
En los últimos años, la vuelta del color a la decoración ha pasado de ser una tímida tendencia a convertirse en una auténtica revolución. Las casas totalmente blancas, beiges y “de revista” han dejado paso a hogares más personales, llenos de matices, texturas y, sobre todo, tonos intensos que reflejan la forma de vivir de quienes los habitan. Ya no se trata solo de seguir lo que marcan las tiendas, sino de encontrar un estilo propio donde el color sea protagonista sin miedo al exceso.
Esta nueva manera de entender el interiorismo mezcla maximalismo, referencias retro, estética setentera y paletas profundas como los verdes bosque o los azules petróleo, que conviven con tonos arena y grises cálidos. A la vez, resurgen técnicas históricas como el drenching, la pasión por las antigüedades, las bibliotecas en habitaciones insospechadas —como el baño— y el encanto de la casa de campo inglesa, todo ello impulsado por una fuerte necesidad de personalización tras la experiencia de la pandemia y por un cambio de paradigma social, económico y climático.
La vuelta del color: del minimalismo neutro al hogar con personalidad
Hasta hace muy poco, la aspiración decorativa general pasaba por casas casi monacales: espacios dominados por blancos, beiges y grises muy suaves, líneas limpias, pocos objetos a la vista y una sensación de pureza casi clínica. Ese “clinical bathroom” del que hablaban las revistas, con materiales homogéneos y ausencia total de piezas decorativas, era el ideal dominante, sobre todo en cocinas y baños.
Las viviendas de algunas celebridades se convirtieron en el símbolo máximo de esta estética. Un ejemplo muy citado fue la casa de Kim Kardashian y Kanye West, definida por medios especializados como un “oasis de pureza y luz”: casi sin color, con grandes superficies lisas, pocos muebles y una atmósfera tan pulida como distante. Durante unos años, ese tipo de interiorismo minimalista y extremadamente neutro marcó el camino de lo que muchos entendían como “lujo contemporáneo”.
Sin embargo, el péndulo ha girado con fuerza. Hoy, las casas que marcan tendencia apuestan por expresiones cromáticas potentes, toques barrocos y maximalistas, mezclas de estilos y una alergia creciente al mantra de “menos es más”. El nuevo lujo se define por el carácter, por la mezcla de piezas con historia, por la presencia de arte, por los colores intensos y por la sensación de hogar vivido, no de showroom.
Las redes sociales y las grandes cabeceras de interiorismo son un buen termómetro de este cambio. Basta un vistazo a perfiles como el de la edición estadounidense de Architectural Digest para comprobar que han quedado atrás las casas totalmente blancas y que ahora se muestran salones llenos de color, sofás de terciopelo, paredes pintadas en tonos oscuros y habitaciones rebosantes de objetos personales. La neutralidad ha dejado de ser el objetivo y ha pasado a ser casi lo contrario de lo aspiracional.
Este giro no es un fenómeno aislado: responde a un deseo creciente de individualizar el hogar, de usar el color como vehículo para expresar gustos, recuerdos y referencias culturales. Donde antes se evitaba cualquier tono que pudiera “cansar”, ahora se reivindica el poder del color para hacer que una casa cuente quién vive en ella.
Verde en todas sus versiones: el color estrella de la nueva decoración
Si hay un color que simboliza esta nueva etapa cromática es el verde en todas sus tonalidades. Dentro de las tendencias actuales, el verde se ha consolidado como el gran protagonista gracias a su versatilidad y a su capacidad para conectar con la naturaleza, aportar calma y, a la vez, inyectar carácter.
El verde menta ha regresado con fuerza en muebles de aire retro que recuerdan a las cocinas y alacenas de las abuelas: aparadores, sillas, puertas interiores e incluso mesas auxiliares se tiñen de este tono fresco y ligeramente pastel. Funciona muy bien combinado con maderas claras, suelos hidráulicos o azulejos brillo, reforzando ese guiño nostálgico sin resultar recargado.
Otra variante en pleno auge es el llamado verde matcha, un matiz suave e inspirado en la popular bebida japonesa, que se sitúa a medio camino entre un verde té y un tono herbáceo cremoso. Este color encaja especialmente bien en espacios donde se busca una sensación zen: cocinas abiertas, pequeños estudios, zonas de trabajo en casa o comedores informales en los que se pretende crear un ambiente acogedor pero luminoso.
Sin embargo, el tono que más miradas está acaparando es el verde bosque o verde bosque profundo. Este color oscuro, elegante y envolvente ha pasado de ser una apuesta arriesgada a convertirse en uno de los básicos de la decoración actual. Expertos de firmas como Maisons du Monde señalan que, pese a su intensidad, puede ser un aliado estupendo en casas pequeñas si se utiliza con cabeza.
Los decoradores coinciden en que el verde bosque funciona de manera distinta según la estancia. En el salón, ayuda a generar una atmósfera cálida y sofisticada, perfecta para crear zonas de reunión con carácter. En el dormitorio, por el contrario, aporta serenidad y una sensación de refugio, ideal para potenciar el descanso. El truco está en ajustar la cantidad de superficie pintada y la forma en que se combina con otros tonos y materiales.
Cómo usar el verde bosque en espacios pequeños sin restar amplitud
Uno de los grandes miedos al trabajar con colores oscuros es que “empequeñezcan” visualmente las habitaciones. En el caso del verde bosque, esta preocupación es lógica: es un tono profundo que, mal utilizado, puede hacer que una estancia pequeña se perciba más baja, más estrecha o más cargada de lo que realmente es.
Los profesionales recomiendan apostar por una estrategia selectiva. En lugar de pintar todas las paredes de un cuarto diminuto en verde bosque, proponen elegir solo una pared como superficie de acento. De esta forma, se introduce el color con fuerza, pero se mantiene el resto del espacio ligero y luminoso, sobre todo si las demás paredes van en tonos neutros como blanco roto, lino, beige suave o gris cálido.
Otra forma muy eficaz de incorporar este color sin comprometer la sensación de amplitud es utilizarlo principalmente en muebles y complementos. Una consola estrecha, una butaca o silla de terciopelo, unas mesitas auxiliares metálicas en verde oscuro o incluso un cabecero tapizado pueden introducir este tono con mucha presencia visual, pero sin saturar las superficies verticales.
Para quienes prefieran ir con aún más cautela, se aconseja introducir el verde bosque en pequeños accesorios: jarrones, marcos de fotos, lámparas de mesa, pantallas de lámpara, cajas decorativas o velas. Estas pinceladas permiten experimentar con el color, ver cómo se comporta con la luz de la estancia y decidir más adelante si merece la pena dar el salto a elementos mayores como paredes o muebles protagonistas.
En decoraciones de corte minimalista, los expertos subrayan que el verde bosque puede aportar carácter sin necesidad de recargar. Pintar solo un paño de pared y acompañarlo con mobiliario de líneas rectas en blanco y negro genera un contraste muy potente pero ordenado. El resultado es contemporáneo, elegante y, sobre todo, mucho menos plano que un espacio totalmente neutro.
Accesorios clave en verde bosque para dar un giro a tu casa
Más allá de la pintura y de los grandes muebles, una forma rápida y relativamente económica de sumarse a esta tendencia es apostar por accesorios en verde bosque que puedan moverse de un sitio a otro y que no requieran obras ni grandes cambios estructurales.
Un básico muy versátil es la manta en verde bosque. Una pieza de buen tamaño puede hacer las veces de plaid a los pies de la cama, manta de sofá para ver una película o incluso funda improvisada para cubrir un sillón algo anticuado. Combinada con textil en tonos neutros (beige, crudo, topo), destaca sin resultar estridente, y si se añade uno o dos cojines en el mismo tono, se crea un hilo conductor muy agradable.
Otra pieza con mucho potencial es la lámpara de mesa LED en forma de seta, un diseño que enlaza de frente con la estética de los años 70. La campana redondeada y la base de aspecto futurista se convierten en un pequeño objeto escultórico, ideal para apoyar esta nueva ola de maximalismo controlado. Al ser recargable y no depender de un enchufe cercano, puede cambiar de sitio con facilidad para probar diferentes rincones.
Las sillas de terciopelo verde con patas doradas son otro clásico de esta tendencia. Funcionan muy bien tanto en un comedor pequeño, donde unas pocas piezas ya elevan el nivel decorativo, como en un escritorio o tocador. El contraste entre el brillo del metal y la suavidad del terciopelo, sumado al tono profundo del verde, aporta una sensación de lujo accesible sin necesidad de transformar toda la estancia.
Si lo que se busca es un gesto aún más sutil, los cojines de pelo en verde bosque son una apuesta segura. Colocados sobre un sofá claro o presidiendo una cama de matrimonio, añaden textura y color sin adueñarse de la escena. Además, al tratarse de piezas pequeñas, son fáciles de cambiar de habitación o sustituir si se quiere ir variando el look de la casa según la temporada.
Errores frecuentes al decorar con verde (y cómo esquivarlos)
Trabajar con un color tan potente como el verde —especialmente en sus gamas más intensas— exige cierta planificación. Los decoradores señalan varios errores muy habituales que pueden arruinar el resultado y convertir un tono elegante en algo pesado o incómodo.
El primero es el impulso de pintar todas las paredes de la habitación en un verde oscuro sin valorar el tamaño del espacio ni la luz disponible. En estancias reducidas o con pocas ventanas, esto puede provocar una sensación de cueva que, aunque acogedora para algunos, suele resultar opresiva en el día a día. Por eso recomiendan limitarse a una o dos paredes, dejando el resto en tonos claros.
Otro fallo común es mezclar el verde bosque con otros colores igualmente vibrantes (rojos intensos, naranjas muy saturados, fucsias chillones) sin un hilo conductor. Esta combinación rompe la elegancia y puede desembocar en un ambiente caótico donde ningún elemento destaca de forma armónica. En lugar de eso, se sugiere acompañar el verde con neutros cálidos, toques de dorado envejecido, madera oscura o pequeños acentos en mostaza o burdeos, pero siempre controlando la proporción.
También genera problemas el uso de verdes intensos en superficies excesivamente brillantes, como lacas de alto brillo o azulejos con mucho reflejo, especialmente si se aplican en grandes superficies. El resultado puede ser demasiado estridente y cambiar de forma poco favorecedora según la luz. Las versiones mates o satinadas suelen funcionar mejor, ya que suavizan el tono y lo integran más fácilmente en el conjunto.
Por último, se insiste en la importancia de no emplear verdes muy oscuros en espacios con iluminación pobre sin reforzar antes la luz artificial. Si una habitación no cuenta con buena entrada de sol, conviene añadir lámparas de techo, de pie y de sobremesa que aporten una luz cálida y bien repartida, para que el ambiente siga siendo acogedor y no parezca sombrío.
La luz y la elección del color: por qué no puedes saltarte las muestras
Uno de los grandes secretos para que la apuesta cromática salga bien está en entender cómo transforma la luz cada tono a lo largo del día. Pintar una habitación entera basándose únicamente en un pequeño cuadradito del muestrario o en una foto de internet es casi una invitación al desastre.
Los expertos recomiendan siempre probar el color directamente sobre la pared que se planea pintar, aplicando manchas de cierto tamaño (no un simple parche diminuto) y observándolas a distintas horas: por la mañana, a mediodía, al atardecer y con la iluminación artificial encendida. De este modo, se detectan cambios de matiz inesperados, como verdes que se vuelven demasiado azulados o tonos cálidos que, con poca luz, se ven apagados y tristes.
La paleta elegida determina en gran medida el éxito del ambiente. Colores intensos como el verde musgo o el azul petróleo son excelentes para crear espacios recogidos y sofisticados, ideales para salones donde se pasa mucho tiempo al anochecer, bibliotecas, rincones de lectura o despachos donde se busca concentración. Estos tonos invitan a bajar revoluciones y disfrutar del interior.
En el otro extremo encontramos tonos suaves como los arenas o los grises cálidos, que funcionan fenomenal siempre que la habitación disponga de buena iluminación natural o se refuerce con luminarias bien pensadas. Si se usan en estancias muy sombrías sin apoyo extra, el resultado puede verse plano, falto de vida y con una sensación poco confortable. Para ideas estacionales, consulta estos 5 trucos para llevar el verano a la decoración.
Conocer cuáles son los colores que van a marcar tendencia en los próximos años —como los verdes profundos, los burdeos, los borgoñas o los marrones con matiz rojizo— puede servir de inspiración, pero la clave sigue siendo comprobar cómo encajan en la casa real, con sus sombras, su orientación y su mobiliario. Ningún color se percibe igual en todas las viviendas.
El drenching: paredes y techo del mismo color para crear refugios sensoriales
Dentro de esta vuelta del color, una de las técnicas que ha regresado con más fuerza es el drenching, que consiste en pintar paredes y techo exactamente del mismo tono. Se busca así una experiencia visual inmersiva, continua, que envuelve por completo y rompe con la costumbre de dejar el techo siempre en blanco.
Aunque vuelve a estar de moda desde 2020, el drenching no es ni mucho menos una ocurrencia reciente. Sus raíces se remontan al modernismo de las décadas de 1920 y 1930, cuando arquitectos como Le Corbusier investigaban el impacto del color aplicado de forma integral en el espacio. Para ellos, el tono no era solo un acabado superficial, sino una herramienta arquitectónica capaz de modificar la percepción de volumen, altura y profundidad.
Una de las grandes virtudes de esta técnica es su versatilidad. En estancias con elementos clásicos, como molduras, cornisas o panelados, utilizar un único color permite resaltar relieves y texturas sin sumar más información visual. La propia luz genera matices sobre esas formas y el espacio gana riqueza sin recurrir a contrastes estridentes.
En espacios contemporáneos, con líneas rectas y ausencia de ornamentos, el drenching tiene el efecto contrario: disuelve los límites entre paredes y techo, haciendo que la habitación parezca más continua y, en muchos casos, más amplia. Al desaparecer la línea blanca del techo, el ojo deja de cortar el volumen y la mirada se mueve con mayor libertad.
Por todos estos motivos, se considera una opción especialmente acertada en salones, dormitorios y despachos, donde se busca una atmósfera de refugio, casi de cápsula personal. No obstante, no se recomienda en cualquier contexto: en estancias con materiales muy presentes, como piedra vista o ladrillo, el drenching puede competir en exceso con la textura natural; y en cocinas o talleres, donde la funcionalidad y la claridad visual son clave, una uniformidad cromática total podría resultar poco práctica.
Del baño clínico a la biblioteca íntima: el color entra en todas las estancias
La expansión del color no se limita a salones y dormitorios. Incluso los baños, tradicionalmente dominados por blancos, grises y diseños casi quirúrgicos, se están llenando de objetos personales, tonos intensos y soluciones sorprendentes. Un caso que ha generado mucho debate es el de quienes instalan auténticas bibliotecas o rincones de lectura en el cuarto de baño, algo que hace unos años habría parecido impensable para muchos.
Esta ruptura con la idea del “baño clínico” viene acompañada de la llegada de antigüedades, plantas de interior, alfombras textiles, bañeras exentas con patas y bordes redondeados, lámparas de mesa o incluso obras de arte en las paredes. El resultado son espacios que se sienten más cercanos a un pequeño salón privado que a una pieza puramente higiénica.
En redes sociales y revistas, abundan ejemplos de baños recubiertos con papel pintado estampado, azulejos de colores, luminarias escultóricas y combinaciones no tan obvias de cerámica, madera y metal. Todo ello responde al mismo impulso general: convertir cada metro cuadrado del hogar en un lugar donde se pueda percibir la personalidad de sus dueños, en lugar de un espacio estándar y anónimo.
Esta evolución encaja de lleno con el auge del maximalismo doméstico, que apuesta por sumar capas de estilo —color, texturas, arte, recuerdos personales— en lugar de despojarlas. Lejos de tratarse de un simple exceso caprichoso, responde a la necesidad de vivir en entornos que transmitan calidez, historia y autenticidad, especialmente después de haber pasado tanto tiempo dentro de casa durante los confinamientos.
Maximalismo, casa de campo inglesa y el fin del “hogar neutro”
Los informes de tendencias de plataformas como Apartment Therapy confirman este cambio de paradigma: la personalización y el carácter acogedor se han convertido en prioridades absolutas. Entre los estilos que más influyen en esta nueva etapa destaca la estética de la casa de campo inglesa, que lleva tiempo ganando terreno en revistas como House & Garden y en perfiles inmobiliarios especializados en viviendas históricas británicas.
Este estilo se caracteriza por mezclas eclécticas de muebles y objetos, sofás generosos casi sepultados por cojines, estanterías repletas de libros, abundancia de lámparas de mesa, flores frescas o secas, cuadros apilados y textiles con estampados de inspiración botánica. Nada está pensado para combinar al milímetro, pero todo encaja con una naturalidad que parece fruto de años de vida y acumulación.
La casa de campo inglesa encarna a la perfección la idea de que “no hace falta que todo combine” para que el conjunto funcione. Más que un catálogo perfecto, se busca esa sensación de hogar que ha ido creciendo con el tiempo, donde conviven piezas heredadas, hallazgos vintage, obras de arte contemporáneo y objetos cotidianos.
El informe de Apartment Therapy subraya también el papel de los materiales menos asociados a lo natural, como los terciopelos gruesos en sofás y sillones, o los tonos intensos como el borgoña y el verde bosque en paredes y tapicerías. Esta combinación, muy presente en casas de personajes como el productor Benny Blanco o la cantante Charli XCX, remite a un interiorismo de mediados del siglo XX reinterpretado con mirada actual.
Todo ello muestra que la neutralidad absoluta ha dejado de ser la meta. En su lugar, se celebran los espacios ricos en capas, referencias e incluso cierto exceso, donde el color es una herramienta clave para crear ambientes que se sientan únicos y profundamente personales.
Las causas de este cambio: pandemia, alquiler y crisis climática
Cuando un giro estético es tan radical, no suele deberse a una única razón. La pandemia y los confinamientos jugaron un papel fundamental: por primera vez, gran parte de la población pasó meses enteros viviendo casi exclusivamente entre cuatro paredes, lo que puso en evidencia carencias de distribución, iluminación y, por supuesto, de ambiente.
Durante aquel periodo, muchas personas se dieron cuenta de que sus casas, por muy “de revista” que parecieran, no resultaban especialmente acogedoras ni prácticas para pasar tantas horas. Empezaron a valorarse más los espacios acogedores, personalizados, capaces de aportar consuelo. De ahí que conceptos como “cozy” (acogedor) y “personalización” se repitan de forma insistente en las encuestas a diseñadores.
A este factor se suma la dificultad creciente para acceder a una vivienda en propiedad. Cada vez más gente adulta vive de alquiler, a menudo con contratos que limitan o prohíben pintar, cambiar suelos o hacer reformas. Eso obliga a buscar maneras creativas de personalizar el espacio con muebles, textiles y color sin tocar la estructura, dando aún más protagonismo a elementos móviles como sofás, estanterías, lámparas y accesorios decorativos.
No es casual que, mientras una buena parte de la población está condenada a paredes blancas y mobiliario genérico, los hogares más privilegiados se tiñan de paletas oscuras y maximalistas, utilizando el color y la acumulación estilizada como símbolo de estatus. De algún modo, se recupera la tradición decimonónica de mostrar el capital a través de la decoración del hogar, esta vez con claves contemporáneas.
La crisis climática y el aumento de las temperaturas en las ciudades también influyen en el imaginario decorativo. La estética de la casa de campo inglesa, rodeada de vegetación, frescor y panelados de madera, se vuelve especialmente deseable justo cuando vivir en entornos rurales se percibe como un privilegio. A la vez, solo quienes pueden permitirse una buena climatización se atreven con sofás de terciopelo en climas calurosos como el de Los Ángeles, lo que vuelve a marcar una frontera de clase en la manera de decorar.
Al final, el auge del color, de las antigüedades, de los paneles de madera y de las combinaciones arriesgadas no es solo una cuestión de moda: responde a necesidades emocionales, sociales y económicas. El hogar se consolida como refugio, carta de presentación y espacio aspiracional en un mundo cada vez más complejo.
Este escenario explica por qué el color —con los verdes como abanderados, el drenching como técnica estrella y el maximalismo cálido como telón de fondo— se ha instalado de forma tan sólida en la decoración actual. Entender sus claves, sus errores frecuentes y sus posibilidades en espacios pequeños permite aprovechar esta ola cromática para transformar cualquier casa, por muy modesta o neutra que parezca de partida, en un lugar con mucha más alma y personalidad.


