Los niños desarrollan el sentido del gusto a medida que los adultos incrementamos el número y la variedad de los alimentos que forman parte de su dieta. Es muy importante que le ofrezcamos al pequeño todo tipo de alimentos para que pruebe y elija los que más le gustan, respetando su ritmo y creando un entorno relajado.
Teniendo en cuenta que el sentido de la vista influye considerablemente en la selección de los alimentos, es bueno que el niño aprenda a identificar y a disfrutar la comida a través del gusto, reforzando la percepción olfativa y la textura con pequeñas comparaciones.
Esto se puede lograr con divertidos juegos como por ejemplo, disponer sobre una mesa mantequilla de cacahuete, gajos de naranja, papas fritas y chocolate amargo. Cubrimos los ojos del niño y le pedimos que pruebe los diferentes alimentos para posteriormente adivinar su nombre. No debemos olvidar recordarle al pequeño las palabras que necesita para describir los sabores: salado, dulce, amargo, ácido, etc. Probando los alimentos, el niño también conseguirá entender el significado de estas palabras. tudiscoverykids.
Qué es el gusto y cómo funciona

El gusto es la capacidad de percibir los sabores mediante las papilas gustativas, que se encuentran principalmente en la lengua, aunque también existen en el paladar, la faringe y la laringe. Al disolverse sustancias químicas de los alimentos en la saliva, los receptores transforman esa información en impulsos nerviosos que viajan por los nervios gustativos hasta el cerebro, donde se integra la señal y se decide si algo nos agrada o no.
La lengua está cubierta por diferentes tipos de papilas (filiformes, fungiformes, circunvaladas y foliadas). Todas las zonas de la lengua pueden detectar todos los sabores básicos, aunque la sensibilidad puede variar ligeramente; lo importante es que el procesamiento final depende del cerebro, que además regula la preferencia y contribuye a una alimentación más equilibrada. En esta detección intervienen receptores específicos para dulce y umami y una familia amplia de receptores para lo amargo, lo que explica algunas sensibilidades individuales.
Sabores básicos: dulce, salado, ácido, amargo y umami
Clásicamente se describen cuatro sabores básicos: dulce, salado, ácido y amargo. A ellos se suma umami, un sabor asociado a compuestos como el glutamato y nucleótidos, que se percibe como intenso y agradable. Algunos ejemplos ricos en umami son el tomate maduro, el queso parmesano, las anchoas o el jamón. El amargo suele generar rechazo inicial en la infancia, mientras que lo dulce es tempranamente preferido, un factor en la obesidad infantil.
Para ayudar a los niños a describir lo que sienten, conviene ampliar su vocabulario gustativo con matices como astringente, picante (sensación trigeminal), cremoso o crujiente, reforzando la relación entre sabor, olor y textura. También es útil comparar alimentos similares (cítricos, tipos de manzana, panes) para afinar la identificación.
Cómo se desarrolla el gusto en bebés y niños
El sistema gustativo es innato y se afina con la experiencia. Durante la gestación el bebé ya recibe información química del entorno intrauterino y, tras el nacimiento, la lactancia expone a múltiples matices. En los primeros meses se distinguen bien dulce, ácido y amargo, y más adelante se identifican con claridad los sabores salados. La preferencia por lo dulce y lo denso en energía tiene una base evolutiva y genética, pero la experiencia cotidiana con los alimentos modula de forma decisiva esas inclinaciones.
La dieta materna modula el sabor del líquido amniótico y de la leche; por eso, la exposición temprana a aromas variados favorece una mayor aceptación posterior. Experimentos con soluciones dulces o ácidas muestran respuestas diferenciales en bebés, lo que confirma esa predisposición, sin que sea necesario reproducir estas pruebas en casa.
Ante rechazos iniciales (neofobia alimentaria), la evidencia sugiere que la exposición repetida funciona: pueden ser necesarias entre 15 y 21 presentaciones de un alimento para lograr aceptación, siempre sin obligar a comer y en un ambiente tranquilo y lúdico. También influye el modelado familiar: los niños aceptan mejor lo que ven comer a sus referentes, y conviene introducir un alimento nuevo a la vez para centrar la atención sensorial.
Hitos orientativos: desde el nacimiento hay marcada inclinación por lo dulce; alrededor de los 8-10 meses gana presencia lo salado; hasta el año, lo ácido y amargo pueden generar rechazo moderado; entre 18 y 24 meses se afirman preferencias y puede aparecer una fase de neofobia que suele ser transitoria. Permitir que el niño toque, huela y manipule la comida (aunque se ensucie) facilita la aceptación.

Gusto, olfato y otros sentidos: una experiencia multisensorial
El sabor que percibimos depende en gran medida del olfato. Si la nariz está congestionada o el olfato disminuye, la experiencia gustativa se empobrece y cuesta distinguir alimentos que, siendo dulces, deberían resultar fácilmente reconocibles. La textura (tacto oral), la temperatura y hasta el sonido al masticar aportan información clave.
Además de los cinco sentidos clásicos, el desarrollo infantil se apoya en sistemas como la propiocepción (posición y fuerza de músculos y articulaciones) y el vestibular (equilibrio y movimiento). Un perfil sensorial bien integrado favorece la disposición a probar nuevas comidas, a tolerar texturas y a disfrutar la mesa; ejercicios como frascos de olores o caminos de texturas complementan el trabajo con el gusto.
Juegos y actividades para estimular el gusto en casa
- Cata a ciegas guiada: la propuesta original de mantequilla de cacahuete, gajos de naranja, papas fritas y chocolate amargo funciona muy bien. Añade agua entre pruebas para limpiar boca y recuerda pedir palabras como dulce, salado, amargo, ácido y umami.
- Olor o sabor: ofrece pequeñas porciones con los ojos tapados para que identifique primero por olor y luego por gusto, comprobando cómo cambia la percepción.
- Clasifica y agrupa: reúne alimentos de sabores parecidos (por ejemplo, distintos cítricos) y que el niño explique en qué se parecen y en qué se diferencian.
- Texturas y temperaturas: compara crujiente vs. blando, templado vs. frío, fomentando un lenguaje sensorial rico y respetando el ritmo del niño.
- Desafío de sabores: prepara pequeñas porciones que representen dulce, salado, ácido y amargo; venda los ojos y pídeles que categoricen cada bocado. Refuerza el vocabulario y la atención sensorial.
- Menú arcoíris de una fruta: ofrece variedades de una misma fruta (manzana roja, verde y amarilla) primero enteras para explorar con las manos y la vista y luego en trozos para comparar sabores.
- Bebidas sorpresa: sirve distintos líquidos (agua, leche, zumos) con colorantes alimentarios para que comprueben cómo la vista puede engañar y aprendan a confiar en olfato y gusto.
- Cocina creativa: permite que participen en mezclar y montar platos sencillos; manipular ingredientes potencia curiosidad, tolerancia a texturas y autonomía.

Consejos de seguridad: ofrece porciones pequeñas, evita alérgenos si hay antecedentes sin supervisión profesional y adapta las texturas a la edad y al desarrollo motor oral del menor. Mantén supervisión constante y prioriza posturas seguras para prevenir atragantamientos.
Una mesa colorida, rutinas predecibles y la participación activa del niño en la compra y la cocina refuerzan su curiosidad y su autonomía, favoreciendo una relación sana con la comida y con los sabores de la vida cotidiana.
Explorar los sabores con paciencia, juego y lenguaje sensorial enriquece la experiencia alimentaria infantil; con exposición variada, apoyo familiar y una mirada multisensorial, el gusto se convierte en un gran aliado de hábitos saludables y placenteros.