El grooming es una realidad cada vez más presente en la vida digital de niños y adolescentes. Aunque ya hemos hablado en ocasiones anteriores sobre riesgos derivados de un mal uso de Internet y su prevención, este tipo de consejos siguen siendo muy demandados por las familias con menores. En esta ocasión me baso en una noticia que relataba la historia de una madre que suplantó la identidad de su niña en Facebook al darse cuenta de que un adulto estaba acosando sexualmente a la pequeña.
Ocurría en argentina y la pequeña solo tenía nueve años; Sabrina Baco (que así se llamaba esta mamá) consiguió diferentes pruebas para poder poner una denuncia, ya que durante las conversaciones que mantenía haciéndose pasar por la niña, el agresor llegó a pedirle que le enviara fotos desnuda. Conocemos esta práctica como grooming, y según describimos aquí se trata de un acecho sexual posterior a una estrategia de acercamiento y manipulación.
En estos casos, los depredadores sexuales se ganan la confianza de los menores y tienen fuerza para iniciar y mantener los chantajes. Ni que decir tiene que desde el momento en el que se tienen sospechas, la misión de los progenitores debería ser proteger a sus hijos y, a la vez, reunir pruebas del acto delictivo. Porque sí, la pornografía infantil es un delito, y según el Consejo de Europa está definido como cualquier material audiovisual que utiliza a menores de edad en un contexto sexual.
Desde el uso de imágenes explícitamente sexuales de menores participando en conductas sexuales (aunque sean simuladas), hasta la utilización de material para espectáculos pornográficos, pasando por imágenes mostrando órganos sexuales de menores. Y por cierto, he mencionado más arriba que se trataba de un pederasta quien había contactado con esa niña para obtener fotos suyas desnuda, pero quizás te surja la duda acerca de la diferencia entre pedofilia y pederastia. El recuadro de abajo, elaborado por Internet Grooming (de Pantallas Amigas) lo explica muy bien, y resumidamente podemos decir que el acto de abusar es el que marca la diferencia y el que distingue a un pederasta.

¿Qué es el grooming y por qué debemos conocerlo?
El grooming, también conocido como child grooming u online grooming, es un proceso mediante el cual un adulto contacta con un menor a través de internet con el objetivo de ganarse su confianza para implicarlo en actividades de carácter sexual. Este objetivo puede ir desde la obtención de imágenes íntimas hasta la concertación de encuentros físicos para cometer abusos.
Es fundamental entender que el grooming no es un hecho instantáneo ni un error puntual: se trata de un proceso que puede prolongarse semanas o meses. El agresor invierte tiempo en construir un vínculo emocional con la víctima, presentándose como alguien que le comprende, que le escucha y que le ofrece lo que cree que le falta en su entorno cercano.
Habitualmente el contacto entre ambas partes comienza a través de algún servicio de Internet, preferentemente redes sociales, plataformas de juego o comunidades online. Son servicios muy utilizados por los menores y casi todos incluyen funciones de chat para conversar. El atacante suele utilizar el engaño para facilitar ese primer contacto, creando perfiles falsos con edades y gustos similares a los del menor, de manera que le resulte atractivo e interesante, y así aumente la probabilidad de que acepte su solicitud de amistad.
En muchos casos, el adulto propone seguir conversando en privado por mensajería instantánea o videollamada (WhatsApp, Skype u otras herramientas), donde es más fácil evitar el control de los adultos. Poco a poco, el groomer hace que el menor baje la guardia, se sienta especial y confiado, y acabe compartiendo imágenes, vídeos comprometidos o secretos íntimos que después se utilizan como arma de chantaje.
Este tipo de delitos están recogidos en la legislación penal, y se considera delito incluso cuando no ha llegado a producirse un encuentro físico. El simple hecho de contactar con un menor y solicitarle contenido sexual ya constituye una conducta perseguible. Esta perspectiva legal subraya la gravedad del grooming y la necesidad de tomarlo en serio desde las primeras señales.
¿Cómo actúa el acosador en cada fase del grooming?

Conocer las fases del grooming ayuda a las familias a detectar patrones de riesgo antes de que el daño sea mayor. Aunque cada caso es distinto, los especialistas describen una secuencia de pasos que se repite con mucha frecuencia.
Selección de la víctima. El agresor busca menores en espacios digitales muy populares: redes sociales, chats de videojuegos, grupos de mensajería o foros. Observa perfiles públicos y presta atención a señales como mensajes de soledad, necesidad de atención o conflictos familiares. También es frecuente que elija a menores que comparten demasiada información personal.
Primer contacto y construcción de confianza. Una vez elegida la víctima, el adulto inicia el diálogo, a menudo haciéndose pasar por otro menor con intereses similares. Crea perfiles falsos (o utiliza cuentas reales) con fotos atractivas y datos falsos, y recurre a halagos, complicidad y conversaciones aparentemente inocentes para que el niño o adolescente se sienta cómodo.
Aislamiento progresivo del menor. Cuando la relación avanza, el groomer empieza a pedir que su amistad sea un secreto. Usa frases del tipo “tus padres no lo entenderían” o “si se enteran dejarán de dejarte hablar conmigo”. Así va separando al menor de su red de apoyo (familia, amistades, profesorado) y aumenta su capacidad de control.
Escalada hacia el contenido sexual. Tras esa fase de confianza, el acosador introduce poco a poco temas de tipo sexual. Puede enviar primero imágenes o chistes subidos de tono, preguntar por experiencias íntimas y, más tarde, pedir fotos o vídeos cada vez más comprometidos. Aunque al principio parezca un juego, el objetivo es ir normalizando estas conductas.
Chantaje y control. Cuando el agresor ya dispone de material sensible, lo convierte en herramienta de extorsión. Amenaza con difundir las imágenes o contarlo a la familia o al colegio si el menor no accede a seguir enviando más contenido o a quedar en persona. En esta etapa, la víctima se siente atrapada, avergonzada y con miedo a pedir ayuda.
¿Cómo actuar ante la sospecha de que un niño está siendo acosado por un groomer?

Hablar sobre prevención es sencillo, pero admitir que nuestros hijos pueden ser víctimas no lo es tanto. Es importante repetir los consejos para evitar, pero también preguntarse con honestidad: ¿qué harías si te encontraras en la piel de Sabrina? La prioridad absoluta debe ser siempre la seguridad y el bienestar emocional del menor.
En primer lugar, es preciso mantener una actitud muy cuidadosa en las conversaciones con los niños y en los pasos a dar, porque ante todo hay que protegerles. Podemos sospechar que algo ocurre porque ha cambiado de actitud y de hábitos, porque un amigo ha comentado parte del problema, porque hemos leído un fragmento de conversación o porque el propio menor nos ha contado algo a medias.
Todo dependerá de la confianza que exista en casa, de la edad de los niños, de la experiencia digital que tengan y de la capacidad de la familia para gestionar el uso de los dispositivos. La comunicación es clave para mantener la calma y poder reconstruir una situación que se acerque a la normalidad.
Además de las señales emocionales, conviene observar cambios llamativos en la relación del menor con la tecnología: si de pronto pasa mucho más tiempo conectado, se despierta por la noche para usar el móvil, se pone nervioso con las notificaciones o borra de manera compulsiva historiales de chat, son motivos suficientes para interesarse con calma por lo que está ocurriendo.
Recuerda que muchos niños y adolescentes sienten vergüenza, miedo o culpa incluso cuando ellos mismos no han hecho nada malo. Por eso necesitan adultos que escuchen sin juzgar, que les crean y que sepan qué pasos dar para frenar el daño.
- Escucha sin juzgar; ofrece soluciones pero atiende sus sugerencias.
- Pregunta sin interrogar: debes evitar que se sienta abrumado y a la defensiva.
- Asegúrale que vosotros, y especialmente el niño, sois víctimas; en ningún momento se debe culpabilizar a un menor que ha enviado una imagen.
- Habla en un ambiente tranquilo, sin personas ajenas a la familia delante.
- Cree en tu hija o en tu hijo: no se lo ha inventado, te pide ayuda y protección.
- Mantén la calma para que le sea más fácil mantenerla a él o a ella.
- Recuerda que tú tampoco tienes la culpa: no eres mala madre, no eres mal padre.
- Toma el control de los perfiles del niño: guarda pruebas, ignora peticiones, bloquea al agresor, valora la posibilidad de eliminar el perfil cuando sea seguro hacerlo.
- Consulta con la brigada de delitos tecnológicos o unidades especializadas y deja que te orienten a la hora de denunciar.
- Ten en cuenta que puede ser necesaria una atención psicológica profesional.
- El centro escolar de tu hija, los amigos íntimos y la familia extensa que pueda ser de ayuda deberían conocer los hechos después de que hayas actuado, para que contribuyan a la protección.
- Cuida especialmente el riesgo de revictimización: evita a toda persona que os pueda hacer daño con comentarios, juicios o difusión de rumores.
- Refuerza la seguridad y presta mucha atención a la salud emocional del menor tras lo ocurrido; adáptate a sus necesidades: si quiere pasar más tiempo en casa, si prefiere salir con vosotros en lugar de hacerlo con su grupo de amigos, si pide dejar alguna actividad durante un tiempo… es el momento de priorizar su bienestar.
Señales de alerta para detectar grooming en casa
Muchos comportamientos propios de la adolescencia pueden confundirse con señales de grooming, pero hay algunos indicadores que, cuando se acumulan, deben ponernos en guardia. Prestar atención a estos cambios permite a madres y padres detectar el problema en fases tempranas.
En relación con los dispositivos, es preocupante cuando el menor de repente aumenta o disminuye drásticamente el uso del móvil u ordenador, cuando se enfada de forma desproporcionada si se le limita la conexión, o cuando se conecta a horas extrañas sin un motivo académico claro.
El secretismo con la pantalla también es revelador: apagar rápidamente el dispositivo al notar la presencia de un adulto, ocultar el móvil detrás del cuerpo, poner contraseñas nuevas sin avisar o crear perfiles secretos que no comparte con la familia son conductas que merecen una conversación serena.
A nivel emocional, es importante observar si se vuelve más retraído, triste o irritable sin que parezca haber una causa clara, si deja de ver a sus amistades, si pierde interés por actividades que antes disfrutaba o si aparecen cambios bruscos de humor relacionados con la recepción de mensajes.
Entre las señales de máxima gravedad se encuentran la aparición de regalos, dinero, recargas de móvil o dispositivos que el menor no puede justificar, la existencia de imágenes o vídeos de contenido sexual en sus dispositivos, o la intención de quedar con alguien que solo conoce por internet y a quien se resiste a presentar a la familia.
La evitación del grooming: ¿tarea pendiente?
En la entrada mencionada al principio ya dimos muchos detalles sobre prevención, y allí destacábamos la importancia de la comunicación familiar: que los menores aprendan a autoprotegerse más que a desconfiar de todo el entorno. Es fundamental explicar claramente las medidas de seguridad: configuración de privacidad de redes sociales, evitar mostrar imágenes íntimas, supervisión por parte de los padres, prohibir quedar con quien se conoce solo por Internet, mantener los equipos seguros y establecer un lugar común de la casa para el uso de dispositivos.
A estas pautas podemos añadir otras basadas en la experiencia de educadores y especialistas en ciberseguridad infantil. Una de ellas es hablar con naturalidad sobre afectividad, sexualidad y consentimiento desde edades tempranas y de manera adaptada. Cuanto más clara sea la visión del menor sobre lo que es una relación sana, más fácil será que identifique comportamientos abusivos en Internet.
También es esencial enseñar a distinguir entre datos públicos, semipúblicos y privados. Nombre, apellidos, centro escolar, horarios, fotografías con uniforme o frente a casa son informaciones sensibles que no deberían circular libremente en redes ni en chats con personas que no forman parte del entorno de confianza.
Otra medida clave es explicar qué son y por qué son peligrosas prácticas como el sexting cuando no hay control ni confianza reales. No se trata solo de decir “no mandes fotos”, sino de hablar sobre las posibles consecuencias y de ofrecer alternativas para que, si en algún momento se sienten presionados, sepan que pueden frenar, no ceder y pedir ayuda.
En definitiva, se trata de aunar sentido común con el necesario ejercicio de la maternidad o paternidad, que implica en ocasiones el establecimiento de límites, pero también mucha presencia, escucha y acompañamiento. Las conversaciones en el seno familiar y en el ámbito educativo son fundamentales para que niños y adolescentes tomen conciencia de los riesgos, conozcan las medidas de seguridad necesarias y puedan vivir una experiencia digital más segura.
Imágenes — Pro Juventute, IntelFreePress.
Cuando un adulto comprende cómo funciona el grooming, aprende a leer los cambios de comportamiento y sabe qué pasos dar, resulta mucho más viable romper el silencio, recabar pruebas y proteger a los menores. Combinar educación en valores, acompañamiento digital y recursos especializados transforma la sospecha de grooming en un punto de partida para actuar, reparar y seguir construyendo confianza en familia.

