Hace unos días te hablé sobre cómo enseñar a preparar exámenes en niños desde 3º a 5º de Primaria, y hoy quiero hablarte sobre cómo enseñar a preparar los exámenes si tienes hijos que cursan entre 6º de Primaria y 2º de la ESO. Cuando los niños están en las primeras etapas de primaria, no necesitan la misma intensidad de estudio que cuando están en cursos superiores, además de que su madurez y conocimiento va avanzando y tienen mayor capacidad para integrar más contenido en menos tiempo.
El conocimiento que deben estudiar los alumnos en estos cursos suele ser más complicado que en cursos anteriores, porque como es de esperar va avanzando en dificultad a medida que los niños van creciendo. Esto no tiene que suponerles un problema porque, si han ido avanzando en cursos anteriores correctamente, el conocimiento de cada curso escolar será acorde con sus capacidades intelectuales. Pero todos los niños y niñas necesitan seguir un ritmo de estudio constante y bien planificado, porque a partir de 6º de Primaria se necesita un estudio más regular para evitar acumulaciones de última hora.
Es necesario saber que las altas cargas de trabajo y el estudio monótono pueden conducir a un peor rendimiento y a que la motivación en la escuela se pierda, aumentando la ansiedad en los niños, sobre todo antes de llegar a la adolescencia media. Además de conocer la capacidad de tu hijo para el estudio, es importante que le ayudes a prepararse los exámenes teniendo en cuenta los siguientes puntos y sumando algunas técnicas de estudio eficaces que han demostrado funcionar en muchas familias.
Darle autonomía en el estudio

Los niños responden bien a las peticiones de estudio cuando se les da la oportunidad de tomar sus propias decisiones. Si intentas obligarlos a estudiar, lo más probable es que se resistan y se nieguen a hacerlo. Es importante que ellos tengan su propia capacidad de decisión y que, si escogen estudiar, sea porque entienden para qué lo hacen y perciben que tienen cierto control sobre su tiempo.
Una buena forma de conseguirlo es mediante la creación de horarios donde ellos mismos sean capaces de poner (bajo tu supervisión) el tiempo de estudio y el tiempo de ocio que dedicarán cada día. De este modo, aprenden a planificarse, a priorizar y a comprometerse con lo que ellos mismos han decidido.
También es útil guiarles en el estudio preguntándoles qué van a estudiar cada día y ofreciendo tu ayuda. Puedes hacerlo, por ejemplo, interesándote por el contenido que se ha estudiado mediante la lectura, el subrayado de las ideas principales, el esquema, el resumen y el repaso por su cuenta. Este acompañamiento les ayuda a sentirse apoyados sin perder autonomía.
En esta etapa es buena idea introducir herramientas sencillas de planificación digital, como un calendario online o una app de tareas. Es importante que sea el propio niño quien escriba sus tareas, porque este gesto favorece la responsabilidad y la memoria de lo que tiene pendiente.

Otra forma de dar autonomía es enseñarles a preguntar en clase y a tomar apuntes. Tomar apuntes exige atención y síntesis, y eso les facilita mucho el estudio posterior. Anímales a anotar ideas principales, fechas importantes, definiciones y ejemplos. Pueden usar abreviaturas propias, títulos y subtítulos para que el contenido sea más claro cuando lo revisen en casa.
Fomentar la rutina

Cuando los niños tienen una rutina constante que incluye el estudio, habrá menos necesidad de insistir continuamente en ello. Es decir, cuando los niños saben qué deben hacer a cada momento, les resultará más sencillo hacerlo sin necesidad de que los padres estén continuamente supervisando lo que hacen o lo que dejan de hacer.
Por ejemplo, un niño de 12 o 13 años que llega a casa sabe que tendrá tres tareas fundamentales antes de tener tiempo libre: hacer los deberes de la escuela, dedicar un rato a alguna actividad (instrumento, deporte o lectura) y estudiar las asignaturas aunque no haya examen al día siguiente. El resto de la tarde será para él. Las rutinas significan que no habrá tantas discusiones familiares acerca de las prioridades, porque se saben cuáles son desde el principio.
Para que la rutina sea realista, conviene tener en cuenta que los niños de 6º de Primaria pueden necesitar entre una y dos horas de trabajo escolar al día (incluyendo deberes y estudio), mientras que en 1º y 2º de ESO lo habitual es añadir alrededor de una hora más en función de los exámenes y trabajos. Lo importante no es solo la cantidad, sino que exista un horario estable que se repita de lunes a viernes.
También resulta muy útil utilizar un planificador mensual en papel que esté siempre visible en la mesa de estudio o en la pared del cuarto. En él, el niño puede marcar los días de exámenes, fechas de entrega de trabajos o exposiciones orales. Así ve de un golpe de vista cuántos días tiene para preparar cada prueba y puede repartir mejor el tiempo. Este tipo de organizadores reducen la sensación de agobio y ayudan a evitar el hábito de dejar todo para el último momento.
Dentro de la rutina hay que incluir también horarios regulares de sueño y descanso. Un niño bien descansado rinde mucho más: los alumnos de Primaria necesitan aproximadamente entre 9 y 10 horas de sueño, y los de la ESO entre 8 y 9 horas. Conviene evitar pantallas por lo menos una hora antes de ir a la cama, porque la luz azul y la estimulación continua dificultan conciliar el sueño y empeoran la calidad del descanso.
Reducir al mínimo las distracciones

Es muy importante que ayudes y enseñes a tus hijos a priorizar las actividades que debe desarrollar sin distracciones. Para eso debe saber que la televisión, las redes sociales, el chat con los amigos, el teléfono, las videoconsolas, la piscina, la bicicleta o cualquier otra distracción solo podrán estar disponibles para ellos después de haber realizado los estudios para ese día y que antes estarán todos fuera de su alcance.
Necesitará un lugar adecuado para su estudio. Lo ideal es que sea siempre el mismo espacio: mesa despejada, buena iluminación, temperatura agradable, silla cómoda y postura correcta. Es preferible que no estudie en la cama ni en el sofá, porque cuesta más concentrarse y el cuerpo asocia estos lugares con descanso.
La concentración empieza a decaer a partir de los 30 o 40 minutos de estudio continuado. Por eso es recomendable organizar el tiempo en bloques: por ejemplo, 25-30 minutos de trabajo intenso y 5 minutos de pausa breve para estirarse, beber agua o moverse un poco. Una técnica muy conocida para esto es el método Pomodoro, que alterna periodos cortos de estudio con descansos programados para mantener la atención y evitar la fatiga mental.
En 6º de Primaria pueden comenzar con bloques de 20-30 minutos y, a medida que avancen hacia 1º y 2º de ESO, llegar a bloques de 45-60 minutos, siempre con pausas pequeñas entre ellos. Lo importante es que en cada bloque no haya interrupciones: nada de móvil, multitarea o cambios constantes de asignatura.
Además, es fundamental que entiendan que no se estudia solo leyendo. Es necesario tener papel y bolígrafo en la mano para subrayar, escribir ideas, hacer esquemas, resolver ejercicios o formular preguntas. El estudio pasivo, simplemente mirando el libro, suele generar la sensación de que “me lo sé” y luego se transforma en bloqueos o malos resultados en el examen.
Hazles un seguimiento
Aunque los niños a esta edad tienen la responsabilidad suficiente como para poder estudiar por su cuenta, no siempre tienen la madurez adecuada para organizarse bien o para frenar sus impulsos de hacer otras cosas que les divierten más. Por eso, los padres deben estar involucrados en los estudios de sus hijos: es necesario preguntarles qué han hecho (y comprobarlo) y revisar que todo esté en orden. Un enfoque útil es estar cerca sin crear la sensación de que estás vigilando, acompañando sin sustituir.
Cuando los hijos trabajan en proyectos es imprescindible evitar las críticas personales pero sí se puede pedir su permiso para hacer sugerencias que les ayuden a mejorar. También es útil preguntarles qué piensan ellos mismos acerca de su trabajo, qué creen que han hecho bien y qué pueden mejorar. Este ejercicio les enseña a auto-evaluarse y a ver el error como una oportunidad para aprender.
Para el estudio de un examen puede ser realmente útil ayudar a los hijos de estos cursos escolares pidiéndoles que escriban preguntas y respuestas sobre el temario y detectar posibles problemas de aprendizaje. Después deberán comprobar si realmente sus respuestas estaban en lo cierto. Si han hecho un buen estudio, tendrían que saber contestarlas correctamente sin mirar el libro. También puedes hacerle tú las preguntas, porque puede ser divertido y este método te permite involucrarte en el proceso de aprendizaje de tu hijo y saber exactamente qué es lo que sabe y lo que no sabe.
Otra estrategia muy útil es practicar con exámenes de otros años o simulacros. Hacer pruebas de ejemplo les ayuda a habituarse al tipo de preguntas, a controlar el tiempo y a reducir la ansiedad porque el formato ya les resulta familiar. En materias como matemáticas, gramática o idiomas, este tipo de práctica es especialmente eficaz.
Tu papel no es hacer el trabajo por ellos, sino acompañar, recordar las fechas importantes, animarles a empezar con tiempo y reforzar el esfuerzo. Es normal que a veces protesten o intenten negociar, pero la constancia en tus mensajes y en las normas familiares a la larga les da seguridad.
Organizar el tiempo es la clave del éxito
Una de las maneras más eficaces para que un niño en edad escolar aprenda buenos hábitos de estudio es saber si realmente está utilizando bien su tiempo. En ocasiones tendrá que experimentar las consecuencias de una mala organización (por ejemplo, llegar justo a un examen) para darse cuenta de la importancia de planificar, siempre con tu acompañamiento y sin dramatizar en exceso.
Mediante el desarrollo de una rutina y realizándola (en lugar de quedarse viendo la televisión), tu hijo reconocerá que el aprendizaje y el estudio son posibles si pone de su parte. Aprenderá a distribuir los contenidos por días, a repasar con antelación y a no depender del atracón de la última noche.
Además, tú también tendrás que ser un buen modelo de gestión del tiempo para que aprenda a través de tu ejemplo. Si te ve organizar tu trabajo, respetar tus horarios de descanso y cumplir tus compromisos, entenderá que la planificación no es un castigo, sino una herramienta útil para la vida diaria.
Es importante también cuidar otros aspectos que influyen directamente en el rendimiento académico: una alimentación equilibrada (cinco comidas al día con frutas, verduras, proteínas de calidad, cereales y agua suficiente) y el ejercicio físico regular. El movimiento ayuda a liberar tensiones, mejora el estado de ánimo y favorece la concentración cuando vuelve a sentarse a estudiar.
Respecto a la preparación de los exámenes en sí, puedes animarle a aplicar una secuencia clara de estudio: lectura comprensiva del tema, subrayado de ideas principales, elaboración de esquemas o mapas conceptuales, realización de resúmenes breves y, por último, memorización y repaso activo (preguntas, tarjetas de memoria, explicarle el tema a alguien, etc.). Cada paso le ayuda a procesar mejor la información y a fijarla en la memoria.
Hay técnicas clásicas, como el método Pascal, que se basan precisamente en esta secuencia: una primera lectura rápida para obtener la idea global, una segunda lectura comprensiva con subrayado, resumen o esquema y, después, memorización y repaso. Otros estudiantes funcionan mejor con reglas mnemotécnicas para recordar listas cortas (siglas, acrónimos o pequeñas historias que relacionen conceptos) o con pensamiento visual, utilizando dibujos, pictogramas o mapas mentales que conecten ideas de forma gráfica.
A partir de ahora, con tu ayuda y con su esfuerzo, tu hijo podrá ir desarrollando un método de estudio propio, adaptado a su ritmo y a sus materias. La combinación de una buena planificación, un ambiente sin distracciones, técnicas de estudio variadas y una actitud de acompañamiento respetuoso por parte de la familia hace que los exámenes dejen de ser una amenaza y se conviertan en oportunidades de aprendizaje y superación personal, con muchas más posibilidades de obtener buenos resultados académicos.
