Tengo la sensación de que ahora está de moda escribir artÃculos sobre padres, madres, crianza y estilos educativos. Pero ha llegado un punto en el que veo todas esas entradas y todas esas opiniones excesivas. Entiendo que los profesores, pedagogos y expertos estén asustados por lo que actualmente se llama hiperpaternidad (sobreproteger a los niños hasta el extremo), pero hay situaciones que se pueden llegar a exagerar muchÃsimo y conviene analizarlas con calma.
Por ejemplo, entramos en el tema de los temidos deberes escolares. ¿Las familias están en el grupo de la hiperpaternidad si quieren ayudar a sus hijos con las tareas? Creo que para llegar a esa conclusión habrÃa que analizar la situación de cada familia y de cada niño, su contexto, su carga real de tareas y cómo se gestiona esa ayuda en casa. Pero no considero que todos los padres que ayudan a los niños con los deberes tengan que ser etiquetados en ese grupo de forma automática. Entonces, ¿qué es lo que ocurre realmente?
Ajustar la cantidad de deberes escolares

Cuando me cruzo con mis vecinos pequeños en el portal siempre me gusta preguntarles qué tal el dÃa. Casi siempre me dicen lo mismo: «jo, Mel, nos han mandado muchos deberes. Y luego tenemos que estudiar». Este comentario tan repetido refleja una realidad: muchos niños llegan a casa con una carga de tareas excesiva para su edad y su capacidad de concentración.
Hay padres y madres que han pedido a maestros la reducción de las tareas pero ha sido en vano. Y han llegado al punto en el que no saben qué hacer porque, en la práctica, ven a sus hijos desde que salen del colegio hasta (en muchas ocasiones) la hora casi de cenar sentados frente a los libros. Apenas hay tiempo de juego libre, de salir al parque o de simplemente descansar.
Ante eso, muchos padres y madres han decidido echar una mano a los niños con los deberes para que puedan tener más tiempo para hacer lo que les gusta. Ayudan a organizar la tarde, repasan con ellos, explican lo que no se ha entendido y, a veces, simplifican las tareas más repetitivas. ¿Eso es hiperpaternidad? Yo creo que no. Yo creo que el problema base no es la ayuda de los padres, sino el exceso de tareas y la poca flexibilidad para adaptarlas a cada niño.
Además, el volumen de deberes no afecta sólo al niño, también repercute en el clima familiar: más prisas, más discusiones, más cansancio y menos espacio para el vÃnculo tranquilo. Por eso, cuando se habla de hiperpaternidad ligada a las tareas escolares, es muy importante diferenciar entre padres que acompañan y padres que sustituyen a sus hijos.
Muchos docentes y expertos en educación insisten en que el deber fundamental de la escuela es enseñar a aprender, y no tanto recargar al alumnado de fichas y ejercicios mecánicos para casa. Desde esta perspectiva, ajustar la cantidad de deberes no es una concesión a padres «blandos», sino una decisión pedagógica para proteger el bienestar y el desarrollo integral de los niños.

Ayudar a los niños con los deberes no es sobreprotección
«Los deberes son para que los estudiantes repasen los contenidos y los asimilen». Posiblemente, esa frase la digan algunos maestros y profesores. Pero un exceso de tareas repetitivas no ayuda a los alumnos en nada, más bien agota, desmotiva y alimenta el rechazo hacia la escuela.
Hay cientos de actividades de repaso que sà pueden ser útiles a los estudiantes: juegos neuroeducativos, sopas de letras, crucigramas, experimentos sencillos, lectura compartida, proyectos creativos, juegos en plataformas educativas en Internet… Es decir, formas de repasar que combinan contenido académico y disfrute.
Dudo mucho que los padres ayuden a sus hijos con los deberes para sobreprotegerles. Dudo mucho que lo hagan para que no se esfuercen y para que tengan menos responsabilidades (ojo, no digo que no haya padres que lo hagan por eso, pero no creo que sea lo general). Y dudo mucho que los padres ayuden a sus hijos con los deberes porque no les vean capaces, sino más bien porque perciben que la carga es desproporcionada o que falta explicación previa.
Por lo tanto, para mà no hay ningún problema en que los padres ayuden a los niños con los deberes cuando vean que las tareas son excesivas y que no van a tener nada de tiempo libre para ellos. Pero ayudar con los deberes no significa que los padres hagan los ejercicios por sus hijos. Significa que estén ahà para resolver posibles dudas que les vayan surgiendo, ofrecer un entorno tranquilo, ayudar a organizar el tiempo o animar cuando aparece el desánimo.
La clave está en el rol que asume la familia: acompañar, guiar y sostener sin sustituir, sin borrar el error ni eliminar cualquier obstáculo, porque precisamente de frustraciones pequeñas y manejables se obtiene un gran aprendizaje. Cuando el adulto se limita a corregir cada fallo y a «pulir» las tareas para que estén perfectas, cae en la trampa de enviar un mensaje peligroso: sólo vale lo impecable.
Algunos expertos hablan aquà de la importancia de la cultura del error: aceptar que equivocarse forma parte del proceso y que el colegio es, o deberÃa ser, un espacio para ensayar, probar, fallar y volver a intentar. Cuando las familias viven los errores con angustia, es más fácil que terminen haciendo los deberes por sus hijos para evitar un suspenso o una mala nota, y es ahà cuando la ayuda sà se transforma en sobreprotección.
¿Y qué pasa cuándo sà se da hiperpaternidad?
Como decÃa antes, sà que pueden haber casos de padres que estén impidiendo a sus hijos que se esfuercen. Sà que hay padres que sobreprotegen al evitarles cualquier tipo de fracaso o de frustración. Y también hay padres que pueden llegar a ayudar a sus hijos con los deberes por miedo a equivocaciones, errores o porque vayan muy despacio. En esas situaciones sà que se podrÃa decir que se está dando hiperpaternidad.
En la literatura sobre crianza se describen varios perfiles muy gráficos: padres-helicóptero que sobrevuelan cada paso de sus hijos, padres-quitanieves que retiran cualquier obstáculo del camino, madres-chófer que organizan agendas imposibles de extraescolares o padres «bocadillo» que no se separan de su hijo en el parque mientras le persiguen con la merienda en la mano. Todas estas imágenes tienen algo en común: una presencia adulta excesiva que deja poco margen para la autonomÃa.
Hay padres que quieren (e incluso ansÃan) que sus hijos sean perfectos. Ese deseo llega hasta hacerles los deberes para que los profesores vean el nivel educativo y de inteligencia de los niños, o para que destaquen frente a la clase. En algunos casos, hay padres que se han enfadado con docentes por ver errores en los resultados de ejercicios que ellos mismos habÃan dicho a sus hijos, como si el fallo del niño les pusiera en cuestión a ellos mismos.
Este tipo de conductas están muy ligadas a la idea de que la frustración es algo negativo que hay que evitar a toda costa, cuando en realidad la vida cotidiana está llena de pequeños fracasos y contratiempos. Si desde la infancia se elimina cualquier dificultad, los niños llegan a la adolescencia —y después a la vida adulta— sin herramientas para tolerar el error, asumir un suspenso, aceptar una crÃtica o encajar un «no».
De esta manera, los padres consiguen que los niños se crean que fallar es algo malo y que no pueden equivocarse nunca. Y cuando lo hacen se genera una gran frustración en ellos que es muy difÃcil de gestionar. Por no hablar de la sensación de malestar, el agobio y el estrés que provoca intentar ser perfectos, estar siempre a la altura de lo que se espera de ellos y sentir que cualquier resbalón decepciona a su familia.

Del niño «mueble» al niño «altar»: cómo afecta a la escuela y a los deberes
Varios autores han descrito con mucha claridad el cambio de modelo familiar. Antes se hablaba casi de niños «mueble», poco tenidos en cuenta, con infancia muy autónoma pero a veces poco acompañada emocionalmente. Ahora se habla de niños «altar»: el centro absoluto de la familia, alrededor del cual giran horarios, decisiones y expectativas.
En este contexto, la hiperpaternidad se cuela en la escuela de varias formas. Una de las más visibles es la relación con los deberes y con las notas. Hay familias que viven cada calificación como un examen a su propia paternidad y entran en conflicto con el profesorado ante cualquier resultado que no encaja con sus expectativas. Se culpa al docente, al sistema o a las circunstancias, pero rara vez se permite que el niño asuma su parte de responsabilidad.
También es cada vez más frecuente que algunos padres hagan directamente los deberes de sus hijos, no sólo para ayudarles, sino para asegurarse de que la tarea se entregue perfecta, sin errores ni tachones. Esto genera varios efectos perversos: se engaña al sistema (el profesor cree que la clase domina un nivel que no es real), aumenta la exigencia para todos y se manda al niño el mensaje de que no se confÃa en su capacidad.
La escuela, por su parte, se ve atrapada entre dos fuerzas: por un lado, la necesidad de mantener su función educativa, con lÃmites claros y expectativas razonables; por otro lado, la presión de algunos padres que no aceptan crÃticas hacia sus hijos y cuestionan cualquier decisión metodológica o disciplinaria. Muchos docentes expresan que lo más difÃcil no son los alumnos, sino la gestión con ciertas familias.
Frente a esto, muchos expertos coinciden en que el papel saludable de la familia es acompañar, no dirigir la escuela desde fuera. Es decir, apoyar el trabajo docente, dialogar cuando hay dudas, pero sin invadir el terreno profesional ni convertir cada conflicto o cada suspenso en un drama.

El esfuerzo está presente con la ayuda de los padres
En definitiva: ayudar a los niños con los deberes no considero que sea hiperpaternidad. Si los padres están simplemente como apoyo, yo no veo dónde está el problema, siempre que se respete el ritmo del niño y se le deje hacer la parte que le corresponde.
Brindarles ayuda con las tareas no quiere decir que los niños no tengan que esforzarse. De hecho, cuando se hace bien, el adulto sirve como «andamio» que permite al niño llegar un poco más lejos de lo que llegarÃa solo, pero sin sustituir su propio esfuerzo. Se acompaña mientras se enseña a estudiar, a planificarse y a responsabilizarse de sus obligaciones.
Es más, muchos padres aprovechan los deberes para que sus hijos aprendan a investigar o a buscar información ellos solos. En lugar de darles la respuesta, les orientan sobre dónde encontrarla: un libro, un diccionario, una web fiable, una enciclopedia digital… De esta manera, están fomentando la capacidad de análisis, el pensamiento crÃtico y la creatividad. Y a mà me parece bien que los padres ayuden a desarrollar esos conceptos en sus hijos.
La diferencia con la hiperpaternidad está en que no se trata de anticiparse a cada dificultad, sino de estar disponibles cuando el niño realmente lo necesita. No se trata de resolverles la vida, sino de enseñarles a resolverla. Eso implica aceptar que habrá deberes mal hechos, notas mejorables y dÃas de pereza, y aun asà mantenerse firmes en la idea de que ese camino también es valioso.
Al mismo tiempo, es importante cuidar otro aspecto: no convertir la infancia en una agenda agotadora en la que los deberes sean sólo una pieza más de un puzle infinito de actividades. El tiempo de juego libre, de aburrimiento creativo y de estar sin hacer «nada productivo» es tan educativo como una ficha de matemáticas. Sustituirlo todo por tareas y objetivos sólo alimenta el estrés y la competitividad desde edades muy tempranas.
Los niños no necesitan padres perfectos ni proyectos educativos impecables. Necesitan adultos que confÃen en ellos, que les pongan lÃmites claros, que acepten sus errores y que estén presentes sin invadirlo todo. Acompañar los deberes desde ese lugar es una excelente oportunidad para construir autonomÃa, vÃnculo y responsabilidad, lejos de la etiqueta de hiperpaternidad que tanto preocupa hoy.
