Islandia, maternidad y libertad: así viven las mujeres en el país más igualitario del mundo

  • Islandia combina permisos parentales igualitarios, guarderías subvencionadas y ayudas públicas que permiten a las mujeres ser madres sin renunciar a su educación ni a su carrera profesional.
  • La fuerte tradición feminista y la elevada presencia de mujeres en política han impulsado leyes pioneras de igualdad salarial, cuotas en empresas y protección frente a la violencia de género.
  • Aunque lidera los rankings mundiales de igualdad, en Islandia persisten problemas graves como la violencia sexual, la brecha salarial indirecta y la sobrecarga de cuidados sobre las mujeres.
  • La coeducación en género, la educación sexual temprana y modelos pedagógicos innovadores buscan consolidar una cultura donde la corresponsabilidad y el respeto sean la norma desde la infancia.

Madres islandesas

Islandia tiene la tasa de matrimonios más baja de Europa y una cultura de pareja muy poco tradicional: por lo que se sabe, una parte muy importante de las uniones matrimoniales acaba en divorcio (algunas fuentes señalan tasas elevadas de disolución) y también se produce allí un número de nacimientos fuera del matrimonio altísimo (en torno a dos tercios de los bebés nacen de padres no casados). Es habitual que las parejas con o sin hijos convivan varios años antes de casarse o incluso sin llegar nunca a hacerlo. Por otra parte no es raro que chicas muy jóvenes se queden embarazadas, y no por ello interrumpen su formación académica y continúan estudios universitarios; esto es posible porque el Estado otorga ayudas a la maternidad y a la crianza en estas circunstancias y porque socialmente no se considera un motivo de estigma.

Un conocido informe internacional sitúa a este pequeño estado insular de la dorsal atlántica como uno de los mejores países para ser madre y el mejor para ser niña o niño en términos de bienestar, salud, educación y oportunidades. Además, un informe de 2012 elaborado por la ONG Save the Children lo situó entre los primeros puestos (segundo mejor país para ser madre y primero para ser niño en su clasificación). Islandia encabeza de forma continuada el Global Gender Gap Report del Foro Económico Mundial, lo que significa que ha cerrado más del 90 % de su brecha de género en educación, participación económica, empoderamiento político y salud. ¿Cuáles son las claves de esta sociedad aparentemente igualitaria y tan particular en su forma de entender la maternidad, la paternidad y la libertad de las mujeres?

Probablemente confluyen razones de todo tipo, entre ellas el hecho de que no es un país especialmente religioso, así que no existe una fuerte presión moral conservadora que haga que dé vergüenza ser mamá a los 21 años, o que construya prejuicios en torno a mamás que tienen varios hijos de parejas diferentes. Además este país vikingo se podría decir que es feminista casi por naturaleza, con un movimiento de mujeres muy arraigado desde principios del siglo XX y una presencia tradicional de la mujer en el mercado laboral que ha facilitado que las políticas de igualdad cuajen con rapidez. A pesar de que siempre son posibles mejoras, están muy lejos de otras naciones europeas, y no digamos del Oriente Próximo o Medio.

Mujeres y maternidad en Islandia

País igualitario que mima la natalidad

Islandia igualdad y maternidad

Fue a finales del siglo XX cuando Vigdis Finnbogadottir se convirtió en la primera presidenta mujer elegida por voto directo en una república democrática, y la primera en Europa. Fijaros si han pasado años y en España aún no hemos podido conseguirlo (lo que nos queda por recorrer). Era una madre soltera que estuvo 16 años representando a la ciudadanía islandesa, y no duda en atribuir su hazaña a la lucha que sus compatriotas mantuvieron en los años setenta por la igualdad, especialmente a la mítica “huelga de mujeres” o “día libre de las mujeres”, cuando el 90 % de las islandesas dejó de trabajar dentro y fuera de casa para visibilizar su peso en la economía y en los cuidados.

Aquella jornada histórica paralizó bancos, fábricas, escuelas y comercios, y tuvo un efecto inmediato en la agenda política: impulsó leyes de igualdad, el debate sobre la conciliación y, poco después, la llegada de una mujer a la jefatura del Estado. Desde entonces, Islandia ha mantenido una elevada representación femenina en el Parlamento y en el Gobierno, con cuotas voluntarias del 40‑50 % en muchos partidos y la existencia de formaciones explícitamente feministas que han llevado los temas de las mujeres al centro del debate público.

Son mujeres fuertes e independientes cuya principal valedora es su propia autoconfianza. Pero bien es verdad que se han conseguido logros importantes que, asumidos por el Gobierno, facilitan que estén integradas en la sociedad y laboralmente activas al tiempo que son madres. Además de las ayudas mencionadas, Islandia puede estar orgullosa de una de las legislaciones más avanzadas contra la violencia machista: cuando la violencia ocurre en la pareja, la ley protege a la víctima obligando a quien agrede a abandonar el domicilio, y existen refugios, asesoría jurídica y apoyo psicológico financiados con fondos públicos.

Merece la pena destacar que las empresas que tienen al menos 50 trabajadores deben garantizar en los Consejos de Administración una representación mínima de un 40 por ciento de uno de los dos sexos, o sea que legalmente no es posible que sean todos hombres o todas mujeres. A esto se suma una ley pionera de igualdad salarial: las compañías e instituciones con cierto tamaño están obligadas a obtener un certificado oficial que demuestre que pagan lo mismo a hombres y mujeres en puestos equivalentes. En lugar de que sea la trabajadora quien tenga que denunciar y demostrar la discriminación, es la empresa quien debe probar que remunera de forma justa y equitativa.

Este sistema ha reducido la brecha salarial de forma significativa y, sobre todo, ha obligado a revisar cómo se valoran los trabajos tradicionalmente feminizados (como educación infantil, enfermería o cuidados) frente a otros con requisitos formativos similares. Aunque sigue existiendo una diferencia media de ingresos (por la mayor presencia femenina en empleos a tiempo parcial y en sectores peor pagados), el debate social y político sobre el valor del trabajo de las mujeres es constante y muy visible.

Y fijaos: el permiso remunerado cuando nace un bebé ha ido ampliándose con el tiempo y se ha inspirado en el modelo “úsalo o piérdelo”. Durante años fue de 9 meses de los cuales 3 eran para disfrute de la madre, otros 3 intransferibles para el padre, y el resto podían repartirlo como creyeran conveniente. Este diseño disparó el uso del permiso por parte de los hombres y garantizó la presencia activa del progenitor durante los primeros meses de vida del bebé. Posteriormente, se ha evolucionado hacia permisos aún más largos y equilibrados, donde cada progenitor dispone de varios meses intransferibles y un tramo adicional flexible, siempre con una prestación pública que ronda el 80 % del salario.

Esta corresponsabilidad en la crianza se refuerza con una red de guarderías y educación infantil fuertemente subvencionadas. Islandia destina un porcentaje muy elevado de su PIB a la educación temprana, lo que hace que las familias paguen solo una pequeña parte del coste real. La mayoría de los niños y niñas comienzan a acudir a centros de día en torno al año de vida, justo cuando terminan los permisos parentales, y a los dos años la inmensa mayoría está ya escolarizada. Esto permite que las madres no tengan que abandonar su carrera profesional y que la tasa de participación femenina en el mercado laboral sea de las más altas del mundo.

Movimiento feminista, educación y cambios culturales

Feminismo y maternidad en Islandia

El éxito islandés no se explica solo por las leyes: detrás hay más de un siglo de activismo feminista organizado. La Asociación de Derechos de las Mujeres Islandesas se fundó a comienzos del siglo XX; muy pronto las mujeres lograron el derecho al voto y empezaron a ocupar concejalías en Reikiavik, para luego dar el salto al Parlamento. Durante décadas han existido huelgas generales de mujeres, manifestaciones masivas y campañas muy creativas que han puesto en el centro temas como la igualdad salarial, la red de guarderías, la violencia de género o la cultura de la violación.

En fechas recientes, las islandesas han vuelto a llenar las calles, deteniendo su trabajo remunerado y no remunerado a una hora simbólica de la tarde para denunciar que, a partir de ese momento, “trabajan gratis” respecto a los hombres si se tiene en cuenta la brecha salarial. Estas huelgas se han acompañado de lemas como “No cambiemos a las mujeres, cambiemos la sociedad” y han puesto el foco también en el acoso sexual, los abusos y la necesidad de erradicar el sexismo cotidiano.

Islandia ha sido además uno de los países donde el movimiento #MeToo tuvo un impacto más visible: miles de mujeres compartieron sus experiencias de acoso y agresiones, desde trabajadoras de guardería hasta políticas, artistas o periodistas. Esto destapó que, pese a las buenas cifras en igualdad estructural, siguen existiendo problemas serios de violencia sexual y de violencia en la pareja. Las estadísticas muestran que una proporción muy elevada de mujeres ha sufrido violación o intento de violación a lo largo de su vida, y que solo una pequeña parte de los casos llega a juicio y termina en condena.

De hecho, en los últimos años algunas supervivientes y organizaciones feministas han llegado a denunciar al Estado islandés ante tribunales internacionales por la forma en que el sistema judicial gestiona los delitos sexuales: investigaciones lentas, falta de recursos policiales, testigos clave no interrogados o sentencias muy leves. Las propias autoridades reconocen que el país sigue teniendo una “sombra oscura” en materia de violencia de género y que es imprescindible mejorar la protección de las víctimas, la formación de jueces y policías y la inversión en justicia.

En paralelo, se ha apostado por la coeducación y la educación sexual desde edades muy tempranas. La mayoría de los institutos imparten desde hace años asignaturas de Estudios de Género, donde se trabajan los estereotipos, la discriminación y la diversidad. Y existen modelos pedagógicos como el método Hjalli, en el que niñas y niños pasan parte del día en grupos separados para romper los roles tradicionales: las niñas practican habilidades asociadas a la fuerza y la asertividad, mientras los niños se entrenan en el cuidado, la empatía y la cooperación. Todo ello contribuye a que las nuevas generaciones crezcan con una visión más igualitaria de las relaciones y del reparto de los cuidados.

¿Mejor país para vivir?

Dejando de lado las condiciones climatológicas o geográficas, parece un buen sitio, de hecho hay mamás solteras llegadas de otros países que son muy bien acogidas allí. Su población es de unos 320.000 habitantes que se reparten en poco más de 100.000 kilómetros cuadrados. Es un país culto, con una renta per cápita muy elevada, en el que sus habitantes viven muchos años y con una tasa de natalidad relativamente alta para los estándares europeos. No es un lugar idílico, pero muchas de sus características sí que resultan muy atractivas para familias que buscan seguridad, servicios públicos y conciliación.

Sin embargo, las mujeres islandesas, que podrían compararse con italianas, paquistaníes, portuguesas, estadounidenses, filipinas o ecuatorianas en cuanto a diversidad de orígenes, se comparan sobre todo con los hombres de su propio país: la igualdad real no existe plenamente en la práctica y aunque la discriminación salarial no está permitida, se produce de forma indirecta a través de los sectores en los que trabajan, las jornadas parciales y el peso de los cuidados. La presencia de mujeres en puestos directivos de alto nivel sigue siendo menor que la de los hombres, y muchas profesionales denuncian techos de cristal en áreas como la empresa privada o la cultura.

Además se ha empezado a producir un fenómeno inquietante que podría desequilibrar —al menos en el terreno de las relaciones sexuales— la balanza: se trata de la pornificación de la cultura y de las relaciones, con una exposición muy temprana de adolescentes a contenidos pornográficos en internet. Este impacto se está abordando mediante programas de educación sexual integral y educación en el consentimiento, así como campañas específicas en colegios e institutos para trabajar el respeto a los límites, la diversidad de cuerpos y deseos y la crítica a los modelos sexuales violentos o deshumanizados.

Por otro lado, Islandia ha legislado para desincentivar la prostitución y el comercio sexual siguiendo el llamado modelo nórdico: se penaliza a los compradores de sexo y a los proxenetas, y se prohíben locales como clubes de striptease. Aun así, las organizaciones feministas señalan que la trata de mujeres con fines de explotación sexual sigue existiendo y que se aprovecha de la libertad de circulación en Europa, por lo que reclaman más recursos policiales y sociales para erradicarla.

También se han alcanzado avances notables en derechos LGTBI y autonomía corporal: acceso gratuito a anticonceptivos y aborto en la sanidad pública, matrimonio igualitario, adopción por parejas del mismo sexo y leyes que facilitan la autodeterminación de género. Estas medidas se han aprobado generalmente con amplios consensos parlamentarios y sociales, lo que muestra un clima cultural muy tolerante en cuestiones de diversidad y sexualidad.

Respecto a la vida cotidiana, llama la atención que la mayoría de las mujeres retoma su empleo tras la maternidad y es muy raro el modelo de ama de casa a tiempo completo. Los hombres participan de forma mucho más activa en las tareas domésticas que en otros países y es habitual verles solos en parques, centros de salud o guarderías con sus hijos. Sin embargo, las estadísticas revelan que ellas siguen dedicando más horas a los cuidados y al trabajo doméstico, y muchas familias monomarentales continúan en una situación económica más frágil que los hogares con dos adultos.

En este contexto, Islandia se percibe desde fuera como un referente mundial en igualdad de género, pero las propias feministas islandesas insisten en que no es un paraíso libre de patriarcado. Lo que sí ofrece es una combinación muy potente de políticas públicas, activismo social y cambios culturales que hacen que ser madre, trabajadora y ciudadana sea mucho más compatible que en la mayoría de países, y que convierten a esta pequeña isla del Atlántico Norte en un laboratorio fascinante para quienes sueñan con sociedades más igualitarias.

Imágenes — Helgi Halldórsson/Fredd, Anne Ling en New Yorker.


Añadir como fuente preferida en Google