Son bastantes las comunidades autónomas y centros educativos los que han decidido cambiar la jornada partida por la continua. Pero, ¿es la jornada escolar el mayor de los problemas? En la actualidad, muchos estudiantes salen de clase a las dos y no tienen que volver al colegio hasta el día siguiente, lo que supone un cambio importante en la organización familiar y en la vida de los menores.
Para muchas familias, que sus hijos terminen a primera hora de la tarde es una ventaja porque facilita determinados aspectos de la conciliación y reduce desplazamientos. Disponer de tardes libres puede dar más margen para el ocio, el descanso o las actividades extraescolares. Pero cuando analizamos en profundidad todo lo que implica el cambio de jornada escolar en España, se ve con claridad que el debate no puede quedarse solo en el horario.
Sí, el horario es importante, pero la jornada escolar no es lo único que hay que cambiar en educación. El foco mediático suele centrarse en si es mejor la jornada partida o la continua, y por ese debate, muchos expertos afirman que se corre el riesgo de formar a los estudiantes como futuros empleados sumisos, sin prestar suficiente atención a la calidad de la enseñanza, a la equidad y al bienestar socioemocional.
¿La jornada escolar es lo único por lo que hay que debatir en la educación?

Está claro que desde educación primaria (e incluso antes) los niños pasan muchísimas horas en los centros educativos. La escuela se ha convertido en un espacio clave no solo para el aprendizaje académico, sino también para la socialización, la alimentación y la protección, especialmente en los casos más vulnerables. A pesar de ser un tiempo exagerado el que permanecen en las aulas, no parece que la jornada escolar, por sí sola, sea el mayor de los problemas de la educación.
El mayor problema (al menos lo es para muchas familias y profesionales) es la forma de enseñar y de organizar ese tiempo. Aunque poco a poco la metodología va cambiando y se introducen enfoques activos, cooperativos y más centrados en el alumno, durante mucho tiempo se ha mantenido un modelo muy tradicional, centrado en la memorización y la repetición. Todavía hoy, en demasiados contextos, se valora más el aprendizaje memorístico que el activo, creativo y aplicado a la vida real.
Me explico: los alumnos tienen una jornada escolar de cinco horas lectivas (o más) en la que muchos días hacen prácticamente lo mismo. El profesor explica, el alumnado escucha, se resuelven dudas y se mandan deberes para casa. Se reproducen esquemas de trabajo propios de una oficina: horarios rígidos, poca autonomía y un rol muy pasivo del estudiante.
Son horas en las que, en muchas ocasiones, no se tiene suficientemente en cuenta la creatividad, la imaginación, la toma de decisiones, el pensamiento crítico ni la capacidad de análisis. En lugar de plantear proyectos, retos o investigaciones, se sigue un libro de texto página a página. Y eso favorece que los estudiantes se conviertan en sujetos pasivos que asienten para demostrar que están escuchando, más que en protagonistas activos de su aprendizaje.
Al mismo tiempo, el sistema se centra con frecuencia en las asignaturas instrumentales (lengua, matemáticas, ciencias, inglés) y deja en segundo plano otras áreas clave para un desarrollo integral, como la educación artística, la música, la educación física o la educación emocional. Esto alimenta la idea de que solo es “buen estudiante” quien obtiene altas calificaciones en los exámenes tradicionales, invisibilizando otros talentos y capacidades.
Si no son las horas, ¿cuál es el problema real?

El problema mayor no es únicamente la jornada escolar. Lo preocupante es que, tras cinco horas (o más) de clase, muchos estudiantes se enfrentan a una montaña de deberes que prolongan su jornada hasta bien entrada la tarde. Esto reduce el tiempo para jugar, descansar o compartir en familia y puede generar rechazo hacia el aprendizaje.
Otra parte del problema está en que no todos los centros han dado un paso decidido hacia el cambio educativo. Mientras algunos colegios incorporan metodologías activas, trabajo por proyectos, aprendizaje cooperativo o evaluación formativa, otros siguen apoyándose casi exclusivamente en exámenes y tareas repetitivas, sin aprovechar la evidencia científica disponible sobre cómo aprenden mejor los niños.
También sigue muy presente la creencia de que los estudiantes brillantes son los que sacan dieces y nueves en todas las materias. En muchos centros educativos hay alumnos con un gran talento musical, artístico, deportivo o social a los que apenas se presta atención, porque se considera que matemáticas, lengua o inglés son siempre más importantes. Esto limita oportunidades y puede afectar a la autoestima de quienes no encajan en ese molde académico.
El debate sobre la jornada escolar no refleja (ni de lejos) los grandes problemas que tiene el sistema educativo español. Se le da mucha relevancia al horario de entrada y salida del alumnado, pero a veces se deja en segundo plano la formación del profesorado, la reducción de ratios, el apoyo a la diversidad, el refuerzo de la orientación y, sobre todo, la incorporación de metodologías basadas en la evidencia.
Además, se habla mucho de las horas que pasan los alumnos en las aulas pero se proponen pocas estrategias, actividades y herramientas concretas para que ese tiempo sea realmente de calidad. Las investigaciones muestran que más horas no garantizan mejor rendimiento si no se cuida lo que ocurre dentro del aula: tiempos de descanso adecuados, dinámicas variadas, participación activa, apoyo emocional, etcétera.
Por otra parte, el tipo de jornada tiene también una dimensión social. Expertos y organismos como la OCDE o diversas fundaciones educativas señalan que la organización del horario puede aumentar o reducir desigualdades. Cuando la jornada es muy intensiva y termina pronto, muchas familias se ven obligadas a contratar actividades o cuidados privados por la tarde, algo que no está al alcance de todos. En cambio, una jornada más amplia y estructurada puede ofrecer, dentro del propio centro, comedor y actividades que funcionen como una red de protección para el alumnado más vulnerable.
Si no se reduce la jornada escolar, al menos que sea activa

Hay familias que están haciendo verdaderos malabares para conciliar la vida laboral con la personal y familiar. Muchas trabajan en horarios partidos o con turnos complejos y dependen del horario escolar para organizar todo el día. Para ellas, una reducción brusca de la jornada escolar puede resultar complicada por motivos laborales y económicos, sobre todo si no se ofrece una buena red de servicios complementarios (aula matinal, comedor, extraescolares asequibles).
Por eso, más allá de optar por jornada continua o partida, es esencial que las horas que los estudiantes pasan en el colegio sean activas, significativas y variadas. Si el alumnado tiene que seguir asistiendo a las mismas clases y durante las mismas horas, resulta clave que el tiempo se aproveche para aprender de forma más práctica, cooperativa y creativa.
Es deseable que los centros educativos vayan más allá de los exámenes finales y las notas numéricas. Evaluar no debería ser solo poner una calificación, sino ofrecer información útil para mejorar, tanto al alumno como a la familia y al propio docente. Valorar los aspectos positivos de los estudiantes, motivarles, apoyarles y acompañarles en su proceso de aprendizaje es una parte esencial del trabajo docente.
En este sentido, los alumnos han de convertirse en protagonistas de su propio aprendizaje: participando en proyectos, haciendo preguntas, investigando, trabajando en equipo y tomando decisiones. Esto es compatible con cualquier tipo de jornada, siempre que la organización interna del centro lo priorice y se dote de recursos y formación al profesorado.
También es necesario que las aulas se conviertan en espacios donde se puedan expresar emociones, debatir y decir lo que se piensa con respeto. El clima escolar influye directamente en el bienestar, la motivación y el rendimiento. Un ambiente de diálogo, escucha y participación ayuda a prevenir la sumisión educativa y fomenta el desarrollo de competencias socioemocionales que son clave para la vida adulta.
Por último, numerosos estudios señalan la importancia de considerar los ritmos biológicos de niños y adolescentes. No todos los tramos horarios favorecen igual la atención y el rendimiento, y agrupar demasiadas horas seguidas de clase sin pausas adecuadas puede aumentar la fatiga cognitiva, especialmente en el alumnado con más dificultades. Ajustar el horario interno (momentos de mayor exigencia, recreos, actividades más prácticas) es tan importante como decidir si la jornada se organiza en uno o dos bloques.
¿Y las actividades extraescolares?

Posiblemente el tema de las actividades extraescolares se tenga que tratar aparte, pero está íntimamente ligado a la organización del horario. Hay padres y madres que pretenden que sus hijos sigan con la misma energía después de la jornada escolar y llenan las tardes con clases de refuerzo, idiomas, música, deportes y múltiples talleres.
Si sumamos las horas lectivas, los desplazamientos, el comedor (cuando lo hay) y las extraescolares, la jornada real de muchos niños y jóvenes no acaba hasta las siete u ocho de la tarde. Entre actividades y tareas, el tiempo libre para descansar, jugar de manera espontánea o estar con la familia se reduce al mínimo. Esto puede tener impacto en su descanso, en su bienestar emocional e incluso en su motivación académica.
Por otra parte, aprender idiomas, practicar deporte o desarrollar habilidades artísticas es muy positivo. Las actividades extraescolares pueden enriquecer el desarrollo integral y compensar carencias del entorno familiar. El problema aparece cuando se convierten en una obligación permanente, sin dejar hueco para el ocio no estructurado ni para el aburrimiento creativo, que también son necesarios.
Además, la relación entre extraescolares y tipo de jornada no es neutra. En los centros con jornada intensiva, la participación en actividades organizadas desde el propio colegio suele ser menor y, en muchos casos, las familias tienen que recurrir a opciones privadas más caras. En cambio, cuando el centro ofrece una jornada más amplia, con comedor y actividades en el propio recinto, se facilita que un mayor número de alumnos pueda acceder a experiencias variadas a costes más asequibles.
Después de cada jornada escolar, los estudiantes necesitan descansar, desconectarse, moverse y disfrutar de tiempo de calidad. Una buena política educativa debería tener esto en cuenta y diseñar horarios y programas que equilibren aprendizaje, descanso, juego y vida familiar, evitando que la escuela se convierta en un espacio de sobrecarga continua.
Al valorar si el horario y la jornada escolar son el principal problema de la educación, conviene mirar el conjunto: calidad de la enseñanza, equidad, salud física y emocional, conciliación familiar y derechos del menor. El tipo de jornada importa, pero solo tiene sentido debatirlo si al mismo tiempo se mejora lo que sucede dentro de las aulas y se refuerza la función social de la escuela, para que ningún niño quede atrás por su contexto o por una organización horaria que no tenga en cuenta sus necesidades reales.
Mirar la jornada escolar con una perspectiva amplia permite entender que no existe un modelo perfecto válido para todo el mundo, pero sí criterios claros: garantizar el bienestar infantil, la igualdad de oportunidades, una educación de calidad y una verdadera colaboración entre familias, docentes y administraciones. A partir de ahí, cualquier cambio de horario debería evaluarse con datos, escuchar a todas las partes implicadas y, sobre todo, poner en el centro a los niños y adolescentes, que son quienes viven cada día las consecuencias de estas decisiones.
Y vosotros, ¿creéis que el horario y la jornada escolar es el principal problema de la educación?
