Estableciendo límites

Una de las tareas más difíciles para los padres es ponerles límites a sus hijos. A menudo temen ser autoritarios o provocarles un grave daño psíquico a sus niños por decirles que “no”. Ello los empuja a ser por demás permisivos, a satisfacer caprichos y a no fijar ninguna restricción en la conducta de sus pequeños. En realidad, los límites son un punto intermedio entre la represión y el “dejar hacer”. Por un lado prohíben pero, por otro, funcionan como regulación, contención o marco de confianza. De allí la importancia de aprender a establecerlos.

¿Por qué son necesarios?
Los niños precisan ser guiados por los adultos para aprender a realizar lo que desean de la manera más adecuada. Los límites son el instrumento apropiado en este proceso.

Son necesarios porque dan protección y seguridad. Si un niño es más fuerte que sus padres no se puede sentir protegido por ellos. Permiten predecir a los hijos la reacción de los padres ante determinadas situaciones y comportamientos. Ayudan a los pequeños a tener claros determinados criterios sobre las cosas. Son una referencia.
Enseñan a los niños a saber renunciar a sus deseos. Ello los prepara para situaciones similares que la vida les deparará.

Cómo poner un “no” firme y sostenerlo
Poner límites es decir “no”, porque no todo es posible. El “no” y la frustración son constitutivos de la personalidad de los pequeños, introducen el tiempo de la espera, donde no todo puede ser satisfecho inmediatamente.

Para establecerlos hace falta hacerlo con autoridad, seguridad y firmeza. Estas actitudes no deben confundirse con el autoritarismo. Cuando se impone un límite con exceso de severidad, de una manera inflexible, más que ayudar al niño, se lo restringe en sus posibilidades.
Es importante, además, tener una postura coherente. Si un “no” puesto en un determinado momento se transforma en un “sí” frente a la insistencia de nuestro hijo, el niño estará recibiendo un doble mensaje que lo confundirá.
Por otro lado, la puesta de límites debe ser compartida y acordada entre los adultos y sostenida en el tiempo. El pequeño necesita de la experiencia de ver confirmado por los adultos lo que se le acaba de transmitir. Así por ejemplo, si intenta tocar el filo de un cuchillo, será advertido por su madre con un “no” claro, firme y decidido. Luego repetirá su tentativa, procurando averiguar si el padre también lo frena.
Muchas veces los niños no aceptan las explicaciones, pero un “no” puesto con decisión y firmeza desde los padres es aceptado y resulta tranquilizador y pacificante.

Características según la edad

Es indispensable ir estableciendo límites desde el momento del nacimiento de nuestro hijo. Conviene fijar los horarios de alimentación y de sueño. De esta manera se evita el incremento de su ansiedad, asegurándole que sus necesidades serán satisfechas en tiempo y forma.

Cuando el niño se desplaza por su cuenta y comienzan sus juegos, también es preciso que tenga un marco y no transforme toda la casa en su lugar de juego. Por ejemplo, si bien es imprescindible estimularlo para que dibuje y pinte, es razonable que aprenda que las paredes no son el lugar dónde expresar su creatividad. Por otro lado, es importante establecer claramente que hay objetos que no conviene tocar o actividades que no debe desarrollar porque podrían lastimarlo o ponerlo en peligro.

A medida que va creciendo, el “no” va acompañado de una explicación que facilita la internalización del límite y permite anticiparse a la situación. Así por ejemplo, podemos decirle que, como ya se ha hecho muy tarde, le contaremos un último cuento y, después, se irá a dormir.

A partir de los 2 años aproximadamente, comienza a verbalizar sus límites al mundo externo en torno a sus necesidades. Más de una vez lo escucharemos decir a él mismo “no” frente a alguna agresión o una mentira de un amiguito.

¿Cuándo funcionan?
Para que el niño se muestre dispuesto a aceptar las normas o los límites marcados por los padres, es necesario que exista un buen clima familiar, de afecto y de cariño.

Los padres deben estar convencidos de aquello que exigen y, por tanto, deben insistir para que se cumpla.

Las normas marcadas deben ser claras, adecuadas a la edad del pequeño y realmente necesarias. No conviene que sean excesivas, pues ello las convierte en ineficaces.

Los padres deben comportarse de forma coherente a lo exigido. Recordemos que con el ejemplo también se enseña.

Es normal que el niño quiera probar, con su actitud y con su conducta, hasta dónde puede llegar y cuál es la reacción de los padres si se sobrepasa el límite marcado. Es, en ese momento, cuando hay que mostrarse firmes, pues si se cede, después costará mucho más retomar nuevamente el respeto de esas normas.

Todo ello, no excluye la necesidad de que los padres adopten una mentalidad flexible que les permita ir adaptando esas normas a la situación, al momento y edad concreta del niño.

No al “chirlo” o “nalgada”

Seguramente hemos escuchado alguna vez la frase “un chirlo a tiempo vale más que mil palabras”. Es importante que no sucumbamos a la tentación de la facilidad aparente de este correctivo. Además de estar penado por la ley porque viola la dignidad del niño como persona, su efecto dura muy poco tiempo. De allí que habría que repetirlo con mucha frecuencia y se convertiría fácilmente en un hábito.

Por otro lado, los pequeños son grandes imitadores y copian nuestros gestos y actitudes. Es muy probable que un niño golpeado por sus padres golpee, a su vez, a sus amigos y a sus compañeros.
El castigo físico disminuye la autoestima, incita a comportamientos antisociales y bloquea la capacidad de aprendizaje. Lo único que demuestran los golpes, los gritos y los pellizcos es nuestra impaciencia y nuestra carencia de otros recursos educativos más inteligentes.

Alternativas
Es importante dedicar el tiempo suficiente. Si uno está mal para enfrentar el día, si no se lleva bien con otros miembros, si se siente presionado o si tiene temor por el día que se avecina, los niños sentirán esta tensión.
Las reglas deben establecerse de común acuerdo entre padres e hijos, deben ser el producto de la discusión y el entendimiento.

Cuando les explicamos a nuestros niños el sentido o la razón de un límite, los estamos valorando como personas capaces de comprender. El no respeto de los límites debe traer consecuencias. Éstas deben ser proporcionales, directas y, en la medida de lo posible inmediatas a la situación que las provoca. Además deben guardar una relación natural o lógica con la conducta en cuestión.

La disciplina da buenos resultados cuando los adultos son firmes, observadores y afectuosos, nunca si estos
se muestran superficiales. Es imprescindible ser conscientes de que establecer límites es una forma de expresarles interés y cariño a nuestros hijos.


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