
El sueño infantil es una de las mayores preocupaciones de las familias desde hace generaciones. Cada noche, en miles de hogares, se repiten las mismas preguntas: ¿por qué mi bebé se despierta tanto?, ¿estoy haciendo algo mal?, ¿es malo dormir con mi hijo?, ¿debería dejarle llorar para que aprenda a dormir solo? En este contexto, cobra especial relevancia el libro “Dulces Sueños” de María Berrozpe, publicado por Alianza Editorial, una obra que se ha convertido en un referente cuando se busca información rigurosa, respetuosa y basada en la ciencia sobre cómo duermen los niños.
Hoy os presento la entrevista que le hemos realizado a María Berrozpe, autora de este libro recién editado y titulado “Dulces Sueños”, que ha publicado Alianza Editorial. Os anticipo que no es un libro con consejos rápidos o recetas milagrosas para que el bebé duerma mejor, sino una herramienta para que las madres y los padres tomen decisiones informadas y autónomas, pero sobre todo adaptadas y respetuosas con sus propios valores familiares y emocionales. La información es poder, y eso es precisamente lo que ofrece su lectura: una panorámica amplia, crítica y muy completa sobre la ciencia del sueño infantil y sus implicaciones en la crianza.
María Berrozpe es doctora en ciencias biológicas y ha dedicado buena parte de su carrera profesional a la investigación, que compagina con la crianza de sus tres hijos. Reside en Zúrich y en la actualidad investiga y estudia todo lo relacionado con la salud primal y el desarrollo de los niños: cómo las primeras etapas de la vida afectan a la salud física y emocional futura. Nuestra protagonista de hoy es también autora de la web de divulgación científica «La Ciencia del Sueño Infantil» y autora del libro «Una nueva maternidad»; además es monitor de La Liga de la Leche Internacional. Podéis conocerla más en su blog Reeducando a Mamá, donde comparte reflexiones, análisis de estudios y recursos sobre crianza respetuosa.
Antes de dejaros con la entrevista, me gustaría destacar que si hay algo que seduce especialmente de su nuevo libro es que ofrece una nueva imagen de la ciencia del sueño infantil, puesto que se presenta como integrativa y multidisciplinar. No se limita a repetir recomendaciones estándar, sino que pone en diálogo la pediatría, la biología, la antropología, la neurociencia, la psicología y, muy especialmente, la experiencia y el contexto de las propias familias. De esta forma, cuestiona la idea de que exista un único modelo correcto de sueño infantil para todos los niños, y abre la puerta a múltiples formas sanas y respetuosas de dormir.
Si nos lees, es muy probable que seas madre o padre, y si lo eres te preguntarás cada día, o te habrás preguntado en el pasado (en el caso de tener hijas e hijos grandes) “qué hacer” cuando al bebé le cuesta dormirse: ¿Puedo dormir con él? ¿Es mejor que tenga su propia habitación desde el principio? ¿Cuándo lo paso a su cuarto? ¿Es bueno o perjudicial que mame por la noche? Ante estas preguntas es posible que encuentres respuestas acordes con tus propios valores, pero también otras que te generen culpa, dudas o directamente no te ayuden. E incluso es fácil topar con un montón de consejos profesionales que a veces se convierten en “métodos de adiestramiento”, aparentemente muy firmes y “científicos”, pero poco respetuosos con el niño y con la familia.
Muchas de estas recomendaciones pueden hacer sufrir a los peques y también a ti, y no solo no solucionan el problema, sino que te alejan de tu propia intuición y de tu capacidad de tomar decisiones conscientes sobre cómo quieres criar. El libro “Dulces Sueños” y esta entrevista nacen justamente para lo contrario: devolver a las familias la confianza en su propio criterio, aportarles conocimiento científico amplio (no solo desde la óptica de la pediatría tradicional) y ofrecerles herramientas para construir, paso a paso, un descanso más armonioso y feliz para todos. Y ahora sí, vamos con la entrevista.
¿De verdad existe una “epidemia” de insomnio infantil?

Madres Hoy: ¿Es cierto que asistimos a la que se califica como “epidemia” de insomnio infantil? En muchas estadísticas se habla de que al menos un 25 % de los niños no duermen “bien”, y eso genera mucha preocupación. Si no recuerdo mal, he leído alguna vez en La ciencia del sueño infantil que este fenómeno se concentra sobre todo en las sociedades occidentales. ¿Cuáles serían las causas principales de este problema?
María Berrozpe: En nuestra sociedad ponemos unas condiciones de sueño a nuestros hijos muy poco acordes con su naturaleza de bebés secundariamente altriciales, mamíferos y primates. Queremos que duerman en solitario, lejos de nosotros, y que lo hagan durante muchas horas seguidas, mientras que ellos están “programados” por la evolución para mantenerse en contacto casi constante con su madre, u otro adulto cuidador en su ausencia, las 24 horas del día. De ello ha dependido su supervivencia a lo largo de nuestra historia como especie.
Los bebés todavía no saben que en la actualidad prácticamente no corren peligro solos en su cuna o hamaquita. Para su cerebro inmaduro, quedarse solo y sin contacto es tan peligroso y angustiante como cuando, en la antigüedad, un pequeño humano quedaba expuesto a las garras de un depredador o a los peligros del entorno. Su llanto y sus despertares frecuentes son mecanismos de adaptación que han permitido que muchas generaciones de bebés sobrevivieran.
Cuando desde la cultura se les exige que duerman solos, durante muchas horas, sin contacto y sin lactancia nocturna, se produce un choque entre su biología y nuestras expectativas sociales. De ese choque nace buena parte de la denominada “epidemia” de insomnio infantil: no es tanto que los niños tengan un trastorno, sino que el modelo de sueño considerado “normal” en nuestra cultura es poco realista para la fisiología y las necesidades emocionales de la mayoría de los bebés.
La literatura científica que revisa María muestra, además, que buena parte de los datos sobre problemas de sueño infantil procede de encuestas y definiciones muy sesgadas: si se toma como criterio de “dormir bien” el hacerlo solo toda la noche sin despertares, cualquier patrón distinto se considera problemática, aunque el niño esté sano, crezca bien y la familia se sienta satisfecha. Por eso ella propone revisar los criterios con los que llamamos “trastorno” a lo que, en muchos casos, es simplemente desarrollo normal.
Pérdida de confianza de las familias e intervencionismo en la crianza
MH: ¿Crees que las madres y los padres hemos perdido confianza en nuestra capacidad de criar y hacerlo bien? ¿Qué otros factores podrían explicar la enorme cantidad de profesionales del campo de la pediatría y de otras disciplinas que vienen dándonos recomendaciones cerradas sobre dónde y cómo deberían dormir los bebés? ¿No crees que se ha llegado a niveles excesivos de intervencionismo en algo tan íntimo como es el descanso familiar?
M.B.: No sabría decirte muy bien si la hemos perdido o nos la han quitado. Desde finales del siglo XIX y principios del XX, una serie de obras divulgativas sobre crianza comenzaron a reflejar la enorme intromisión de algunos pediatras y psicólogos en la crianza de los hijos. Estos manuales empezaron a normativizar comportamientos y pautas que, en realidad, tenían un origen meramente cultural, presentándolos como si fueran verdades universales avaladas por la ciencia médica. Entre esas pautas, destaca la idea de que el bebé “debe” dormir solo, toda la noche y sin reclamar atención.
Con el tiempo, este enfoque fue calando en la sociedad y los padres fuimos perdiendo la confianza en nuestra intuición y en el conocimiento acumulado por generaciones de familias. Acabamos dejando en manos de “expertos” una responsabilidad que siempre nos había correspondido y que está profundamente ligada a nuestros valores, cultura y circunstancias personales. Así surgió la sensación de que sin seguir estrictamente un método o una recomendación profesional, no seríamos capaces de criar “bien”.
Además, el desarrollo de una pediatría del sueño muy centrada en la medición y en la normalización de horarios y patrones de descanso reforzó aún más esta tendencia. Algunos discursos han llegado a presentar el colecho o las tomas nocturnas prolongadas como prácticas “poco saludables” sin tener en cuenta la rica variedad de modelos de crianza que existen en otras culturas y sin integrar adecuadamente la evidencia procedente de la antropología, la biología evolutiva o la investigación sobre lactancia materna.
En este escenario, muchos padres se sienten atrapados entre lo que sienten que sus hijos necesitan (contacto, presencia, brazos, pecho por la noche) y lo que ciertos discursos profesionales proclaman como “correcto” o “científico”. El libro de María nace precisamente para devolver una voz activa y crítica a las familias, ofrecerles datos contrastados y animarlas a cuestionar aquellas recomendaciones que no encajan con su realidad ni con las necesidades de sus hijos.
¿Quién decide sobre el sueño infantil: la familia o la ciencia?
MH: Realmente, si se piensa fríamente, confiar en “métodos de adiestramiento” para que nuestros hijos duerman resulta, como mínimo, sorprendente. Pero es que, además, según he leído en otras entrevistas que te han hecho, la llamada pediatría “del sueño” ha despreciado conocimientos de otras disciplinas que podrían aportar una visión más completa. Antes de eso, una cuestión clave: ¿no es la familia la que debería tener la máxima autoridad en cuestiones de crianza, sueño infantil incluido?
M.B.: Yo creo que se trata de incluir a todos los actores que pueden ayudar a resolver una problemática, pero sin que ninguno se coloque por encima de los demás. Me explico: evidentemente, la medicina es indispensable para resolver situaciones patológicas. Si tenemos un niño con fiebre alta o síntomas preocupantes, lo más sensato y necesario será consultar al médico. Otras ciencias también pueden ayudarnos a explicar el comportamiento de nuestros hijos: por ejemplo, la biología evolutiva, la neurología o la antropología. Tener ciertos conocimientos básicos de estas disciplinas puede ser de enorme ayuda para comprender mejor por qué los bebés duermen como duermen.
Sin embargo, aunque la ciencia nos aporte información valiosa, las decisiones concretas sobre cómo queremos criar a nuestros hijos corresponden siempre a las familias. Son los padres y madres quienes conviven con el niño día a día, quienes conocen sus ritmos, su temperamento, su historia, y quienes tienen derecho a priorizar unos valores u otros. Por eso defiendo que nuestros valores, necesidades y conocimientos no deberían ser nunca menospreciados ni invalidados por ninguna disciplina científica, incluida la medicina.
La ciencia puede ayudarnos a entender riesgos, a identificar situaciones de alarma, a desmontar mitos o a ofrecer marcos de referencia amplios. Pero cuando se intenta usar una visión parcial o limitada de la ciencia para imponer un único modelo “correcto” de sueño infantil (por ejemplo, que todos los niños deben dormir solos toda la noche), se está haciendo un uso ideológico, no neutro, de ese conocimiento. Y es aquí donde es necesario recuperar la voz de las familias y entender el sueño infantil como una realidad biológica, pero también cultural y emocional.
Lo que la biología cuenta sobre el sueño de los bebés
MH: Volviendo a esa idea de que la pediatría del sueño ha ignorado otras miradas científicas, ¿quieres contarnos algo especialmente relevante sobre lo que la biología aporta acerca de las necesidades de sueño que tienen los niños? ¿Qué nos estamos dejando fuera cuando solo miramos el sueño desde el reloj y el número de despertares?
M.B.: Lo más relevante es que los seres humanos somos mamíferos secundariamente altriciales. Esto significa que nacemos con un grado de inmadurez muy alto: nuestro cerebro, nuestro sistema nervioso o nuestra capacidad de autorregulación están lejos de estar completamente formados. Biológicamente, estamos diseñados para pasar mucho tiempo en contacto directo con nuestra madre, para ser alimentados con frecuencia y para recibir cuidados constantes. Esta realidad biológica encaja muy bien con un patrón de sueño fragmentado y lleno de despertares, en lugar de con largas horas de sueño continuo en soledad.
Sin embargo, la llamada pediatría del sueño ha basado buena parte de su investigación en un modelo muy concreto de bebé: aquel que duerme solo, en una habitación independiente, y es alimentado con leche de fórmula a horarios fijos. Tal y como apunta el profesor de antropología James McKenna, este modelo se ha utilizado como patrón de “normalidad” y “salud”, ignorando que, en términos evolutivos, se trata de una condición bastante aberrante para el bebé humano. No es la forma en la que nuestros hijos han dormido durante la mayor parte de la historia.
De esta manera, se ha puesto como único modelo saludable el sueño en solitario, normativizándolo e, indirectamente, patologizando otros patrones que son perfectamente normales en contextos de colecho y lactancia materna a demanda. Por eso, este investigador propone el término “Breastsleeping” como un nuevo concepto desde el que estudiar el sueño infantil: un modelo que integra el contacto cercano, el colecho seguro y la lactancia materna nocturna como unidad inseparable, y que permite observar cómo se regulan mutuamente el sueño del bebé y el de la madre.
Al adoptar este enfoque biológico y evolutivo, se entiende mucho mejor por qué tantos bebés se despiertan, reclaman pecho o brazos y rechazan dormir solos en una habitación oscura. No son niños “malos durmiendo” ni padres “demasiado blandos”; estamos, simplemente, ante una biología que choca con las expectativas de una cultura que idealiza la independencia temprana y el rendimiento adulto, a menudo por encima de las necesidades reales de los pequeños.
Exigencias culturales vs. necesidades reales del niño
MH: Cuando hablas de que a nuestros niños les resulta difícil adaptarse a las exigencias culturales que imponemos, ¿a qué te refieres exactamente?
M.B.: Me refiero a que, con frecuencia, pretendemos obligar a los niños a dormir solos a una edad a la que su cerebro todavía no está preparado para comprender que no hay peligro y que están bien así. También les retiramos la lactancia nocturna y esperamos que consoliden el sueño durante toda la noche cuando su arquitectura del sueño está aún en plena evolución. En estas etapas, es natural que existan despertares nocturnos en los que el niño reclame a su cuidador, quiera alimentarse o simplemente necesite comprobar que su figura de apego sigue ahí.
El pediatra Oskar Jenni, del Hospital infantil de Zúrich, introdujo el concepto de “bondad de ajuste” en el contexto del sueño infantil precisamente para describir el grado de ajuste entre las necesidades del niño y las condiciones ambientales determinadas por la cultura. Cuando el entorno (rutinas familiares, expectativas, horarios, organización de la casa) respeta la maduración del niño, su temperamento y su capacidad de adaptación, hablamos de buena bondad de ajuste.
En cambio, si las exigencias culturales y familiares sobrepasan la capacidad de adaptación del niño, nos encontramos ante una “pobreza de ajuste”. Por ejemplo, exigir a un bebé muy pequeño que duerma toda la noche solo y sin despertarse, pese a ser un niño sano que necesita tomas nocturnas, podría crear una pobreza de ajuste importante. Esta desalineación entre lo que el niño necesita y lo que el entorno le exige puede llegar a provocar estrés intenso, dificultades emocionales y hasta patologías reales en casos extremos.
Según Jenni, las intervenciones clínicas en el sueño infantil deberían tener como objetivo principal restaurar y respetar la bondad de ajuste, y no simplemente conseguir que el niño duerma solo a cualquier precio. Esto implica abrir el foco más allá del niño y considerar las dinámicas familiares, el contexto laboral de los padres, las presiones sociales e incluso las creencias culturales sobre lo que significa “un buen dormidor”. Desde esa mirada, las soluciones dejan de centrarse en forzar al niño y pasan a buscar acuerdos más equilibrados entre las necesidades de todos.
El papel del estrés y del acompañamiento nocturno
MH: ¿Los niños necesitan realmente a sus padres por la noche? Más allá de lo emocional, ¿qué ocurre en el cerebro de un niño al que se deja solo desatendiendo su llanto de forma sistemática? ¿Qué consecuencias podría tener en su desarrollo y en su manera de gestionar el estrés en el futuro?
M.B.: Los bebés necesitan el papel regulador de su cuidador principal, preferentemente su madre, para elaborar una respuesta saludable y adaptativa al estrés. Su sistema nervioso es inmaduro y, ante situaciones que para un adulto serían poco relevantes, ellos pueden vivir picos de estrés muy intensos. Una situación estresante sufrida en el abandono, como puede ser la oscuridad de su habitación solitaria cuando reclaman ayuda y nadie responde, puede provocar una respuesta de estrés tóxico que tenga consecuencias nocivas en su salud mental y física tanto a corto como a largo plazo.
Hasta el momento no existen estudios que hayan evaluado de forma suficientemente amplia y a largo plazo los efectos del estrés producido específicamente por las técnicas de adiestramiento basadas en dejar llorar. Y a esa ausencia de datos sólidos se aferran muchos de sus defensores. Sin embargo, sí podemos extrapolar resultados de otros campos de investigación: por ejemplo, se ha demostrado que ya el estrés producido por un cuidado poco responsivo (como en el caso de madres con depresión no tratada, que no pueden responder de forma sensible al bebé) es suficiente para provocar un daño significativo en la regulación del estrés del niño.
Otros estudios han observado que los bebés a los que se deja llorar hasta que se duermen, en realidad siguen presentando niveles elevados de hormonas del estrés cuando ya han dejado de llorar. Es decir, exteriormente parece que se han “calmado”, pero internamente su organismo continúa en estado de alerta. Esto sugiere que puede producirse una desincronización entre lo que muestran y lo que sienten, aprendiendo a inhibir la expresión de sus necesidades sin que estas desaparezcan.
Por otra parte, también se ha visto que los bebés que colechan de forma segura tienen una respuesta más saludable a situaciones diarias suavemente estresantes, como puede ser un baño o una revisión médica. Su sistema nervioso parece estar mejor entrenado para pasar del estado de alerta al de calma cuando cuenta con la presencia física de su figura de apego. Todo esto nos lleva a pensar que dejar llorar a los bebés para que “aprendan” a dormir puede influir de manera significativa en la regulación de su respuesta al estrés, lo que podría repercutir en su salud emocional, sus patrones de vinculación y su bienestar general a lo largo de la vida.
Colecho: una práctica habitual y sus ventajas
MH: ¿Es cierto que el colecho es una práctica habitual en otras culturas y que no es, en absoluto, una rareza moderna? Además de ser un gran facilitador de la lactancia materna, ¿qué otras ventajas tiene para los bebés y para sus madres o padres?
M.B.: En los bebés más pequeños, el colecho facilita la regulación de su temperatura corporal, de su latido cardiaco e incluso de la arquitectura de su sueño, lo que conlleva una mejor adaptación metabólica a la vida fuera del útero. Al dormir cerca de la madre, sus ciclos de sueño tienden a sincronizarse parcialmente, y el pecho está disponible con facilidad, lo que favorece tomas frecuentes, cortas y menos disruptivas para ambos.
A medida que el bebé crece, ya es capaz de regular su fisiología por sí mismo, pero sigue sintiendo una gran atracción por colechar con su madre o con sus figuras de apego. Este es un comportamiento absolutamente natural y puede suponer una experiencia preciosa para todos: para el niño, que se siente seguro y acompañado, y para los adultos, que pueden vivir ese tiempo de descanso compartido como una oportunidad de vincularse y conocerse mejor. Es una verdadera pena que en nuestra cultura esta práctica haya sido, y todavía lo siga siendo en algunos sectores, tan demonizada, impidiendo que muchas familias que la desearían sientan libertad y tranquilidad para llevarla a cabo.
Las madres que colechan suelen responder con más rapidez y sensibilidad a las señales de sus bebés, precisamente porque tienen al niño muy cerca, y además reportan sentirse más satisfechas con su manera de cuidar. No tienen que levantarse constantemente, las tomas nocturnas son más fluidas y se reducen los periodos de llanto intenso. Por otra parte, se ha demostrado que los padres que colechan tienden a presentar niveles de testosterona algo más bajos, lo que se asocia con un comportamiento paternal más cuidador, calmado y disponible para el bebé.
En muchas culturas tradicionales y en gran parte de la historia humana, el colecho ha sido y sigue siendo la norma. Lo que resulta “extraño” desde una perspectiva antropológica es precisamente nuestra insistencia moderna en que el bebé duerma solo e independiente desde muy temprano. Al entender esto, las familias pueden liberarse en parte de la culpa o el miedo a “malacostumbrar” a sus hijos por dormir con ellos, siempre que se informe adecuadamente sobre cómo practicar un colecho seguro adaptado a las recomendaciones de salud actuales.
Qué ofrece el libro “Dulces Sueños” de María Berrozpe
MH: Creo que ya va siendo hora de que nos cuentes qué vamos a encontrar exactamente en el libro. Más allá del título tan sugerente, ¿por qué crees que “Dulces Sueños” gustará y resultará útil a las familias que lo lean?
M.B.: Porque os dará una visión completa, multidisciplinar y muy contextualizada del sueño infantil. Este libro no ofrece recetas mágicas para que los niños duerman ni propone un único método válido, sino que pone en manos de las familias toda la información necesaria para que cada una pueda comprender qué está pasando en su casa y, desde ahí, decidir qué cambios quiere hacer y cuáles no.
El punto de partida es una pregunta clave: el sueño infantil, ¿es una cuestión únicamente “científica” o “médica”? ¿Y sus facetas culturales, emocionales y relacionales, nadie las tiene en cuenta? ¿Puede, o debe, la limitada visión de una sola disciplina científica normativizar el complejo comportamiento de unos padres respecto a sus hijos? Con el fin de responder a estas preguntas, María se sumergió de lleno en el estudio y análisis de la literatura científica y divulgativa sobre sueño infantil durante años.
De ese trabajo intenso surgió primero el blog y la recopilación de análisis que han nutrido su labor divulgativa, y como consecuencia natural de tantos años de investigación y recopilación de bibliografía, ha nacido finalmente este libro, que no pretende dar normas de comportamiento cerradas, sino ofrecer una imagen global, integradora e interdisciplinar de la ciencia del sueño infantil.
El objetivo ha sido siempre el mismo: poner en manos de los lectores información rigurosa, actualizada y multidisciplinar para que sean ellos mismos quienes encuentren las mejores soluciones a los problemas de sueño de su familia. Soluciones que, además de apoyarse en el conocimiento científico, sean profundamente respetuosas con sus valores personales, con la relación con sus hijos y con las necesidades emocionales de todos. Cuando las familias cuentan con este tipo de información, recuperan mucha paz y se sienten más seguras a la hora de tomar decisiones que se alejan de lo que a veces se presenta como “lo normal”.
Cómo facilitar que el bebé duerma feliz: el papel de los adultos
MH: Puede que no sea tu estilo dar consejos “al uso”, pero muchas lectoras y lectores se preguntan cómo facilitar que un bebé o un niño pequeño duerma feliz y tenga un sueño lo más tranquilo posible. Si cualquier niño sano acabará durmiendo “bien” en algún momento de su niñez, ¿cuál sería entonces el papel de los adultos que lo cuidan durante todo ese proceso?
M.B.: El papel de los adultos es, ante todo, dar seguridad. Creo que todos los seres humanos, niños y adultos, lo que más necesitamos para dormir realmente bien es sentirnos seguros. Ese sentimiento de seguridad no se construye solo con una cuna adecuada o una rutina estable (aunque estas cosas ayudan), sino sobre todo con la presencia sensible y predecible de nuestras figuras de apego.
Cuando un niño siente que sus cuidadores responden a sus señales de manera consistente, que están disponibles cuando tiene miedo, que le consuelan cuando llora y que no le juzgan por necesitarles, su sistema nervioso puede relajarse con mayor facilidad. Esa sensación de refugio facilita enormemente la transición hacia el sueño y reduce la intensidad de los despertares nocturnos, aunque estos sigan existiendo por motivos madurativos.
Por eso, más que centrarnos en que el niño “aprenda” a dormir solo cuanto antes, quizás tendría más sentido preguntarnos cómo podemos acompañarle de forma respetuosa en ese camino, ajustando las expectativas a su etapa de desarrollo. En la práctica, esto puede traducirse en pequeñas decisiones: permitir el contacto y el colecho cuando la familia lo desea, no forzar la retirada brusca del pecho nocturno si ni la madre ni el bebé lo viven bien, mantener rutinas flexibles que tengan en cuenta el temperamento del niño, etc.
Con el tiempo, según el niño crece, va ganando herramientas internas para calmarse, imaginar, anticipar y entender que la noche termina y que sus padres vuelven. La autonomía en el sueño llega de forma gradual cuando hay una base sólida de apego seguro y cuando los adultos han acompañado con paciencia y comprensión los temores y necesidades nocturnas. No se trata de acelerar a toda costa ese proceso, sino de vivirlo como una etapa más de la crianza, con sus retos, pero también con muchas oportunidades de conexión.
Al finalizar esta entrevista, solo me queda agradecer muchísimo a María que nos haya presentado su libro y, sobre todo, que aporte una visión tan respetuosa y fundamentada científicamente sobre las necesidades de sueño infantil. Su trabajo muestra que es posible unir rigor científico y sensibilidad hacia las familias, desmontar mitos sin juzgar y ofrecer alternativas sin imponer. Para quienes buscan comprender mejor por qué sus hijos duermen como duermen y desean un acompañamiento coherente con sus valores, “Dulces Sueños” se convierte en un aliado valioso que invita a mirar las noches con menos culpa, más conocimiento y mucho más respeto. Ha sido un placer.

