Las crisis de ausencia son un misterio: desconexiones breves del mundo, tan fugaces que solo duran unos pocos segundos, generalmente entre 5 y 20. Son además sutiles, razón por la cual también se las conoce técnicamente como petit mal o epilepsia menor. Estas crisis forman parte de algunos síndromes epilépticos y son muy poco comunes en la población adulta, considerándose dependientes de la edad. Su inicio se sitúa habitualmente entre los 4 y 10 años, aunque el rango puede extenderse hasta los 14, y raramente se presentan después de la adolescencia.
¿Qué son exactamente estas crisis? Imagina quedarte en blanco, como en otro mundo, de forma repentina, deteniendo cualquier actividad que estuvieras realizando. No hay movimientos bruscos; apenas puede observarse un ligero movimiento de los párpados o la boca. Los niños que sufren una crisis de ausencia no atienden, no hablan, no responden y no se mueven durante esos segundos. Se trata de una alteración en el funcionamiento del cerebro de tipo benigno. Sin embargo, al ocurrir en niños en edad escolar, interfieren gravemente en el aprendizaje, provocando una minoración del rendimiento académico que a menudo se confunde con falta de atención.
Este fenómeno ocurre debido a descargas eléctricas anómalas en el cerebro, causadas por la excitación de las sinapsis neuronales y la alteración de otros mecanismos eléctricos. Es una convulsión generalizada, lo que significa que afecta a ambos lados del cerebro simultáneamente. Quien la sufre no lo nota, pero el entorno sí, aunque no siempre desde el inicio. Los niños quedan petrificados y desconectados, pudiendo repetir estos episodios hasta 30 o incluso 100 veces al día. Es fundamental diferenciar esto de la ensoñación: entrar en un estado de ensimismamiento es saludable, pero una crisis de ausencia no es un trastorno de la atención ni un simple «soñar despierto».
En este documento de Neurodidacta, encontramos una clasificación detallada. Es fundamental comprender que existen diferentes variantes según la sintomatología y la evolución:
- Ausencias típicas: Son las más comunes. El niño interrumpe bruscamente su actividad, queda inmóvil con la mirada fija y recupera la conciencia inmediatamente sin recordar el episodio.
- Ausencias atípicas: Tienen un inicio y final menos bruscos y suelen durar más tiempo. Pueden acompañarse de movimientos más complejos.
- Ausencias complejas: Se asocian a síntomas motores, automatismos o signos vegetativos.

Síntomas típicos y señales de alerta
La detección temprana es clave, ya que estas crisis pueden pasar desapercibidas durante semanas debido a su naturaleza sutil. Los síntomas más comunes incluyen:
- Desconexión brusca durante segundos que se repite múltiples veces al día.
- Interrupción inmediata de cualquier actividad, para reanudarlas después como si nada hubiera pasado.
- Amnesia total: el niño no recuerda el periodo de la crisis ni lo que se le habló durante el episodio.
- Frases interrumpidas: pueden dejar una oración a medias y reiniciarla segundos más tarde.
- Estado de vigilia sin consciencia: el niño está despierto pero no procesa la información externa.
- Actividad muscular sutil: aunque el cuerpo parece paralizado, pueden aparecer movimientos rítmicos de masticación, chasquido de labios, succión, lamerse los labios o pequeños movimientos palpebrales.
- Mirada fija y perdida, a veces acompañada de una leve inclinación de la cabeza o del cuerpo hacia delante.
- En algunos casos, movimientos involuntarios como frotarse los dedos, ajustarse la ropa repetidamente o ligeras contracciones de hombros.
Diferencia con el ensimismamiento y riesgo de convulsiones
A diferencia del «soñar despierto», el niño en una crisis de ausencia no responde si se le llama y la desconexión es súbita. En el ensimismamiento, el niño suele responder si se reclama su atención y recuerda lo que estaba pensando. No suelen presentarse junto a convulsiones tónico-clónicas, pero existe un pequeño porcentaje de niños que pueden desarrollar crisis convulsivas en todo el cuerpo si los episodios de ausencia son muy frecuentes o seguidos.
En caso de una convulsión generalizada: no intentaremos sujetar o reanimar a la persona. Debemos recostarla suavemente de lado para que las vías respiratorias estén despejadas, proteger su cabeza y evitar introducir objetos en la boca. Si la crisis dura más de 5 minutos o se repiten varias veces, es urgente acudir a Urgencias y notificar siempre al neurólogo.
Diagnóstico y abordaje clínico
El diagnóstico debe ser realizado por un especialista, generalmente un neurólogo pediátrico. El proceso incluye una exploración clínica detallada y el historial clínico del paciente. La herramienta principal es el electroencefalograma (EEG), que mide la actividad eléctrica cerebral y muestra un patrón característico de ondas punta-onda a 3 Hz durante la crisis. En muchos casos se recurre al video-EEG, que permite grabar el comportamiento del niño mientras se registra su actividad cerebral para confirmar la correlación exacta.
Un dato relevante es que la hiperventilación (respiración lenta y profunda) puede desencadenar ausencias en un alto porcentaje de niños, por lo que esta maniobra se utiliza a menudo durante el EEG para inducir la crisis y facilitar el diagnóstico. También puede emplearse la estimulación luminosa intermitente.
Cabe mencionar que pruebas como la Resonancia Magnética (RM) o el TAC no confirman el diagnóstico de ausencias, pero son útiles para descartar otras causas neurológicas, como tumores o anomalías estructurales.
Causas y factores genéticos
Aunque la causa exacta no siempre es clara, existe un componente genético muy marcado. Se cree que se deben a mutaciones genéticas que afectan al cerebro en crecimiento o desequilibrios en los neurotransmisores. Se estima que la Epilepsia de Ausencia Infantil (EAI) afecta aproximadamente al 8% de los niños con epilepsia y es ligeramente más común en niñas. Aproximadamente uno de cada tres niños afectados tiene antecedentes familiares de crisis similares.
Tratamiento y Pronóstico
El pronóstico suele ser muy positivo. El tratamiento se basa principalmente en fármacos antiepilépticos. La elección del medicamento depende de las características del niño y si existen otros tipos de crisis asociadas:
- Etosuximida: Suele ser la primera elección si solo existen ausencias.
- Ácido Valproico: Muy eficaz y utilizado frecuentemente, especialmente si hay riesgo de crisis tónico-clónicas.
- Lamotrigina: Otra alternativa eficaz según el caso.
En casos excepcionales de epilepsia refractaria (especialmente entre los 3 y 5 años) donde los fármacos no funcionan, se puede considerar la dieta cetogénica, una alimentación rica en grasas y muy baja en carbohidratos para reducir la frecuencia de las crisis. En situaciones muy graves que afectan la calidad de vida, se evalúa la posibilidad de tratamiento quirúrgico.
A largo plazo, el panorama es alentador: más del 60% de los niños superan estas crisis al llegar a la adolescencia. Aquellos que no las superan pueden seguir presentándolas en la edad adulta, pero se mantienen controlables mediante el tratamiento farmacológico supervisado.
Guía de apoyo para padres y educadores
Saber cómo reaccionar es fundamental para reducir el estrés del niño y su familia. Aquí detallamos las pautas clave:
- Mantener la calma: No grites ni agites al niño; él no puede oírte durante la crisis. Tócale suavemente el brazo para verificar si es una ausencia o una distracción.
- Observación activa: Registra cuándo ocurre la crisis, cuánto dura y qué sucede exactamente antes y después. Grabar un vídeo del episodio es de gran ayuda para el neurólogo.
- Comunicación abierta: Explícale a tu hijo qué es la epilepsia con palabras claras. Implicarlo reduce el miedo y le permite explicar sus crisis a sus amigos y profesores.
- Seguridad y prevención: Identifica desencadenantes como la falta de sueño, el estrés o la fiebre. Toma precauciones especiales durante el baño o la natación para evitar ahogamientos o caídas. Considera el uso de una pulsera de alerta médica.
- Apoyo escolar: Informa a los cuidadores y entrenadores. Debido a que las ausencias ocurren en edad escolar, es vital que el profesor no las confunda con desinterés, ya que el niño pierde fragmentos de información y esto afecta su rendimiento.
La detección temprana y la correcta gestión médica permiten que los niños con crisis de ausencia lleven una vida plena, activa y productiva, minimizando el impacto en su desarrollo cognitivo y social. El acompañamiento emocional y la paciencia del entorno son el mejor complemento para el tratamiento médico.