Aunque no nos lo creamos, en pleno siglo actual aún hay cosas en nuestra sociedad que sorprenden por su grado de ignorancia o, simplemente, porque son ideas retrógradas que deberían estar ya superadas. Las creencias machistas, los prejuicios sobre lo que “debe” hacer un niño o una niña y las bromas que ridiculizan a quien se sale de la norma siguen presentes en muchos contextos. Esto implica que en la educación de los hijos aún haya manchas muy preocupantes que condicionan su libertad y su bienestar emocional.
Cuando los niños y las niñas llegan al mundo parece que su género ya tuviera que abrirles un camino en la vida y que los adultos sean los encargados de enseñarles qué está bien y qué “está mal” acorde al sexo que la naturaleza les ha otorgado. Lo que ocurre es que muchas veces se nos olvida la importancia de respetar los deseos de un niño y su curiosidad, permitiendo que exploren más allá de los estereotipos y descubran quiénes son de verdad.
Esto se ve diariamente. En las escuelas cada vez menos, gracias a una mayor sensibilización, pero sí en algunos hogares (aunque por suerte no en todos). Incluso los catálogos de juguetes empiezan a cambiar para que los padres y madres se den cuenta de la naturalidad con la que niños y niñas eligen sus juegos, sin prejuicios. NO hay que obligar a jugar a los niños a unas cosas y a las niñas a otras, no hay que vestirlos solo de unos colores u otros por ser de un género en concreto. Hay que respetar sus gustos y su personalidad. Si tu hijo quiere una muñeca para jugar, ¿por qué se la debes negar? Si tu hija quiere jugar con un coche de policía, ¿por qué le dirás que no? No tiene sentido y, además, limita su desarrollo.
Los niños son un lienzo en blanco y forman su personalidad en base a lo que tienen a su alrededor y al camino que los adultos les van marcando. Pero si los adultos no respetan lo que los pequeños sienten, si se burlan de sus intereses o minimizan sus emociones, entonces les estarán prohibiendo ser ellos mismos y enviándoles el mensaje de que hay algo malo en lo que desean.
La importancia del respeto

Los niños y las niñas deben crecer rodeados de respeto por quienes son, sin que nadie les haga sentir vergüenza por sus intereses o por su forma de expresarse. La autoestima y la confianza en sí mismos crecerán en función de cómo se les trate y de cómo el adulto respete las decisiones y la opinión de sus hijos. Un entorno familiar en el que se escucha y se valida a los menores les ayuda a construir una identidad sólida y un sentimiento de valía interna que les acompañará toda la vida.
Los niños y las niñas deben tener la oportunidad de poder tomar sus propias decisiones, aunque sean pequeñas y acordes a su edad. Elegir qué ropa ponerse, qué deporte practicar o a qué quieren jugar no son caprichos sin importancia: son espacios donde aprenden a conocerse y a decidir. Cuando se les niega esta oportunidad por motivos de género, el mensaje que reciben es que “lo tuyo no vale”, “eso no es para ti” o “tú no puedes”.
No se trata de que los niños hagan siempre lo que quieran, sino de integrar el respeto a sus gustos con unos límites claros y coherentes. La disciplina positiva y la educación emocional demuestran que es posible educar sin gritos ni humillaciones, guiando a los hijos con firmeza pero también con empatía y escucha. Al mismo tiempo, apoyar la elección de deportes, juegos y actividades sin sesgo de género contribuye a desarrollar habilidades como la tolerancia a la frustración, el trabajo en equipo y la autodisciplina, beneficiosas para todos los menores.
En este sentido, muchas familias se sorprenden al descubrir que, cuando se relajan los estereotipos, los niños se muestran más seguros, más comunicativos y, sobre todo, más felices. Permitir que un niño pruebe ballet o que una niña juegue a hockey no solo no les perjudica, sino que amplía su mundo y sus posibilidades de desarrollo personal.
El ejemplo de los adultos es fundamental. Frases cotidianas como “eso es de niñas”, “pareces una mariquita” o “así no vas a ser una señorita” son mensajes que, aunque se digan medio en broma, dejan huella en la mente infantil. Por eso, es esencial revisar el lenguaje en casa y sustituir estos comentarios por expresiones que fomenten el respeto y la individualidad de cada menor.

No decidas todo por tus hijos, permite que sean ellos los que puedan tener el control de sus vidas, aunque sea en pequeñas cosas. La autonomía no se adquiere de un día para otro, se va entrenando con decisiones sencillas que, poco a poco, construyen su capacidad para elegir con criterio. Por ejemplo:
- Permite que tu hijo pueda escoger la ropa que ponerse por la mañana, sin limitarle por colores o estilos asociados al género, siempre que sea adecuada al clima y a la ocasión.
- Permite que tus hijos decidan la cena una vez por semana, fomentando así la participación en la vida familiar y el sentido de responsabilidad.
- Permite que se equivoquen y que aprendan de sus errores, sin ridiculizarles ni recordarles continuamente que se han equivocado.
- Permite que tengan cierto control en sus vidas: si no hacen los deberes, tendrán que madrugar para hacerlos. Pero ellos deciden hacerlos ahora o por la mañana, asumiendo las consecuencias lógicas.
- Permite que decidan a qué quieren jugar o cuáles son los juguetes que desean recibir por su cumpleaños, aunque se salgan de lo que “se espera” para su sexo.
- Respeta sus decisiones siempre que no pongan en riesgo su seguridad o la de otros, explicando los límites con calma.
- Respeta su forma de ser, su sensibilidad, su energía, su timidez o su extroversión, sin intentar encajarles en moldes rígidos.
- Acepta a tu hijo tal y como es, sin comparaciones con hermanos, primos o amigos.
- Apóyale de forma incondicional y guíale adecuadamente respetando sus intereses, mostrando interés real por lo que le gusta.
Estas pequeñas decisiones diarias tienen un gran impacto en cómo los menores se ven a sí mismos. Les enseñan que su opinión cuenta, que lo que sienten es importante y que pueden expresar sus gustos sin miedo a ser juzgados. En el ámbito del deporte y de las actividades extraescolares, este enfoque respetuoso se traduce en dejar que descubran qué les hace vibrar, más allá de los roles de género tradicionales.
¿Cómo que una niña no puede jugar a hockey y un niño no puede bailar?
Esta pregunta, que también encabeza el titular de este artículo, tiene mucho que ver con el respeto del que hablamos en el punto anterior. ¿Cómo que una niña no puede jugar a hockey y un niño no puede bailar? ¿Quién lo dice? ¿Quién es el que marca estas directrices de lo “correcto” o “incorrecto”? Lo incorrecto es no permitir a un niño o a una niña que realice el deporte que le gusta o que pruebe el que quizá le haga sentir bien solo porque está “etiquetado” para niños o para niñas. No, no es justo.
Durante mucho tiempo se ha asociado el hockey y otros deportes de contacto con la fuerza, la agresividad o la dureza, rasgos que la cultura tradicional ha vinculado a lo masculino. Del mismo modo, se ha etiquetado el ballet y la danza como algo delicado, suave o “femenino”. Sin embargo, la realidad es que todas las disciplinas deportivas desarrollan múltiples capacidades (fuerza, coordinación, resistencia, concentración, expresión corporal) que no pertenecen a un solo género.
El ballet, por ejemplo, requiere una enorme fuerza muscular, control postural, disciplina y resistencia. Muchos deportistas de élite de otros ámbitos incluyen ejercicios de danza en sus rutinas de entrenamiento para mejorar su equilibrio y su coordinación. Que a un niño le guste bailar no significa que sea “menos valiente” o “menos masculino”; significa que ha encontrado una forma poderosa de expresarse a través del movimiento. Y eso es algo valioso, no criticable.
En el caso del hockey, tanto en su versión sobre hielo como sobre hierba, se trata de un deporte que combina estrategia, velocidad y cooperación. Una niña que elige hockey no es “demasiado brusca” ni “poco femenina”: está desarrollando habilidades motoras, aprendiendo a trabajar en equipo y fortaleciendo su carácter. También está enviando un mensaje muy potente a su entorno: las niñas pueden ocupar cualquier espacio, también aquellos tradicionalmente masculinizados.
El deporte es deporte y es bueno para todos. No importa si tu hija quiere jugar a hockey o si tu hijo quiere bailar. Si eso es lo que le gusta, es lo que los padres deben apoyar. Si te basas en las imposiciones sociales estarás enseñando a tu hijo a ser “un borrego más”, le estarás enseñando que no puede ser él mismo porque eso está mal visto, le estarás diciendo que te importa más lo que otros piensen que sus sentimientos y sus intereses. Este camino no es el correcto, para ninguno de los dos.
Además, permitir que niños y niñas se mezclen en diferentes deportes favorece la igualdad de género desde la práctica. Al compartir vestuarios, entrenamientos y competiciones, aprenden a respetarse, a ver al otro como compañero y no como rival por ser chico o chica. Esto reduce el machismo, la homofobia y la violencia simbólica que muchas veces se cuela en las gradas y en los patios de recreo.

Para las familias, apoyar estas elecciones implica también enfrentarse, en ocasiones, a comentarios externos. Es posible que alguien pregunte “¿y no hay otro deporte más de niña?” o se ría de un niño con mallas de danza. En esos momentos es clave que los padres se posicionen claramente a favor de sus hijos, explicando con naturalidad que no existen deportes de niños y de niñas, sino actividades que aportan beneficios a cualquier persona. Esta actitud protectora y coherente refuerza la seguridad del menor y le enseña a defender sus decisiones sin miedo.
Rompiendo esquemas

Es hora de romper esquemas, de revisar creencias aprendidas y de asumir que la sociedad evoluciona. Ante todo, somos personas, por encima de cualquier etiqueta. Personas que debemos respetarnos a nosotros mismos y respetar también a los demás. Desterrar el odio, la burla y el rencor de nuestros corazones y vivir de forma más libre, de acuerdo con la gratitud y la oportunidad de ser nosotros mismos.
Pero para eso hay que romper esquemas desde que los niños son bebés. Los colores, los juguetes, los cuentos, las series y los comentarios en casa construyen poco a poco una visión del mundo. Si desde muy pequeños solo oyen que “las princesas esperan” y “los héroes rescatan”, que “los niños no lloran” y “las niñas tienen que ser delicadas”, su desarrollo emocional y su concepto de género quedará limitado. En cambio, si se les presentan modelos diversos, historias con niñas valientes y niños sensibles, la mente se abre y la empatía crece.
Hay que cambiar la educación y también la mente obsoleta. Esto implica revisar nuestras propias frases hechas, chistes y reacciones, porque muchas veces reproducimos sin darnos cuenta aquello que escuchamos de pequeños. Un buen ejercicio es preguntarse: “¿Se lo diría igual a un niño que a una niña?” o “¿le negaría esto si fuera del otro sexo?”. Si la respuesta es no, probablemente haya un estereotipo detrás.
Hay que centrar la educación a través del respeto, la educación emocional y la disciplina positiva. Tres pilares fundamentales para que los niños aprendan a ser ellos mismos mientras son queridos y respetados por sus seres queridos:
- Respeto: tratar a los niños como personas completas, con derechos, voz y necesidades propias, no como objetos que se moldean a gusto del adulto.
- Educación emocional: ayudarles a poner nombre a lo que sienten, a expresarlo sin dañarse ni dañar, a pedir ayuda y a comprender que todas las emociones son válidas.
- Disciplina positiva: establecer límites claros desde la calma y la firmeza, sin humillaciones, sin violencia física ni verbal, acompañando las consecuencias con explicaciones.
Porque si un niño se siente amado, querido y respetado por su entorno más cercano, le dará igual lo que piense el resto del mundo. Habrá creado una fuerte autoestima y una identidad casi indestructible. Podrá decir “me gusta el hockey” o “me gusta bailar” sin que un comentario hiriente le hunda, porque sabrá que no hay nada malo en ser quien es.
Pero para conseguir esto se necesitan pequeños cambios diarios y, sobre todo, entender que los niños tienen sus propias decisiones y que podrán ser las correctas si los padres les guían a través del respeto y no desde la imposición. Acompañarles en el descubrimiento de sus gustos, ofrecerles oportunidades diversas (deportes, artes, ciencia, lectura, juego libre) y escuchar sus preferencias con interés sincero es una forma muy poderosa de educar en igualdad.

Los niños son niños y las niñas son niñas
Los niños son niños y las niñas son niñas… Son seres inocentes, libres y con ganas de explorar su mundo y descubrir de qué son capaces siguiendo sus intereses y sus gustos personales. Esa esencia no debería verse condicionada por un listado de “cosas permitidas” o “cosas prohibidas” según el género. Al contrario, es importante que sientan que pueden explorar con seguridad, comprobar qué les gusta y qué no, equivocarse, cambiar de opinión y volver a empezar.
Para que tengan intereses es importante que empiecen a explorar el mundo que tenemos lleno de oportunidades y posibilidades. Eso incluye deportes de todo tipo (colectivos e individuales, de contacto y de expresión corporal), actividades artísticas (música, teatro, danza, pintura), propuestas científicas y tecnológicas, lectura, juego simbólico y juego al aire libre. Cuanta más variedad, más fácil será que encuentren actividades que realmente les hagan sentir motivación y alegría.
No coartes su creatividad, ni su libertad, ni sus ganas de ser ellos mismos. No ridiculices a tu hijo si llora viendo una película, ni te burles de tu hija si se sube a los árboles o se apasiona por los deportes más intensos. Cada niño tiene un ritmo, una sensibilidad y una forma de moverse por el mundo. Disfruta de cómo son y de todo lo que te aportan en la vida. Cuando les miras con respeto, ellos aprenden a mirarse también con cariño y aceptación.
Tus hijos son únicos y para que sean felices deberán sentirse bien consigo mismos, ¿se lo permites? Permitir significa acompañar, no dejar de poner límites. Puedes exigir responsabilidad, esfuerzo o respeto hacia los demás al mismo tiempo que apoyas que tu hija juegue a hockey o que tu hijo se apunte a clases de baile. No son aspectos incompatibles: de hecho, los deportes y las artes suelen ser un terreno ideal para aprender constancia, disciplina y trabajo en equipo.
Cuando en casa se normaliza que una niña lleve un stick de hockey o que un niño se calce unas zapatillas de ballet, se está enviando al mundo un mensaje silencioso pero muy poderoso: las capacidades no tienen género. Y ese mensaje, repetido en miles de hogares, es el que consigue que las nuevas generaciones crezcan con menos prejuicios y más libertad interior.
Educar hoy a niños y niñas que se atreven a ser ellos mismos, que eligen sus actividades sin miedo a la crítica y que respetan las diferencias de los demás es una inversión en una sociedad más justa y más humana. Cada vez que apoyas a tu hija cuando dice que quiere jugar a hockey, o animas a tu hijo cuando te cuenta entusiasmado que le encanta bailar, estás contribuyendo a construir un mundo donde nadie tenga que justificar quién es para poder hacer aquello que le apasiona.
