Dar a probar alcohol a los niños: por qué las probaditas no son una buena idea

  • Dar probaditas de alcohol a los niños no les protege, se asocia con un inicio más temprano y un mayor consumo en la adolescencia.
  • El cerebro y el cuerpo en desarrollo son muy vulnerables al alcohol, con riesgo de problemas cognitivos, emocionales, académicos y sociales.
  • El modelo familiar y el ejemplo de los padres influyen enormemente en la edad de inicio y en la relación futura con el alcohol.
  • Hablar pronto y a menudo sobre el tema, con normas claras y escucha activa, reduce la presión del grupo y la probabilidad de consumo en menores.

niños y alcohol en celebraciones familiares

dar a probar alcohol a los niños

¿Cómo? ¿En serio? ¡Si es verdad esto “me caigo muerta”! (lo de caerme muerta no va en serio… es que lo he oído en alguna serie  ). A veces me parece que los padres hemos perdido el Norte, en realidad hemos perdido todos los puntos cardinales, en relación a cómo educamos y / o acompañamos a los niños y adolescentes en este apasionante camino que es ‘llegar a la adultez’. Que conste que he escrito ‘a veces’, porque también encuentro a muchísimos progenitores sensatos que con errores y todo, no solo lo hacen lo mejor que saben, sino que cada día se superan un poquito.

Y sí: más vale que me ponga a la faena, porque se me va el hilo. Esto va de mamás o papás que permiten que sus vástagos prueben alcohol (aún pequeños, nada de adolescentes) – cerveza o vino generalmente – en celebraciones u otros eventos. ¡Y yo que pensaba que esta práctica había sido desterrada de las familias! Una no puede evitar preguntarse, ¿de qué nos sirve toda la información que tenemos sobre TODO? ¿Es que aún hay quien no sabe que beber alcohol es un riesgo para organismos en desarrollo? (y beberlo habitualmente o en exceso es peligroso para cualquiera).

Cuando éramos pequeños era más frecuente que se administrara leche con algún licor a un niño muy resfriado, que se les dejara beber café antes de los 10, que ante la insistencia del peque, la mamá acabara permitiendo que diera un par de caladas a un cigarrillo durante una comida en familia… El ejemplo lo es todo, y cuando normalizamos nuestra relación con los tóxicos damos un mensaje de aceptación hacia las sustancias. Pero si además somos los que iniciamos, ¡uf! (“yo es que le he comprado su primera cajetilla de tabaco para que no vaya a comprarlo por ahí”, esto sería chistoso si no dieran ganas de llorar).

Las probaditas: una práctica arriesgada e innecesaria

riesgos de dar probaditas de alcohol a los niños

Resulta que ante la falta de sentido común por la que a veces nos caracterizamos, la revista de la AAP “Pediatrics” publicó un trabajo llamado “Parents Who Supply Sips of Alcohol in Early Adolescence: A Prospective Study of Risk Factors”. Una de las preguntas que de entrada se hicieron los investigadores fue si ante las altas tasas de consumo de alcohol en la adolescencia temprana existían diferencias entre los que habían tomado alguna bebida previamente en el ámbito familiar, y los que no.

El profesor de psiquiatría John E. Donovan está convencido de que los progenitores no deben ser proveedores de alcohol para sus hijas e hijos, pues las “probaditas”, que es como popularmente se llama a esta práctica de iniciación, podrían estar relacionadas con el inicio del consumo de alcohol a edades muy tempranas. Según parece hay mamás y papás que consideran que un niño entre los 10 y los 12 / 13 años puede estar preparado para beber una copa acompañando al progenitor. Como es de esperar, la primera vez que toman cerveza o vino, no son capaces de acabar la cantidad que se les pone; pero uno de los estudios reseñados por Pediatrics en esta investigación prospectiva de otros trabajos, relaciona haber probado alcohol antes de sexto grado (6º de Primaria en España) con emborracharse o consumir a los 14 años.

Otros estudios longitudinales con miles de adolescentes han mostrado resultados en la misma línea: los niños que reciben alcohol de sus padres o beben supervisados no desarrollan una relación más responsable con la bebida, sino que tienden a beber más cantidad y con mayor frecuencia cuando crecen, y presentan más problemas asociados al alcohol en la adultez temprana. La idea de que dar “un sorbo en casa” protege frente a los excesos fuera no está respaldada por la evidencia científica.

Incluso se ha observado que, independientemente de la edad a la que se permite ese primer consumo supervisado, el efecto negativo es uniforme: no hay una edad “segura” dentro de la adolescencia para que los padres autoricen el alcohol. Por eso, muchos expertos en salud pública insisten en que la mejor estrategia de prevención es retrasar al máximo el primer contacto con el alcohol y evitar totalmente estas probaditas normalizadoras.

Beber alcohol tempranamente, ¿tan peligroso es?

consumo temprano de alcohol en adolescentes

Pues sí, efectivamente: estamos hablando de personas que atraviesan un período de cambios a todos los niveles. El alcohol puede dañar el cerebro en desarrollo, provocar intoxicación etílica aguda o causar accidentes de tráfico; también se asocia con comportamientos sexuales peligrosos y afecta a las hormonas, provocando alteraciones. En ocasiones es causa de comportamientos violentos o de conductas autolesivas. Se relaciona con un rendimiento académico deficiente y con otros problemas emocionales y sociales.


La neurociencia actual indica que el cerebro humano continúa madurando más allá de la adolescencia; de hecho, algunos estudios de neurobiología sitúan el final de la maduración cerebral entorno a los 21 años. El ‘recorrido’ es largo desde luego, y esto nos indica que antes de la plena madurez cerebral hay muchas posibilidades de actuar sin pensar, ser impulsivo, dejarse llevar por el grupo, etc., no como aspectos negativos en sí mismos, sino como parte del desarrollo humano. Precisamente por eso existe una necesidad de que las madres y los padres estemos un poco pendientes de que este recorrido sea lo más saludable posible.

Las organizaciones pediátricas internacionales recuerdan además que empezar a beber a edades muy tempranas aumenta significativamente el riesgo de desarrollar un trastorno por consumo de alcohol más adelante. Quienes se inician antes de la mitad de la adolescencia tienen varias veces más probabilidades de sufrir adicción o dependencia respecto a quienes empiezan después de alcanzar la mayoría de edad legal para beber.

A esto se suman otros efectos menos visibles a corto plazo: dificultades para concentrarse, cambios bruscos de humor, conflictos familiares, problemas de disciplina en la escuela, aislamiento respecto a actividades sanas o deportivas, etc. No se trata solo de “una copa en una fiesta”, sino de cómo se va configurando la relación de ese menor con el alcohol y de qué lugar ocupa la bebida en su forma de afrontar el estrés, la presión social o la diversión.

El modelo familiar

Los progenitores, como ejemplo que somos, deberíamos hacer acopio de coherencia, y no siempre es así. Es de sentido común que si abusas de medicamentos, drogas ilegales, tabaco o alcohol, hay probabilidades de que te imiten. Respecto a consumir (los adultos) en celebraciones familiares, si es esporádicamente, no tiene por qué tener más consecuencias, porque en la educación familiar también hay un mensaje implícito respecto a que la infancia o la madurez son diferentes, y no siempre podemos hacer las mismas cosas.

Por ejemplo, a mí YA no se me ocurre subirme a los árboles como hacía en el pasado, pero aún puedo saltar; y mis hijos aunque ansían crecer (como todos los peques) conocen muy bien a dónde pueden llegar y a dónde no. No pueden (ni saben conducir), no pueden ir a comprar solos, ni proveerse de ropa cuando se les rompe, pueden caminar 10 kilómetros, pero no 100, etc. Hay actividades reservadas a la edad adulta por una cuestión de desarrollo y seguridad, y el consumo de alcohol es una de ellas.

Lo que quiero decir con esto es que el hecho de ver a mamá tomando una cerveza en un momento dado es muy diferente a si fuera una práctica habitual, y sobre todo si se habla en familia y se exponen las posturas. La comunicación y el verbalizar son importantísimos. En esta comunicación también podemos esperar que los hijos hagan preguntas y sientan curiosidad, y es preferible que esa curiosidad se canalice en información clara, sin misterios ni idealizaciones, pero sin ofrecer la bebida.

No parece muy buena idea ayudarles a “quemar etapas”: cuando dejas de ser niño no vas a volverlo a ser, y te vas a hartar de ser adulto con todos esos años que tienes por delante; además, realmente no están preparados para algunas responsabilidades y las consecuencias pueden ser muy negativas. Además del ejemplo directo, conviene revisar otros mensajes cotidianos: bromear con “esto se arregla con una copa”, usar el alcohol como vía principal para relajarse, o tener siempre la nevera llena de bebidas alcohólicas a la vista construye una idea de normalidad y necesidad que los menores interiorizan. Los estudios muestran que los niños de familias donde el consumo de alcohol es frecuente, aunque no llegue a ser problemático, tienden a iniciar antes el consumo y a percibir menos riesgo.

Por qué no debemos ser nosotros quienes les demos la copa

Y vuelvo a recordar que es del todo inapropiado que seamos nosotros los que les demos la copa, porque aunque el argumento “es que es solo para mayores” está muy manido, es exactamente el que debemos creernos. ¿O acaso le das las llaves del coche al de 10? ¿Le administras un medicamento para adultos a un peque de 8? ¿Dejas salir de noche al de 11? Es que hay cosas que son para mayores, porque los mayores (o por lo menos a partir de una cierta edad de madurez) deberíamos saber resolver imprevistos, tomar decisiones consecuentemente, etc.

Algunos padres piensan que si permiten que su hijo beba un poco en casa, lo están “vacunando” contra el consumo peligroso fuera del hogar. Sin embargo, los estudios comparativos en distintos países muestran que esta estrategia se asocia con mayor probabilidad de borracheras, consumo excesivo y problemas académicos y sociales. Lejos de proteger, se transmite la idea de que el alcohol forma parte normal e inevitable de la vida social y que basta con “controlarse”, algo que un menor en desarrollo no siempre puede hacer.

Las investigaciones también apuntan a que muchos niños y adolescentes consumen el alcohol que hay en casa sin permiso expreso. Si el mensaje previo ha sido “un poco no pasa nada” o si alguna vez se les ha ofrecido un sorbo, la barrera psicológica para servirse ellos mismos baja muchísimo. De ahí la importancia de mantener una postura coherente: explicar, acompañar, pero no suministrar.

Cómo hablar con los hijos sobre el alcohol y detectar señales de riesgo

alternativas sin alcohol para niños

Las organizaciones pediátricas y de salud recomiendan empezar a hablar del alcohol con los hijos desde la infancia tardía, en un lenguaje adaptado a su edad. No se trata de asustarles, sino de que entiendan que es una sustancia que los niños no pueden tomar, y que incluso para los adultos tiene riesgos si se abusa de ella.

Cuando se acercan a la adolescencia, tiene sentido conversar con ellos sobre los efectos que puede tener el mal uso del alcohol: problemas legales, riesgos de accidentes, relaciones sexuales sin protección, dificultades en los estudios, daño cerebral, etc. Es importante que perciban que estas consecuencias no son una amenaza vacía, sino realidades que les pueden afectar.

Aunque los padres informen y acompañen, los adolescentes pueden probar el alcohol antes de la edad legal. Conviene conocer algunos signos de que un menor podría estar bebiendo: olor a alcohol al llegar a casa, uso de chicles o colonias fuertes para disimular, evasivas o rechazo a hablar con adultos al volver de una salida, o que falte alcohol de casa sin explicación clara. Si el problema va a más, pueden aparecer cambios bruscos de humor, bajada de rendimiento escolar, aislarse de la familia, cambiar de amistades y mostrarse muy hermético sobre lo que hace.

Frente a estas señales, diversos expertos recomiendan hablar con calma, sin gritos ni humillaciones, y pedir apoyo al pediatra o a un profesional de salud mental si la preocupación persiste. También recuerdan que los menores resisten mejor la presión del grupo para beber cuando tienen una buena autoestima, se sienten escuchados en casa y ven a sus padres como modelos de conducta coherentes. Ayudarles a identificar sus puntos fuertes, escuchar más que sermonear y mantener normas claras sobre el consumo son herramientas muy poderosas.

Al final, la clave no está en una probadita más o menos en una boda, sino en el mensaje global que transmitimos: que el alcohol no forma parte de la infancia, que no es necesario para divertirse ni para encajar, y que los adultos estamos ahí para acompañar, explicar y proteger, aunque a veces eso nos convierta en “los pesados” de la película.