La disciplina sin castigo, ¿funciona?

Desde épocas inmemorables se ha utilizado el castigo para poder disciplinar a los niños, pensando que aunque no se reflexione sobre lo ocurrido, el niño “sabe” que el castigo es causa de su comportamiento y que si no quiere volver a tener ese castigo tendrá que modificar ese comportamiento negativo. Pero, ¿qué pasa cuando se castiga a un niño pero no él no sabe el comportamiento que ha hecho o no lo considera tan negativo como el castigo? Quizá si esto ocurre, el castigo no sirva para nada, el niño no aprenderá y además, sentirá rencor porque no entenderá porque el adulto le hace pasarlo mal.

En realidad, no se necesita castigar para disciplinar a los niños. De hecho, el castigo solo puede hacer que la brecha emocional entre padres e hijos sea más grande y por tanto, que la educación se vea fracturada. Ningún padre quiere esto, por eso es importante que todos los padres y todas las madres del mundo sepan que pueden disciplinar a sus hijos de manera efectiva sin que la palabra “castigo” esté en su vocabulario de crianza.

Corregir la mala conducta

Los niños pueden tener mala conducta sin saber que es un comportamiento inapropiado, por eso es deber de los padres que ellos puedan entender por qué es un mal comportamiento y qué puede hacer en el futuro para mejorar esa conducta…

No hace falta castigo, pero sí disciplina. Cuando te centras en el castigo, solo te centras en que tu hijo sufra por haber roto las reglas, pero la disciplina, por otra parte, se centra en enseñar que los niños aprendan a tomar una mejor decisión la próxima vez.

El castigo

El castigo inculca una “pena” por el mal comportamiento del niño. Se trata de hacer que el niño “pague” por los errores cometidos. El padre o madre es quien decide ese castigo sin que el pequeño tenga opción de rechistar ni de pensar. El castigo nace de la frustración de los padres de no saber cómo manejar la situación de otra manera.

También puede nacer de la desesperación… Un padre o una madre que se siente obligado a gritar, a quitar todos los privilegios de un niño y que a pesar de estos esfuerzos, sigue teniendo un mal comportamiento. Intenta desesperadamente hacerle entender que él /ella es quien “manda” en casa, sin opción a más.

El castigo solo pretende controlar al niño pero no le enseña a controlarse a sí mismo. Lo peor de todo, es que el castigo sí puede cambiar el pensamiento que tiene el niño sobre sí mismo… A peor. Puede pensar que es un niño malo y que no merece la pena esforzarse por hacer las cosas mejor porque todo el mundo le dice (y le etiqueta) que es un niño “malo”, “que no aprende”. En lugar de pensar que simplemente se equivocó puede creer firmemente que es una mala persona porque los demás eso le dicen. ¡Esto tiene unas consecuencias terribles en el desarrollo de cualquier niño!

Los padres que son más autoritarios o estrictos son los más propensos a castigar a los niños. Intentan infligir dolor físico o emocional como sufrimiento, pero esto no ayuda en absoluto a los niños. Los niños necesitan orientación, flexibilidad y cariño por parte de los padres en todo momento para poder entender que hicieron mal y así poder tomar mejores elecciones en el futuro.

Por que los castigos no son una opción

Los castigos no pueden ser nunca una buena opción porque no le dirá a tu hijo cómo debe comportarse correctamente. Un niño que es castigado pegándole porque ha pegado, ¿qué le enseña? Que pegar es una buena opción cuando se siente frustrado. Lo mismo ocurre con los gritos. Cuando se le castiga sin opción a réplica ni se le enseña nada más, solo se le enseña a que debe acatar la voluntad de la autoridad y se le anula como persona, ¿te imaginas los efectos que eso puede tener en su desarrollo y en su futuro?

No aprenderá a controlarse a sí mismo, ni a entender sus emociones… Y no verá la necesidad de controlar la ira porque sus padres son los primeros que no lo hacen. Los niños solo se concentrarán en su enfado y en su rabia sin entenderla y buscarán la manera de dejarla salir de cualquier manera y eso será a través del mal comportamiento. Con el castigo no se soluciona nada, solo se empeora.

Si un niño se ve obligado a quedarse sentado en una silla sin saber por qué y sin reflexionar, solo querrá vengarse de la persona que le ha castigado de esa manera tan injusta para él. No se tienen en cuenta sus emociones y no tendrá por qué tener en cuenta las emociones de los demás ni ahora, ni en el futuro.

La disciplina

Por otra parte, la disciplina enseña a los niños nuevas habilidades como por ejemplo, que entiendan las emociones que sienten en un momento de conflicto, que controlen su comportamiento y además, también les enseña a resolver los problemas. Serán capaces de entender qué son las emociones incómodas y qué les dicen en un momento determinado.

Sabrán que aprender de sus errores es buena opción y entender las emociones les ayudará a canalizar mejor el enfado y la decepción. Los padres deberán ser los guías en todo momento para ayudarles a través de las consecuencias de los comportamientos a reflexionar y a que en el futuro sean capaces de tomar (los niños) una mejor decisión en un momento de conflicto.

Algunas técnicas de disciplina serían la eliminación de privilegios, pero habiéndolo hablado con el niño anticipadamente y el tiempo de espera, pero no para que esté solo, si no para que pudiese reflexionar y sobre todo, entender qué ha ocurrido con la orientación de los padres. La disciplina tiene un enfoque autoritario pero para que sea saludable implica poner reglas y consecuencias claras cuando se rompen las reglas.

Las consecuencias además no tienen que ser desproporcionadas y es importante que sean sensibles al tiempo. Una consecuencia no puede ser indefinida. Por ejemplo, si un padre considera que un niño se debe quedar sin tablet 24 horas cuando se ha negado a apagarlo en su momento, será mejor técnica que si le quita la tablet “hasta que se acuerde”.


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