Niños que aprueban exámenes sin comprender: por qué ocurre y cómo cambiarlo

  • Memorizar para aprobar no garantiza comprensión ni aprendizaje duradero y genera una ilusión de saber.
  • Cambiar la forma de evaluar (más allá del examen memorístico) es clave para promover pensamiento crítico.
  • Metodologías activas como proyectos, debates, gamificación e investigación en equipo favorecen el aprendizaje profundo.
  • Atender a la gestión emocional, los hábitos de estudio y las necesidades individuales evita que los niños aprueben sin entender.

niños estudiando para exámenes

El hijo de una vecina (con la que tengo mucha confianza) estuvo parte de las vacaciones de Navidad preparándose para los exámenes de Lengua Castellana y Literatura y Ciencias de la Naturaleza. Él va a sexto de educación primaria en un centro público. Un día su madre quería saber cómo le iba el estudio y le preguntó que le contara algo de lo que había aprendido.

Mi vecina se vio sorprendida cuando su hijo empezó a decirle al dedillo un tema del libro de texto de Lengua Castellana y Literatura. Intentó hacerle otra pregunta: «¿pero a ti que te ha llamado la atención?» ¿estás de acuerdo con todo lo que has leído? ¿qué opinión tienes acerca de lo que has estudiado? El niño se encogió de hombros y no supo qué decir.

Mi vecina se dio cuenta rápidamente de que se estaba produciendo un aprendizaje fingido y que su hijo únicamente estaba memorizando para aprobar los exámenes. Tengo que admitir que cuando me lo estaba comentando no me sorprendió absolutamente nada. Hoy son muchos los estudiantes los que tienen como máximo objetivo aprobar los exámenes y quitárselos de encima para seguir avanzando en los cursos educativos.

Entonces, ¿dónde se queda el aprendizaje activo? ¿dónde se queda la asimilación de contenidos? Pues en bastantes ocasiones esos conceptos se pierden. Cada vez son más los centros educativos que se alejan de los exámenes y de las estrictas calificaciones que etiquetan a los estudiantes, y que empiezan a cuestionarse para qué y cómo evalúan. Cada vez son más maestros y profesores que fomentan el pensamiento crítico, la capacidad de análisis, la iniciativa, el debate y la comprensión por encima de todo.

niños que aprueban exámenes sin comprender

Sin embargo, no todos los docentes son así. Todavía perduran aquellos que llegan a las clases, se sientan en las sillas, abren los libros de texto y empiezan a dar el temario sin ningún tipo de motivación, ilusión ni emoción (y lo sé porque tengo muchos vecinos pequeños). Y además, estos maestros y profesores prefieren mandar excesivos deberes antes que pocas tareas que favorezcan habilidades y el aprendizaje significativo.

Os voy a hablar (desde mi perspectiva) de lo que podría pasar si los estudiantes tuvieran a un docente que se preocupa por desarrollar el pensamiento crítico y la creatividad. Y por otro lado, lo que ocurriría si los alumnos tuvieran un profesor que únicamente se dedica a impartir los temas y mandar deberes.

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niños pensando en clase

Los estudiantes que tienen un profesor que mira más allá de los exámenes, de las calificaciones y se esfuerza por debatir con ellos, por preguntarles, por fomentar su pensamiento crítico y su capacidad de análisis se estarán alejando de la sumisión educativa. Tendrán la oportunidad de expresar sus ideas, de desarrollar su creatividad, de hablar, de comunicarse y de compartir experiencias con sus compañeros.

A veces pienso que no nos damos cuenta de lo valioso que es lo que acabo de escribir: fomentar el pensamiento crítico de los estudiantes favorece el aprendizaje activo y la asimilación de contenidos. Es decir, que estarán aprendiendo de una forma auténtica y comprendiendo lo que leen. No se limitarán a “vomitar” información el día del examen, sino que serán capaces de relacionar conceptos, cuestionarlos y aplicarlos a situaciones nuevas.

Muchos expertos en educación señalan que la clave del cambio educativo pasa por cambiar la forma de evaluar. Cuando el alumno sabe que se valorará su capacidad para razonar, explicar con sus palabras, resolver problemas o debatir, deja de centrarse tanto en memorizar y empieza a aprender de manera más profunda. Los exámenes dejan de ser el fin y se convierten en una parte más del proceso.

En este enfoque, la evaluación se entiende como evaluación formativa: sirve para saber qué se está aprendiendo, qué dificultades aparecen y cómo mejorar. No se limita a poner una nota; ofrece información útil tanto al alumno como al docente. Esto permite ajustar la enseñanza, reforzar lo que no se ha comprendido e impulsar a cada estudiante desde su punto de partida.

Además, cuando se fomenta el aprendizaje profundo, se desarrollan competencias clave para la vida: pensamiento crítico, comunicación, colaboración, resolución de problemas y capacidad de aprender a aprender. El mundo no se parece a un test de opción múltiple, sino a un conjunto de preguntas abiertas y cambiantes que exigen buscar información, valorarla, debatirla y tomar decisiones.

En estas aulas, el profesor deja de ser solo quien explica y corrige exámenes para convertirse en facilitador del aprendizaje y observador atento. Escucha cómo razonan sus alumnos, les anima a explicarse entre ellos, diseña tareas que exigen pensar y no solo recordar, y utiliza distintas formas de evaluar: proyectos, exposiciones orales, trabajos en grupo, diarios de aprendizaje, rúbricas o pequeñas actividades de autoevaluación.

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niños memorizando sin comprender

En el caso de los estudiantes cuyos profesores dan excesiva importancia a la nota que se obtenga en los exámenes, que no ofrezcan oportunidades para compartir ideas, que no fomenten el pensamiento crítico y la capacidad de análisis, estarán caminando en la línea de una indiferencia educativa bastante grave. Memorizarán los temas para aprobar los exámenes, no tendrán argumentaciones para defender sus ideales y sus opiniones y estarán «aprendiendo» de forma fingida.

Como decía antes, no es el primer caso que me encuentro de que un estudiante no comprende ni asimila los contenidos. A los niños a los que doy clases particulares (también de educación primaria) les pasa exactamente lo mismo que a mi vecino. Son capaces de recitar el libro de texto con puntos y comas pero finalmente no saben explicar qué es lo que han entendido. Para ellos es más que suficiente decir «voy a sacar un diez en los exámenes porque me lo sé todo de memoria».

En este modelo, se ha confundido el acto de aprender con el de aprobar exámenes. Evaluar se reduce a calificar, y la nota se usa como rendir cuentas más que como una herramienta para mejorar el aprendizaje. Los exámenes son frecuentes, suelen centrarse en contenidos muy concretos y fácilmente calificables, y premian la memorización literal o la repetición de procedimientos sin comprenderlos.

Las consecuencias son serias. Muchos alumnos que “aprueban” han desarrollado en realidad un enfoque superficial del estudio: repasan la noche anterior, subrayan sin criterio, releen los apuntes una y otra vez, o memorizan respuestas exactas. Pueden obtener buenas notas en tests cerrados o de opción múltiple, pero cuando se les pide que expliquen, que escriban con sus propias palabras o que apliquen lo aprendido en un problema nuevo, se bloquean. El resultado es una ilusión de aprendizaje: creen que saben, pero su conocimiento es frágil y se olvida rápidamente.

Además, los alumnos que suspenden a pesar de estudiar suelen entrar en un círculo vicioso. En muchas ocasiones nadie les ha enseñado a estudiar de manera eficaz: siguen leyendo y releyendo, hacen “atracones” de estudio, estudian rodeados de distracciones o dejan todo para el último momento. El fracaso repetido va dañando su autoimagen académica, empiezan a creer que “no valen para estudiar” y se desmotivan. Dejan de esforzarse no porque no puedan, sino porque piensan que haga lo que haga no servirá de nada.

La presión por la nota también puede generar ansiedad ante los exámenes. Algunos niños y adolescentes, aun habiendo estudiado, se bloquean, se quedan en blanco o cometen errores por los nervios. Otros se obsesionan con el resultado, viven cada evaluación como un juicio a su valía personal y desarrollan un miedo intenso al fracaso. En lugar de ver el error como una oportunidad de aprender, lo viven como una prueba de que no son capaces.

En casos de alumnos con dificultades de aprendizaje o necesidades educativas especiales, como puede ocurrir con el TDAH, este modelo centrado en el examen tradicional se vuelve todavía más injusto. A menudo no se adaptan los tiempos, el formato de las pruebas o las condiciones de evaluación a sus necesidades reales, por lo que el examen no refleja lo que saben, sino sus problemas de atención, planificación, lectura o escritura.

Por todo esto, basar toda la enseñanza en exámenes memorísticos termina generando una especie de currículum oculto: el mensaje silencioso de que lo importante es recordar y repetir, no pensar, preguntar, disentir o crear.

niño en examen

¿Cómo desarrollar el pensamiento crítico y evitar que solo memoricen?

niños aprendiendo de forma activa

Surge entonces la gran pregunta: ¿cómo podría desarrollarse el pensamiento crítico de los estudiantes? ¿Y cómo podrían los maestros y profesores ayudar a los alumnos a asimilar el contenido? Existen múltiples caminos que la investigación educativa y la práctica docente van señalando.

Se podría trabajar por proyectos, donde los niños investigan un tema durante varias semanas, formulan preguntas, buscan información en diferentes fuentes, la contrastan y presentan sus conclusiones. En este tipo de trabajo no basta con copiar: necesitan entender, seleccionar y reorganizar la información, lo que favorece un aprendizaje mucho más profundo.

También se podría aplicar la gamificación en las aulas: los juegos ayudan a desarrollar muchas habilidades y capacidades de los alumnos de una manera divertida. A través de retos, misiones, puntos o niveles, se fomenta la motivación intrínseca y se invita a los estudiantes a equivocarse, probar de nuevo y aprender del error sin miedo constante a la nota.

Otra estrategia potente es dedicar alguna clase a debatir sobre una noticia o un libro. El profesor puede plantear preguntas abiertas, pedir que argumenten a favor y en contra de una idea, o que relacionen el contenido con su vida cotidiana. Así se entrena la capacidad de pensar por sí mismos, escuchar opiniones distintas, defender la propia con respeto y modificarla si aparecen argumentos mejores.

Del mismo modo, se podrían hacer trabajos de investigación por equipos. Cada grupo asume un rol, reparte tareas, elabora un producto final (presentación, mural, vídeo, maqueta…) y lo expone al resto de la clase. El docente puede evaluar tanto el resultado como el proceso: cómo se organizan, cómo se reparten el trabajo, cómo resuelven conflictos. Esta forma de evaluar fomenta la colaboración y la responsabilidad compartida.

En el ámbito de las matemáticas, por ejemplo, algunos enfoques innovadores proponen enseñar a través de problemas reales y del debate en torno a distintas soluciones, en lugar de centrarse solo en el cálculo y la memorización de procedimientos. Las matemáticas se tratan como un lenguaje que se lee, se escribe y se discute, lo que ayuda a los estudiantes a comprender de verdad los conceptos y a perder el miedo a la asignatura.

Para mejorar el aprendizaje de cualquier materia, es útil enseñar explícitamente estrategias de estudio que sí funcionan. Entre ellas, practicar el recuerdo (tratar de explicar con palabras propias lo estudiado sin mirar), hacerse preguntas similares a las del examen y corregirlas después, elaborar resúmenes y mapas conceptuales sin copiar del libro, o explicar el tema a otra persona como si uno fuera el profesor. También está demostrado que es más efectivo estudiar un poco muchos días que mucho una sola vez.

Por otro lado, hay factores emocionales y de hábitos que influyen directamente en el rendimiento. Es esencial ayudar a los niños a gestionar la ansiedad de evaluación, aprender técnicas sencillas para desbloquearse durante un examen (respirar hondo, repartir el tiempo, empezar por las preguntas más fáciles y volver luego a las difíciles) y evitar el “síndrome de sobreentrenamiento”, es decir, estudiar demasiadas horas seguidas sin descanso, cuando el cerebro ya no asimila más información.

Los hábitos saludables también forman parte del aprendizaje real: dormir lo suficiente, alimentarse bien, hacer ejercicio y tener tiempo de ocio mejoran la concentración y la memoria. No se trata solo de cuántas horas se estudia, sino de en qué condiciones y con qué calidad.

Obviamente, todo eso no es fácil. Hasta para aplicar nuevas metodologías en las aulas, los profesores necesitan la autorización y el visto bueno del personal directivo y hacer varias reuniones para explicar lo que se va a hacer, cómo y por qué. Además, implica un cambio de cultura escolar: dejar de ver el examen como el centro de todo y empezar a pensar en el aprendizaje como un proceso más amplio y complejo.

Pero está claro que se puede hacer. Y se puede hacer porque ya hay centros educativos y docentes que lo están haciendo y los resultados son más que satisfactorios. Me parece importante recordar que uno de los objetivos más importantes de la educación debería ser hacer libres a los estudiantes y, en algunas ocasiones, se está haciendo lo contrario: se les enseña a obedecer consignas, a repetir respuestas y a temer al error. Cambiar la forma en que estudiamos y evaluamos no solo mejora las notas, sino que contribuye a formar personas más críticas, seguras y capaces de aprender durante toda su vida.

La diferencia entre un niño que solo aprueba exámenes sin comprender y otro que entiende lo que hace no está en su inteligencia, sino en el tipo de experiencias de aprendizaje que vive, en el acompañamiento que recibe en casa y en la escuela, y en el valor que los adultos damos al pensamiento crítico frente a la mera memorización.