Todas nosotras somos madres valientes. De alguna manera, cada familia ha tenido y tiene que afrontar diversas dificultades. En ocasiones, nuestros niños nacen con alguna deficiencia, o puede que más tarde debamos dar lo mejor de nosotras mismas para dar respuesta a las múltiples necesidades en el momento más inesperado, que pueden demandar nuestros hijos. Y qué decir sin duda de este complejo contexto socioeconómico donde tan difícil es en ocasiones seguir adelante y llegar a final de mes dándoles todo lo mejor a nuestras pequeñas o grandes familias.
Falta muy poco para que podamos celebrar el día de la madre. Muchas de nosotras lo haremos en la tranquilidad de nuestros hogares recibiendo esos maravillosos regalos que los niños nos hacen con toda su ilusión. Es algo formidable, no hay duda, pero hoy en nuestro espacio queremos ir un poco más allá y dar nuestro homenaje a todas esas madres valientes que han dejado sus casas, sus países y todo lo que les era conocido por dar una nueva oportunidad a sus hijos. La guerra de Siria, los conflictos en otras regiones como Palestina, Mozambique o distintos territorios de Oriente Próximo y África, así como la violencia en otros lugares del mundo, han puesto en una durísima situación a miles de madres de las que deseamos hablar hoy en nuestro espacio.
Madres valientes que han cruzado kilómetros de tierra y océanos por sus hijos

Son muchas las personas que se han acostumbrado a abrir la televisión o las redes sociales para ser testigos momentáneos de la situación de las personas refugiadas en distintas fronteras del mundo, especialmente en las europeas. El dolor nos enfurece y nos llena de terror y tristeza durante unos minutos, hasta que llegan los anuncios, cambiamos de canal o aparecen nuevas noticias de política y actualidad. Nuestra concienciación, en ocasiones, es fugaz y momentánea, pero la vida de estas personas no dura «un telediario». Su proeza, su travesía, suele llevar meses de sufrimiento, lágrimas y desesperación, y en muchos casos incluso años de desplazamiento constante.
Organismos como la International Medical Corps realizaron una serie de pruebas psicológicas a más de 8.000 personas refugiadas en las fronteras de Grecia, obteniendo datos que invitan a una seria reflexión sobre la salud mental de estas familias, y en especial de las madres que cargan con la responsabilidad principal del cuidado.
- Más del 30% de los adultos estaban emocionalmente «paralizados», incapaces de saber cómo reaccionar o qué hacer. Todo lo visto, todo lo vivido y la proyección de un futuro sin solución o con escasas expectativas, los había sumido en un estado de parálisis emocional del que no sabían muy bien cómo salir.
- Alrededor del 25% de las personas adultas declaraba no desear seguir viviendo, un dato que refleja un nivel de desesperanza profunda y una sensación de ausencia total de control sobre la propia vida.
- El resto afirmaba que todas las fuerzas que les quedaban las obtenían de sus propios hijos. Si habían dejado atrás un contexto de guerra era por salvar a sus hijos del terror, por luchar y por desear darles un futuro mejor, aunque para ello tuvieran que renunciar a su hogar, su trabajo, su comunidad y, en muchas ocasiones, a parte de su familia.
Ahora bien, un dato que dejó en evidencia al International Medical Corps a modo de denuncia, es que casi el 80% de esos niños estaban traumatizados. Sus madres, por su parte, no saben cómo afrontar esta situación. Una madre puede darles de comer, aliviar su frío, sostenerles la mano y decirles que todo va a ir bien, pero la mente de un niño que ha visto todas las oscuridades de las que es capaz el ser humano difícilmente se repone sin apoyo adecuado.
Detrás de cada cifra hay una historia concreta de miedo, huida y amor. Historias como la de Fátima, una madre que huyó con sus hijos y con su madre anciana y ciega de los ataques de insurgentes en su región. Durmieron días en el monte, caminaron hasta un lugar más seguro y llegaron agotados a un asentamiento improvisado. Ella explica que no huyó buscando apoyo, sino porque temía por sus vidas. En el nuevo lugar, sin embargo, las condiciones de vida eran pésimas: dormir en el suelo, la lluvia entrando en la tienda cada noche y la angustia de no saber cuánto tiempo durará esa situación. Esta experiencia, que se repite en distintos contextos del planeta, refleja el tipo de decisiones imposibles que deben tomar muchas madres refugiadas.
También están las historias de quienes, como Sumaya, tuvieron que huir de ciudades bombardeadas mientras estaban embarazadas o con bebés recién nacidos. Decidir adelantar un parto para poder huir con algo más de seguridad, atravesar ciudades sitiadas con varios niños pequeños y un recién nacido, o tener que separarse de familiares para que los hijos puedan ir a la escuela, son ejemplos de esa maternidad vivida en medio del exilio. Sumaya relataba cómo quería que sus hijos cruzaran las calles delante de ella para asegurarse de que llegaban al otro lado, aun sabiendo que podrían ser alcanzados por disparos en cualquier momento. Esa mezcla de miedo, coraje y contradicción es el día a día de muchas madres refugiadas.
Ser madre en momentos difíciles
Una nunca llega a saber muy bien de lo que es capaz hasta que llega el momento. Gran parte de las familias que han dejado sus hogares de origen a causa de ataques, bombardeos, persecuciones o violencia generalizada son mujeres con sus hijos. Muchas de ellas han perdido a sus maridos y familiares en la guerra o en los trayectos, y no han dudado un momento en llevar consigo a todos sus hijos, cruzar un mar con chalecos de escasa calidad y supeditarse a las mafias que organizan estos trayectos, para encontrarse en ocasiones, las mismas «oscuridades» que en sus países de origen.
El camino hacia una supuesta seguridad no es solo geográfico. Ser madre en momentos difíciles implica una carga emocional, física y social enorme. Estas mujeres deben gestionar el miedo propio y el de sus hijos, tomar decisiones drásticas sin información completa, renunciar a la tierra donde han crecido, redefinir su identidad en un nuevo país y, al mismo tiempo, seguir siendo la figura de referencia, cuidado y estabilidad para los niños.
Según un informe de Amnistía Internacional, gran parte de las mujeres refugiadas son víctimas de agresiones y ataques sexuales en su viaje y también en suelo europeo. No solo escapan de la violencia en sus países de origen, sino que se encuentran con nuevas formas de abuso, explotación y chantaje en las rutas migratorias, en los campos y en algunos espacios de acogida.
- Las familias monoparentales encabezadas por una madre con sus hijos son las que más riesgos tienen en contextos de violencia de género a la hora de sufrir discriminación, ataques y chantajes. Sin una pareja adulta que pueda compartir responsabilidades o proteger, la vulnerabilidad aumenta y las redes de apoyo son más frágiles.
- Incluso las organizaciones humanitarias han denunciado cómo policías y guardias de las fronteras pueden llegar a chantajear a las mujeres ofreciéndoles dinero, ropa o facilidades administrativas a cambio de favores sexuales, aprovechándose de su necesidad y desesperación.
- Las instalaciones para personas refugiadas y desplazadas, ya sea en campos oficiales, centros de tránsito o alojamientos informales, suelen ser escenarios donde no hay intimidad ni espacios seguros, y donde las mujeres se sienten constantemente asediadas, vigiladas y expuestas.
En contextos como la Franja de Gaza, los campos de refugiados palestinos o los asentamientos de personas desplazadas en África y Oriente Próximo, las madres sostienen además la vida cotidiana entre bombardeos, bloqueos, escasez de agua y alimentos, y sistemas sanitarios colapsados. Mantener rutinas mínimas, procurar que los hijos jueguen, aprendan y sueñen, se convierte en un ejercicio diario de resistencia. Desde el feminismo y los estudios de maternidad, se recuerda que la maternidad no es solo un instinto natural, sino un trabajo intenso influido por factores sociales, económicos, políticos y culturales.
Los discursos dominantes presentan a las madres como figuras sacrificadas, cuidadoras y protectoras, fuertes en la adversidad y emocionalmente resilientes. Sin embargo, esta idealización invisibiliza el esfuerzo real, el cansancio, la culpa, el miedo y la soledad que muchas mujeres sienten. En el caso de las madres refugiadas, esta presión se multiplica: se espera de ellas que sean heroínas perfectas, que siempre antepongan el bienestar de sus hijos incluso cuando no tienen recursos ni apoyo, y se las juzga con dureza si sus decisiones no encajan en ese ideal.
Escuchar historias como la de Sumaya o la de Fátima muestra que no existe una sola forma correcta de ser madre refugiada. Algunas pueden continuar su viaje hasta países lejanos en busca de mejores oportunidades escolares o sanitarias para sus hijos; otras se quedan cerca de su lugar de origen para no romper del todo los lazos con su familia o su comunidad; otras no pueden abandonar un campo porque el proceso de reasentamiento internacional es inaccesible. Ninguna de estas decisiones indica mayor o menor amor por los hijos, sino que reflejan las condiciones específicas en las que cada mujer se ve obligada a vivir y elegir.

Nuestro homenaje a las madres valientes que buscan una nueva oportunidad
A todas y todos nos produce escalofríos pensar cómo en una sociedad que se percibe a sí misma como avanzada, informada y respetuosa con los derechos humanos, se están permitiendo situaciones que organismos humanitarios comparan con los peores episodios de la historia contemporánea. La población refugiada, históricamente, ha sido en muchos momentos bien recibida. Muchos países fueron sensibles a las necesidades del pasado para dar nuevas oportunidades a todo aquel que lo necesitara, permitiendo reconstruir vidas destruidas por guerras y persecuciones.
Sin embargo, en la actualidad se observa con preocupación cómo en distintas regiones del mundo las políticas migratorias se endurecen: se levantan muros, se cierran fronteras, se externaliza el control migratorio a terceros países y se estigmatiza a personas que, tras huir de la guerra, la violencia o la pobreza extrema, se encuentran con algo peor: el rechazo, la humillación y el olvido. Esta realidad tiene un impacto directo en las madres refugiadas, que deben explicar a sus hijos por qué no pueden cruzar una frontera, por qué se quedan retenidos en un campo o por qué un país les niega la entrada.
Proyectos de sensibilización, como monólogos y obras de teatro sobre mujeres valientes refugiadas de Palestina en la Franja de Gaza, ayudan a acercar estas realidades al público general. A través de historias de empoderamiento y resiliencia, se muestra cómo estas mujeres luchan, sobreviven y construyen futuro en un escenario marcado por años de bloqueo, una profunda crisis social y ambiental y una sociedad atravesada por el patriarcado. Estos espacios de reflexión también permiten debatir sobre lo que significa ser una persona refugiada hoy, cuáles son los desafíos para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible en territorios ocupados o en guerra, y qué papel desempeñan las mujeres en situaciones de emergencia.
Las investigaciones académicas sobre maternidad y exilio insisten en la importancia de no reducir a las madres refugiadas a la etiqueta de heroínas o víctimas. Clasificarlas únicamente como «buenas madres protectoras» o «malas madres que no han podido proteger» invisibiliza la complejidad de sus vidas y las condiciones estructurales de desigualdad, discriminación y violencia que las rodean. No existe una sola forma válida de amar a un hijo ni una única manera de ser fuerte o resiliente. Para algunas mujeres, la fortaleza puede ser caminar durante días con los niños a cuestas; para otras, puede significar pedir ayuda psicológica porque ya no pueden sostener solas el peso emocional; para otras, puede ser insistir en que sus hijos vayan al colegio aunque el entorno sea hostil.
Solo esperamos que este escenario geopolítico cambie y que las sociedades y sus gobernantes puedan dar una mejor respuesta a estas personas que están sufriendo una situación que cualquiera de nosotros podemos llegar a vivir. Reconocer su humanidad, escuchar sus historias y apoyar sus demandas de derechos no es un acto de caridad, sino de justicia.

- Es necesario que esas madres con sus hijos logren instalarse en un contexto social estable y seguro. Solo cuando logren tener tranquilidad, seguridad, acceso a una vivienda digna y apoyo institucional y comunitario, podrán empezar a ofrecer toda la atención que sus niños necesitan, y también a cuidar de sí mismas.
- Los traumas que han vivido estos niños no van a desaparecer por completo. Todo ello deja huella; no obstante, el simple hecho de volver a sentirse seguros y escuchados puede permitirles recuperar la confianza, disminuir las pesadillas, dormir mejor y abrirse poco a poco al mundo que les rodea.
- El acceso a la educación es una herramienta fundamental de sanación y futuro. El poder ir al colegio de nuevo y normalizar sus vidas con rutinas y hábitos en compañía de sus madres y familias va a hacer que, tarde o temprano, vuelvan a sonreír y a proyectar sueños propios.
- Para las madres, contar con redes de apoyo emocional, acompañamiento psicológico y espacios seguros de encuentro con otras mujeres refugiadas o locales, es clave para compartir experiencias, aliviar culpas e ir reconstruyendo su proyecto vital más allá de la supervivencia inmediata.
Para concluir, falta muy poco para que celebremos el día de la madre, un momento especial en el que reflexionar sobre esa fortaleza que nos ofrece la maternidad, demostrándonos todo lo que somos capaces de hacer. Ser madre no entiende de razas, culturas o momentos históricos, es una lucha constante que merece ser reconocida y apoyada. La maternidad de las mujeres refugiadas, migrantes o desplazadas nos recuerda hasta qué punto el amor por los hijos puede empujar a cruzar fronteras y afrontar lo impensable.
Nuestro homenaje de hoy va para todas esas mujeres que llevan en sus brazos a sus hijos día y noche, que aguantan las lágrimas, humillaciones y ataques, y que aun así, intentan sonreír para sus niños hablando de un mundo mejor, mientras el mundo -al menos parte de él- parece haberse olvidado de ellos. Reconocer su valor, exigir políticas más justas y comprometernos a no mirar hacia otro lado es una forma concreta de estar a la altura de ese amor inmenso que demuestran cada día. Porque todas cabemos, todas merecemos luchar por el futuro de unos niños que nada han hecho para sufrir de esta manera, y porque el coraje silencioso de estas madres es una lección profunda de humanidad para toda la sociedad.