Los miedos de los grandes y de los niños (I)

A lo largo de su desarrollo, los niños experimentan numerosos miedos: a la separación, a las personas que no conocen, a la oscuridad, a los animales, al daño físico. Estos temores son pasajeros y aparecen en determinadas edades y momentos evolutivos. Son muy importantes porque ayudan a los pequeños a
enfrentarse de forma adecuada a situaciones difíciles y amenazantes con las que se encontrarán a lo largo de su crecimiento. Nuestra función como padres es acompañar a nuestros hijos en esta experiencia, para que puedan atravesarla de la mejor manera posible y, además, les sea de provecho en su vida futura.

¿Qué son los miedos?
El miedo es una emoción instintiva y universal que funciona como un sistema de alarma que nos avisa sobre un posible peligro, real o imaginario. Gracias a esta señal de alerta, podemos tomar precauciones ante situaciones de riesgo.

Se conoce como miedos infantiles a las situaciones que son repetidas por la mayor parte de los niños, como el temor a separarse de la madre, a la oscuridad o a los animales. Estos miedos tienen algo en común, una función de adaptación que les permite a los pequeños estar más prevenidos y buscar apoyo en las personas que los rodean.

La fantasía, que se desarrolla fuertemente desde los tres años de edad, suele acrecentar los efectos del miedo. El hecho de recrear algún personaje imaginario o una determinada situación, puede llegar a atemorizar a los pequeños tanto o más que cualquiera de las realidades que viven.

Los primeros temores
El miedo no se manifiesta de la misma forma durante toda la niñez. Depende de la etapa evolutiva que esté atravesando el pequeño.

Uno de los primeros temores en aparecer es a los extraños. Comienza alrededor de los 6 meses y acostumbra desaparecer hacia el año y medio. Los bebés se asustan cuando se les presenta un objeto o una persona a los que no están acostumbrados. Mucho más aún si la aparición es abrupta. Suelen reaccionar de forma muy parecida: primero interrumpen la sonrisa y al instante se ponen a llorar.

Es importante procurar que las personas que se dirigen a nuestro hijo lo hagan con suavidad. Podemos decirles que antes de cogerlo, le hablen, se rían y que luego le ofrezcan los brazos para ver si quiere ir. Es muy posible que manifieste intranquilidad.

No debemos forzarlo. A medida que se familiarice con una persona se lanzará más a menudo a sus brazos. Si el extraño se dirige de forma brusca y rápida y nuestro hijo se pone a llorar, debemos acercarnos sin alarmarnos, cogerlo y calmarlo. A continuación enseñarle que esa persona es amiga.

El miedo a la separación de los padres y, en especial, de la madre aparece antes del año y es normal que desaparezca alrededor de los seis años. Cuando el niño se separa de sus padres porque algo le llama la atención no experimenta ningún miedo, es más fuerte la curiosidad que siente y se lanza a
investigar. Pero si sufre una separación forzada, acostumbra a sentirse muy indefenso y desprotegido.

El comportamiento de los padres es fundamental para que el pequeño se desarrolle correctamente y supere sin problemas el miedo a la separación. Para ello deben potenciar las conductas de autonomía del niño, favorecer ratos de separación, al principio de corta duración y luego más amplios, y controlar la propia ansiedad.


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