Aprovechando que mañana es el Día Internacional de la Mujer quisiera hablaros sobre un tema importante en sociedad, para todas las personas y para cualquier familia, y es que no debemos pasar por alto: el papel de la mujer en nuestra sociedad y cómo se relaciona con la corresponsabilidad en la familia y la sociedad. La mujer, hasta no hace muchas décadas, seguía encerrada en un mundo machista donde se le hacía creer que su papel era el de criar hijos y agradecer el esfuerzo del marido por traer dinero a casa.
Quizá el término «cruel» es demasiado exagerado para algunas personas y se escudarán diciendo y defendiendo la idea de que muchas de esas mujeres estaban felices de llevar ese tipo de vida, y sin entrar en esa discusión sólo puede que asentir y decir que es verdad. Pero también había muchas mujeres que se resignaban a sacrificar sus sueños por vivir el modelo de vida que la sociedad les imponía, les gustase o no.
Afortunadamente todo eso está cambiando y, aunque aún quedan resquicios de esa sociedad obsoleta, las mujeres llevan mucho luchado para poder tener la vida que hoy consiguen. Sí, quizá sea más trabajo para las mujeres que además de amas de casa trabajan fuera del hogar, tienen que criar a sus hijos y además disfrutar de la vida. Pero sí se puede, y a muchas nos encanta hacerlo.
Para que esto sea real, para que una mujer realmente pueda sentirse libre en sus elecciones en la vida y que el hecho de ser mujer no le haga sentirse por ningún escalón debajo del hombre (tampoco salarial), entonces… se debe empezar en casa, porque los niños son el futuro y lo que vean en casa es lo que transmitirán a la sociedad en la cual se desarrollarán y se convertirán en adultos.

Qué es la corresponsabilidad en la familia y la sociedad

Cuando hablamos de igualdad y del papel de la mujer no basta con mencionar la conciliación. Es fundamental introducir el concepto de corresponsabilidad familiar y social. La corresponsabilidad es, de forma sencilla, el reparto equilibrado de las tareas domésticas y de las responsabilidades de cuidado entre hombres y mujeres, de manera que los tiempos de vida de unas y otros se distribuyan de forma justa.
Esto incluye mucho más que poner una lavadora de vez en cuando. Implica compartir de manera equitativa la organización de la casa, la crianza de los hijos e hijas, el cuidado de personas dependientes y también el trabajo emocional que sostiene una familia. Cuando existe corresponsabilidad, la carrera profesional, la salud y el bienestar de las mujeres dejan de verse tan perjudicados por las exigencias de los cuidados.
La corresponsabilidad, además, no se limita a las cuatro paredes del hogar. Supone una transformación social profunda en la que las administraciones públicas, las empresas, los centros educativos y las entidades sociales asumen su parte de responsabilidad para que hombres y mujeres puedan cuidar y trabajar en igualdad de condiciones.
El desarrollo profesional: trabajo y estudios

El desarrollo profesional en nuestra sociedad cada vez es más exigente para poder estar a la altura de las circunstancias, en comunidades sociales en plena evolución y constante crecimiento. Hasta hace no tanto, eran los hombres los que tenían prioridad para estudiar y para poder optar por carreras universitarias que eran vistas exclusivamente «para hombres». Afortunadamente ese límite ya está superado y las mujeres tenemos la libertad de escoger la carrera universitaria que queremos para desarrollarnos profesionalmente en el ámbito que deseemos.
Sin embargo, la igualdad formal en el acceso a los estudios no siempre se traduce en igualdad real. La elección de carreras sigue muy marcada por estereotipos de género, y muchas mujeres continúan concentrándose en profesiones vinculadas al cuidado, habitualmente peor valoradas y peor pagadas.
Pero, ¿qué ocurre cuando una mujer se convierte en madre? ¿Se acaba su época de estudios para siempre porque debe atender a sus hijos? En absoluto. La maternidad no debe ser el fin del desarrollo formativo, y con el apoyo de la pareja y de la red familiar o social es posible buscar el equilibrio para que ambos progenitores disfruten de las mismas oportunidades de formación.
En el caso del trabajo, las mujeres siguen enfrentándose a una doble exigencia: demostrar que son igual de válidas que sus compañeros hombres y, al mismo tiempo, responder a expectativas familiares que recaen mayoritariamente sobre ellas. Parece que aún hoy las mujeres deben subir un escalón a nivel salarial y de reconocimiento, porque cuesta que se entienda que una mujer es capaz de realizar el mismo puesto de trabajo que un hombre con resultados igual o más satisfactorios.
Las medidas de conciliación, como las reducciones de jornada, las excedencias por cuidado o las adaptaciones horarias, se solicitan todavía, en su mayoría, por mujeres. Esto tiene consecuencias directas en sus trayectorias profesionales: menos ascensos, salarios más bajos, mayor precariedad y más renuncias a proyectos personales.
Por eso es tan importante que las políticas laborales, las empresas y la propia cultura familiar se orienten hacia la corresponsabilidad en la asunción de estos permisos y medidas. Cuando un padre también reduce su jornada para cuidar, cuando un hombre se implica en los cuidados de manera visible en su empresa, está contribuyendo a que la maternidad deje de ser vista como un «problema» laboral exclusivamente femenino.
Igualdad de oportunidades y equidad de género

Desde hace décadas, las mujeres han luchado (y seguirán haciéndolo) por una igualdad de oportunidades que se merecen. Desgraciadamente, hay sociedades con diferentes culturas que aún no son capaces de ver este paso tan importante, no sólo para las mujeres, sino para la sociedad en su conjunto. El papel activo de la mujer en sociedad solo aporta beneficios desde cualquier ángulo desde el que se mire.
Hombres y mujeres somos diferentes en muchos aspectos, pero también es cierto que nos complementamos para que las cosas vayan mejor. Es responsabilidad de todos que nuestro mundo avance, y esto pasa necesariamente por cuestionar los roles tradicionales que asignan los cuidados casi exclusivamente a las mujeres.
La corresponsabilidad se apoya en la equidad de género, es decir, en la distribución justa de recursos, tiempos y responsabilidades. Esto incluye el tiempo libre, la energía física y emocional, los ingresos económicos y también los riesgos de salud asociados a la doble jornada que tantas mujeres sostienen.
Cuando las tareas de cuidado se reparten de forma desigual, se perpetúan patrones tradicionales por sexo: ellas cuidan, ellos producen. Romper este esquema exige una transformación profunda de creencias, hábitos y expectativas. No se trata solo de que los hombres «ayuden», sino de que asuman su responsabilidad plena y consciente en el hogar y con la familia.
La igualdad de oportunidades también se refleja en el ámbito educativo, ya que niños y niñas deben poder perseguir su vocación sin estigmas ni prejuicios de género. Ver en casa que tanto el padre como la madre se implican en todas las tareas (desde cambiar un pañal hasta arreglar un enchufe) derriba etiquetas del tipo «esto es de chicas» o «esto es de chicos».
Las tareas en la casa: reparto real y consciente
Y como te he comentado líneas más arriba, la mujer, trabajadora o no, no es esclava de nadie, por lo que las tareas del hogar son responsabilidad de todos los miembros de un mismo hogar para poder convivir en armonía.
Aunque cada familia es un mundo y dependerá de las circunstancias familiares que las tareas se dividan de un modo u otro, lo que sí es cierto y no debe faltar es la equidad y la igualdad en las tareas del hogar. En este sentido, tanto el hombre como la mujer deberán repartirse las tareas domésticas en función del tiempo que dispongan y de las necesidades reales, con la finalidad de que la convivencia sea eficaz y donde ambos tengan un papel activo.
Cuando hablamos de tareas del hogar, no nos referimos solo a limpiar o cocinar. Incluimos también la gestión de la economía doméstica, la planificación de compras, las reparaciones y el mantenimiento de la vivienda, la organización de citas médicas, actividades escolares y extraescolares, y toda la logística que hace que la vida familiar funcione.
Gran parte de esta carga es invisible y recae, muchas veces, sobre las mujeres en forma de carga mental: son ellas quienes recuerdan fechas, adelantan necesidades, coordinan calendarios y prevén problemas. La corresponsabilidad implica que esta planificación también se comparta, no solo la ejecución puntual de ciertas tareas.
Una herramienta sencilla para avanzar es sentarse en familia, hacer una lista detallada de todas las tareas del hogar (incluidas las pequeñas y aparentemente insignificantes) y repartirlas de manera explícita y estable, revisando el reparto cada cierto tiempo. El objetivo no es que todo esté siempre al 50 % de manera rígida, sino que todas las personas adultas de la casa se sientan igualmente responsables del buen funcionamiento del hogar.
Los niños verán esto y será un ejemplo muy importante para ellos y para su desarrollo interior. Crecer en un hogar corresponsable les enseña que el cuidado no tiene género y que todas las personas merecen tiempo para descansar, formarse, trabajar y disfrutar.
El cuidado de los niños y de otras personas dependientes
Del mismo modo que antiguamente se pensaba que las mujeres debían estar a cargo de la cocina y la limpieza del hogar, también se creía que la mujer debía estar a cargo exclusivo de la crianza de los hijos y que el padre era solo el modelo de disciplina que los niños debían seguir para obedecer (en muchos casos con miedo y con un significado equivocado de disciplina). En esa concepción se enfatizaba el cargo exclusivo de la crianza por parte de la mujer.
Esto quedó en el pasado y, en la actualidad, se sabe que los niños necesitan la participación activa, igualitaria y coordinada de ambos padres para que la crianza, la educación y el vínculo afectivo con ambos sea adecuado para su desarrollo y bienestar emocional. El papel del padre en el embarazo, el parto y la crianza es tan importante como el de la madre.
Los niños necesitan mucho más que ropa, techo y un plato de comida caliente. Necesitan sentir que sus progenitores están a su lado por igual, que ambos participan en las tareas del día a día (baños, deberes, visitas al médico, acompañamiento emocional) y que pueden contar con cualquiera de los dos para expresar lo que sienten.
La corresponsabilidad también abarca el cuidado de otras personas dependientes dentro de la familia, como pueden ser personas mayores, enfermas o con discapacidad. Tradicionalmente, estas tareas han recaído en hijas, nueras y otras mujeres de la familia, lo que ha supuesto una carga enorme que apenas ha sido reconocida. Repartir estos cuidados de forma más equitativa, buscar recursos de apoyo y reivindicar servicios públicos suficientes es una parte clave de la igualdad.
Las estadísticas muestran todavía que son mayoritariamente las mujeres quienes dejan de trabajar o reducen su jornada laboral para cuidar a hijos o familiares dependientes. Esta falta de corresponsabilidad lastra el empleo femenino, alimenta la brecha salarial y hace que muchas mujeres renuncien a sus tiempos, metas y oportunidades.
Educar a niñas y niños desde pequeños para que entiendan que cuidar es una tarea valiosa y compartida es una de las mejores inversiones para el futuro. Ver a sus padres repartirse las tareas, hablar abiertamente de tiempos, cansancio y necesidades, y pedir ayuda cuando hace falta contribuye a que crezcan con una mirada más igualitaria y empática.

El trabajo emocional y el bienestar familiar
Cuando hablamos de corresponsabilidad solemos pensar primero en tareas materiales, pero hay un aspecto igual de importante: el trabajo emocional. Se trata de todas esas actividades que mejoran el bienestar y proveen soporte emocional a otras personas y a una misma: escuchar con atención, dar apoyo, cuidar los vínculos, sostener los conflictos, organizar celebraciones o momentos especiales, acompañar el llanto y la frustración.
Este trabajo también está altamente feminizado y poco reconocido. Muchas madres asumen la gestión emocional de la familia: están pendientes de cómo se sienten los hijos, recuerdan los cumpleaños, mantienen el contacto con la familia extensa, median en las discusiones y tratan de que «todo el mundo esté bien». Aunque es un trabajo imprescindible para la salud de la familia, rara vez se ve como una responsabilidad que deba repartirse.
La corresponsabilidad implica que hombres y mujeres se formen y se impliquen en el cuidado emocional de la familia. Que un padre se siente a escuchar a su hijo adolescente sin juzgar, que acompañe una rabieta, que organice una visita a un familiar enfermo, que reconozca sus propias emociones y las comparta, es también una forma poderosa de igualdad.
Trabajar este aspecto pasa por mejorar la comunicación en la pareja y en la familia, practicar la escucha activa, validar lo que el otro siente y acordar cómo se van a gestionar las tensiones del día a día. La corresponsabilidad no es solo hacer «cada uno su parte» en silencio, sino construir juntos una forma de vida que cuide a todas las personas de la casa.
Una actitud basada en el respeto a las propias vivencias, el autocuidado y la búsqueda de estrategias sencillas para mejorar la convivencia (como pactar tiempos de descanso, definir espacios personales o repartir quién se ocupa de ciertos conflictos) ayuda a que nadie sienta que siempre está cargando con el peso emocional de la familia.
Un modelo de relación horizontal
En este sentido, los niños, desde que son pequeños, necesitan ver una relación horizontal entre el hombre y la mujer para que crezcan sabiendo que ambos viven en igualdad de oportunidades y derechos, que al fin y al cabo es lo que necesita una sociedad para poder avanzar.
Una relación horizontal no significa que todo se divida de forma matemática, sino que no hay jerarquías de poder injustas dentro de la familia. Las decisiones importantes se dialogan, las opiniones se escuchan, los errores se reconocen y los éxitos se celebran como equipo. En este tipo de relación, los modelos de masculinidad y feminidad se flexibilizan, y cada persona puede desarrollar su identidad con mayor libertad.
En aquellas sociedades donde aún el rol de la mujer sigue anclado en el pasado, es hora de avanzar y encontrar ese punto de inflexión donde tanto hombres como mujeres se den cuenta de que están viajando en el mismo barco. La corresponsabilidad es una herramienta fundamental para conseguirlo, porque muestra en lo cotidiano que la igualdad no es una amenaza, sino una mejora para todas las personas.
Cada gesto cuenta: una empresa que ajusta horarios pensando en toda su plantilla, un padre que se coge un permiso de cuidado, una madre que delega tareas sin culpa, una escuela que educa en igualdad, una administración que diseña políticas públicas desde la corresponsabilidad. Todos estos cambios, sumados, pueden acortar de forma significativa el tiempo que tardaríamos en cerrar las brechas de género si mantuviésemos el statu quo actual.
Avanzar hacia hogares y sociedades corresponsables no es un camino fácil ni rápido, porque implica revisar creencias muy arraigadas y renunciar a ciertos privilegios. Sin embargo, los beneficios son enormes: mayor bienestar, más tiempo libre real para todas las personas, mejor salud, desarrollo profesional equilibrado y relaciones familiares más sanas. Apostar por este modelo es una forma concreta y diaria de construir un mundo más justo para nuestras hijas e hijos y, también, para nosotros mismos.