A veces no es sencillo convencer o motivar a los hijos para que hagan cosas en casa o las tareas de la escuela, y a menudo existe una falta de motivación en los niños, pero el problema está en eso: se le intenta convencer a que haga algo y él se siente obligado a hacerlo. Los niños (al igual que los adultos) para poder hacer las cosas bien necesitan motivación suficiente para que les salga de dentro hacerlo. Por eso convencer a los hijos a que hagan cosas puede ser todo un reto y a que dejen de hacer otras cosas que quieren seguir haciendo puede ser aún más complicado todavía.
Pero si quieres que tus hijos mejoren su comportamiento y que empiecen a hacer las cosas que hasta hoy te cuesta mucho convencer de que hagan, es importante que entiendas cómo funciona su motivación, qué papel tiene el ambiente de estudio, cómo influyen tus expectativas y de qué forma puedes ayudar sin hacerles las tareas. Cosas tan necesarias como lavarse los dientes, sacar la basura, hacer los deberes u otras responsabilidades, dejarán de ser un motivo de conflicto si aplicas una combinación de disciplina positiva, organización y apoyo respetuoso para implicar a los niños en las tareas domésticas.
De este modo, podrás acompañar a tus hijos tanto en las responsabilidades del hogar como en las tareas escolares, fomentando su autonomía y reduciendo las discusiones diarias.
Las recompensas o los sobornos no suelen ser una buena opción a largo plazo

Las recompensas
Parecen lo mismo que los sobornos pero hay que diferenciarlos. De primeras puede que pienses que las recompensas son muy importantes para que los niños puedan realizar las tareas que se les encomiendan de buena gana y que poco a poco creen el hábito de hacerlo sin necesidad de recompensarles. Bien utilizadas, las recompensas pueden servir como refuerzo puntual mientras se consolida un hábito (por ejemplo, usar una tabla semanal para valorar el esfuerzo). Sin embargo, si se abusa de ellas, el niño puede centrarse solo en el premio y perder el interés por la tarea en sí.
Los niños pueden desarrollar comportamientos muy dependientes de las recompensas y, por tanto, no realizarán el comportamiento deseado si las recompensas se acaban o se reducen. Es tan fácil como entender que en tu trabajo (de adulto) dejasen de pagarte por hacer tus tareas laborales: ¿irías a trabajar gratis con la misma implicación? La diferencia es que en la familia queremos que los niños también encuentren motivación interna, no solo externa.
Por tanto, las recompensas puntuales pueden estar presentes, pero es fundamental que vayan ligadas al esfuerzo, a la constancia y a la responsabilidad, y que no sustituyan a la satisfacción personal por un trabajo bien hecho. En lugar de entregar premios materiales constantes, es preferible utilizar elogios específicos, reconocimiento verbal y privilegios razonables (elegir un juego en familia, por ejemplo) como consecuencia de su implicación.

Los sobornos
El uso de sobornos es similar al de las recompensas, pero con matices importantes: suelen utilizarse en momentos de tensión, a cambio de que el niño deje de hacer algo que nos incomoda. Por ejemplo, cuando quieres que tu hijo deje de tener una rabieta en mitad del supermercado y le ofreces un dulce a cambio, estás sobornando. A corto plazo puede parecer eficaz porque la conducta indeseada se detiene, pero no va a formar el carácter de tu hijo ni le ayudará a entender que debe tener la habitación ordenada, que los deberes son su responsabilidad o que lavarse los dientes es parte de cuidar de su salud.
Además, el soborno transmite el mensaje implícito de que solo merece la pena esforzarse si recibo algo inmediato a cambio. Esto es especialmente peligroso en el ámbito de las tareas escolares: si cada vez que hace los deberes recibe un premio, en cuanto desaparezca el premio desaparecerá también su disposición a estudiar. Por eso es mejor reservar los incentivos materiales para logros concretos y puntuales, y no convertirlos en la base de la motivación diaria.
¿Qué se debe hacer para motivar de forma saludable?

Es necesario que para que tu hijo se sienta motivado para hacer las cosas, se sienta bien por dentro. Por eso se deberá crear el ambiente adecuado para que sienta la satisfacción por haber aprendido una nueva habilidad y por el trabajo bien hecho. Es importante que sienta la felicidad al hacer las cosas y no solo al llegar al resultado, es decir, que disfrute del proceso de aprender y lograr metas.
Cuando un niño aprende una nueva habilidad, como jugar a la peonza, montar en bicicleta o resolver un problema de matemáticas, puede sentirse muy bien por haberlo conseguido y tendrá ganas de repetirlo. La sensación de dominio y de haber desarrollado una nueva competencia es lo que resulta más motivador. Para que esto ocurra:
- Ayúdale a fijarse metas pequeñas (terminar una ficha, recoger una parte de la habitación, leer unas páginas) para que pueda experimentar muchos pequeños éxitos.
- Elogia el proceso y el esfuerzo, no solo la nota o el resultado final: “Has sido muy constante con los problemas de matemáticas”, “me he dado cuenta de que hoy te has organizado mejor”.
- Conecta la tarea con algo significativo para él: por ejemplo, explicar que aprender a leer le permitirá disfrutar de sus cómics favoritos sin ayuda.
En el ámbito escolar, los investigadores han observado que ciertas pautas de estudio aumentan la motivación y la eficacia. Algunas de ellas son muy sencillas y se pueden aplicar en casa:
- Tomar apuntes a mano ayuda a retener mejor la información, incluso aunque el niño esté acostumbrado a las pantallas.
- Leer los textos con calma, en voz alta o en voz baja, mejora la comprensión y la concentración antes de ponerse con los ejercicios.
- Realizar pausas breves cada cierto tiempo (por ejemplo, 5 minutos cada 20 o 30 de estudio) evita la fatiga y mantiene la atención.
- Alternar asignaturas o tipos de tarea (algo de matemáticas, luego lengua, después volver a matemáticas) reactiva el interés y evita el aburrimiento prolongado con un mismo contenido.
Estas pautas se pueden incorporar al tiempo de estudio en casa como parte de la rutina, sin convertirlas en una exigencia rígida pero sí en un hábito constante.
Acepta sus imperfecciones y sus ritmos

La mayoría de los niños pequeños disfrutan de hacer las tareas si no se las imponen y, sobre todo, si no les presionas para que las hagan perfecto o muy rápido. Es muy triste ver a niños de apenas 3 años perder el amor o las ganas de hacer algo por miedo a la reacción de sus padres. A veces, un niño que quiere aprender a vestirse por sí mismo puede desistir cuando sus padres son demasiado exigentes o siempre tienen prisa. Si cada vez que el niño intenta hacer algo solo se le corrige con dureza o se le quita de en medio para ir más rápido, no verá la oportunidad de practicar y mejorar.
El niño necesita tiempo y paciencia por parte de los padres para aprender nuevas habilidades. Esto también se aplica a los deberes: en lugar de esperar que desde el primer curso de Primaria sea completamente autónomo, es mucho más realista acompañarle, explicarle cómo organizarse y permitirle ir ganando independencia a su ritmo. Las expectativas realistas y aceptar las imperfecciones de tus hijos son clave para que no se sienta desbordado ni etiquetado como “vago” o “despistado”.
También es importante actualizar tus expectativas con el tiempo. A medida que tu hijo crece, cambian sus intereses, sus capacidades y también la dificultad de las tareas. Hablar con él sobre qué materias se le dan mejor, cuáles le cuestan más y qué metas puede proponerse para cada una, le ayudará a sentirse parte activa de su propio aprendizaje.
En las tareas que sí les gusta hacer…

Si quieres que tus hijos se sientan motivados para realizar las tareas deberás asegurarte de que alabas su esfuerzo más que el resultado final y que, si necesita ayuda, se la prestes. Pero no lo hagas por él solo porque tienes prisa o porque se te está agotando la paciencia. Cada vez que haces la tarea en su lugar, le quitas una oportunidad de aprender y le envías el mensaje de que no confías en que pueda conseguirlo.
Además, si en casa hay tareas que a tu hijo le gusta realizar, ¿por qué hacer que haga solo lo que no le gusta? Si quiere sacar la basura, fregar los platos o ayudar a poner la mesa y tiene la edad suficiente para hacerlo con seguridad, deja que lo haga, siguiendo pautas sobre tareas domésticas según la edad. Sentirse útil y partícipe de la vida familiar aumenta mucho la autoestima infantil y es un excelente entrenamiento para responsabilidades más complejas, como las tareas escolares.
En el ámbito de los estudios, también es buena idea aprovechar aquello que ya le motiva. Si le gusta dibujar, puede hacer esquemas visuales; si le encantan las historias, puede inventar ejemplos o cuentos que le ayuden a recordar conceptos. Estas pequeñas adaptaciones convierten la obligación en algo más cercano a sus intereses, lo que aumenta su implicación.
En las tareas que no les gusta hacer…

Si hay tareas en el hogar o deberes escolares que a tus hijos no les gusta realizar, tendrás que pensar con creatividad para hacer que esas tareas les resulten más atractivas y que puedan hacerlas de buena gana; por ejemplo, puedes consultar ideas sobre qué puedes hacer para que tus hijos se impliquen en las tareas domésticas. Por ejemplo, si a tu hijo no le gusta hacer la cama, puedes proponer una pequeña competición amistosa para ver quién la hace antes, o utilizar un temporizador para convertirlo en un reto de “a ver si hoy superamos el tiempo de ayer”.
También será buena idea ofrecer alternativas. Puedes plantear dos tareas necesarias (aunque no le agraden demasiado) y dejar que elija cuál hará primero: “Hoy hay que sacar la basura y recoger la mesa, tú eliges con cuál empiezas”. Al ser él quien escoge, sentirá más control y le costará menos hacerla. Otra idea es ofrecer opciones de tiempo: por ejemplo, si tiene que sacar la basura, puede decidir hacerlo antes o después de la cena; si tiene que lavarse los dientes, puede hacerlo antes o después del baño.
Estas estrategias también funcionan con las tareas escolares:
- Permite que elija el orden de los deberes (primero matemáticas y luego lengua, o al revés), siempre dentro del horario establecido.
- Establece objetivos pequeños y medibles, como completar diez ejercicios en quince minutos, y anímale a valorar por sí mismo si lo ha logrado.
- Introduce pequeños incentivos no materiales, como elegir el cuento de antes de dormir o el juego familiar cuando haya cumplido el tiempo de estudio acordado sin protestas excesivas.
En algunos casos puede ayudar diseñar, junto al niño, un sencillo sistema de puntos o pegatinas para registrar los días que ha cumplido con sus tareas o deberes con buena actitud. Es importante que este sistema sea claro, que las metas sean realistas y que la recompensa final esté vinculada al esfuerzo continuado (por ejemplo, realizar una actividad especial en familia después de varias semanas de constancia).
El papel del entorno de estudio y la organización

Para que un niño se motive a hacer sus tareas escolares no basta con buena voluntad; necesita un entorno que facilite la concentración y la autonomía. Igual que para las tareas del hogar asignamos lugares concretos (el cesto de la ropa sucia, el cubo de la basura), para los deberes es muy útil crear una estructura clara.
- Es recomendable establecer un lugar fijo para estudiar, tranquilo, bien iluminado y libre de distracciones excesivas (televisión, móviles, juguetes ruidosos). Puede ser su escritorio, una mesa en el salón o un rincón preparado para ello.
- Conviene que todo el material necesario esté a mano: lápices, goma, sacapuntas, papel, reglas, diccionario, calculadora si la necesita, etc. Así se evitan interrupciones constantes para ir a buscar cosas.
- Un buen hábito es hacer los deberes siempre a la misma hora, como si fuera una actividad más de la rutina diaria. Tras merendar y descansar un poco suele ser un buen momento, porque todavía no está demasiado cansado.
La organización del tiempo también es parte de la motivación. Ayuda a tu hijo a distribuirse la tarde, teniendo en cuenta las actividades extraescolares, el juego y el descanso. Planificar con él qué hará primero, cuánto tiempo dedicará a cada cosa y cuándo tendrá sus ratos libres le hace sentir que controla su día y reduce la sensación de imposición constante.
Para los niños mayores puede ser muy útil enseñarles a usar bien la agenda escolar: anotar los deberes, las fechas de exámenes, los trabajos a largo plazo y revisarlo juntos al comienzo de la semana. Así aprenderán a anticipar y a evitar que todo se acumule la víspera de un examen.
Evita las luchas de poder
El miedo, las luchas de poder o la mano dura nunca serán buenas opciones para motivar a los niños; si crees que presionas demasiado a tus hijos, revisa tu estrategia. Que un niño haga algo por miedo a las consecuencias no es una forma adecuada de motivarle, ya que solo conseguirás que, en cuanto vea que puede librarse de esas consecuencias, deje de realizar la conducta deseada. Las luchas de poder suelen terminar en gritos, amenazas y palabras de las que después te arrepientes y que dañan el vínculo con tu hijo.
A nadie le gusta sentirse controlado, y mucho menos a los niños y adolescentes. Ellos necesitan explorar su mundo y aprender qué comportamientos son adecuados, pero sin presiones ni humillaciones. Desde la disciplina positiva se consiguen grandes resultados: se ponen límites claros, se explica el porqué de las normas y se buscan soluciones conjuntas a los problemas cotidianos, en lugar de castigos desproporcionados.
En el ámbito de las tareas y deberes, esto implica:
- Hablar con calma sobre lo que esperas de él y lo que el colegio exige, dejando espacio a que exprese sus quejas y emociones.
- Escuchar de verdad qué le cuesta más, qué le aburre, qué le preocupa, sin ridiculizar ni minimizar sus sensaciones.
- Buscar acuerdos razonables sobre horarios, descansos, orden de tareas y uso de pantallas, manteniendo el límite de que los deberes son su responsabilidad.
Al mismo tiempo, es importante recordar que la tarea es un asunto que corresponde principalmente al niño, aunque tú ofrezcas apoyo. Su lápiz es el que debe moverse, su mente la que aprende y su boletín de notas es el reflejo de su trabajo. Tu función es ofrecer estructura, acompañamiento y ejemplo, no hacer el trabajo por él ni convertir cada tarde en una batalla.
Y por supuesto, no puedes olvidar que si quieres motivar a tus hijos en hacer las cosas, deberás ser el mejor ejemplo y modelo a seguir. Si ellos ven que tú pospones continuamente tus obligaciones, te quejas sin parar o te desentiendes de tus responsabilidades, será difícil que adopten una actitud distinta. En cambio, si observan que te organizas, cumples tus tareas y mantienes una actitud razonablemente positiva ante el trabajo, aprenderán de tu ejemplo más que de cualquier discurso.
Cuando combinas un ambiente organizado, expectativas realistas, disciplina positiva y una presencia cercana pero no invasiva, las tareas del hogar y los deberes escolares dejan de ser una guerra diaria para convertirse en una oportunidad de crecimiento, responsabilidad y conexión con tus hijos.