

Los datos sobre separaciones, nulidades y divorcios muestran que se trata de una realidad familiar cada vez más frecuente en muchos países. Un porcentaje elevado de estos matrimonios tiene hijos, de modo que no podemos hablar del divorcio solo como un trámite legal o una decisión de pareja: es un proceso que impacta directamente en la vida de los niños.
Diferentes fuentes coinciden en que un porcentaje muy significativo de los matrimonios termina en separación o divorcio. Aunque esta cifra varía según el país, se sitúa de forma aproximada en torno a un tercio de las parejas, una cifra alta, aunque en algunos lugares sigue siendo inferior a la que se observa en otros como Estados Unidos. En cualquier caso, son números que obligan a reflexionar con calma acerca de cómo afectan estos procesos a los hijos, especialmente cuando se trata de rupturas largas, conflictivas o mal gestionadas.
Es importante distinguir que, aunque muchas personas adultas experimentan mejoras personales y un mayor bienestar tras poner fin a una relación de pareja que no funcionaba, para los niños la experiencia puede vivirse como una pérdida profunda y desestabilizadora si no se cuidan sus emociones, si no se les mantiene informados o si se les sitúa en medio del conflicto.
Los niños dibujan el divorcio: qué sienten cuando la familia se rompe

En diferentes estudios y reportajes se han recopilado dibujos realizados por niños cuyos padres se están separando o ya se han separado. En muchos de ellos se aprecia que los peques se sienten desamparados, divididos y confundidos: aparece la casa partida en dos, los padres alejados el uno del otro, el niño en medio o incluso tachado.
Estas representaciones visuales reflejan que los hijos perciben su vida como “partida en dos”, con una identidad repartida entre dos hogares, dos normas y, a veces, dos bandos. Sin embargo, la forma en que viven esta situación no depende solo del hecho del divorcio en sí, sino de los factores que acompañan al proceso: el nivel de conflicto, la calidad de la comunicación, la estabilidad económica, la capacidad de los progenitores para cooperar, etc.
La investigación psicológica señala que el divorcio no es necesariamente, por sí mismo, la causa de un trastorno psicológico, pero sí aumenta la vulnerabilidad de los niños si se combinan varios factores de riesgo. Estudios como el publicado por Vangyseghem y Appelboom y otros trabajos más recientes sobre divorcios conflictivos y consecuencias en los hijos apuntan a que el contexto y la forma de separación son determinantes.
Factores desestabilizantes en la separación de los padres
Cuando una pareja con hijos se separa, no solo cambia el estado civil de los adultos: se produce una cascada de modificaciones en la vida cotidiana de los niños. Algunos factores que pueden resultar especialmente desestabilizantes son:
- Distanciamiento de los padres: uno de los progenitores puede mudarse y reducirse el contacto, lo que genera en el niño sentimientos de pérdida y abandono.
- Peleas frecuentes e inacabables: discusiones constantes, gritos o reproches delante de los hijos que mantienen a la familia en una situación traumática prolongada.
- Pérdida de poder adquisitivo y cambios bruscos en el nivel de vida: menos actividades, mudanzas forzadas, renuncia a hábitos y recursos que formaban parte de su día a día.
- Cambios de residencia y de escuela: separación de su entorno social, de amistades y profesores de referencia, lo que puede aumentar la sensación de inseguridad.
- Convivencia forzada con un solo progenitor y falta de interacción regular con el otro, que puede vivirse como una pérdida afectiva importante.
- Nuevas parejas de los padres que se integran demasiado rápido o de forma caótica en la dinámica familiar, generando celos, confusión o conflictos de lealtad.
Todos estos elementos pueden favorecer la aparición de problemas de relación con sus iguales, dificultades para confiar, conflictos de conducta, bajada del rendimiento académico y síntomas ansiosos o depresivos. La investigación también señala un mayor riesgo de problemas de salud física o mental cuando el proceso de separación se vive en un clima de violencia, insultos o humillaciones constantes.
No obstante, conviene subrayar que el divorcio no es sinónimo de fracaso emocional para los hijos. Muchos niños se adaptan bien cuando los adultos gestionan el proceso con respeto, comunicación clara y cooperación. Incluso, en contextos donde existía violencia doméstica o un clima de tensión permanente, algunos menores pueden sentir alivio cuando la separación pone fin a las agresiones. En esos casos, es fundamental recibir apoyo profesional especializado para procesar el trauma.
Reacciones emocionales según la edad de los niños

Niños en edad preescolar
En la etapa preescolar, los pequeños todavía no tienen un pensamiento abstracto elaborado, por lo que no comprenden del todo qué significa divorciarse, pero sí perciben los cambios y la tensión emocional de sus figuras de referencia.
Es frecuente observar conductas regresivas (que también pueden aparecer en otros momentos del desarrollo, aunque no exista divorcio):
- Reaparición de la enuresis nocturna (volver a hacerse pis en la cama).
- Necesidad de que les ayuden a comer o vestirse como cuando eran más pequeños.
- Quejas de dolores físicos difusos (barriga, cabeza) sin causa médica clara.
- Sueño alterado, pesadillas, despertares frecuentes.
- Mayor introversión o retraimiento en situaciones sociales.
Los peques se pueden sentir culpables, y eso es muy peligroso, aparece el miedo al abandono.
Muchos niños pequeños interpretan que, si uno de los padres se va o si hay discusiones, es porque ellos han hecho algo mal. Esa sensación de culpa y el miedo a ser abandonados por ambos puede acompañarles si no se habla con claridad, se repite que no son responsables de la separación y se mantiene una presencia estable y afectuosa de las dos figuras parentales siempre que sea posible.
Entre los 6/7 años y el final de la Educación Primaria
Los expertos coinciden en que es la etapa de mayor vulnerabilidad.
A partir de los 6 o 7 años los niños entienden mejor qué significa un divorcio, pero aún no tienen recursos emocionales para manejar toda la carga afectiva que conlleva. En esta etapa pueden aparecer:
- Intentos de manipulación o chantaje emocional con el objetivo de que los padres vuelvan a estar juntos.
- Sentimientos intensos de culpa, tristeza, ira o confusión que se mezclan y se alternan a lo largo del tiempo.
- Disminución de la autoestima, con pensamientos del tipo “no valgo” o “si fuera mejor hijo, no se habrían separado”.
- Conductas agresivas en casa o en la escuela, o, por el contrario, un retraimiento excesivo.
- Menor rendimiento académico, despistes, falta de concentración y descenso en las notas, como señal de que el niño está sobrepasado por lo que está viviendo.
- Conflictos de lealtad (“si quiero a papá, traiciono a mamá”, o al revés).
Esta edad es especialmente delicada porque el niño ya comprende que la separación es algo real y duradero, pero aún necesita mucha seguridad emocional y estructuras claras. Es clave que los adultos no le usen como mensajero, no le pidan que escoja bando y se aseguren de mantener rutinas estables que le aporten sensación de control.
Adolescentes
A los muchos cambios hormonales, neurológicos y sociales propios de la adolescencia se suma la ruptura de la pareja de sus padres. Esto coincide con el proceso de construir la propia identidad y empezar a definir cómo serán sus relaciones afectivas futuras.
Ellos también sufren de miedo a la soledad y al abandono, además aparecen pensamientos que les hacen dudar sobre su capacidad para comprometerse en la vida con otras personas.
En esta etapa pueden darse diversas reacciones:
- Tristeza intensa, apatía o síntomas depresivos.
- Rebeldía, enfado crónico y cuestionamiento de normas y límites.
- Vergüenza, resentimiento o sensación de estar “diferentes” a sus amigos.
- Dificultades de concentración y bajada del rendimiento escolar.
- Problemas de autoestima y dudas sobre la posibilidad de mantener relaciones de pareja sanas y duraderas.
- Conductas de riesgo (consumo de alcohol o drogas, malas compañías, conductas sexuales de riesgo) como forma de evasión.
Sin embargo, si se les permite expresar sus sentimientos y opiniones, participar en ciertas decisiones que les afectan y se sienten escuchados, pueden desarrollar mayores habilidades de resolución de problemas y aprender modelos de relación más saludables que los que vieron en la pareja de sus padres.
Divorcio colaborativo vs divorcio destructivo
Las consecuencias del divorcio en los hijos dependen en gran medida de si el proceso se desarrolla de manera colaborativa o destructiva. La Fundación Belén ofrece una tabla comparativa en la que se aprecian con claridad estas diferencias, que podemos resumir y ampliar:
- En un divorcio colaborativo los padres se centran en el bienestar de los hijos, mantienen el respeto mutuo, intentan llegar a acuerdos razonables y evitan utilizar a los niños como mensajeros o como moneda de cambio.
- En un divorcio destructivo prevalecen el conflicto, el rencor y la falta de comunicación. Se prolongan las disputas, se cuestiona la valía del otro progenitor e incluso se puede llegar a manipular a los hijos para que rechacen a uno de los padres.
Los estudios sobre divorcios conflictivos indican que, cuando las disputas interparentales se mantienen durante años, los niños quedan atrapados en una situación traumática de larga duración. Esto puede asociarse con depresión crónica, desequilibrios emocionales, problemas para relacionarse con los demás y, en algunos casos, dificultades serias en sus relaciones de pareja en la edad adulta.
Un aspecto particularmente dañino es la llamada alienación parental, que se da cuando uno de los progenitores distorsiona la imagen del otro para impedir o dificultar el vínculo entre el niño y ese padre o madre. Varios especialistas la consideran una forma de maltrato emocional, porque rompe un lazo afectivo importante y coloca al menor en una posición insostenible de lealtad dividida.
Cómo reducir el impacto del divorcio en los niños

La buena noticia es que no todo está perdido: aunque el divorcio sea un proceso doloroso, existen muchas estrategias que ayudan a minimizar el sufrimiento de los hijos y favorecer su adaptación. La clave está en que, incluso si la pareja se rompe, la función de madres y padres continúa y debe protegerse.
Algunas recomendaciones ampliamente respaldadas por profesionales de la psicología infantil y la psiquiatría de la infancia y la adolescencia son:
- Mantener una comunicación clara con los niños: explicarles la separación de forma sencilla, adecuada a su edad, sin entrar en detalles de pareja ni culpar al otro.
- Ser honestos, pero contener emocionalmente: reconocer que es una situación penosa y desconcertante para todos, pero transmitir que la familia puede salir adelante.
- Asegurarles que el divorcio no es culpa suya y repetir este mensaje todas las veces que haga falta.
- Validar sus emociones: tristeza, enfado, miedo, confusión… Todas son reacciones esperables; lo importante es ofrecer espacio para expresarlas sin juicio.
- Evitar las peleas delante de ellos y no utilizarlos como mensajeros, espías o árbitros entre los adultos.
- Respetar la relación con el otro progenitor: no hablar mal de la expareja ante los hijos, no exigirles que tomen partido y facilitar el contacto siempre que no exista riesgo para su seguridad.
- Mantener rutinas estables (horarios de sueño, escuela, actividades) para reducir la sensación de inseguridad y ofrecerles un marco predecible.
- Buscar ayuda profesional si se observan señales persistentes de estrés, depresión, ansiedad o problemas de conducta que no mejoran con el tiempo.
Las investigaciones muestran que los niños tienen menos dificultades cuando saben que su madre y su padre seguirán ejerciendo su papel parental aunque ya no vivan juntos. La capacidad de los adultos para cooperar, llegar a acuerdos sobre la custodia, la crianza y los límites, y evitar que los conflictos se alarguen en el tiempo es uno de los mayores factores de protección.
Al abordar este tema, se hace evidente que aún quedan muchos cabos por resolver. Por eso, resulta especialmente útil que padres, madres, pediatras y otros profesionales dispongan de orientaciones prácticas sobre cómo comunicar la separación, cómo organizar la custodia, cómo manejar la culpa y cómo acompañar a los hijos en cada etapa evolutiva. También resulta fundamental profundizar en la custodia compartida y otros modelos de organización familiar desde una perspectiva centrada en las necesidades reales de los niños.
Cuando las personas adultas priorizan el bienestar de sus hijos, mantienen una actitud respetuosa, cordial y, en la medida de lo posible, positiva entre ellas, la separación deja de ser necesariamente un trauma y se convierte en un cambio complejo pero manejable. Los niños pueden aprender que el amor de pareja puede terminar, pero el amor y la responsabilidad parental no se rompen, y que es posible construir vínculos sanos, poner fin a relaciones que no funcionan y seguir adelante con modelos de convivencia más saludables para todos.
Vía — Voz Pópuli
Imagen — (Portada) tonzpalmer24
Tabla — Fundación Belén

