El tabaco sigue siendo una de las amenazas más persistentes para la salud pública, pero sus efectos podrían ir más allá de quien enciende el cigarrillo. Nuevas evidencias apuntan a que empezar a fumar en la adolescencia puede dejar una huella que alcanza a la siguiente generación.
Una investigación presentada en el Congreso de la Sociedad Respiratoria Europea relaciona el tabaquismo masculino iniciado antes de los 15 años con un envejecimiento biológico acelerado en sus hijos. El hallazgo, lejos de ser anecdótico, plantea una llamada de atención sobre la prevención en edades tempranas.
Qué muestra la nueva investigación

El trabajo, liderado por la Universidad de Bergen (Noruega) y dado a conocer en Ámsterdam, analizó la relación entre la edad a la que los padres empezaron a fumar y la edad biológica de sus descendientes. Los autores constataron que cuando el consumo de tabaco comenzó en la fumar en la pubertad (15 años o antes), los hijos presentan un envejecimiento biológico superior a su edad cronológica.
En términos medios, la diferencia se sitúa entre 9 y 12 meses, y puede llegar a los 14-15 meses si los propios hijos han fumado alguna vez. Esta brecha en el “reloj” biológico se ha relacionado en estudios previos con un mayor riesgo de cáncer, demencia y artritis, entre otras enfermedades ligadas a la edad.
Los investigadores plantean que fumar durante la adolescencia podría alterar el material epigenético de los espermatozoides en formación, cambios que se transmitirían a la descendencia. En cambio, no se observaron patrones consistentes cuando fueron las madres quienes fumaron antes del embarazo, lo que refuerza la hipótesis de un periodo especialmente sensible en el desarrollo reproductivo masculino.
Además, el efecto parece depender de la edad de inicio del consumo: cuando los padres empezaron a fumar más tarde, las variaciones en la edad biológica de los hijos fueron pequeñas y, en general, menos relevantes desde el punto de vista clínico.
Cómo se estimó la edad biológica
Para medir el envejecimiento biológico se recurrió a los llamados relojes epigenéticos, que analizan modificaciones químicas del ADN asociadas a la edad. Estas marcas, que no cambian la secuencia del ADN, influyen en la actividad de los genes y se acumulan con el paso del tiempo, permitiendo estimar la edad biológica y anticipar riesgos de enfermedades relacionadas con el envejecimiento.
El análisis se apoyó en datos de 892 personas de entre 7 y 50 años (media de 28), participantes en el estudio RHINESSA. De cada sujeto se obtuvieron muestras de sangre para el perfil epigenético y se recogieron cuestionarios sobre el historial de tabaquismo propio y de sus progenitores, incluyendo la edad de inicio en el consumo.
Con esta información, el equipo aplicó tres puntuaciones distintas de envejecimiento biológico, una estrategia destinada a robustecer el resultado y minimizar sesgos metodológicos. La convergencia de las medidas, según los autores, aporta consistencia a las conclusiones.
Hallazgos clave del análisis
- Hijos de padres que comenzaron a fumar a los 15 años o antes: incremento medio de 9-12 meses en la edad biológica.
- Si los hijos habían fumado alguna vez, la diferencia se amplió hasta los 14-15 meses, lo que sugiere un efecto acumulativo.
- Cuando el padre empezó a fumar más tarde, el aumento en la edad biológica de los hijos fue pequeño y menos consistente.
- No se identificó un patrón claro asociado al tabaquismo materno previo al embarazo, apuntando a la relevancia de la ventana puberal masculina.
Por qué importa para la salud pública
El hallazgo introduce una dimensión intergeneracional en la prevención del tabaquismo. Proteger a los adolescentes del acceso a la nicotina no solo impacta en su salud inmediata, sino que podría condicionar el bienestar de sus futuros hijos. De ahí que los autores aboguen por reforzar las políticas de prevención en institutos y entornos juveniles.
En paralelo, alertan sobre el auge de los vapeadores entre menores, un fenómeno cuyo impacto a largo plazo sigue sin estar bien definido. Ante la incertidumbre, recomiendan prudencia regulatoria y campañas informativas que alcancen tanto a familias como a centros educativos.
Limitaciones y preguntas abiertas
Aunque los resultados son coherentes entre distintas herramientas epigenéticas, los autores subrayan que la investigación es observacional y se encuentra en fases relativamente tempranas. Por tanto, no establece causalidad definitiva y requiere más estudios que aclaren mecanismos, dosis-respuesta y posibles factores de confusión.
También será clave explorar si intervenciones preventivas o de abandono del tabaco antes de la paternidad pueden mitigar la señal epigenética y, con ello, el aumento de la edad biológica observado en la descendencia.
Los datos recogidos hasta ahora dibujan una imagen nítida: fumar durante la pubertad parece dejar una marca medible en la siguiente generación. Con cifras que sitúan la edad biológica de los hijos entre nueve meses y más de un año por encima de lo esperado, y con riesgos asociados a enfermedades de la edad, la prevención temprana cobra más relevancia que nunca para proteger la salud presente y futura.