Este artĆculo en Tree Hugger nos grita a voces un āpequeƱoā secreto que los adultos nos empeƱamos en negar, pero claro, la realidad es muy cabezota y pasa por encima de nuestras percepciones⦠āLos niƱos pasan menos tiempo en el exterior que los prisionerosā se titula, y su autora (Katherine Martinko) no tiene reparos en afirmar que cualquier preso en un centro de mĆ”xima seguridad en Estados Unidos, tienen una hora por la maƱana y otra por la tarde al aire libre, mientras los pequeƱos estĆ”n demasiado ocupados: no solo en horario escolar, sino en innumerables actividades extraescolares y complementarias, ademĆ”s de haciendo deberes.
Eso es al otro lado del AtlĆ”ntico, porque si os cuento la de horas de exterior que tiene un preso en un rĆ©gimen ānormalā en nuestro paĆs (y Ā”ojo! que no digo que no tengan derecho), y las comparas con las de vuestras hijas e hijos, te quedas con la boca abierta, y no la cierras. Ahora lo tendrĆa fĆ”cil si se me escapara esa frase que en ocasiones pronunciamos casi sin querer: āalgunos colegios parecen prisionesā; pero no, no va de esto el post que estĆ”is leyendo, va de presentaros un movimiento que quizĆ”is ya conozcĆ”is, y aunque se inició en EE.UU, aquĆ tambiĆ©n hemos oĆdo hablar de Ć©l. ĀæSabĆ©is quĆ© son los āfree range kidsā?
Es un proyecto que como objetivo principal tiene ādevolver la calle a los niƱos, pero tambiĆ©n sacar a los niƱos de las casas y devolverles a las callesā. Como dirĆa Tonucci (y yo no puedo expresarlo mejor) āhace 40, 50, 60 aƱos, se sabĆa poco sobre los niƱos: los mayores tenĆan que cuidarlos eso sĆ, pero no se solĆa interferir en las decisiones que tomaban acerca de su tiempo libreā. Este NO intervencionismo dio lugar a adultos sanos, que han sabido dirigir sus propias vidas, y que adquirieron autonomĆa personal e independencia mucho antes de los 25 aƱos.

Hemos cambiado la calle por espacios cerradosā¦

En la actualidad, los niƱos no van solos al colegio hasta que no cumplen los 13 aƱos o mƔs, y creo sinceramente que inhibir el contacto en libertad con la calle en edades tempranas, no hace mƔs que entorpecer la capacidad y habilidades de los niƱos para cuidarse solos. Pero es que, ademƔs de quitarles las calles (que son suyas por derecho, o al menos lo son de forma compartida), cuando son mƔs pequeƱos los recluimos en pequeƱas reservas de niƱos.
Por reservas me refiero a parques urbanos, plazas, establecimientos cerrados con atracciones, etc; y no contentos con ello, supervisamos cada movimiento hasta el punto de darles instrucciones para tirarse por el tobogĆ”n. Entiendo que no hay madre o padre en el mundo que no piense en el bienestar de sus pequeƱos, y por otra parte a veces no hacemos mĆ”s que seguir una āmodaā; por eso no es mi intención culpabilizar, sino que reflexionemos entre todos. Que deberĆamos escuchar mĆ”s las necesidades bĆ”sicas de niƱas y niƱos estĆ” claro, pero a la vez es necesario explorar nuestros propios miedos.
En muchas familias, el calendario infantil se ha llenado de clases de idiomas, deportes, refuerzos acadĆ©micos y talleres varios. A menudo se argumenta que asĆ se amplĆan sus oportunidades, pero tambiĆ©n es cierto que cada actividad organizada resta tiempo de juego libre y de exploración autónoma. Numerosos testimonios de madres y padres apuntan a la misma realidad: los niƱos apenas disponen de tardes enteras para āno hacer nadaā, aburrirse, inventar juegos o perderse en un descampado como hacĆamos generaciones anteriores.
La ciudad tampoco ayuda demasiado. En muchas zonas urbanas, el centro se ha convertido en lugar para trabajar y comprar, pero no para vivir. Las familias se desplazan a periferias dormitorio, y los niños pasan horas en coches, autobuses escolares o transportes urbanos en lugar de caminar su barrio, aprender a orientarse y apropiarse de las calles. Todo ello reduce su contacto con espacios públicos y la posibilidad de tejer redes de confianza con vecinos y otros niños.
La dificultad que los niƱos tienen para administrar un tiempo enteramente suyo es cada vez mayor. Hace unas dĆ©cadas, muchos recordamos descampados, solares o plazas en los que inventĆ”bamos aventuras, organizĆ”bamos partidos de fĆŗtbol o montĆ”bamos cabaƱas. Hoy, esos espacios espontĆ”neos de juego han sido sustituidos por centros comerciales, aparcamientos o parques excesivamente regulados, donde a menudo la consigna es āno correr, no gritar, no ensuciarseā.

ĀæPeores padres por dejar libres a sus hijas e hijos?
Leonore Skenazy (pionera y creadora del proyecto Free Range Kids) primero, y despuĆ©s otros, entre los que se encuentran los Meitiv, han sido objetos de numerosas crĆticas, e incluso de intervenciones policiales (sĆ, como lo leĆ©is). La primera no dudó en acceder a la petición de su hijo cuando este contaba 9 aƱitos: querĆa que sus padres lo llevaran a un lugar desconocido de la ciudad, y despuĆ©s le permitieran volver solo a casa. Dicho y hecho, el chico se quedó en una estación de metro con un plano en la mano, billete y dinero para gastar: regresó a casa sano y salvo; Āæpor quĆ© tendrĆa que haber sucedido de otra forma?
Skenazy es columnista en un periódico neoyorquino y tras publicar su experiencia, se ganó el apelativo de āla peor madre de Estados Unidosā. Para la sociedad, los āopinólogosā, o simplemente quienes (despojados de sentido crĆtico) analizaban el relato de esta madre, los progenitores que maltratan a sus hijos, o les que les compran juegos de consola para 18 aƱos (cuando tienen 8), o los que les dan hamburguesa para comer y pasta para comer cada dĆa⦠son mejores. Pero escuchadme: es que no se trata de dividirnos en buenos o malos, sino de ser cada dĆa mejores (superando errores), y sobre todo de poner la mirada tambiĆ©n en la infancia, para procurarles un desarrollo saludable.
Desde entonces, el episodio se ha convertido en un sĆmbolo. Mucha gente se enteró, por ejemplo, de que en el transporte pĆŗblico neoyorquino los menores pueden viajar solos a partir de una edad concreta, algo que en otros tiempos se daba por supuesto y hoy se percibe como temerario. La bola mediĆ”tica en torno a esta historia sirvió para abrir un debate internacional sobre hasta quĆ© punto confiamos en las capacidades de los niƱos y cómo influyen las ciudades, las leyes y los medios de comunicación en nuestras decisiones de crianza.
Los Meitiv, una familia defensora de la autonomĆa infantil, tambiĆ©n fueron investigados por permitir que sus hijos de 6 y 10 aƱos caminaran solos por su barrio. De repente, un paseo cotidiano se convirtió en asunto policial y administrativo. Aunque finalmente fueron absueltos de negligencia, el proceso puso de manifiesto cómo la sobreprotección se ha institucionalizado en algunos contextos, hasta el punto de cuestionar decisiones parentales razonables.
Por cierto, el matrimonio Meitiv (mencionado arriba) fue absuelto de negligencia después de que a las fuerzas del orden les hubiera parecido inadecuado que sus hijos de 6 y 10 años, estuvieran solos en la calle. ¿No os parece excesivo que tuvieran que pasar por ese proceso?
El movimiento Free Range Kids no se limita a anĆ©cdotas. A partir de ese caso inicial, Leonore escribió el libro āFree-Range Kidsā y fundó junto con otros expertos la organización Let Grow, que hoy promueve programas concretos en escuelas y comunidades para que los niƱos recuperen momentos cotidianos de autonomĆa: ir a comprar el pan, trepar a un Ć”rbol, preparar el desayuno o ir al parque con amigos sin adultos pegados a su lado.

El miedo no es buen consejero.

Leonore estuvo revisando los Ćndices de criminalidad para la ciudad de Nueva York y descubrió que no se habĆan incrementado de forma significativa respecto a dĆ©cadas anteriores. Desconozco los datos en nuestro paĆs y su evolución en el tiempo, pero coincido con ella en que que las tragedias ocurridas a menores de edad son poco habituales; y tendrĆa que matizar para referirme a esos miedos inconfesables que tenemos papĆ”s y mamĆ”s referentes a secuestros, desapariciones o violaciones. EstĆ” claro que la āpĆ©rdida de las callesā ha traĆdo tambiĆ©n mayores riesgos de atropello, pero no son esos peligros a los que se referĆa Skenazy.
No conozco muy bien la programación de las cadenas de televisión que podemos ver aquĆ, pero (por ejemplo) si miramos āMentes criminalesā, āC.S.Iā, o pelĆculas sobre desapariciones, y pensamos que en la realidad todo es asĆ, sudaremos cada vez que los niƱos quieren ir solitos a por el pan. A esto se le ha llamado el āsĆndrome del mundo mezquinoā: cuanto mĆ”s consumo de noticias sobre delitos, mĆ”s creemos que el mundo es peligroso, aunque las estadĆsticas no respalden esa percepción.
Y no solo series o pelĆculas: las noticias habitualmente solo muestran la peor cara de la sociedad, y acabamos encerrados en nuestros mundos, temiendo al vecino. En lugar de eso deberĆamos volver a lo comunitario, para intentar revertir un proceso que se ha acelerado. La confianza en los demĆ”s empieza por desarmar nuestros propios miedos, la libertad tambiĆ©n nos ayuda a elegir mejor las personas que comparten la crianza y educación con nosotros.
Esta āpeor madreā a la que yo no hubiera calificado asĆ, tambiĆ©n fue duramente juzgada por familias cuyos hijos habĆan sufrido alguna de estas tragedias. Tienen todo el derecho a estar enfadados con el mundo, pero la responsabilidad de que ocurran estas cosas, no es de quien lucha por dar a los niƱos y las niƱas mĆ”s autonomĆa. Una cosa es ignorar riesgos reales y otra muy distinta es reducir la infancia a una vida entre paredes, pantallas y agendas controladas al milĆmetro.
Cuando analizamos con calma los peligros, suele aparecer otra paradoja: al limitar al mƔximo la libertad de los niƱos, no los entrenamos para reconocer situaciones de riesgo ni para reaccionar ante imprevistos. Un niƱo que nunca ha caminado solo por su barrio, ni ha hablado con adultos de confianza fuera de la familia, tiene menos herramientas para pedir ayuda, evitar una propuesta extraƱa o tomar decisiones prudentes.

Peligros reales y evitables.
Como bien dicen muchas madres y muchos padres a los que se les pregunta sobre este tema: āya no es que piense que detrĆ”s de la esquina hay una mala persona que les puede hacer daƱo, es que hay muchas calles hasta el colegio, y no sĆ© si mirarĆ” bienā. No hay una solución vĆ”lida para todos pero es necesario repetirles a los niƱos los mensajes bĆ”sicos de seguridad y autoprotección, para que acaben creyendo en ellos y los pongan en prĆ”ctica. Esa es una de nuestras mejores garantĆas, a la que podemos sumar una comunidad comprometida con la infancia, que en situaciones difĆciles sea capaz de proteger.
Los peligros reales, los cotidianos, suelen ser mÔs prosaicos: el trÔfico, ciertas configuraciones urbanas hostiles, la ausencia de aceras seguras, los horarios imposibles de las familias o la falta de ojos en la calle. Frente a eso, la solución no es encerrar aún mÔs a los niños, sino transformar nuestro entorno para hacerlo mÔs habitable para ellos: calles pacificadas, pasos de peatones bien señalizados, zonas escolares con prioridad peatonal, caminos escolares seguros, parques cercanos y cuidados.
AdemĆ”s, podemos trabajar en lo que algunos pedagogos llaman āeducación para el riesgoā. No se trata de fomentar la imprudencia, sino de enseƱar a evaluar: Āæes un riesgo aceptable trepar a ese Ć”rbol?, Āæpuedo cruzar aquĆ o es mejor ir al paso de peatones?, ĀæquĆ© hago si me pierdo en el camino al cole? Los niƱos necesitan practicar pequeƱas dosis de riesgo controlado para desarrollar juicio y autocontrol. Al igual que el sistema inmunitario, su capacidad para manejar el peligro se fortalece con experiencias graduadas, no con un aislamiento absoluto.
En muchos paĆses se han puesto en marcha proyectos como el Camino Escolar, que tratan de sensibilizar y promover acciones favorables a la movilidad segura y sostenible de los niƱos en las ciudades. Estas iniciativas demuestran que cuando se combina la autonomĆa infantil con cambios urbanĆsticos y apoyo comunitario, aumenta la seguridad percibida y real, y las familias se animan a soltar poco a poco la mano.
TambiĆ©n conviene recordar que, segĆŗn distintos estudios, la reducción de juego libre y autonomĆa se relaciona con un aumento de la ansiedad y la depresión en la infancia y la adolescencia. Diversos autores, como el psicólogo Peter Gray, hablan de la pĆ©rdida del ālocus de control internoā: cuando todo estĆ” dirigido por adultos, los niƱos sienten que apenas influyen en su propia vida, y eso les hace mĆ”s vulnerables al estrĆ©s.
¿Libertad o supervisión?
Yo creo que los niƱos sĆ que pueden autogestionarse, aunque para ello deben recibir algunas sugerencias o indicaciones de los padres, pensemos tambiĆ©n que cuando se mueven en grupo, cuidan unos de otros, y se mantienen a raya los conflictos. No vayas a creer ahora que soy mala madre, simplemente me parece fuera de lugar vigilar cada minuto de sus vidas, para que no tropiecen, evitar que sean objeto de alguna crĆtica, o para que no cometan equivocaciones.
Es que asĆ no crecerĆan, ni superarĆa sus limitaciones, y puede que hasta se sintieran frustrados
A cada edad lo suyo: un niƱo de 4 aƱos no puede ir solo a la escuela, pero Āæno le dejas ir tampoco a los 7 si va con amigos y el centro estĆ” a dos calles y cinco minutos? Y si no lo dejas, ĀæquĆ© motivos tienes? No serĆ”s peor ni mejor que otros padres, tanto si le llevas de la mano como si le permites un poco de libertad. Con este post ā y ya lo he dicho ā solo pretendo que pensemos un poco.
En el fondo, la llamada crianza en libertad es una filosofĆa bastante sencilla: confiar progresivamente en las capacidades de los niƱos, dentro de lĆmites claros y seguros. No significa desentenderse, ni dejarles solos horas y horas sin criterio; implica mĆ”s bien ir aflojando el control a la vez que enseƱamos habilidades de seguridad, resolución de problemas y respeto a los demĆ”s.
Algunas familias empiezan por pequeƱos gestos: dejar que el niƱo pague en la tienda mientras el adulto espera en la puerta, que vaya a casa de un vecino cercano, que organice su mochila escolar o que prepare una receta sencilla. MĆ”s adelante, esos gestos pueden convertirse en ir y volver del colegio con amigos, gestionar su tiempo de juego en la plaza o usar el transporte pĆŗblico en trayectos conocidos. Cada familia encontrarĆ” su ritmo y sus propios āprimeros pasosā hacia la autonomĆa.
Para contrarrestar este āmovimientoā Free Range Kids, Kristen Howerton, nos cuenta āpor quĆ© ella no se ve capaz de seguirloā. autorregulen su uso de tecnologĆa No confĆa en que autorregulen su uso de tecnologĆa, cree que necesitan supervisión social, no desea que sus hijos entren a casas de otras personas, quiere que sus niƱos tengan autodisciplina y necesita que respeten a los demĆ”s.
Sin Ɣnimo de rebatir su postura, y para ir finalizando este bloque, podemos matizar algunos puntos importantes:
- EstÔ claro que con los dispositivos debe existir un control en edades tempranas, pero también mucha comunicación con los niños. Si haces esto, es probable que ellos mismos encuentren el equilibrio. La crianza en libertad no propone dejarles internet sin filtros, sino acompañarles hasta que sean capaces de regularse.
- ĀæSupervisión social? Creo que dejarles libertad tambiĆ©n implica que su comportamiento pueda ser āreguladoā por otras personas. Pero es que niƱos libres no es igual a niƱos que desprecien el entorno en el que viven. Al contrario, al participar de la vida comunitaria, reciben feedback de iguales y adultos diversos, y aprenden a ajustarse a normas compartidas.
- Niñas y niños sabrÔn desde pequeños a qué casas pueden entrar y a cuÔles no; los adultos en esas casas, también sabrÔn que tú autorizas a tus propios hijos, y existirÔ confianza y reciprocidad. Pero estas cosas se empiezan a hablar antes de los cinco años, adaptando lenguaje e incorporando recomendaciones progresivamente.
- ĀæAutodisciplina? Bien, hay muchos momentos de la vida familiar en las que podemos ayudarles a desarrollarla; pensemos por otra parte que unos niƱos en libertad recogiendo madera para hacer una cabaƱa, tambiĆ©n son disciplinados, de lo contrario no acabarĆan la construcción. La disciplina puede surgir tanto de la imposición adulta como de proyectos significativos.
- El respeto se enseƱa en casa, pero si no salen no lo pueden poner en prĆ”ctica. Las habilidades sociales, la empatĆa y la tolerancia a la frustración se afinan en el trato diario con otros niƱos y adultos fuera del control directo de mamĆ” o papĆ”.
En algunos lugares, incluso se estĆ”n dando pasos legales para proteger este enfoque. Determinados estados de Estados Unidos han aprobado leyes que aclaran que permitir que los niƱos caminen solos a la escuela, jueguen en un parque o se queden un rato en casa sin adultos, cuando tienen madurez suficiente, no es negligencia. Con estas normas se intenta trazar la lĆnea entre desamparo real y simples decisiones educativas favorables a la autonomĆa.
En otros paĆses, como Japón o varios paĆses escandinavos, es habitual ver a niƱos pequeƱos desplazĆ”ndose solos al colegio o jugando en la calle sin adultos encima. AllĆ, la confianza social y el diseƱo urbano favorecen esa independencia temprana, lo que demuestra que la crianza en libertad no es una excentricidad, sino una forma posible y saludable de entender la infancia.
Y ahora sĆ, ya termino con este tweet de Leonore Skenazy reivindicando uno de los aspectos relacionados con la libertad infantil, con el juego libre, con el disfrute de su ocio: Ā«el derecho a aburrirseĀ»

Juego libre, naturaleza y ciudades pensadas para la infancia

La corriente Free Range Kids se conecta con muchas otras iniciativas que apuntan en la misma dirección: necesitamos que los niƱos vuelvan a jugar fuera, a moverse por su entorno y a relacionarse de forma directa con la naturaleza. Pedagogos como Heike Freire hablan de un autĆ©ntico ādĆ©ficit de naturalezaā en la infancia actual, asociado al aumento del tiempo en interiores, la vida sedentaria y el abuso de pantallas.
Libros como Educar en verde recopilan propuestas sencillas para disfrutar de la naturaleza en familia y enumeran experiencias bĆ”sicas que todo niƱo deberĆa vivir: mojarse bajo la lluvia, revolcarse en el barro, trepar Ć”rboles, observar insectos, construir cabaƱas, etc. DetrĆ”s de esta lista no hay simple romanticismo, sino una constatación: el juego libre en entornos naturales estimula el desarrollo sensorial, motor, emocional y cognitivo de forma insustituible.
Otros proyectos, como Infancia MĆ”gica, insisten en la importancia de la creatividad y del respeto a los tiempos internos de los niƱos, evitando una directividad constante. Se trata de confiar en que, si se les ofrece un entorno rico en estĆmulos y tiempo sin prisas, los niƱos generan solos juegos complejos, narrativas, reglas y estrategias para relacionarse.
La revista Crecer en Familia / Viure en FamĆlia tambiĆ©n se ha hecho eco de esta mirada, integrando en su lĆnea editorial la idea de recuperar la centralidad del juego como motor del crecimiento. ArtĆculos como āque la lluvia no detenga el juegoā cuestionan la costumbre de huir de cualquier incomodidad climĆ”tica y reivindican que un poco de frĆo, de calor o de humedad son parte de la experiencia vital, no enemigos a combatir a toda costa.
En cuanto a la educación formal, las llamadas Escuelas Bosque se estĆ”n abriendo paso en distintos paĆses, inspiradas en modelos consolidados en lugares como Alemania, Dinamarca o Escocia. En estas escuelas, el contacto diario con el exterior es el eje del currĆculo: se aprende matemĆ”ticas midiendo troncos, lenguaje narrando historias alrededor de un fuego, ciencias observando estaciones y bichos. En el Estado espaƱol existen directorios como Ludus.org que recogen cientos de proyectos educativos respetuosos con la infancia, muchos de ellos basados en la naturaleza y el juego libre.
En el Ć”mbito urbano, el proyecto La Ciudad de los NiƱos, del pedagogo Francesco Tonucci, plantea una transformación radical: pensar la ciudad desde la perspectiva del niƱo. Eso implica recuperar calles y plazas para los peatones, pacificar el trĆ”fico y otorgar a los niƱos un papel activo en las decisiones urbanĆsticas. AllĆ donde se ha puesto en marcha, se han creado rutas escolares seƱalizadas, plazas sin coches y consejos de niƱos que asesoran a los ayuntamientos.
Por Ćŗltimo, hay experiencias colectivas como Playborhood o Children and Nature Network, que fomentan barrios en los que los niƱos puedan salir a jugar sin supervisión constante, sabiendo que hay adultos atentos en las casas y comercios que harĆ”n de āred de seguridadā si surge un problema. De nuevo aparece la idea central: la autonomĆa infantil florece cuando se apoya en una comunidad vigilante pero no invasiva.
Todo este movimiento cuestiona tambiĆ©n el hiperconsumo de ocio externalizado: ludotecas, talleres, extraescolares, apps āeducativasā, videojuegos y contenidos audiovisuales que, aunque a veces resultan Ćŗtiles, no pueden sustituir la experiencia directa de explorar, arriesgar, aburrirse y crear juego propio. Paradójicamente, muchas de estas ofertas de pago exigen a los padres trabajar mĆ”s horas para costeĆ”rselas, reduciendo aĆŗn mĆ”s el tiempo compartido en familia y el juego libre en el barrio.
Cuando contamos todo esto, no se trata de idealizar el pasado ni de culpar a las familias. MÔs bien hablamos de tomar distancia de la sobreprotección y preguntarnos con honestidad: ¿qué tipo de adultos queremos que lleguen a ser nuestros hijos? ¿Personas acostumbradas a que otros tomen siempre decisiones por ellos, o individuos capaces de orientarse en el mundo, asumir riesgos razonables y confiar en sus propias capacidades?
Mirando a generaciones anteriores, muchas personas recuerdan haber ido solas a la escuela a los seis o siete años, haber hecho recados, haber pasado tardes enteras en la calle con otros niños, o incluso haber viajado en transporte público sin adultos. Hoy, esas escenas aparecen casi como ciencia ficción en algunos contextos urbanos. La crianza libre nos invita a recuperar parte de esa confianza perdida, adaptÔndola a las realidades actuales, pero sin renunciar a lo esencial: la infancia necesita aire, espacio, tiempo y un margen real para equivocarse y levantarse.
Y ahora, quizĆ” la pregunta no sea tanto si somos ābuenosā o āmalosā padres, sino si queremos que nuestros hijos vivan su infancia desde el asiento de atrĆ”s de su propia vida, o si preferimos acompaƱarles mientras aprenden a conducirla. Cada permiso que les damos para explorar el mundo por sĆ mismos, cada trayecto que hacen solos, cada juego sin adultos dirigiĆ©ndolo, es una pequeƱa inversión en su confianza, en su resiliencia y en su capacidad de ser, un dĆa, adultos autónomos y felices.