Por qué algunas niñas llegan a creer que son peores que los niños y cómo evitarlo

  • Los estereotipos de género hacen que muchas niñas, desde muy pequeñas, duden de su inteligencia y se vean menos capaces que los niños.
  • La ciencia no respalda diferencias cerebrales significativas entre niños y niñas; el entorno cultural y educativo es lo que marca la mayor diferencia.
  • El lenguaje, los juguetes, los referentes y la distribución de tareas en casa influyen directamente en la autoestima y las aspiraciones de las niñas.
  • Fomentar el esfuerzo, la perseverancia y la igualdad de oportunidades es esencial para que ninguna niña limite sus sueños por su género.

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Sí, si tienes sentido común es más que probable que el título que encabeza este artículo te haya sorprendido. A nosotros también, y por eso hemos decidido que es un tema muy importante a tener en cuenta, porque la salud emocional de las niñas está en juego y la sociedad puede tener parte de culpa en esto. Una sociedad que continúa a veces con pensamientos machistas y retrógrados, y que aunque parece que evoluciona un paso, después descubres que ha dado tres hacia atrás.

Es injusto, cruel y no tiene sentido que una niña piense que a medida que se vaya haciendo mayor no tendrá tantas oportunidades como sus amigos los niños y que, además, será menos brillante en todos los aspectos. ¿Pero qué barbaridad es esta y por qué está sucediendo? Lo peor es que hay estudios que así lo afirman y, sobre todo, que muestran cómo estas creencias se van filtrando en edades cada vez más tempranas.

El estudio

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Una frase que diga algo como: «Una persona en mi oficina es muy inteligente y es capaz de resolver los problemas rápido y muy bien» puede hacer que una niña de 5 años que escuche esta frase piense que puede ser igual de inteligente que cualquier otra persona, sin importar el género, porque se utiliza la palabra «persona» de forma neutra.

Sin embargo, a los niños y niñas de 6 y 7 años son hasta el 30% menos propensos a pensar que una mujer puede ser así de brillante e incluso tenderán a asumir que esa «persona» es automáticamente un hombre. Esto lo ha descubierto un estudio publicado en Science, que analiza cómo los estereotipos de género sobre la inteligencia aparecen de forma muy temprana.

En otro experimento, los investigadores descubrieron que las chicas más mayores estaban menos interesadas que sus homólogos masculinos en actividades presentadas como «para niños muy listos». Cuando a los juegos se les añadía la etiqueta de que eran para personas «muy inteligentes», muchas niñas pensaban que no iban dirigidos a ellas, aunque en realidad también se sentían atraídas por esos desafíos cuando no se usaba ese tipo de etiqueta.

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Los investigadores dicen que estas primeras ideas sobre el género y la inteligencia podrían desviar a las chicas jóvenes de sacar todo su potencial o de conseguir carreras relacionadas con la alta exigencia cognitiva, como la neurociencia, la informática, la ingeniería o la robótica, solo porque piensan que son «cosas de hombres» y que ellas no serían capaces de hacerlo tan bien.

Otro hallazgo sorprendente es que tanto los niños como las niñas reconocieron que las alumnas obtienen mejores calificaciones en la escuela, lo que indica que no necesariamente asocian el éxito académico con la brillantez innata. Los científicos esperan determinar mejor dónde se originan las percepciones de los niños sobre la inteligencia y el género, pero apuntan a que el entorno cultural, los mensajes de los adultos y los modelos que ven son factores decisivos.

Por ello, muchas líneas de investigación recomiendan que en casa y en la escuela se haga hincapié en la perseverancia y el esfuerzo, en lugar de focalizarse solo en la inteligencia, tanto en los niños como en las niñas. Es más beneficioso alabar frases como «te has esforzado mucho» o «has sido constante» que reforzar la idea de que alguien es «listo» o «no lo es».

La brecha de los sueños: cuando las niñas dejan de creerse capaces

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Al fenómeno por el que las niñas empiezan a considerarse menos inteligentes y capaces que los niños se le conoce, en algunos estudios, como «brecha de los sueños» o «dream gap». Describe el momento en que muchas niñas dejan de imaginarse a sí mismas como científicas, ingenieras, directivas o líderes.

Diferentes investigaciones de universidades como Princeton, Nueva York o Illinois coinciden en que, a partir de los cinco o seis años, las niñas se encuentran con mayores limitaciones a la hora de considerarse brillantes. Como resultado, comienzan a perder confianza en sí mismas y tienden a pensar que son peores en matemáticas, robótica o programación que sus compañeros varones.

Este cambio no ocurre de forma natural ni tiene que ver con una supuesta diferencia cerebral entre niños y niñas. La UNESCO y otros organismos destacan que no existen diferencias significativas en el cerebro masculino y femenino que expliquen que ellas estén menos interesadas en las materias científicas y tecnológicas. Lo que sí influye son los orígenes culturales y el proceso de socialización que reciben desde muy pequeñas.

La llamada «autoselección» juega un papel clave: muchas niñas acaban descartando ciertas carreras o materias porque sienten, sutilmente, que «no son para ellas». No es que no puedan hacerlas, sino que han interiorizado la idea de que no encajan en esos roles. Esta selección está condicionada por lo que ven en casa, en la escuela, en la televisión, en las redes sociales y en los comentarios de los adultos que las rodean.

No importan los números

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Hay muchos estudios que hablan sobre estadísticas donde dicen que las niñas son más inteligentes que los niños, pero que los hombres lo son más que las mujeres. Sin embargo, la realidad es que, más allá de las medias y los porcentajes, tanto niñas como niños pueden conseguir resultados brillantes cuando cuentan con perseverancia, apoyo y oportunidades reales.

Las diferencias que a veces reflejan los estudios suelen ser pequeñas y dependen mucho de cómo se mide la inteligencia, qué pruebas se emplean y qué grupos de población se analizan. Por eso, no tiene sentido construir creencias rígidas sobre que un sexo es superior al otro. Lo que marca de verdad la diferencia es el entorno educativo, la motivación y las expectativas que reciben.

Las niñas maduran más rápido que los niños: en algunos estudios se muestra cómo la supuesta ventaja masculina en inteligencia general no aparece hasta después de la pubertad, cuando ambos géneros han terminado de madurar y crecer. Hasta entonces, parece que las niñas son más maduras a nivel cognitivo y emocional que los varones a cualquier edad cronológica determinada.

Así que, por ejemplo, en un grupo de niños y niñas de 10 años, en realidad es como comparar a niños de 10 años con niñas que, en términos de madurez, podrían parecer de 11 o 12, ya que su desarrollo intelectual y socioemocional suele ir algo por delante. Esto se refleja en su capacidad de concentración, autocontrol y responsabilidad.

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Así que, si se comparan a los niños y las niñas en una edad cronológica igual, las niñas en promedio pueden parecer más inteligentes que los niños en muchos indicadores académicos y de madurez. En otras palabras, la madurez temporal suele «ahogar» cualquier diferencia de inteligencia general entre géneros.

Sin embargo, cuando los niños se convierten en hombres y se analizan muestras concretas de población adulta, algunos estudios encuentran cierta ventaja masculina en determinadas pruebas cognitivas. A partir de ahí se han generalizado mensajes simplistas como que «los hombres son más inteligentes». Pero ¿es eso del todo cierto? La mayoría de especialistas advierten que no se puede extrapolar de pequeñas diferencias estadísticas a afirmaciones globales sobre toda la población.

La relatividad de los estudios

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Aunque haya estudios que muestren cómo en ciertas muestras específicas los hombres sacan mejores marcas en algunas pruebas cognitivas que las mujeres, no se puede aplicar eso a toda la población, ya que la muestra siempre estará acotada a algunos miembros en concreto. No se puede generalizar a la población entera y, por tanto, no se puede usar como verdad absoluta.

Es un absoluto atrevimiento hacerlo, y además alimenta estereotipos dañinos. Con esa misma perspectiva podríamos decir que las mujeres son más inteligentes emocionalmente que los hombres, y quizá por eso también tengan más éxito en la vida. ¿Por qué? Porque un cociente intelectual alto no te asegura el éxito, pero una inteligencia emocional bien desarrollada sí puede abrir muchas puertas.

Y si juntamos un alto cociente intelectual con una buena inteligencia emocional, entonces aumentan muchísimo las probabilidades de éxito personal y profesional. ¿Una mujer inteligente entonces es un ser supremo? No, para nada. Ni el hombre ni la mujer lo son. Lo importante es enseñar a los niños y niñas la igualdad de derechos y de oportunidades a través de la perseverancia, la autoconfianza y el respeto hacia los demás.

En este sentido, los prejuicios cotidianos también influyen. Aún se escuchan mensajes como que criar a las niñas es más difícil porque «son más dramáticas», «dan más problemas» o «tienen más rabietas». Estas opiniones suelen ser anecdóticas y están muy sesgadas por experiencias personales y por lo que se espera de ellas. La evidencia señala que los desafíos son diferentes según el niño o la niña, su temperamento, la educación que reciben y el contexto, más que según el género en sí.

Estereotipos que alimentan la idea de que ellas son peores

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Los estereotipos de género no aparecen de la nada: se construyen día a día en los pequeños detalles. Algunos ejemplos cotidianos muestran cómo, sin darnos cuenta, vamos transmitiendo a las niñas que valen menos o que son menos capaces en ciertas áreas:

  • A las niñas se les siguen contando cuentos tradicionales en los que su papel suele ser esperar a que un chico las salve, en lugar de tomar decisiones y ser protagonistas activas de su propia historia.
  • A ellas se les compran más juguetes que perpetúan el rol de cuidadora (bebés, biberones, cocinitas, planchas…), mientras que a ellos se les regalan con más frecuencia construcciones, robots, herramientas o juegos científicos.
  • En muchas familias, a las niñas se les apunta a ballet o danza, mientras que a los niños se les anima a robótica, informática o deportes considerados «más serios».
  • En la música que escuchan, por ejemplo en algunos estilos como el reguetón, se lanza a menudo un mensaje de dominio masculino y de cosificación femenina, que refuerza la idea de que ellas son objetos y no sujetos con poder de decisión.
  • Los anuncios y revistas insisten en que las niñas deben preocuparse mucho por su aspecto físico, estar delgadas, guapas y perfectas, mientras que a los niños se les asocia más con la acción y el logro.
  • En redes sociales, muchas influencers publican constantemente imágenes filtradas y retocadas, que crean un ideal inalcanzable de belleza y refuerzan la sensación de que el valor de una niña depende de su imagen.
  • En los libros de texto escolares, solo un porcentaje muy reducido de referentes históricos y científicos son mujeres; el resto son hombres. Esto envía el mensaje de que los logros importantes pertenecen casi siempre a ellos.
  • En las noticias o tertulias que ven en televisión, suelen aparecer más hombres expertos que mujeres, consolidando la idea de que ellos son quienes saben y opinan.
  • En muchos hogares, las niñas observan que las tareas domésticas recaen sobre todo en las mujeres. En algunos países, los datos señalan que una gran mayoría de mujeres cocinan y realizan labores del hogar a diario frente a una minoría de hombres, y eso se percibe como «lo normal».
  • En carreras como ingeniería o informática, el porcentaje de alumnas sigue siendo mucho menor. Lo mismo ocurre en puestos de alta dirección o en el sector tecnológico, donde la representación femenina es todavía reducida.
  • Otros adultos, sin mala intención, siguen pronunciando frases como: «Eso no es cosa de niñas» o «las niñas no son buenas en esto», reforzando límites invisibles en su mente.

Cada uno de estos mensajes, aislado, puede parecer inofensivo, pero en conjunto generan un entorno en el que las niñas terminan dudando de sus capacidades y se comparan constantemente con los niños en desventaja. Aquí es donde comienza a abrirse esa brecha de los sueños.

Niñas, niños y materias STEM: ¿por qué ellas se sienten peor?

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Las materias STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) son un claro ejemplo de cómo los estereotipos afectan a la autoconfianza de las niñas. Estudios realizados con niñas y niños de edad escolar muestran que, incluso cuando ellas obtienen buenas notas en estas materias, tienden a pensar que son menos talentosas que sus compañeros.

En un estudio con alumnado de educación primaria, se observó que tanto niñas como niños pensaban que el sexo masculino era mejor en robótica y programación, y que además los niños se mostraban más interesados en estas áreas. Para llegar a estas conclusiones se realizaron experimentos con grupos de niñas y niños de alrededor de seis años, a quienes se les propusieron actividades relacionadas con la programación de robots.

Los resultados reflejaron que, antes de llegar siquiera a la adolescencia, muchas niñas ya habían perdido interés por las carreras STEM. Datos internacionales señalan que el porcentaje de mujeres matriculadas en estas titulaciones sigue siendo bastante inferior al de los hombres, a pesar de que durante la niñez muchas niñas muestran una curiosidad similar por la ciencia y la tecnología.

Lo más significativo es que este interés no se pierde porque ellas tengan menos capacidad, sino porque se les transmite la idea de que no encajan. La UNESCO insiste en que no hay base neurocientífica que justifique esta disparidad, y que la causa principal está en los sesgos de socialización y de autoselección: las niñas van descartando opciones porque sienten que no están pensadas para ellas.

Cómo despertar y mantener la confianza de las niñas

gestos diarios para reforzar autoestima

La buena noticia es que las familias y la escuela pueden hacer mucho para revertir este patrón y ayudar a que las niñas no se sientan peores que los niños. No se trata de obligarlas a seguir un camino concreto, sino de abrirles todas las puertas y que ellas puedan elegir sin el peso de los prejuicios.

Algunas estrategias clave para madres, padres y educadores son:

  • Cuidar el lenguaje: evitar expresiones como «esto es de chicos» o «las niñas no son buenas en…» y sustituirlas por mensajes que destaquen las capacidades individuales y el valor del esfuerzo.
  • Ofrecer juguetes y juegos variados: dar acceso a construcciones, experimentos, rompecabezas de lógica, robótica o programación tanto a niñas como a niños, junto con muñecas, cuentos y todo tipo de materiales simbólicos.
  • Buscar referentes femeninos: hablar de científicas, inventoras, deportistas, ingenieras, artistas y líderes mujeres para que las niñas vean que «alguien como ellas» ya ha llegado allí.
  • Consumir contenidos equilibrados: elegir cuentos, películas y series donde haya niñas y mujeres protagonistas, valientes, inteligentes y con iniciativa, y comentar en familia los estereotipos que aparezcan.
  • Fomentar la corresponsabilidad en casa: repartir tareas del hogar entre todos los miembros, independientemente del género, para que niñas y niños aprendan que cuidar, cocinar o limpiar es cosa de personas, no de mujeres.
  • Reforzar la autoestima de forma sana, sin caer en el narcisismo: valorar el esfuerzo, la constancia y la capacidad de superar dificultades, en lugar de alabar solo el resultado o la apariencia física.

Existen también iniciativas específicas para acercar la tecnología a las niñas: proyectos de robótica educativa, talleres de programación, campañas impulsadas por empresas tecnológicas o fundaciones que organizan actividades bajo lemas como #ChicasInTech. Este tipo de experiencias, cuando se viven en un entorno de apoyo y juego, aumentan significativamente su interés y su confianza en estas áreas.

Igualdad de géneros

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Lo que importa en nuestra sociedad es que los niños y las niñas crezcan sabiendo que son capaces de conseguir lo que quieran siempre y cuando se esfuercen lo suficiente y reciban las oportunidades necesarias para lograrlo. No hay mejores ni peores por ser de un género u otro.

El machismo que continúa latente en nuestra cultura es algo contra lo que debemos luchar activamente para reducirlo cada vez más. Porque, aunque la ciencia intente encontrar diferencias entre un cerebro masculino o femenino, lo que importa, en fin de cuentas, es la perseverancia, la educación y el apoyo emocional que reciba cada niño o niña en su entorno.

Criad a vuestros hijos e hijas pensando que son capaces y valiosos, respetando su personalidad y sus intereses, para que ellos también aprendan a respetar a los demás. Que una niña no descarte ser ingeniera, científica, programadora o directora de una empresa no porque no pueda, sino porque puede elegir libremente qué quiere ser.

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La perseverancia y el respeto son las claves para que los niños y las niñas no se sientan menos capaces por haber nacido de un género u otro. Ese sentimiento, que desgraciadamente han vivido y viven muchas niñas, es a menudo el principio del miedo, de la sumisión y, en los peores casos, del maltrato.

La igualdad de oportunidades empieza en la educación de los niños y en los mensajes cotidianos que damos en casa, en la escuela y en la sociedad. Escuchar a las niñas, tomar en serio sus opiniones, validar sus emociones y recordarles a diario que son valiosas y capaces es una inversión directa en su futuro. Cuando una niña deja de pensar que es peor que los niños y empieza a verse como una persona con las mismas posibilidades, no solo gana ella: ganamos todos como sociedad.