
Son muchos los padres que quieren que sus hijos saquen buenas notas, es la forma de hacerles entender que si tienen buenas notas tendrán éxito en la vida. Pero esta realidad es bastante relativa. El éxito no se define por las notas que se saquen en los exámenes, sino por la constancia, el tesón y el buen hacer. Hay muchas personas de éxito que en la escuela sacaban notas mediocres y que luego en la vida adulta han llegado bien lejos.
Las notas son solo notas. Lo que importa es el esfuerzo y la constancia que se dedica al estudio y al querer tener buenos resultados. Es muy frustrante para un niño que se esfuerza que porque le haya ido mal un examen (porque ha tenido mala suerte en las preguntas o simplemente porque no ha sabido controlar los nervios), le castiguen o le etiqueten de «vago» o «tonto». Las notas son solo números.
El premio en las buenas notas
Muchos padres optan por premiar a sus hijos únicamente si sacan buenas notas como consecuencia positiva a algo que consideran bueno. Pero, en ocasiones, el talento y la tenacidad no tienen por qué verse plasmados en los números de las notas. Realmente en los exámenes escritos lo que se evalúa es muchas veces la memoria y no tanto el aprendizaje real de los conocimientos. ¿Cuántos alumnos sacan buenas notas y al cabo de unas semanas no se acuerdan de nada de lo que han estudiado?
¿Eso es lo que se quiere premiar? ¿Saber las cosas de memoria y sacar un buen número aunque signifique que después de unos días ya no recuerden nada? ¿Ese es el verdadero valor que se les premia a los niños? ¿Es tan importante sacar buenas notas y que los padres lo premien como motivación? No, no lo es cuando el foco está solo en el resultado y no en el proceso de aprendizaje.
Expertos en neurociencia y psicopedagogía explican que, cuando se abusa de los premios materiales por un resultado concreto, el interés genuino por la tarea disminuye. El cerebro se acostumbra a funcionar con una lógica de «si estudio, gano algo», en vez de «estudio porque quiero aprender y superarme». Esto hace que los niños pierdan la curiosidad y que vivan los estudios como una simple transacción.
En una investigación muy citada, se analizó cómo reaccionaba el cerebro de diferentes personas ante una tarea sencilla, con y sin recompensa económica. El primer día, tanto el grupo que recibía dinero como el que no lo recibía se sentían motivados por el reto en sí. Pero cuando al segundo día se retiró el premio al grupo que cobraba, su motivación se desplomó, mientras que el otro grupo mantuvo el interés. Es decir, el premio externo había «apagado» el atractivo natural de la actividad.
Algo parecido sucede con los estudios: cuando el niño se acostumbra a recibir regalos por las notas, el aprendizaje deja de ser atractivo por sí mismo y solo mantiene el esfuerzo si hay algo material al final del camino.

Las calificaciones son importantes
No podemos dejar a un lado la importancia de las calificaciones en la vida de los niños. Las notas abren o cierran puertas académicas y esto es algo que todos sabemos. Pero eso no significa que memorizar sin comprender sea útil. ¿Aprender memorizando sirve de algo a largo plazo? ¿Te imaginas que un médico hubiera aprendido únicamente memorizando en la universidad y que después pusieras tu vida en sus manos? Probablemente, de saber esto, no lo harías.
Se aprende con las manos, con la práctica, con la motivación de querer hacer las cosas bien, después de saber que lo que se está aprendiendo realmente es valioso. Que el conocimiento que tenemos delante y que un maestro nos enseña cada día realmente tiene mucho de importante para nuestra cultura, para nuestro conocimiento y para poder desarrollarnos como personas de éxito. Pero hay muchas maneras de enseñar y también de acompañar desde casa.
Los niños que tienen cada día a un maestro que se sienta en una mesa y les obliga a hacer deberes y a corregirlos, es probable que se sientan más desmotivados que aquellos niños que tienen un maestro que les ayuda a implicarse en el aprendizaje cada día, donde ellos son los protagonistas y no solo meros observadores. La metodología y el clima emocional influyen directamente en cómo viven el esfuerzo y los resultados.
Desde la psicología infantil se insiste en algo clave: las notas no reflejan toda la realidad del aprendizaje. Un niño puede esforzarse mucho, haber mejorado su organización, haber superado miedos a los exámenes y aun así no obtener un sobresaliente. Si solo miramos el número, dejamos fuera habilidades tan importantes como la resiliencia, la capacidad de pedir ayuda, la constancia, la gestión emocional o la creatividad.
Cuando la familia solo felicita por los dieces, el mensaje que recibe el niño es que solo vale cuando triunfa. Esto puede afectar a su autoestima, aumentar el miedo al fracaso y dificultar que se atreva con tareas nuevas por temor a no estar a la altura de las expectativas.

La enseñanza en manos de un maestro con vocación y con ideas donde las necesidades de los niños y la magia del aprendizaje sean protagonistas serán la clave para que los niños puedan sentir la motivación suficiente para querer sacar buenas notas y además, conseguirlo. Y en casa, el papel de las madres y los padres es muy parecido: crear un entorno donde se valore el esfuerzo, el progreso y el gusto por aprender por encima del resultado numérico.
Motivación extrínseca e intrínseca: qué pasa en el cerebro
Para entender por qué no conviene abusar de los premios materiales por las notas, es útil diferenciar dos tipos de motivación:
- Motivación extrínseca: la que depende de estímulos externos, como un premio, un juguete, dinero o el reconocimiento de otras personas.
- Motivación intrínseca: la que nace del propio interés o disfrute por la tarea, sin necesidad de recompensas externas.
A nivel cerebral, ambos tipos de motivación activan regiones similares, pero con diferencias importantes. Cuando la motivación es extrínseca, el cerebro detecta que hay algo valioso que obtener. El núcleo accumbens, una estructura relacionada con el placer y la recompensa, se activa con fuerza porque anticipa el premio. Esa expectativa impulsa la realización de la tarea… pero solo mientras el premio esté presente.
Cuando la motivación es intrínseca, es decir, cuando la tarea resulta placentera por sí misma, el núcleo accumbens también se activa, pero su papel no es tan central. En este caso, entran más en juego áreas como la corteza prefrontal, responsable de la planificación, la toma de decisiones y la consolidación de hábitos. Esto significa que, cuando logramos que una rutina de estudio sea gratificante en sí misma, el cerebro la integra de forma más sólida y duradera.
Si dependemos siempre de premios externos para que el niño estudie, el sistema de recompensa del cerebro se acostumbra a funcionar solo cuando hay incentivo. Cuando ese regalo desaparece, también lo hace el interés por la tarea. Por eso, los expertos recomiendan usar las recompensas externas con mucha moderación y centrarse en hacer que el propio proceso de aprender resulte atractivo, retador y significativo.
Además, no todas las edades responden igual. En la primera infancia, la zona del cerebro relacionada con la recompensa se desarrolla muy rápido, mientras que la corteza prefrontal, encargada del control y la toma de decisiones, tarda muchos años en madurar. Esto significa que los niños pequeños son especialmente sensibles a los premios y les cuesta más regularse por sí mismos. Algo parecido ocurre en la adolescencia, otra etapa crítica en la que el sistema de refuerzo se reorganiza y es fácil que queden «enganchados» a los incentivos externos si se abusa de ellos.
Si sacas buenas notas te compro un regalo
Entonces, ¿es buena idea que si tu hijo saca buenas notas le compres un regalo? Depende. Depende de lo que quieras premiar y de lo que quieras transmitir a tu hijo con esa acción. Si tu hijo ha sacado buenas notas porque se ha esforzado, porque sabe que la constancia es la mejor manera de hacer las cosas bien, entonces quizá no sea una mala idea, siempre y cuando no sea un premio puramente material y vaya acompañado con elogios hacia su esfuerzo y no tanto hacia la nota que ha sacado.
¿Te imaginas que tu hijo sacase buenas notas porque se ha copiado en todos los exámenes? ¿Entonces le darías un regalo? Seguramente no, porque aunque haya sacado buenas notas realmente no ha servido de nada, porque no ha habido aprendizaje. Por eso, lo que se premia debe ser siempre el proceso, no solo el número del boletín.
Desde la psicopedagogía se matiza que los premios externos pueden tener algún efecto positivo si se utilizan de manera puntual. En momentos de especial desánimo, por ejemplo, un pequeño gesto puede ayudar a arrancar la motivación. Pero cuando los regalos se convierten en el centro del aprendizaje, el mensaje cambia por completo: el niño empieza a estudiar solo para conseguir algo, no porque valore lo que aprende.
En este contexto, los expertos recomiendan que, si se decide reconocer las buenas notas, el «premio» sea sobre todo emocional y relacional. Es decir, algo que refuerce el vínculo familiar: una salida especial, una cena elegida por el niño, una actividad en familia, un rato de juego compartido… y siempre acompañado de comentarios que destaquen la dedicación, la constancia y las estrategias que ha utilizado para mejorar.
Puede ser más negativo que positivo
Es posible que te sorprenda, pero quizá el comprarle un regalo a tu hijo por sacar buenas notas sea más perjudicial que beneficioso. Igual de malo es castigar por sacar malas notas como premiar por sacar las buenas, si solo miramos el resultado. Cuando el estudio se convierte en moneda de cambio, el niño aprende que su responsabilidad como estudiante siempre debe llevar algo asociado.
Después de llegar hasta este punto es posible que empieces a darte cuenta de que si premias a un niño por sacar buenas notas en un examen -y solo tienes en cuenta el resultado-, a medida que pase el tiempo puede querer pedirte cosas de mayor peso económico. Lo que empezó siendo un pequeño detalle puede convertirse en una escalada de demandas: de un paquete de cromos se pasa a un videojuego, más tarde a un móvil nuevo o incluso a objetos cada vez más caros en la adolescencia.
Además, si tu hijo ha puesto de su parte y le prometiste un regalo al sacar buenas notas, y a pesar de su esfuerzo no ha podido aprobarlas todas, la frustración que puede sentir hacia los estudios será muy grande. Aprenderá que el esfuerzo no es suficiente y que no merece la pena, porque aunque se esfuerce no obtendrá recompensa de ningún tipo. El foco queda así en el premio y no en la satisfacción personal de haber luchado por mejorar.
Los psicólogos también advierten de otro riesgo: cuando las recompensas se repiten con mucha frecuencia, dejan de tener efecto. El niño se acostumbra, se aburre rápidamente del regalo y necesita algo más grande para sentir la misma ilusión. Es el mismo mecanismo que se observa con las pantallas o los juguetes en exceso: cada vez se valora menos lo que se tiene.
Por todo esto, muchos expertos recomiendan no prometer regalos materiales vinculados a las notas. En cambio, sí insisten en la importancia de reconocer y valorar el trabajo bien hecho, aunque el resultado no haya sido perfecto: un abrazo, palabras de cariño, un rato juntos o una actividad especial en familia refuerzan mucho más la motivación sana.

Cómo explicar a tu hijo que no habrá regalos materiales
Puede ocurrir que tu hijo te diga que ha hecho mucho esfuerzo y que a sus amigos sí les dan premios por las notas. Es una situación muy habitual. En este caso, es importante explicar vuestra postura con calma y cariño, sin minimizar lo que siente.
Podéis decirle, por ejemplo, que en vuestra familia se da mucha importancia al esfuerzo, al compromiso y a la satisfacción de haber hecho un buen trabajo. Que entendéis que le gustaría recibir un regalo, pero que para vosotros lo más valioso es que él mismo se sienta orgulloso de lo que ha conseguido. También podéis remarcar que cada casa funciona de una manera distinta y que eso no significa quererle menos, sino educarle de otra forma.
Es fundamental evitar comparaciones del tipo «tus amigos están mal educados» o «sus padres lo hacen mal». En lugar de eso, es más constructivo hablar de valores: responsabilidad, autonomía, esfuerzo, cooperación, curiosidad… De este modo, el niño comprenderá que su esfuerzo sí se reconoce, pero desde un lugar más profundo que un simple regalo.
Si tenéis más de un hijo, quizá te preguntes si hay que premiar a todos por igual cuando sacan buenas notas. Los especialistas señalan que no hace falta aplicar los reconocimientos de forma idéntica, pero sí de forma justa. Cada niño tiene su punto de partida, sus dificultades y su ritmo. A veces, un pequeño avance de un hijo con más dificultades puede requerir más esfuerzo que un sobresaliente de otro que va muy sobrado.
Lo importante es explicarlo con claridad: en casa se valora el esfuerzo personal y la mejora respecto a uno mismo, no la comparación entre hermanos. De este modo, se evita la rivalidad y se fortalece la idea de que cada logro es importante dentro de la historia de cada niño.
Si saca malas notas: castigos o consecuencias educativas
La otra cara de la moneda son las malas notas. ¿Hay que castigar si el boletín no es el esperado? Los expertos en psicología infantil y juvenil coinciden en que el castigo punitivo no es recomendable. Retirar cariño, humillar, gritar o prohibir actividades muy significativas de manera desproporcionada puede generar miedo, rabia y rechazo hacia el aprendizaje.
En lugar de fomentar la responsabilidad, estas estrategias suelen bloquear la motivación y deteriorar el vínculo de confianza entre padres e hijos. Y ese vínculo es precisamente el motor principal del cambio. Un niño que se siente juzgado o atacado tenderá a esconder sus dificultades, a mentir o a rendirse antes, en lugar de pedir ayuda.
La alternativa son las consecuencias educativas, que no buscan castigar, sino ayudar al niño a reflexionar sobre lo ocurrido y a participar en la búsqueda de soluciones. Por ejemplo, si ha suspendido porque no se organizó bien, se puede sentar con él para elaborar juntos un plan de estudio, establecer horarios, crear un espacio adecuado de trabajo o reducir ciertas distracciones mientras se consolida el hábito.
También es esencial analizar qué hay detrás de esas malas notas. No siempre un suspenso significa falta de interés. Pueden existir dificultades de atención, problemas de comprensión lectora, ansiedad ante los exámenes, bullying, cansancio excesivo o incluso una baja autoestima. Comprender el origen permite ajustar la respuesta educativa y, si es necesario, pedir apoyo profesional.
El mensaje clave que necesitan escuchar es algo como: «Vamos a entender juntos qué ha pasado y cómo puedes hacerlo mejor la próxima vez». Así, el error se convierte en una oportunidad de aprendizaje, no en una etiqueta. Y el niño descubre que no se le valora por aprobar o suspender, sino por la actitud con la que afronta las dificultades.
El elogio es la mejor recompensa
Si quieres que tu hijo se sienta motivado hacia los estudios, olvida los regalos materiales como eje principal. Lo que mejor funciona a largo plazo es el elogio sincero y específico. Elogiar, alabar y aplaudir sus esfuerzos, su constancia, su capacidad para levantarse cuando algo sale mal, tiene un efecto directo en su autoestima y en su motivación interna.
Los especialistas recomiendan que el elogio se centre en el proceso: «Has sido muy constante», «Te organizaste mejor que el trimestre pasado», «Se nota que has puesto mucha atención». Este tipo de comentarios refuerzan la percepción de autoeficacia, es decir, la confianza del niño en su capacidad para lograr objetivos. Además, no caducan: una frase de reconocimiento queda grabada en su memoria emocional mucho más tiempo que un juguete nuevo.
Y si realmente quieres premiarle con algo más concreto, hazlo con tu tiempo y con experiencias positivas como salir de picnic, ir a la playa, hacer una excursión al campo, preparar juntos una cena especial o ver una película en familia. Las actividades compartidas refuerzan el vínculo, no fomentan el apego a lo material y ayudan a que el niño se sienta importante y tenido en cuenta.
Piensa que si tu hijo o hija es estudiante, su responsabilidad es estudiar y tu papel es acompañar ese proceso, no comprarlo. Si quieres motivarle, busca alternativas no materiales como las que te hemos comentado o algo más personal todavía: hacerle su cena favorita, hornear una tarta para felicitarle y comerla todos juntos, organizar una tarde de juegos de mesa o dejarle elegir un plan en familia al terminar una etapa de esfuerzo especial.
Reconocer la dedicación, mostrar interés genuino por lo que está aprendiendo, escuchar cómo se siente ante los exámenes y valorar los pequeños avances diarios son los «regalos» que más marcan su desarrollo. Sin necesidad de grandes incentivos externos, un niño que se siente visto, querido y acompañado encontrará razones profundas para esforzarse, incluso cuando las notas no sean perfectas.
La decisión de no premiar las buenas calificaciones con regalos materiales y de centrarte en el esfuerzo, la responsabilidad y el vínculo afectivo convierte el estudio en un camino de crecimiento y no en una simple carrera hacia un premio. Y ese aprendizaje, que le acompañará toda la vida, termina siendo el mayor regalo que puedes ofrecerle.
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