Prevención y profilaxis de la meningitis en niños y adultos: claves para las familias

  • La meningitis es una infección grave de las membranas que rodean el cerebro y la médula espinal, con riesgo de secuelas y muerte, por lo que requiere atención médica urgente ante los primeros síntomas.
  • Las principales causas bacterianas son meningococo, neumococo y Haemophilus influenzae tipo b; la vacunación sistemática ha reducido de forma notable los casos más graves en la infancia.
  • La prevención se basa en vacunas, higiene de manos y respiratoria y, en contactos estrechos de casos meningocócicos, en quimioprofilaxis con antibióticos indicada por los servicios de salud.
  • Reconocer signos de alarma como fiebre alta que no cede, rigidez de nuca, mal estado general o manchas que no desaparecen con la presión ayuda a consultar a tiempo y mejora el pronóstico.

prevención y profilaxis de la meningitis

Hace unos días, un bebé de 2 años fue ingresado en la UCI pediátrica de un hospital materno infantil extremeño, debido a una posible meningitis severa; por parte de las Autoridades Sanitarias se tomaron rápidamente las medidas profilácticas necesarias con la familia, y por supuesto, el pequeño era atendido cuidadosamente y muy de cerca. La meningitis es una enfermedad de la que sabemos poco, y sobre la que nos asaltan muchísimas dudas, así que intentaremos resolverlas con este post.

Se trata de una infección viral o bacteriana de carácter grave que se localiza en las meninges (membranas que rodean la médula espinal y el cerebro). Puede provocar efectos muy extremos como daño cerebral o convulsiones; u otros entre los que se incluyen el dolor de cabeza o la fiebre. Hay casos tan graves que acaban con la muerte del paciente. Cuando somos informados de un episodio de meningitis en nuestro entorno, saltan las alarmas, pues el contagio entre personas que están cerca del infectado es relativamente fácil, al transmitirse mediante secreciones del sistema respiratorio. Pero también suele ser rápida la respuesta del sistema de salud, estableciendo medidas de profilaxis, o proporcionando vacunación a individuos no inmunizados.

La meningitis provocada por bacterias como el neumococo o meningococo es más infrecuente que la de origen viral (por ejemplo, debida a enterovirus), pero sus consecuencias son peores. En una meningitis el desencadenante es la llegada al torrente sanguíneo de una infección en otra parte del organismo (el sistema respiratorio generalmente), hasta que afecta el líquido cefalorraquídeo y daña las meninges. De forma más rara, esta enfermedad puede ocurrir debido a infección provocada por hongos, o una lesión traumática en columna o cráneo.

Meningitis: infección que requiere de rápida respuesta

meningitis

Como hemos comentado, el contagio es fácil cuando se trata de personas que conviven parte del día: no solo se trata de estornudar, toser o sonarse los mocos, acciones que en mayor o menor medida dispersan las gotículas de la secreción contaminada; es que esas gotículas permanecen en superficies comunes como mesas o cubiertos, y son transmitidas. Tengamos en cuenta además que existe un periodo de incubación de unos cuatro días (que puede ser mayor) durante el que el afectado podría contagiar a otros.

La vía de transmisión exacta varía según el microorganismo implicado. Las bacterias más habituales que causan meningitis en la infancia y en la edad adulta (como Neisseria meningitidis o meningococo, Streptococcus pneumoniae o neumococo, y Haemophilus influenzae tipo b) se encuentran de manera habitual en la nariz y la garganta de muchas personas sanas. Estas personas actúan como portadoras, sin síntomas, pero pueden transmitir la bacteria mediante gotitas respiratorias al hablar, toser, besar o compartir muy de cerca el espacio vital.

En el caso del estreptococo del grupo B, agente típico en recién nacidos, la transmisión se produce con más frecuencia de la madre al bebé durante el parto, a partir de bacterias presentes en el intestino o en la vagina materna. Otros microorganismos (virus, hongos o parásitos) se adquieren por vías diversas, como la respiratoria, la digestiva o a través de vectores como mosquitos o garrapatas, y en ocasiones desencadenan meningitis dentro de cuadros infecciosos más amplios.

He encontrado esta entrevista realizada a Antonio Salas (doctor en Medicina y Cirugía / Facultad de Medicina de Santiago de Compostela), en la que se habla de un estudio dirigido junto con Federico Martinón (jefe de pediatría clínica, infectológica y translacional de un Hospital Clínico). Se trata de un trabajo centrado en un genotipo del genoma humano, analizando pacientes con enfermedad meningocócica e individuos sanos. Llama especialmente la atención que (según la investigación) un 14 % de los niños están protegidos genéticamente, reduciendo así las probabilidades de desarrollar la enfermedad.

Por otra parte, también hemos aprendido leyendo el artículo que esta grave infección está asociada a una morbimortalidad con un 10 por ciento de fallecimientos, y de los supervivientes, hasta un tercio lo hace con secuelas graves. Es muy interesante, y nos ha servido también para descubrir que entre los síntomas se encuentra la fiebre que no se resuelve con antitérmicos, mala coloración de la piel, frialdad en extremidades, manchas rojo azuladas puntiformes, rigidez de nuca, cefalea o vómitos.

A escala internacional se considera que la meningitis es una emergencia sanitaria global. Los datos de organismos internacionales indican que: una proporción importante de las meningitis graves se debe a cuatro bacterias clave (meningococo, neumococo, Haemophilus influenzae tipo b y estreptococo del grupo B); aproximadamente 1 de cada 6 personas con meningitis bacteriana puede fallecer; y 1 de cada 5 supervivientes presenta secuelas a largo plazo, como pérdida de audición, problemas neurológicos o dificultades de aprendizaje. Por ello la detección precoz, la profilaxis y la vacunación se consideran pilares esenciales.

La enfermedad puede afectar a cualquier edad, pero existen grupos de riesgo en los que la vigilancia debe ser aún más estrecha: recién nacidos y lactantes pequeños, niños y adolescentes, personas inmunodeprimidas (incluyendo quienes viven con infección por VIH) y poblaciones que viven en entornos con alta densidad de personas (residencias, internados, campamentos, cuarteles, campos de refugiados, etc.). En regiones del mundo donde confluyen pobreza, hacinamiento y menor acceso a la vacunación, como ocurre en algunas áreas del llamado “cinturón africano de la meningitis”, los brotes epidémicos son especialmente frecuentes.

medidas de prevención y profilaxis de la meningitis

Signos y síntomas de la meningitis en niños y adultos

Los síntomas de la meningitis pueden variar en función del microorganismo causante, de la rapidez con la que progresa la enfermedad y de la edad del paciente. En general, los signos más frecuentes en niños mayores y adultos son:

  • Fiebre alta de inicio relativamente brusco, que no responde bien a los antitérmicos habituales.
  • Cefalea intensa, muy diferente al dolor de cabeza corriente.
  • Rigidez de nuca: incapacidad de doblar la cabeza para “mirarse el ombligo”, tocar con la barbilla el tórax o sentarse sin flexionar las piernas.
  • Alteración del estado mental: confusión, somnolencia, dificultad para despertarse o desorientación.
  • Fotofobia (molestia intensa con la luz).
  • Náuseas y vómitos, que pueden ser persistentes.

En los lactantes con la fontanela abierta puede no existir rigidez de nuca, pero sí abombamiento de la fontanela, irritabilidad marcada, llanto débil o continuo, rechazo de las tomas, dificultad para despertarse o un aspecto general “apagado” que alarma a los padres. En los menores de un año estos signos son especialmente importantes porque la meningitis puede avanzar con rapidez sin los síntomas “clásicos” del niño mayor.

Algunos agentes bacterianos pueden causar, además de la inflamación de las meninges, una infección grave de la sangre (sepsis). En estos casos pueden aparecer manos y pies fríos, respiración acelerada, palidez extrema, decaimiento intenso e incluso una erupción cutánea característica en forma de manchas rojas o violáceas que no desaparecen con la presión. Estas lesiones, llamadas petequias o púrpura, pueden ser el primer signo de una sepsis fulminante y exigen acudir inmediatamente a urgencias.

Es importante recordar que la meningitis vírica suele tener un curso más benigno y a menudo se parece al de otras infecciones virales: fiebre, dolor de cabeza, malestar general y a veces rigidez leve de nuca. Aunque tiende a ser autolimitada, siempre es necesario que un profesional sanitario valore el cuadro, porque al inicio no siempre es fácil diferenciarla de una meningitis bacteriana.

¿Cómo actúan los médicos ante un caso sospechoso?

signos de meningitis

La atención temprana es fundamental para una mejor atención y resolución del caso, por eso ante cualquier síntoma sospechoso, no debemos dudar en consultar; y también iremos al médico si alguien de nuestro entorno ha sido diagnosticado. Aunque muchos cuadros febriles en la infancia son leves, la combinación de fiebre alta persistente, mal estado general, rigidez de cuello, manchas que no desaparecen con la presión o dificultad para despertar al niño debe hacer acudir a un servicio de urgencias.

El diagnóstico de confirmación pasa habitualmente por la extracción de líquido cefalorraquídeo mediante una punción en la zona lumbar (punción lumbar). Este líquido se analiza en el laboratorio para determinar si hay inflamación, qué tipo de microorganismo está implicado (bacteria, virus, hongo) y qué antibióticos serán más eficaces en el caso de una meningitis bacteriana. También se realizan análisis de sangre, posibles cultivos y técnicas de biología molecular que permiten identificar el germen de forma más rápida.

En caso de que la meningitis sea bacteriana, la enfermedad suele ser más grave, pero también existen antibióticos con los que tratarla. Los pediatras y especialistas en enfermedades infecciosas seleccionan el tratamiento antibiótico en función de la edad, la situación clínica del paciente y los patrones locales de resistencia bacteriana. Cuando la sospecha clínica de meningitis bacteriana es alta, se recomienda iniciar el tratamiento antibiótico de inmediato, sin esperar a disponer de todos los resultados de laboratorio.

En muchas guías clínicas se aconseja asociar corticoides intravenosos (por ejemplo, dexametasona) junto con la primera dosis de antibiótico en casos de meningitis bacteriana no epidémica. El objetivo es reducir la respuesta inflamatoria que se produce alrededor del cerebro y disminuir así el riesgo de secuelas neurológicas, sobre todo la pérdida de audición.

Una meningitis viral se comportará con bastante seguridad como lo hacen otras infecciones de origen vírico: tiende a autolimitarse, pero es conveniente recibir siempre asistencia especializada. En estos casos el manejo se centra en medidas de soporte (hidratación, control de la fiebre y el dolor, vigilancia neurológica) y en la prevención de complicaciones. En situaciones determinadas, como las meningitis por virus del herpes simple, se utilizan antivirales específicos.

Tras superar la fase aguda, algunos pacientes pueden presentar secuelas a largo plazo: pérdida de audición, trastornos del lenguaje, problemas de memoria o concentración, convulsiones, alteraciones motoras o dificultades de conducta. Por ello es frecuente que los niños que han tenido meningitis grave necesiten seguimiento por parte de neuropediatría, rehabilitación, logopedia o apoyo psicopedagógico.

Prevención de la meningitis: vacunación, quimioprofilaxis e higiene

vacuna meningitis

Además de aislar a todo el que conviva con el enfermo, todos debemos saber de la importancia de la higiene de manos, que siempre nos protegerá de infecciones. Lavarse las manos con agua y jabón antes de comer, después de ir al baño, al cambiar pañales o al sonarse la nariz disminuye la transmisión de numerosos virus y bacterias. También es recomendable evitar compartir vasos, cubiertos, pajitas, botellas o cepillos de dientes con personas que puedan estar enfermas.

Sin embargo, la estrategia más eficaz a medio y largo plazo para reducir la carga de meningitis bacteriana es la vacunación. En el calendario vacunal se incluye la vacuna frente al meningococo (serotipo C), y frente al serotipo B (en muchas comunidades aún no financiada); además del neumococo, que también forma parte de las vacunas cuyo coste asume la autoridad sanitaria. La vacuna frente a Haemophilus influenzae tipo b (Hib) también se administra de forma sistemática en la infancia y ha logrado disminuir de forma muy notable la meningitis por este germen.

En la actualidad existen vacunas específicas para varios serogrupos de meningococo: conjugadas frente a los serogrupos A, C, W e Y, y vacunas basadas en proteínas frente al serogrupo B. En algunos países y regiones se utilizan vacunas combinadas que protegen frente a varios serogrupos con una sola pauta, y los comités de expertos revisan periódicamente las recomendaciones según la epidemiología local. A nivel mundial se está impulsando el uso de vacunas multivalentes capaces de reducir el riesgo de grandes epidemias en zonas de alta incidencia.

En cuanto a la prevención frente al estreptococo del grupo B en recién nacidos, muchas estrategias de salud pública recomiendan identificar a las embarazadas portadoras de este microorganismo para ofrecerles antibioterapia intravenosa durante el parto, reduciendo así el riesgo de que el bebé desarrolle una infección invasiva precoz, incluida la meningitis neonatal. También se están desarrollando vacunas maternas específicas frente a este germen, con el objetivo de proteger a los lactantes durante los primeros meses de vida mediante anticuerpos transferidos a través de la placenta.

La profilaxis es de aplicación también a los compañeros de la Escuela Infantil y el colegio, en el caso de que el enfermo sea un niño. La denominada quimioprofilaxis consiste en administrar un antibiótico durante un corto periodo de tiempo a las personas que han tenido contacto estrecho con un paciente diagnosticado de meningitis por determinados gérmenes, principalmente el meningococo y, en ciertas circunstancias, Haemophilus influenzae tipo b.

Quimioprofilaxis y medidas específicas para los contactos

La quimioprofilaxis tiene como objetivo eliminar el microorganismo de la faringe de los contactos para reducir la probabilidad de que desarrollen la enfermedad o la transmitan a otras personas. No todas las meningitis requieren profilaxis antibiótica para los contactos: por ejemplo, en la meningitis neumocócica, que es uno de los tipos bacterianos más frecuentes, habitualmente no se indica quimioprofilaxis en los convivientes sanos.

Sin embargo, los contactos cercanos de pacientes con meningitis meningocócica tienen un riesgo significativamente mayor de contraer la enfermedad en los días posteriores al caso índice. Por este motivo, las autoridades sanitarias recomiendan administrar quimioprofilaxis a las personas que hayan tenido contacto estrecho con el enfermo en los días previos al inicio de los síntomas y hasta 24 horas después de comenzado su tratamiento antibiótico.

Se considera contacto estrecho haber convivido o compartido el mismo hogar, dormir en la misma habitación, mantener un contacto prolongado (varias horas al día) a menos de un metro de distancia o haber estado directamente expuesto a las secreciones orales del paciente (besos en la boca, reanimación boca a boca, compartir utensilios que hayan estado en contacto directo con saliva…). En el entorno escolar, se incluyen en este grupo a los compañeros de pupitre, los niños y personal de guarderías y aulas de educación infantil que comparten espacios reducidos con el caso.

No está justificado administrar quimioprofilaxis a todos los alumnos de un centro educativo o a todas las personas que hayan coincidido de forma casual con el paciente (pasillos, patios, transporte público, etc.) si no se ha producido un contacto estrecho. La indicación concreta de a quién tratar se realiza siempre bajo criterios médicos y de salud pública, valorando el riesgo real de transmisión.

Los fármacos utilizados con más frecuencia en la quimioprofilaxis frente al meningococo son rifampicina, ceftriaxona o ciprofloxacino, elegidos según la edad, el estado de salud de la persona y las recomendaciones locales. Suelen administrarse en una o pocas dosis, siempre bajo prescripción médica. Es fundamental informar a los contactos de que la toma del antibiótico no evita la enfermedad si el germen ya estaba en periodo de incubación, por lo que la aparición de fiebre, dolor de cabeza intenso o síntomas compatibles en los días posteriores debe motivar una nueva valoración médica.

Para otros microorganismos, como Haemophilus influenzae tipo b, la quimioprofilaxis puede estar indicada en convivientes cercanos, sobre todo si en el hogar hay menores de 4 años no vacunados o con vacunación incompleta. En el caso de Streptococcus pneumoniae (neumococo), en cambio, la profilaxis antibiótica de los contactos sanos no se recomienda de forma general; se reserva a situaciones muy concretas en niños con asplenia, determinados déficits inmunitarios u otros factores de riesgo muy elevados, siguiendo siempre las pautas de los especialistas.

Qué debes tener en cuenta si hay un caso de meningitis cerca

El riesgo de contagio de la meningitis aumenta si se tiene contacto estrecho y prolongado con la persona enferma (si se duerme en la misma habitación, si se vive en la misma casa, si se dan besos en la boca…). No es necesario desinfectar los objetos ni los espacios de manera exagerada, porque el meningococo y otras bacterias similares resisten muy poco tiempo fuera del organismo y se transmiten fundamentalmente por gotas respiratorias a corta distancia.

Las medidas para prevenir esta enfermedad son, por tanto:

  • La quimioprofilaxis (tratamiento con antibióticos) en los contactos cercanos cuando así lo indique el equipo de salud.
  • La vacunación adecuada según el calendario oficial y, en su caso, las recomendaciones individualizadas de pediatría o medicina de familia.
  • La higiene respiratoria y de manos: taparse al toser con el codo, usar pañuelos desechables, lavarse las manos con frecuencia y evitar compartir objetos que se lleven a la boca.

La actuación adecuada ante un caso de meningitis es administrar los antibióticos a la familia y a las demás personas que conviven con la persona afectada cuando así lo establezca el protocolo. Si la enfermedad la produjera el meningococo del grupo B, la medida preventiva más habitual es precisamente la quimioprofilaxis dirigida a los contactos, con el fin de eliminar el microorganismo de la faringe. En el caso de meningitis por meningococo del grupo C, además de la quimioprofilaxis, se valorará la vacunación en los contactos que no la tengan puesta.

Si se tiene constancia de que alguien ha tenido contacto íntimo con la persona enferma en los días previos a la aparición de la enfermedad y no ha recibido quimioprofilaxis, es importante comunicarlo al personal sanitario para que valore la indicación. Ante la mínima duda, siempre es mejor preguntar que quedarse con la incertidumbre.

En resumen, la meningitis es una infección grave pero hoy disponemos de herramientas muy eficaces para reducir su impacto: vacunación sistemática frente a las bacterias más peligrosas, quimioprofilaxis bien indicada en los contactos de riesgo, diagnóstico y tratamiento precoces y una correcta información a las familias sobre los síntomas de alarma y las medidas de prevención.

Imágenes — Marvin 101, Amanda Mills.


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