La niñofobia o cuando el “adultismo” no entiende qué es la infancia

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El movimiento social -y comercial- de la niñofobia, se ha instalado con fuerza a lo largo de esta década. Es en Reino Unido donde tiene más repercusión, y lo que empezó como una restricción de la entrada a padres y madres que fueran con sus bebés y sus niños a bares y restaurantes, ahora, ya son varios los hoteles en todo el mundo que lanzan esa oferta turística que para muchos, es justa y hasta tentadora: “en este hotel no verá ni un niño, no escuchará sus lágrimas, sus gritos, ni le molestarán a la hora de comer ni en la piscina“.

Es algo que sin duda nos invita a una profunda reflexión. Queda claro que a la hora de hablar de ocio cada empresa puede ofertar su “producto” a ese público determinado que ellos consideren como potencial. Ahora bien, con este tipo de conductas, parece que se haya encendido una mecha y hasta una reformulación de lo que es “un buen padre” o “una mala madre”. Parece como si el bebé que llora en un restaurante, no es más que el resultado de una mala crianza, y de ahí, que las miradas se dirijan con molestia hacia la familia. Es algo sobre lo que pensar, y en “Madres Hoy” te invitamos a ello.

La “niñofobia” y la idea de la mala madre

bebé-en-avión

Uno de los escenarios donde es más patente la niñofobia es en los aviones. Podríamos contarte muchos casos, pero para quedarnos con casos muy ilustrativos sobre el tema, te explicaremos dos de ellos. Sarah Blackwood es una conocida cantante que debía hacer un viaje de cinco horas hasta Vancouver. Embarazada de 7 meses y con un niño de 23 meses, nunca imaginó lo que iba a ocurrirle.

Cuando aún no habían despegado, su hijo empezó a llorar. El llanto era molesto para los otros viajeros, hasta que de pronto, alguien dijo que “no era seguro” volar con ese molesto sonido durante varias horas. Se valoró en pedirle al capitán que la expulsara a ella y a su hijo del avión. Las azafatas de vuelo también pensaron que era lo mejor, de hecho se acercaron a ella con las siguientes palabras: “Tienes que calmar a tu hijo, porque esto es una amenaza para el vuelo”.  Ahora bien, justo cuando fueron a consultarlo con el capitán, el bebé dejó de llorar. Se había dormido. Y así estuvo durante todo el trayecto.

Sarah Blackwood quedó no solo aterrada sino totalmente impactada ante la escasa paciencia y sensibilidad por parte de la compañía como de los viajeros. Más tarde, publicaría lo sucedido en diversos medios para denunciar lo que había vivido.

Cuando se nos etiqueta de “malas madres” porque los niños lloran

Un niño que llora, que ríe, que grita, que juega, que interactúa, se cae y explora es un niño feliz que forma parte del mundo y que crece con él. Ahora bien, parece como si en los últimos años hayamos caído en un especie de “adultismo” donde se prefieren bebés silenciosos, niños pasivos que atienden, callan y sonríen.

Lo peor de todo esto es cuando, de algún modo, esas personas que “pecan” de adultismo pueden llegar a hacer creer a una mujer de que es una mala madre solo porque su bebé llora. Esto es lo que le ocurrió a una joven que explicó su experiencia a través de la página “Love Whats Matters” .

Su pareja, un marine, llevaba varios meses fuera de casa cumpliendo su destino. Después de tanto tiempo sola con su hija pensó que era una buena idea pasar una temporada con sus padres, aunque ello implicara 6 horas de vuelo. A pesar de ello, el esfuerzo valía la pena. Ya en el avión, su niña empezó a llorar llevada por una rabieta al verse sujeta, al ver sus movimientos tan limitados.

Sus lloros empezaron a molestar a todo el pasaje y no tardó en escuchar los comentarios ofensivos y las críticas. La madre se puso aún más nerviosa, tanto, que tuvo plena conciencia de que estaba perdiendo el control y de que esa angustia se la estaba transmitiendo a su hija. Hasta que al poco, se obró el milagro.

bebe llorando

Un hombre ya mayor, pidió sentarse a su lado. Segundos después, le dijo las palabras mágicas. “Eres una buena madre, no hagas caso”. Este hombre sacó su tableta electrónica y empezó a enseñarle fotos de sus nietos a ella y su niña, hablando e interactuando con ambas con total serenidad. El bebé dejó de llorar y las 6 horas de viaje se pasaron en un suspiro.

Cuando esta mujer llegó al aeropuerto contó esa historia a sus padres entre lágrimas. Si no hubiera sido por ese hombre, el resto de personas con sus agresiones verbales y su incomprensión la hubieran traumatizado de por vida. Esto es algo que debe hacernos pensar… ¿Hasta dónde hemos llegado?

Niñofobia y adultismo

Parece como si parte de la sociedad hubiera llegado a ese nivel donde el adultismo, solo busca la paz interior el equilibrio y esa falta de consideración donde ha dejado de entenderse qué es la infancia, qué es la crianza de un hijo. Pensemos ahora en un aspecto esencial. Si la base de la sociedad son las familias… ¿Cómo vamos a excluir de nuestros contextos más cercanos a los niños?

Queda claro que en oferta turística cada cual puede elegir la opción que más le complazca,  pero en nuestra vida diaria, en los bares, restaurantes o en los aviones el excluir a los niños como quien veta la entrada a los animales es algo que remueve nuestro sentido de ciudadanía, de humanidad de sentido común. Quien veta a un niño veta a su familia, y aún más, de algún modo, está poniendo muros y barreras a nuestro propio futuro.

bebé en maleta

Los niños van a ser siempre ese eco recurrente en nuestros espacios públicos, en las playas, piscinas y en cualquier medio de transporte. En lugar de fruncir el cejo y proyectar nuestra molestia a esa madre que no puede -o no quiere- hacer callar a su hijo, pensemos en cómo cambiaría la situación si nos acercásemos e interactuáramos con esa familia, tal y como hizo este buen hombre en el caso de la mujer que viajaba en el avión.

El adultismo es esa posición donde uno acaba levantando muros para mirarse su propio ombligo, su propio beneficio. Es el “mientras yo esté bien” que no me moleste nadie. Ahora bien, hemos de pensar que no vivimos en islas, vivimos en sociedad, y los niños son nuestro futuro. Basta una pequeña muestra de respeto o de cercanía para cambiar algo, para traer luz y una emoción positiva.

Cuando un niño llore en un autobús o en un avión, atiende primero a la madre y ofrécele calma. Después, dedícale una sonrisa a ese bebé, distrae su atención. Aunque no lo creas, será algo que recordaréis siempre…


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Familia

Valeria Sabater

Soy psicóloga y escritora, mis pasiones son la escritura y los niños. Les ayudo a potenciar sus habilidades básicas, a integrarse en este mundo... Ver perfil ›

2 comentarios

  1.   Macarena dijo

    Has dado en el clavo Valeria, creo que no solo muchos adultos (no me quiero arriesgar a decir la mayoría, porque me podría equivocar) no entienden a los niños, lo cual es igual a decir que no se acuerdan de que lo fueron; sino que además, tienen MIEDO de las emociones: las de los demás y las propias. Y así nos va.

    El entorno nos vende felicidad, diversión y bienestar enlatados, pero nada de implicarnos, no… Así, queremos amigos que no sean muy pesados, parejas que no planteen muchos dilemas, hijos (no es obligado quererlos, pero algunos lo hacemos) que no lloren o se expresen como NIÑOS que son, suma y sigue.

    Estamos a un paso de perder la sociedad de la empatía y de los cuidados, de acabar de desnaturalizarnos. Que triste 🙁

    Coincido contigo: una cosa es segmentar el público y diseñar los servicios en función de esto, otra cosa es que se extienda la manía que se les tiene a los niños. A veces pienso si no será envidia porque disfrutan de esa felicidad tan intensa, y de esa libertad tan plena (a los que les dejamos, claro).

    Un abrazo.

    1.    Valeria Sabater dijo

      ¡Muchas gracias Macarena! Empatía, Empatía…¡Es la palabra mágica que me ha faltado incluir en el artículo! Buenísima tu frase de que estamos perdiendo la sociedad de la empatía y los cuidados. Parece ser que sí. Y ya ves, con lo fácil que es ser feliz. Justo hoy, al pasar por una acera que estaba al lado de un cole de Primaria me dice una mujer, eso no son niños, son “salvajes”. Era la hora del patio, y el ambiente se llenaba de gritos, risas y carreras. Era el sonido de la vida, simplemente. Ya tendrán tiempo de estar en silencio, dejémoslos crecer a pesar de que algunos los etiqueten de “salvajes”.

      Daremos nuestro granito de arena para defender la infancia siempre que sea posible. ¡Un abrazo grande y gracias como siempre por tu ayuda y apoyo!

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