
Uno de los grandes problemas en las escuelas hoy en día es el miedo que sienten los niños si no sacan buenas notas o si están por debajo del nivel de sus compañeros. Otro de los grandes problemas es el del acoso escolar, que también genera miedo. Padres y profesores luchan a diario para detener este comportamiento, sin darse cuenta de que muchas veces son los propios adultos quienes enseñan a los niños el comportamiento de la intimidación mediante el modelado, cuando utilizan la amenaza y el poder del tamaño físico o de su autoridad para lograr que los pequeños hagan las cosas. En ocasiones se nos olvida enseñar a los niños a través del amor y del respeto profundo a su dignidad.
La forma en que criamos hoy a nuestros hijos condiciona cómo se relacionarán mañana con sus parejas, amigos, jefes y, por supuesto, con sus propios hijos. Educar a través del amor no significa ausencia de normas o límites, sino apostar por una crianza afectiva y respetuosa que les enseñe que quien te quiere no te daña, te escucha, te respeta y te cuida, empezando por uno mismo.
El error de contar hasta tres

Muchos padres utilizan el método de contar hasta tres para los niños pequeños. Es una forma rápida de conseguir que los niños obedezcan a sus demandas, pero es importante preguntarse qué se le pasa por la cabeza a los niños cuando sus padres empiezan a contar y llegan al número tres. ¿Qué creen que va a ocurrir si no obedecen? ¿Tendrán miedo de un azote, de un grito, del abandono emocional, de la retirada del amor o de una desaprobación que les congele el alma?
Son muchos los tipos de amenazas y, en este caso, también incluye el contar hasta tres. Tal como se pretende, la amenaza de lo que ocurrirá si el padre o la madre llega a tres obliga al niño a hacer lo que se le está diciendo que haga. Los adultos usan las amenazas para que los niños cooperen, porque suelen funcionar a corto plazo. A muchos adultos nos educaron así, a través del miedo, pero eso no significa que sea una forma sana de educar ni mucho menos que debamos reproducir esos métodos punitivos con nuestros propios hijos.
Cuando el mensaje es “si no haces lo que te digo, te pasará algo malo”, el niño no aprende a comprender el porqué de la norma ni a autorregularse, solo aprende a evitar el castigo. Además, interioriza una lección peligrosa: que es legítimo hacer daño al otro o presionarlo cuando quieres que haga algo.
No hay magia en las amenazas
Aunque parece que el contar hasta tres o lanzar una amenaza funciona como un truco de magia en disciplina, no existe ninguna magia en las amenazas. Los niños saben que los adultos son más grandes, más fuertes y más poderosos que ellos, por lo que obedecen para protegerse. Si la única forma que tenemos de hacer que los niños nos obedezcan es a través del miedo, ¿qué estamos haciendo realmente? ¿Les estamos enseñando que el mayor tamaño físico y el poder son las únicas herramientas válidas para tener éxito e influir en los demás?
Muchos padres ven en el comportamiento rebelde de un niño un desafío consciente a la autoridad. Pero una vez que los adultos entienden que el comportamiento no cooperativo suele estar causado por una necesidad insatisfecha del niño (cansancio, hambre, necesidad de atención, necesidad de juego, necesidad de sentirse escuchado) o por una expectativa poco realista del adulto, la perspectiva cambia. Los padres dejan de tomarse el comportamiento como algo personal y se centran en buscar la causa de fondo para poder ayudar.
Este cambio de mirada es clave en la crianza afectiva y respetuosa: el niño no es el problema, el problema es el problema. Y el adulto acompaña, enseña, regula y pone límites, pero sin humillar, golpear, gritar ni amenazar.
Además, las amenazas tienen un efecto colateral peligroso: cuando se usan de forma habitual, el niño puede aprender que quien le ama tiene derecho a dañarle o a asustarle. Esto se conecta con su manera de entender las relaciones cuando crezca. Un niño que ha aprendido que “si me quieren, pueden pegarme o gritarme por mi bien” será más vulnerable, de adulto, a relaciones de pareja o de amistad donde haya violencia o humillación, porque le resultarán familiares.

Los padres y los niños tienen diferentes necesidades
Los padres y los niños suelen tener diferentes necesidades y ritmos. A veces nuestras obligaciones, horarios o cansancio entran en conflicto con las necesidades de nuestros hijos. Los niños que están jugando no quieren interrumpir su juego para ir a la tienda antes de que cierre o para ir a dormir porque hay que madrugar. Cuando un adulto tiene que hacer una cosa y un niño necesita hacer otra, aparece el conflicto de necesidades.
Este conflicto se convierte en una lucha de poder cuando los padres utilizan el miedo en lugar de la fuerza del amor y la comunicación. Un fuerte vínculo se crea con el tiempo cuando los padres, con amor y firmeza, satisfacen las necesidades de sus hijos y resuelven estos choques sin recurrir a amenazas. Las amenazas destruyen el vínculo entre padres e hijos porque generan miedo, resentimiento y sensación de injusticia.
Cuando aprendemos a resolver los conflictos de nuestras necesidades de forma que se expresen con empatía y asertividad (“sé que quieres seguir jugando y al mismo tiempo necesitamos irnos ya para llegar a casa a cenar”), se fortalece el vínculo y se evitan las luchas de poder. El niño se siente visto y respetado, aunque no siempre pueda hacer lo que desea.
Aquí entra en juego también la importancia de enseñar que los límites y las normas no están reñidos con el amor. Poner límites claros y pocas normas coherentes, adaptadas a la edad del niño, da seguridad. No es lo mismo decir “porque lo digo yo” que explicar con calma “no puedes pegar porque haces daño, y todas las personas merecemos que nos traten con respeto”. El límite es el mismo (no se permite pegar), pero el mensaje que recibe el niño sobre el respeto, la empatía y la responsabilidad es muy diferente.
Esta manera de educar, basada en la empatía y el respeto mutuo, también ayuda a que los niños comprendan que su cuerpo y sus decisiones importan. Por ejemplo, no obligarles a dar besos o abrazos cuando no quieren, les enseña que sus sentimientos y límites físicos son valiosos y que no deben someterse a reglas o autoritarismos para ser amados.
Usa el amor para evitar conflictos
La razón más común para el conflicto de necesidades entre padres e hijos es la falta de recursos emocionales y educativos de los adultos. Si los padres tuvieran más recursos, herramientas y apoyo, no tendrían que usar las amenazas ni los castigos físicos o emocionales. Mientras exista una falta de recursos internos (paciencia, autocontrol, habilidades de comunicación) y externos (tiempo, apoyo familiar, conciliación), seguirán apareciendo estos conflictos.
Si quieres criar a tu hijo en un mundo donde no exista el acosador y el acosado, el amor deberá ser la base de tu enseñanza, acompañado de respeto mutuo, confianza y honestidad. Esto incluye varios aspectos clave que podemos empezar a cultivar en casa:
- No usar la violencia como método de disciplina. Quien te ama no te daña. Un azote o un grito no educan, solo asustan y minan la autoestima.
- Escuchar activamente. Mirar al niño a los ojos, ponerse a su altura y mostrar con el cuerpo y la voz que lo que siente y piensa es importante.
- No reprimir sus sentimientos. Validar sus emociones (“es normal que estés triste”, “puedes llorar si lo necesitas”) y ayudarle a gestionarlas en lugar de mandarle callar.
- Cuidar de uno mismo como adulto. Un padre o una madre agotados, sin espacios de autocuidado, tienen más probabilidades de perder los nervios y recurrir al miedo.
- Ser congruentes entre lo que decimos y lo que hacemos, porque los niños aprenden, sobre todo, del ejemplo.

Es necesario enseñar a los niños a amar en lugar de a odiar. Para lograrlo, primero debemos aprender los adultos las habilidades de resolución de conflictos y utilizarlas en nuestras interacciones diarias, tanto con los niños como con otras personas. Así como los niños aprenden la intimidación del modelado de los adultos, también pueden aprender la escucha, la negociación, la gestión de la ira y la búsqueda de soluciones justas observando a sus padres.
Cuando los niños aprenden desde muy pequeños que el amor se demuestra con tiempo, atención, respeto y cuidado, y son capaces de interiorizar estas habilidades en casa, podrán utilizarlas en otros ámbitos de la vida, como en la escuela, en la adolescencia y en sus futuras relaciones de pareja y de amistad.
También es importante enseñar a los niños a amar de manera sana, sin caer en dependencias emocionales. El amor no es renunciar siempre a uno mismo para complacer al otro, ni aceptar malos tratos “por amor”. Amar de forma madura implica autoestima, autonomía y capacidad de poner límites. Educarles en el amor implica recordarles que ya son valiosos por ser quienes son, que no necesitan hacer cosas extraordinarias ni sacrificarse siempre para merecer cariño.
Resolver los conflictos desde el amor
Es necesario enseñar a los niños a resolver los conflictos desde el amor y el respeto, dejando a un lado el miedo. En ocasiones, no hay una manera perfecta para que las dos personas (adulto y niño) obtengan exactamente lo que necesitan, pero siempre se pueden respetar las necesidades de cada uno y buscar acuerdos lo más equilibrados posible.
No es necesario que los niños deban resignarse a no conseguir lo que necesitan solo para evitar que se les trate de una forma que no mantiene su dignidad. Cuando un niño grande le dice a otro pequeño: “Haz lo que te digo o te voy a hacer daño”, lo llamamos intimidación; pero cuando un adulto se comunica de la misma forma con un niño, muchas veces lo llamamos disciplina. Está claro que algo falla en esa mirada.
Si se trata a los niños de forma que se les quita su dignidad, les estaremos enseñando a hacer lo mismo con otras personas. Si queremos que los niños se comporten con respeto, que no exista intimidación y que el amor esté presente en sus vidas, debemos dejar de intimidarles o educarles a través del miedo. Esto también incluye la forma de hablar: evitar insultos, humillaciones, chantajes emocionales o frases que les hagan sentir culpables por sentir lo que sienten.
En lugar de reprimir sus emociones o ridiculizarlas, podemos acompañarlas: “veo que estás muy enfadado, estoy aquí contigo, vamos a buscar una manera de solucionarlo”. Mostrar nuestra vulnerabilidad delante de ellos (pedir perdón si nos equivocamos, reconocer que estamos cansados o tristes) les enseña que cuidarse a uno mismo y expresar lo que se siente no es egoísmo, sino la base para relacionarse de manera sana con los demás.

El poder del miedo es fácil y rápido, pero no es realmente efectivo a largo plazo. El poder del amor requiere más trabajo, más paciencia y más tiempo, pero los niños se desarrollarán mejor emocionalmente y nunca -nunca- tendrá efectos negativos para sí mismos o para la sociedad si se crían desde el respeto, la escucha y la dignidad. Un niño que crece sintiéndose amado incondicionalmente, escuchado, respetado y sostenido en sus emociones, se convertirá con mucha más probabilidad en un adulto empático, seguro de sí mismo, capaz de establecer relaciones de igualdad y de detectar cuándo una relación es tóxica o dañina.
Educar a los niños a través del amor implica elegir cada día la empatía frente al grito, la escucha frente a la amenaza y la coherencia frente al “porque yo lo digo”, sabiendo que no se trata de ser padres perfectos, sino de estar dispuestos a aprender, reparar y crecer junto a ellos mientras construimos un vínculo basado en el buen trato y el respeto mutuo.

