilidad de cesárea y complicaciones en el postparto. Eso no significa que siempre vayan a ocurrir, pero sí que el embarazo en edades más avanzadas requiere controles más exhaustivos.
Es fundamental recordar que la salud general de la mujer antes de quedar embarazada tiene un gran impacto en el curso del embarazo. Las mujeres que fuman, beben alcohol, consumen drogas recreativas, toman determinados medicamentos de forma regular o sufren obesidad, hipertensión o diabetes previas son más propensas a tener dificultades y complicaciones durante el embarazo, sea cual sea su edad, pero estos riesgos se acumulan a partir de los 35 años.
Por eso, antes de embarcarse en esta etapa es muy recomendable revisar y mejorar los hábitos de vida: seguir una dieta equilibrada rica en frutas, verduras, proteínas magras y cereales integrales, mantener un peso saludable, hacer ejercicio moderado de forma regular, dormir suficientes horas y evitar el tabaco, el alcohol y las drogas. Todo ello no solo favorece la fertilidad, sino que también mejora la evolución del embarazo y la salud del bebé.

La importancia de los exámenes médicos
Las mujeres de más de 35 años deben tener más precauciones durante el embarazo que las mujeres más jóvenes. Una de las mejores formas de determinar los riesgos y adelantarse a los problemas es a través de los exámenes médicos antes y durante la gestación.
Idealmente, conviene realizar una consulta preconcepcional con el ginecólogo o médico de cabecera antes de buscar embarazo. En ella se revisa la historia clínica, los antecedentes personales y familiares, la medicación habitual y el estilo de vida. Además, se pueden solicitar analíticas básicas para descartar anemia, alteraciones de la tiroides, diabetes u otros trastornos que convienen tener controlados antes de la gestación.

Durante el embarazo, todas las mujeres deben someterse a una prueba de detección a las doce semanas (ecografía del primer trimestre), que mide el grosor del pliegue nucal del bebé y se complementa con análisis de sangre y de orina. Así se estiman los riesgos de defectos cromosómicos y algunas complicaciones que puedan surgir. A partir de esta información, se calcula un riesgo combinado y, si es elevado, se ofrecen pruebas adicionales.
Si las pruebas médicas muestran que el bebé está en alto riesgo de tener defectos congénitos cromosómicos, el siguiente paso podría ser realizar una amniocentesis u otras técnicas diagnósticas invasivas (como la biopsia corial), que permiten estudiar con precisión los cromosomas fetales. La amniocentesis es una prueba de diagnóstico de defectos de nacimiento que se realiza extrayendo una pequeña cantidad de líquido amniótico mediante una punción controlada por ecografía.
Antes de llegar a una prueba invasiva, hoy existen también cribados genéticos no invasivos que analizan el ADN fetal en sangre materna y ofrecen una estimación muy fiable del riesgo de alteraciones cromosómicas como el síndrome de Down. Estos tests no sustituyen por completo a las pruebas diagnósticas, pero sí ayudan a reducir el número de procedimientos invasivos necesarios.
Es necesario recordar que las pruebas diagnósticas pueden enfrentar a los padres a decisiones difíciles, como valorar la continuidad o no del embarazo en caso de una anomalía grave. Por ello, resulta esencial contar con una información clara, apoyo emocional y, si se considera oportuno, asesoramiento genético antes y después de realizar cualquier prueba de este tipo. Estas decisiones deben valorarse con calma y previsión, incluso antes de someterse a una amniocentesis.
Estrategias para cuidar tu salud si buscas embarazo después de los 35
Si estás valorando ser madre a partir de los 35 años, hay varias medidas que puedes adoptar para mejorar tus probabilidades de lograr un embarazo sano y cuidar tanto de tu salud como de la de tu bebé.
- Consulta preconcepcional: permite detectar problemas de salud previos, ajustar medicaciones que puedan ser perjudiciales en la gestación y pautar suplementos como el ácido fólico.
- Estilo de vida saludable: una alimentación variada y equilibrada, ejercicio moderado (caminar, nadar, yoga prenatal…), un buen descanso nocturno y evitar tóxicos son pilares básicos.
- Control del estrés: técnicas como la meditación, la atención plena o el yoga pueden ayudar a reducir la ansiedad relacionada con la fertilidad y el embarazo.
- Atención a la fertilidad: si tras unos meses de búsqueda no consigues el embarazo, consulta con un especialista para valorar tu situación de forma personalizada.
Además, los suplementos con ácido fólico antes y durante el embarazo son fundamentales para prevenir defectos del tubo neural en el bebé. En algunos casos, el médico puede recomendar también vitaminas específicas, y en mujeres de más de 35 años, en ocasiones se valoran antioxidantes u otros complementos, siempre bajo supervisión profesional.
Preservar la fertilidad si aún no es el momento
Hay mujeres que saben que no es el momento adecuado para ser madre a pesar de rondar o haber superado los 35 años. Motivos profesionales, económicos, personales o de pareja hacen que la maternidad se posponga, pero al mismo tiempo preocupa la disminución de la fertilidad con la edad.
En estos casos, existen opciones para preservar la fertilidad. Una de las más conocidas es la vitrificación de ovocitos, que permite congelar óvulos en un momento de mayor fertilidad para utilizarlos más adelante, cuando las circunstancias personales sean más favorables. De este modo, se conserva material genético propio de mejor calidad que el que podría obtenerse años después.
Además, llevar un estilo de vida saludable a lo largo de los años ayuda a preservar en la medida de lo posible la calidad de los gametos. Mantener el peso adecuado, hacer ejercicio, evitar el tabaco y moderar el consumo de alcohol son medidas sencillas que pueden tener un gran impacto a largo plazo.
Las ventajas de ser una madre mayor

No todo tiene que ser negativo si quieres ser una madre de más de 35 años. Si bien es cierto que hay algunas precauciones adicionales que necesitarás tener al tener los hijos con más edad, también hay numerosas ventajas emocionales, personales y sociales asociadas a la maternidad tardía.
Cuando se tiene un hijo tras haber consolidado la carrera profesional y disfrutar de una economía más estable, se reduce en gran medida la presión económica y el estrés que suelen experimentar muchos padres y madres jóvenes. Esto puede permitirte vivir el embarazo con mayor calma y dedicar más tiempo y energía a tu bebé, sin sentir que renuncias a tantas metas vitales.
Además, si eres una mujer asalariada, puedes beneficiarte de derechos laborales como la baja por maternidad remunerada, reducciones de jornada o permisos que facilitan la conciliación familiar. En muchos casos, con más años de experiencia laboral es más sencillo acceder a estas medidas sin tanto miedo a frenar la carrera profesional.

Las madres entre 20 y 30 años a veces se sienten abrumadas y muy cansadas mentalmente cuando llegan sus bebés al mundo. Es habitual que sientan que han perdido una parte de su vida que nunca volverá y que todavía tenían muchos proyectos por cumplir. En cambio, al ser una madre mayor, muchas mujeres sienten que ya han alcanzado varios objetivos personales y se perciben a sí mismas como más seguras, con una identidad más formada y una motivación muy intensa hacia la maternidad.
También es frecuente que las madres de más de 35 años tengan mayor estabilidad emocional y de pareja, algo que puede repercutir positivamente en la crianza. No se trata de que la maternidad sea más fácil, pero sí de que muchas mujeres se sienten mejor preparadas para asumir sus retos, y cuentan con más herramientas para gestionar el cansancio, los cambios de vida y las decisiones importantes relacionadas con sus hijos.
Como en todas las decisiones importantes, es necesario sopesar los pros y los contras cuidadosamente cuando empieces a considerar que quieres embarcarte en este viaje tan emocionante que es la maternidad. Tener un hijo después de los 35 años requiere organización, responsabilidad y un buen acompañamiento médico, pero también puede convertirse en una experiencia plena y consciente.

La maternidad a partir de los 35 años no es fácil y puede hacer que te sientas agotada tanto física como mentalmente, pero sigue siendo para muchas mujeres uno de los procesos más intensos y gratificantes de la vida. Con información fiable, hábitos saludables y un acompañamiento médico adecuado, las probabilidades de tener un embarazo y un bebé sanos son altas, y la decisión de cuándo ser madre puede tomarse desde la reflexión y la libertad personal. Si te lo planteas, escuchar tu cuerpo, hablar con tu médico y valorar tus prioridades vitales te ayudará a decidir si este es tu momento para ser madre.
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