Encerrar a un niño en una habitación es negligencia, y por eso se considera maltrato

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Estos días hemos sabido que la Audiencia Provincial de Valencia ha dictado revocar el sobreseimiento de una causa archivada. Todo empezó con la denuncia de unos progenitores el maltrato que su bebé de dos años había sufrido en una Escuela Infantil de esa ciudad. Como imaginaréis se ha armado bastante revuelo, y generado mucha controversia. El niño no fue el único que sufrió abuso de poder por parte de los cuidadores de la guardería, pues fueron varios los que recibieron castigos permaneciendo de pie o quedándose a solas en una aula oscura y cerrada con llave (un horror, vamos…).

Las familias confiamos a priori en la profesionalidad del personal docente que atiende a las niñas y niños en sus diferentes etapas educativas; a mí me gustaría también que además de haber sido formados para educar y atender a bebés, niños y adolescentes, estuvieran emocionalmente capacitados para hacerse cargo de unos seres complejos y muy sensibles que conforme crecen presentan necesidades psicológicas, sociales, físicas y culturales diferentes.

Digo esto porque (ahora no me refiero al tema concreto que nos ocupa) he conocido más de un caso en el que me he tenido que preguntar “¿qué sabe esta persona de psicología infantil?”. Siempre se dice que para realizar estos trabajos es necesaria mucha motivación, pero también mucha estabilidad y “saber estar”, ya que la pretendida protección se puede convertir fácilmente en daños emocionales a los alumnos.

Para ir entrando en materia, os puedo asegurar que encerrar a un niño (de 2, de 8 o de 12 años) en un lugar oscuro, y hacerlo como castigo es muy degradante, pero también es una negligencia porque se omite la atención de una necesidad fundamental. Esta necesidad podría ser la atención a las emociones: esos mecanismos automáticos que utilizamos como respuesta a estímulos externos.

Y como la atención (no digamos ya la gestión) de las emociones es una de las grandes olvidadas en la educación, me permito sugerir que las percibamos como aliadas, incluso en las situaciones en las que el niño, por edad, por estar sometido a estrés, o por el motivo que sea, sea incapaz de ofrecer respuestas adecuadas. En mi opinión, aquí es dónde se vería la valía de un profesional de la educación, que – además – es una persona adulta, y por ello más capaz de entender a sus alumnos.

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¿Castigar encerrando?

¡Vaya!, la educación represora que los más mayores han recibido durante años aún colea, y ¡aún peor!, son legión las personas que confían en el castigo (incluso físico) como método educativo, cuando no lo es. No hay más que leer algunos comentarios en reseñas de la noticia: hay quien niega los hechos (“mis sobrinos han ido allí, no es posible que suceda tal cosa”), quien deja caer eso de que “un cachete a tiempo es lo más adecuado, a mi me lo han dado y no me ha pasado nada” (ejem… ¿justificar la violencia no significa que haya dejado huella el castigo físico?), etc.

Por el momento, la sociedad en su conjunto, sigue desconociendo cuál es el impacto del maltrato de cualquier tipo en la vida de los niños: en la vida actual y la futura. Como ejemplo os cuento, que entre otras consecuencias puede suceder lo que se conoce como hipótesis de la reproducción del maltrato, sobre la que hay todavía mucha discusión, aunque Green (en 1998) la confirmaba. O sea que el niño maltratador, maltrate a otras personas pasados los años, y eso sería razón de peso para que nos planteáramos un cambio profundo en las relaciones con los más pequeños. Pero además está la posibilidad de sufrir estrés tóxico, y otros efectos de lo que ahora no nos vamos a ocupar.

Yo siempre aconsejo que si nos falla el sentido común y perdemos de vista el verdadero sentido de la protección a los menores, imaginemos un acto potencialmente lesivo para un niño, como si fuera a ejercerse sobre una persona adulta. A ti que me lees, piensa en lo siguiente, “el lunes tu jefe se enfada contigo porque hablas mucho y molestas a tus compañeros, entonces te lleva al cuarto oscuro y te deja allí una hora”, ¡qué humillación! ¡qué rabia!, ¡qué tristeza! ¿verdad?”. Para un niño, ¡un bebé en este caso! es mucho peor, entre otras cosas porque confía en sus cuidadores, y además no tiene la misma noción del tiempo que tú. ¿Y si lo que son 30 minutos para ti para ese peque hubieran sido 2 horas? ¡uf!

La violencia ocasiona muchísimo sufrimiento, y el maltrato es violencia

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Todavía educamos en el miedo

Queremos que desaparezcan los libros y nuestros hijos aprendan por proyectos, queremos más recursos TIC en las aulas, queremos un sistema moderno a la altura de otros países, y sobre todo a la altura de las necesidades de unos estudiantes que competirán en un mercado laboral distinto al que nos hemos encontrado nosotros.

Y ansiando todos esos cambios tan bonitos… nos olvidamos de que AÚN educamos en el miedo (padres y profesores) consciente o inconscientemente; y claro, el miedo es opuesto al amor, que tanto necesitan niñas y niños. Es preciso también que nos centremos en el objetivo de erradicar el miedo, pues (y sobre esto nos hablará próximamente Valeria) es el gran aliado de la indefensión aprendida, que bloquea la acción y aumenta muchísimo la vulnerabilidad psicológica de los más jóvenes. No quieres eso para tus hijos, ¿verdad?

Soy contraria a los sistemas de castigos y recompensas en cualquier relación educativa, pero castigar de cara a la pared o encerrar… es que de verdad, que duro es de saber que están ocurriendo hechos similares en todo el mundo. Quien castiga confía poco en su potencial, pero también provoca que el menor deje de confiar en él. No necesitamos domar ni dominar a los niños para entendernos con ellos.

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El derecho de los padres a denunciar.

De cualquier madre, de cualquier padre, que sepa que su hijo ha sido o está siendo acosado por un docente, que está sufriendo abuso de poder, ¡ya está bien! No tenemos por qué consentirlo, ¡pero si los niños y niñas son lo que más queremos! Según he leído, el abogado del centro educativo niega las pruebas, y eso que una antigua estudiante en prácticas de la escuela infantil, confirmó en su día las sospechas de los padres. Y por cierto, hablando de ese ‘abuso de poder que menciono’, Mel nos cuenta más sobre él en esta entrada de su blog.

Informes psicológicos por los que ningún niño debería pasar, revelaban lo que a su edad no era capaz de expresar con palabras, aunque sí (probablemente) con un cambio de comportamiento visible. Es hora de que los progenitores nos tomemos estas cosas en serio, y protejamos a nuestros vástagos, porque hechos como el que contamos no sucederán en todos los sitios (espero), pero es un derecho exigir responsabilidades.

Y a su vez, pienso que es un derecho de los peques que sus cuidadores sepan atenderles cuando lloran, se sienten incómodos, tristes… Por ejemplo no tiene mucho sentido pretender que con 2 años duerman la siesta mágicamente y todos a una hora. Deben existir soluciones que sean buenas para todos, y en este “todos” incluyo también a los alumnos.

Creo que una guardería, un colegio de infantil y primaria, un instituto de secundaria, han de ser lugares acogedores y seguros para sus alumnos. ¿Que van allí a aprender? pues sí, pero sobre todo van a desarrollarse como personas, y ¿en qué clase de persona se puede convertir alguien que es degradado o insultado?


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Macarena

Ante todo madre: mis hijos se han criado pegados a mí, y han aprendido que la libertad se gana con responsabilidad. Ahora (¡bendita... Ver perfil ›

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