La vida no siempre es de color de rosa y en ocasiones suceden cosas que no nos gustan y que nos producen miedo. Los robos son algo que ocurre habitualmente y los niños no pueden entender por qué otras personas pueden robar algo que no les pertenece. Cuando se pierde una mascota, una amenaza de bomba, cuando entran en casa a robar, cuando se muere un familiar… son situaciones desagradables difíciles de hacer frente, tanto para adultos como para niños.
Las cosas negativas que ocurren, normalmente suelen curarse con el tiempo, pero cuando existe una carga emocional intensa hacia algo, es posible que los niños y los adultos puedan sentir que esa herida sigue un poco abierta. Evitar los temas no ayuda a los hijos. Los niños necesitan hablar y saber qué ocurre, por qué ha ocurrido y qué pasará después. Hay cosas que en la vida pueden dar miedo, pero tus hijos necesitan que seas tú quien les hable sobre esas cosas, para que el miedo no crezca en silencio ni se convierta en ansiedad.
Además de los sucesos puntuales (robos, accidentes, enfermedades), los niños pasan por miedos evolutivos normales: a la oscuridad, a separarse de sus padres, a los monstruos, a los exámenes, a no encajar con sus amigos, etc. Entender qué miedos son esperables en cada etapa y cómo acompañarlos es clave para su desarrollo emocional y para su calidad de vida. Si no sabes cómo hacerlo, sigue los siguientes consejos y orientaciones.
Enfréntate a tus propios sentimientos primero

No puedes hablar con tus hijos para tranquilizarles de algo cuando te está afectando emocionalmente mucho. Eso les generaría más intranquilidad. Debes mantener la calma para que tu hijo pueda sentirla y que no se asuste más de la cuenta. Esto no quita que si alguna vez te tiene que ver llorando no lo haga. Las personas tenemos sentimientos y si algo nos afecta, debemos llorar para sentirnos mejor. No es malo que tu hijo lo vea, siempre que lo acompañes con explicaciones que le den seguridad.
Cuando hablamos de controlar tus sentimientos primero, nos referimos a que deberás regular tu miedo, tu rabia o tu angustia antes de sentarte a hablar con tu hijo. Puedes desahogarte con otro adulto, respirar profundamente, escribir lo que sientes o buscar apoyo profesional. Después, intenta tener presente que deberás escoger un lenguaje acorde a la edad de tu hijo para que pueda entender lo que le estás explicando, sin darle más detalles de los necesarios.
Recuerda también que muchos padres tienen sus propios miedos relacionados con la crianza: temor a equivocarse, a no saber manejar una crisis, a que les pase algo a sus hijos. Es normal que como madre o padre también tengas miedo, pero trabajar la estabilidad emocional te ayudará a gestionarlo para no transmitírselo de forma descontrolada. Hablar con otras familias, leer sobre desarrollo emocional o pedir ayuda profesional puede reducir tu ansiedad y permitirte estar más presente para tus hijos.

No hay reglas fijas, pero sí una prioridad: transmitir calma

No existen reglas específicas e iguales para todas las familias sobre cómo debes informar a tu hijo de lo que está sucediendo en un momento determinado, o cómo debes explicar una tragedia cuando ha sucedido. Sin embargo, sí hay principios generales que pueden guiarte: honestidad, sencillez, calma y mucho respeto por el ritmo del niño.
Puedes valorar primero las emociones que tú sientes en cuanto a lo ocurrido y, una vez más tranquila, hablar con ellos durante el día acerca de lo que ha ocurrido. No esperes a que se enteren por otros; si no hablas con tus hijos, ellos podrían escuchar versiones diferentes de amigos, adultos o medios que les hagan sentirse confundidos y no entender bien qué está pasando.
Los niños siguen el ejemplo de sus padres y si te ven nerviosa o con mucha inquietud, esa misma sensación la experimentarán ellos, pudiendo llegar a sentir miedo intenso. Por eso conviene que cuides también lo que se ve y se oye en casa: discusiones constantes, noticias en bucle sobre tragedias, comentarios catastrofistas, etc., pueden aumentar innecesariamente su ansiedad.
En situaciones especialmente delicadas (una muerte, un accidente grave, una separación), intenta elegir un momento tranquilo y un lugar seguro para hablar, sin prisas ni interrupciones. Procura que tu hijo sienta que estás disponible para escuchar cualquier duda, ahora y más adelante, y que no es una conversación de “una sola vez”.

Responde a sus preguntas con sinceridad y sin alarmismo
Es probable que los niños hagan preguntas acerca de las cosas que no entienden de lo que ha pasado, pero los adultos no siempre tienen las respuestas. Esto puede llevarte a ofrecer hipótesis o teorías sobre lo que ha ocurrido, y eso no es malo si lo haces con cuidado. Puedes decirle que no tienes todas las respuestas, pero que tienes una idea general sobre lo que ha pasado, dejando claro qué es un dato y qué es una suposición.
Debes resistir la idea de dar opiniones demasiado subjetivas, culpabilizar a personas o grupos o transmitir mensajes de odio. Es mejor ceñirte a los hechos y explicar lo que ha ocurrido de una manera que tu hijo pueda entender, acorde a la edad que tenga. También es importante no burlarte de sus dudas, por muy “raras” que te parezcan; cualquier pregunta es una oportunidad para aclarar sus miedos.
Los niños no necesitan ver imágenes, ni vídeos ni nada que pueda perturbar su tranquilidad. De hecho, es recomendable limitar la exposición mediática cuando algo ocurre, puesto que en las noticias suelen retransmitir la última hora todo el tiempo y con imágenes impactantes que pueden reforzar el miedo. Puedes ver tú las noticias y luego filtrar y resumir lo importante con un lenguaje adaptado a tu hijo.
Los niños necesitan saber qué ha pasado, dónde y cuándo, y quiénes se están ocupando de la situación. Deberás ser honesta y sincera en lo que le expliques y en sus preguntas. Si ha ocurrido una tragedia mortal y han muerto personas y otras están heridas, debes decirle la verdad usando expresiones que pueda comprender. Las mentiras no te llevarán a ninguna parte y si tu hijo descubre la verdad y que tú no has sido sincera, le costará confiar en ti y en tus argumentos.
Transmite calma, seguridad y recursos
Desafortunadamente los padres no podemos proteger a nuestros hijos de todas las posibles amenazas que ocurren en el mundo, pero sí podemos aumentar su sensación de seguridad hablando sobre lo que ocurre, transmitiéndoles valores y ayudándoles a entender que hay que tener cuidado sin vivir paralizados por el miedo.
Debes hablarle sobre las cosas que suceden en vuestro pueblo o en la ciudad, sobre todo cuando son temas que se comentan en la calle o en las noticias. Es útil explicarle que, aunque ocurran cosas negativas, también hay personas y recursos que trabajan para cuidar a los demás: policía, bomberos, médicos, enfermeras, profesores, familiares, vecinos, etc.
Dile a tu hijo que si alguna vez tiene miedo deberá acudir a un adulto de confianza y que siempre hay alguien dispuesto a ayudar. Como sociedad tendemos a ayudarnos y a protegernos unos a otros, pero también es cierto que existen personas que pueden hacer daño y de las que conviene desconfiar. Explícaselo con calma, sin generar pánico, resaltando que la mayoría de las personas son respetuosas y que es posible aprender a protegerse sin dejar de vivir.
Hablar de “planes de seguridad” (qué hacer si se pierde, a quién llamar, cómo pedir ayuda) puede disminuir el miedo porque le das herramientas concretas. La clave es transmitirle la confianza de que siempre se puede buscar una solución y pedir ayuda incluso en los momentos más difíciles.

Escucha sus miedos y valídalos
Es necesario que prestes atención a las palabras de tus hijos, a sus miedos y a sus silencios. No le quites importancia a sus emociones ni le digas frases como: “eso son tonterías” o “no tienes por qué tener miedo”. En lugar de eso, demuestra que comprendes que ese miedo es real para él, aunque a ti no te lo parezca.
No intentes disipar sus miedos prometiendo que “todo va a salir bien” de forma vacía. La realidad es que cuando algo malo sucede nos recuerda que todos somos vulnerables en algún momento, y debes hacerle sentir a tu hijo que sentir miedo o estar asustado es algo totalmente normal. Validar es decirle: “entiendo que te asustes, tiene sentido que te sientas así”.
Puedes ayudarle a poner en palabras lo que siente: “parece que tu corazón va muy rápido”, “veo que te cuesta respirar”, “creo que estás preocupado por…”. Pregunta a tu hijo acerca de sus miedos para poder trabajarlos y darle la calma y la seguridad que necesita. Hablar del miedo no lo hace más grande; al contrario, ponerle nombre suele reducirlo.
En algunos casos, los niños pueden tener dificultades para explicar lo que les asusta. En esos momentos es útil usar dibujos, cuentos y juegos para que representen sus temores. Deja que dibuje lo que le da miedo, inventad juntos una historia en la que el personaje afronta ese temor o utilizad muñecos para representar la situación. Estas vías indirectas facilitan la expresión emocional sin forzarle.
La mayoría de las personas son buenas: fomenta una mirada equilibrada del mundo
Aunque es cierto que en el mundo existen personas que hacen daño, la realidad es que la mayoría de las personas son buenas. Las personas intentan ayudar para mitigar el dolor, colaboran en emergencias, cuidan de otros y construyen cosas positivas cada día.
Debes recordarle a tus hijos que hay muchas personas maravillosas en el mundo y que no es necesario desconfiar de todos porque alguna vez haya pasado algo malo. Es necesario ser precavido, pero sin llegar a obsesionarse. Los niños deben sentirse seguros en este mundo y seguir siendo niños, jugando, explorando y aprendiendo.
Para equilibrar la visión del mundo, cuando habléis de algo negativo, intenta también señalar ejemplos de solidaridad y valentía: personas que ayudaron, profesionales que acudieron, vecinos que se apoyaron. Esto le enseña que, incluso en los momentos difíciles, existe cuidado y esperanza.
¿De qué manera hablas con tus hijos aquellas cosas que les pueden dar miedo como las tragedias, robos o accidentes? Pararte a reflexionar sobre tu estilo de comunicación te ayudará a ajustar lo que haga falta para acompañar mejor a tus hijos.

Miedos evolutivos según la edad: qué suele asustar a los niños
Las cosas que atemorizan a los niños cambian a medida que crecen. Algunos miedos son propios de determinadas etapas del desarrollo y suelen ir desapareciendo con el tiempo si se acompañan bien.
En los bebés pequeños aparece la ansiedad ante los desconocidos: cuando tienen alrededor de 8 o 9 meses, reconocen los rostros familiares y las caras nuevas pueden provocarles miedo, aunque sean personas cercanas. Pueden llorar o aferrarse a uno de los padres para sentirse seguros.
Entre los 10 meses y los 3 años es habitual la ansiedad de separación. Muchos niños pequeños comienzan a tener miedo de estar separados de sus padres, no quieren que los dejen en la guardería o en la cama a la hora de dormir. Puede que lloren, se aferren y traten de mantenerse cerca.
Entre los 4 y 6 años les asustan cosas irreales. Ya pueden imaginar y fingir, pero no siempre diferencian bien lo real de lo inventado. Los monstruos, lo que hay debajo de la cama, la oscuridad o los ruidos fuertes (truenos, fuegos artificiales) son miedos comunes.
A partir de los 7 años, los niños distinguen mejor entre fantasía y realidad y empiezan a temer cosas que pueden ocurrir en la vida real: que una persona mala les haga daño, accidentes, desastres naturales, violencia o noticias preocupantes. También pueden aparecer preocupaciones por la separación de la familia o la pérdida de seres queridos.
En la preadolescencia y adolescencia los miedos suelen ser más sociales: miedo al ridículo, a no encajar, a ser juzgados o acosados, a hablar en público, a los resultados académicos, a su aspecto físico, así como a problemas globales (injusticias, medio ambiente, conflictos). Si existe timidez o introversión infantil, acompañar estas preocupaciones con escucha y estrategias concretas de afrontamiento es fundamental.
Cómo actuar ante un niño que tiene miedo
Para poder ayudar a nuestros hijos a combatir los miedos, hay unos comportamientos básicos que son importantes a tener en cuenta:
- Vive la situación con normalidad y sin mostrar preocupación excesiva o angustia ante él. El niño interioriza tus reacciones; unos padres muy alarmados pueden aumentar su tensión.
- No fuerces al niño de forma brusca en aquellas conductas que le suponen miedo o angustia. Es mejor un afrontamiento gradual y acompañado.
- Distingue entre miedos necesarios y evitables. Ir al colegio o al médico son actividades que no se pueden suprimir, pero se pueden acompañar. En cambio, otros miedos (como a ciertos juegos o actividades poco relevantes) permiten más flexibilidad.
- Evita ridiculizar al niño por sus miedos ante sus compañeros o familiares. No te rías de él ni lo castigues por tener miedo. La atención debe dirigirse a las posibles soluciones, no a consecuencias punitivas.
- Controla el contenido al que se expone: evita películas, juegos o actividades con violencia o terror y pide a las personas de su entorno que no utilicen mensajes amenazadores.
- Usa el modelado: uno de los padres puede realizar la conducta temida demostrando que no pasa nada (entrar a un cuarto oscuro, acercarse a un perro tranquilo, subir a un ascensor) para ofrecer un modelo de afrontamiento.
Cuando los miedos son muy intensos y alteran significativamente el funcionamiento del niño en su entorno familiar, escolar o social, podemos estar ante trastornos como fobias específicas o trastornos de ansiedad. En estos casos conviene consultar con un profesional de la salud mental infantil.

Claves prácticas para ayudar a los niños a superar sus miedos
Además de hablar con sinceridad y transmitir calma, hay estrategias concretas que puedes aplicar para ayudar a tu hijo a manejar el miedo de manera saludable.
- Hablar de los miedos con naturalidad: permite que se exprese y que intente comprender qué es el miedo. Al hablar de sus emociones, los niños normalizan lo que sienten y se tranquilizan.
- Comprender en lugar de juzgar: presta atención a lo que te cuenta, sin minimizarlo. Solo así sabrás qué necesita y cómo puedes ayudarle a sentirse mejor.
- No usar el miedo como herramienta educativa: amenazar con castigos o peligros (“si no comes, te pincharán”, “si no recoges, vendrá el hombre del saco”) solo añade nuevos miedos y genera desconfianza.
- Favorecer su autonomía: cuando el niño confía en sí mismo y siente que puede hacer cosas por sí solo, sus miedos van disminuyendo. Evita la sobreprotección excesiva.
- Estar disponible y animar: para los más pequeños es esencial saber que los entiendes y apoyas. Valora sus pequeños logros relacionados con sus miedos (“hoy has dormido con la luz un poco más baja”).
- Tener paciencia: no presiones para que supere cuanto antes sus miedos. Cada niño tiene su tiempo. Tu presencia constante es una gran herramienta.
- Practicar relajación y respiración: enseñar a respirar profundo, imaginar lugares seguros o escuchar música tranquila ayuda a reducir la activación física del miedo.
- Utilizar cuentos y libros infantiles: construir historias donde el niño es protagonista, dibujar sus miedos o jugar a representarlos permite que los elabore y los vea de otra manera.

¿Afrontar o evitar el miedo? La importancia de la exposición gradual
A veces tendrás que elegir entre ayudar a tu hijo a evitar lo que teme o animarle a afrontarlo poco a poco. Como regla general, conviene no reforzar la evitación total porque, con el tiempo, el miedo puede hacerse más grande y convertirse en fobia. Pero tampoco es recomendable forzar un afrontamiento brusco si el niño no está preparado.
En el caso de los miedos evolutivos, aunque la mayoría se superan con el tiempo, podéis inspiraros en las pautas que se usan en terapia para las fobias: exposición progresiva, en un entorno seguro y con apoyo emocional. Se trata de dividir el miedo en pasos pequeños, ordenados de menor a mayor dificultad, e ir avanzando cuando el niño se siente preparado.
Antes de empezar, ayuda a tu hijo a identificar los pensamientos catastróficos que alimentan su miedo (“si voy al médico me va a doler muchísimo”, “si mamá sale, seguro tendrá un accidente”) y a cuestionarlos con evidencias (“otras veces has ido y no ha pasado eso”, “mamá siempre vuelve”). Puedes convertirlo en un “detective de pensamientos” buscando pruebas a favor y en contra de esas ideas.
También es útil hacer juntos una lista de situaciones que le producen miedo y graduarlas de menos a más intensas. Empezaréis por las más sencillas y, poco a poco, iréis acercándoos a las más difíciles, reforzando cada avance con elogios y muestras de orgullo.

Ejemplos concretos: miedo a la oscuridad, al médico o a los monstruos
Algunos miedos infantiles son tan frecuentes que merece la pena ver ejemplos de cómo acompañarlos en casa.
Miedo a la oscuridad: puedes usar una luz de noche para evitar que la habitación quede totalmente a oscuras (dormitorios pensados para dormir y jugar) y acompañarle al inicio hasta que se quede dormido. Con el tiempo, reduce poco a poco la intensidad de la luz o el tiempo que te quedas a su lado. También podéis revisar juntos que no hay nada peligroso en la habitación (debajo de la cama, en el armario) para que compruebe por sí mismo que está a salvo.
Miedo a médicos, inyecciones o dentistas: podéis jugar en casa a “ir al médico”, tumbarle en el sofá y simular una revisión. Ver, tocar y manipular herramientas parecidas (de juguete) reduce la ansiedad porque disminuye lo desconocido. Para las inyecciones, puedes imitar el ritual con una goma, algodón y alcohol, explicando cada paso. No prometas que “no va a doler nada” si no es cierto; es mejor decir que puede doler un poco, pero que será rápido y que tú estarás ahí.
Miedo a monstruos o seres imaginarios: crear un “spray anti monstruos” con agua en un pulverizador decorado y permitirle usarlo cuando tenga miedo puede darle sensación de control. Muchas veces basta con tenerlo junto a la cama. También podéis inventar un conjuro o canción que “protege” la habitación, de modo que el niño sienta que tiene recursos para calmarse.
En todos estos casos, lo más importante no es el truco en sí, sino que el niño perciba que no está solo frente al miedo, que tú confías en su capacidad para enfrentarlo y que puedes acompañarle paso a paso.

Acompañar los miedos de los hijos no significa eliminar todo lo que les asusta, sino ayudarles a comprender lo que sienten, darles información clara y honesta, ofrecerles tu calma y enseñarles estrategias para que poco a poco afronten sus temores. Con escucha, paciencia y presencia, los miedos se transforman en oportunidades para fortalecer su autoestima, su autonomía y el vínculo de confianza que os une.


