
Muchas madres trabajadoras vemos cómo nuestros derechos como madres y trabajadoras se tambalean y, lo que es peor, parece que si se es madre en esta sociedad debas centrarte únicamente en serlo, cerrándote las puertas a otros aspectos de la vida. Y, si no se cierran del todo, sí se vuelven mucho más difíciles de abrir: acceder a un empleo digno, mantener una carrera profesional estable o continuar con los estudios parece casi un privilegio. Si además eres madre autónoma, la cosa se complica todavía más, porque los obstáculos se agrandan y las protecciones sociales se reducen al mínimo. Pero hoy queremos abordar otra realidad que apenas se ve: las madres estudiantes, una lucha silenciosa que combina maternidad y universidad.
Mireia Cabanillas tiene 24 años y es madre. Su situación en la universidad nos ha llamado poderosamente la atención, pero no por el hecho de que sea madre ni porque lleve a su bebé a clase para poder estudiar y construir el futuro que quiere darle. Lo que realmente llama la atención es la lucha administrativa, emocional y académica que ha tenido que afrontar frente a la institución donde está matriculada.
El caso de Mireia

Mireia está estudiando el último curso de Pedagogía en una universidad de Barcelona y es mamá de una preciosa niña de once meses. Durante todo el curso ha estado acudiendo a clase con su bebé con relativa normalidad: se sentaba en la parte trasera, intentaba coincidir con las siestas de la pequeña y salía del aula cuando tenía que atenderla. Sin embargo, la universidad decidió intervenir y le envió una carta pidiéndole expresamente que no llevase más a su hija a las clases.

Posiblemente pueda ser una molestia para algunos compañeros cuando el bebé llora o tiene hambre, o quizá interrumpe momentáneamente la dinámica de la clase y el profesor o profesora se ve en la tesitura de continuar o parar. Pero estos no fueron los argumentos oficiales de la universidad. En la carta, la institución justificaba su postura diciendo que la niña no estaba cubierta por ningún seguro y que, además, Mireia debía respetar que otros alumnos recibieran las clases en condiciones que consideran “óptimas”.
Mireia no entiende esta situación porque, en su grupo de amigos y compañeros de clase, la apoyan abiertamente -incluso muchos profesores muestran comprensión y empatía-. Además, sabe que cualquier persona puede acceder al campus sin necesidad de estar matriculada ni de que la cubra un seguro específico, como ocurre con visitantes, familiares o público en actividades abiertas.
Fueron muchas las personas que la han apoyado desde el principio, porque se reconoce que una madre de un bebé tiene derecho a estar con él el máximo tiempo posible. Nadie debería obligarla a dejar a su criatura en una guardería si no lo desea, o a que terceras personas se encarguen de alimentarla o calmarla mientras la madre intenta estudiar. Aquí aparece una contradicción: se nos anima a formarnos y a ser independientes, pero cuando lo intentamos con un bebé en brazos, el sistema universitario se muestra poco flexible.
En nuestra sociedad todavía queda camino por recorrer para entender que las madres tienen derecho a seguir su trayectoria académica sin renunciar a la presencia con sus hijos. En una clase universitaria no se manipulan máquinas peligrosas ni se ponen en riesgo vidas; es un espacio donde un profesor explica, el alumnado escucha, aprende e interactúa. Si el bebé se despierta, llora o tiene hambre, es responsabilidad de la madre atenderle, y no de la institución ni del resto de estudiantes. Cuando existe un clima de respeto, pueden buscarse ajustes sencillos para que todas las personas se sientan cómodas.
Mireia seguirá llevando a su hija a clase mientras no la obliguen legalmente a hacer lo contrario, porque no quiere separarse de ella ni delegar su cuidado de forma forzosa. La universidad le ofreció la alternativa de acogerse a una evaluación única, pero ella ya siguió esta modalidad el curso anterior y le resultó muy duro compaginar la maternidad con un sistema de estudio tan concentrado en exámenes finales. Prefiere asistir de forma continua, seguir el ritmo ordinario y tener contacto directo con docentes y compañeras.
De momento, Mireia lleva a su hija a primera hora, que coincide con la siesta de la pequeña, y suele dormir tranquila ese rato. Después, la abuela acude a la facultad para recogerla y quedarse con ella hasta que terminan las clases. La abuela la cuida dentro del recinto universitario, en una zona común, y de ese modo la niña sigue cerca de su madre, pero parece que, al no entrar en el aula, ya no “molesta” tanto a nadie. Lo mejor, que cada vez son más casos positivos de apoyo y buenas prácticas en universidades.
La ayuda (y la falta de ayuda) a las madres estudiantes

En lugar de poner facilidades a las madres jóvenes, la realidad muestra que todavía encuentran más barreras que el resto del alumnado. Muchas se sienten discriminadas solo por el hecho de ser madres. Surgen preguntas inevitables: si son madres, ¿deben posponer su formación? ¿Por qué no se normaliza que una mujer quiera estudiar y criar a la vez? ¿Qué ocurre cuando una madre no tiene apoyo familiar para que alguien cuide de su bebé? ¿O cuando, aun teniéndolo, prefiere no delegar su cuidado durante tantas horas?
Una madre que decide ir a la universidad lo hace para mejorar su futuro y el de su hijo. Invertir en su formación supone incrementar sus posibilidades de acceder a mejores empleos, tener mayor estabilidad económica y, en consecuencia, ofrecer un entorno más seguro a sus criaturas. Por este motivo, es necesario que sus derechos académicos y de maternidad se reconozcan y se armonicen, ofreciendo apoyos concretos y visibles.
A partir de diversas investigaciones sobre madres universitarias en distintos países, se sabe que las estudiantes con hijos no responden al estereotipo clásico de alumnado. Suelen ser algo mayores, muchas veces tienen trabajos a tiempo parcial, cargan con tareas de cuidado casi en solitario y afrontan trayectorias educativas menos lineales. Esto significa que necesitan horarios más flexibles, opciones semipresenciales, posibilidad de reprogramar exámenes si coincide una urgencia médica del hijo, así como reconocimiento institucional de su doble condición de alumnas y madres.
Una constante en estos estudios es la importancia de las redes de apoyo familiar. Muchas madres universitarias solo pueden continuar sus estudios porque sus padres, madres, hermanas o parejas contribuyen económicamente o se ocupan de los hijos durante las clases. Pero este apoyo, aunque fundamental, también genera tensiones y conflictos: diferencias en los estilos de crianza, sensación de dependencia económica, dificultad para ejercer autoridad sobre los hijos viviendo en la casa de los abuelos, etc.
Además, cuando la maternidad llega de forma no planificada y en solitario, la presión se multiplica. Muchas jóvenes sienten miedo a comunicar el embarazo a sus padres o a su pareja, temen ser juzgadas o abandonadas, y deben reorganizar de golpe toda su trayectoria vital. Aun así, buena parte de las familias termina apoyando a las hijas con una condición clara: que no abandonen la universidad. La educación se percibe como una herramienta clave para romper ciclos de precariedad y ofrecer nuevas oportunidades tanto a la madre como al hijo.
En paralelo a los apoyos informales familiares, existen algunas ayudas institucionales -becas, descuentos en tasas o ayudas específicas a madres estudiantes-, pero en muchos casos los requisitos resultan difíciles de cumplir: se exige un expediente impecable, matrícula a tiempo completo o un número mínimo de créditos aprobados que no siempre es compatible con las responsabilidades de maternidad. El resultado es que muchas madres quedan fuera de estas ayudas, a pesar de ser precisamente quienes más las necesitan.
Espacios y medidas reales para conciliar maternidad y universidad
Una idea recurrente para ayudar a madres estudiantes es la creación de espacios específicos para bebés dentro de la universidad, situados cerca de las aulas o en edificios centrales del campus. Se trataría de algo similar a una guardería o ludoteca universitaria, donde profesionales cualificados atiendan a los menores mientras sus madres (y también padres estudiantes) están en clase, realizando prácticas o estudiando en la biblioteca.
Mireia también considera que esta solución sería adecuada y, en realidad, no parece tan complicada desde el punto de vista organizativo: un aula adaptada con cunas, cambiadores, zona de juego segura y personal formado en educación infantil y primeros auxilios. La universidad podría asumir parte del coste como medida de responsabilidad social, y el resto financiarse con un precio simbólico asequible para estudiantes. Este tipo de infraestructura, además, enviaría un mensaje claro: la institución reconoce que sus estudiantes son diversos y que entre ellos hay madres que merecen apoyo concreto.
Más allá de la guardería, los estudios especializados señalan otras medidas de conciliación que pueden marcar una gran diferencia para las madres en la universidad:
- Flexibilizar la asistencia obligatoria en determinadas asignaturas, permitiendo más trabajo autónomo a quienes acrediten responsabilidades de cuidado.
- Reprogramar exámenes o prácticas cuando coincidan con citas médicas de los hijos, partos, enfermedades graves o situaciones de urgencia demostrables.
- Fomentar modalidades semipresenciales o virtuales en asignaturas troncales, de forma que la presencia física no sea la única forma de participación académica.
- Habilitar espacios de lactancia y salas tranquilas en las facultades, donde las madres puedan amamantar, extraerse leche o calmar a sus bebés sin tener que salir del campus.
- Reconocer oficialmente la figura de la estudiante madre, de modo que el profesorado y los servicios administrativos dispongan de protocolos claros para atender sus necesidades.
Implementar estas medidas no solo beneficia a las madres estudiantes, sino que enriquece la vida universitaria, visibilizando realidades diversas y cuestionando el modelo de estudiante único, joven, sin hijos y con todo el tiempo disponible. Además, muchas madres universitarias muestran un altísimo nivel de compromiso: mantienen promedios académicos superiores a la media, optimizan al máximo su tiempo de estudio y ven su título como una herramienta imprescindible para sostener a sus familias.
Algunos trabajos académicos también indican que, para muchas de estas mujeres, la maternidad supuso una transición acelerada a la vida adulta. Tuvieron que asumir de golpe nuevas responsabilidades, reorganizar sus proyectos vitales y redefinir sus prioridades. En ese proceso, la universidad deja de ser solo un lugar de aprendizaje y se convierte en un espacio clave de transformación personal, donde se refuerza su autoestima, su autonomía económica y su capacidad para tomar decisiones propias.
El ejemplo del profesor Sydney Engelberg: una lección de inclusión

Ninguna madre debería elegir entre sus hijos y su educación. Esta idea, que comparten muchas familias y especialistas, la llevó a la práctica el profesor Sydney Engelberg. Durante una clase de máster, un bebé empezó a llorar. Su madre, avergonzada y temiendo molestar, se levantó para marcharse del aula. El profesor, sin embargo, no estaba dispuesto a que esa mujer renunciara a su formación por calmar a su hijo.
Engelberg se acercó, tomó al bebé en brazos con naturalidad y siguió impartiendo la clase mientras intentaba tranquilizarlo. Para él, que sus alumnas pudieran acudir con sus hijos y darles el pecho si lo necesitaban era algo completamente compatible con la docencia. Su gesto se hizo viral porque mostraba, de forma sencilla y humana, que otra forma de hacer universidad es posible.
Este ejemplo conecta con la idea de que la inclusión no es solo cuestión de normativas, sino también de actitudes cotidianas. Un profesor que decide permitir la presencia de un bebé en el aula, un grupo de compañeros que se organizan para compartir apuntes cuando una madre falta por enfermedad del hijo, o un equipo de dirección que adapta horarios de exámenes son pequeñas acciones que construyen una universidad más justa y realista.
Los estudios sobre madres universitarias destacan que, cuando el profesorado muestra empatía y flexibilidad razonable, la permanencia de estas estudiantes mejora notablemente. Por el contrario, cuando se enfrentan a docentes inflexibles, que ridiculizan sus dificultades o las tratan como “alumnas problema”, aumenta el riesgo de abandono. La diferencia entre continuar o dejar la carrera puede estar, muchas veces, en un trato respetuoso y en pequeñas adaptaciones que no afectan a la calidad académica, pero sí al acceso equitativo.
En este contexto, la historia de Mireia, los datos sobre madres universitarias y el gesto de Engelberg convergen en un mismo punto: la maternidad y la educación superior no son incompatibles por naturaleza, sino por cómo están diseñadas y gestionadas las instituciones. Cuando se reconoce la diversidad del alumnado, se crean apoyos reales y se adoptan miradas más humanas, las madres estudiantes pueden no solo permanecer en la universidad, sino destacar, transformar su vida y la de sus hijos, y convertirse en referentes para otras mujeres que sueñan con estudiar sin dejar de ser madres presentes.