
Hemos hablado docenas de veces de los grandes beneficios de la lactancia materna, especialmente de la lactancia materna prolongada y de la lactancia materna exclusiva. Muchos estudios se han hecho al respecto y, hasta ahora, todo lo que se encontraban eran ventajas. Sin embargo, ahora un estudio afirma que la leche materna transmite sustancias tóxicas a los niños que amamantan.
Antes de seguir explicando las conclusiones de este estudio quiero aclarar que esta supuesta toxicidad no es por la leche en sí, sino por la carga química ambiental de los productos y sustancias a las que estamos expuestos todos. Desde mi punto de vista, esta información no es excesivamente alarmante, al menos no más que los datos que se obtienen estudiando a fondo la toxicidad de los productos que nos rodean, empezando por el agua del grifo. Si realmente nos importa este tema, considero más importante pensar en la cantidad de aditivos, colorantes y grasas hidrogenadas que ingerimos y que están al alcance de los niños. Pero vamos a hablar del estudio. Sigue leyendo, porque no tiene desperdicio.
Detectan altas concentraciones de perfluorados en la leche materna

Un grupo de investigadores de la Universidad de Boston, en Estados Unidos, han demostrado que algunos compuestos químicos llamados perfluorados (PFC) o PFAS, presentes en detergentes y productos antiadherentes y que suelen entrar en el organismo a través del agua y los alimentos, también pueden transmitirse de madres a hijos mediante la lactancia materna.
Estos agentes suelen usarse en detergentes, disolventes, en la industria del teflón para utensilios de cocina, en el velcro e incluso en algunos envoltorios o envases. Dichos agentes, al entrar en contacto con el agua y con la dieta, acaban penetrando en el organismo provocando alteraciones del sistema inmune, reproductivo y endocrino. Además, son compuestos persistentes y bioacumulables, de modo que su concentración puede aumentar al ascender en la cadena alimentaria.
Debido a que muchos contaminantes liposolubles se miden con facilidad en la leche materna, esta se utiliza como biomarcador de contaminación ambiental. De hecho, es uno de los indicadores elegidos por el Convenio de Estocolmo sobre contaminantes orgánicos persistentes para evaluar la eficacia de las medidas de reducción a escala mundial. No obstante, no está recomendado analizar muestras individuales de leche como base para decidir si continuar o no amamantando, salvo sospecha clara de exposición aguda con síntomas.
Sin embargo, los resultados de este trabajo que publica la revista Environmental Science & Technology, demuestran que la presencia de los PFC aumenta cada mes entre un 20 y 30 por ciento en los niños que amamantan.
«Sabíamos que pequeñas cantidades de PFCs podían aparecer en la leche materna, pero los análisis de sangre en serie que hemos realizado revelan ahora una acumulación en los bebés mientras amamantan«, señala Philippe Grandjean, investigador en el Harvard Chan School y uno de los autores del trabajo junto a universidades danesas y el Faroese Hospital System (Islas Faroe).
Para llegar a estos resultados, los investigadores realizaron un seguimiento a 81 niños nacidos en las islas Feroe, analizando la presencia de cinco tipos de PFC en su sangre al nacer y a lo largo de distintos puntos de control durante la primera infancia. También comprobaron los niveles de estos compuestos en las madres de los niños durante el embarazo.
La acumulación de tóxicos aumenta a medida que se prolonga la lactancia
El estudio indica que en los niños que se alimentaron exclusivamente de leche materna, las concentraciones de PFCs en la sangre aumentaron entre un 20 y un 30 por ciento cada mes. En el caso de los bebés con lactancia mixta, estas concentraciones no se incrementaron tanto.
Los científicos apuntan que en algunos casos, al finalizar el amamantamiento, los niveles de PFC en el suero de los niños excedieron los de sus madres. Sin embargo, un tipo de compuesto, concretamente el perfluorohexanosulfónico (PFHx), no aumenta con la lactancia materna. Aunque las conclusiones del trabajo sugieren que la leche materna es una fuente importante de exposición durante la infancia, una vez que se deja de amamantar, las concentraciones de los PFC disminuyen en los niños.
Es clave poner estos hallazgos en contexto de la evidencia global:
- La exposición prenatal suele ser más determinante para la salud infantil que la recibida a través de la leche materna. La placenta y el desarrollo fetal representan ventanas de gran vulnerabilidad.
- La leche materna contiene factores protectores (inmunológicos y nutricionales) que pueden contrarrestar efectos de la exposición prenatal a contaminantes.
- Incluso en entornos contaminados, la lactancia se asocia a mejores resultados de desarrollo frente a la alimentación artificial, como muestran distintos trabajos observacionales.
Algunos ejemplos ilustrativos descritos por la literatura científica: se ha observado mejor desarrollo cognitivo en niños amamantados expuestos prenatalmente a PCBs y dioxinas frente a los alimentados con fórmula; cohortes muy expuestas a organoclorados muestran que la lactancia ejerce un efecto protector sobre el desarrollo mental y motor; y, al comparar lactantes con exposiciones prenatales similares a PCBs, los que recibieron lactancia más prolongada no presentaron el retraso neurológico detectado en lactancias más breves o en alimentación artificial.
Por otro lado, conviene recordar que las fórmulas infantiles también pueden contener trazas de sustancias indeseables y requieren un proceso industrial complejo en el que se han descrito contaminantes químicos y biológicos. La mejor estrategia de salud pública es reducir la exposición global de madres y bebés, no desalentar la lactancia.

Además, la conveniencia de usar la leche materna como matriz para monitorizar contaminantes no debe llevar a malinterpretaciones: existen otras muestras útiles como el meconio o el pelo. Y por la falta de estandarización, no se aconseja analizar la leche de una madre concreta para decidir si continúa amamantando, salvo sospecha evidente de intoxicación o exposición laboral significativa.
Lactancia sin tóxicos
Como os decía al principio, la toxicidad en la lactancia materna se debe a la exposición a determinados compuestos que pasan a la leche materna. Por lo tanto, cabe pensar que, hipotéticamente, una alimentación y un estilo de vida con menos sustancias tóxicas no solo reduciría potencialmente este problema de la leche materna, sino muchos otros problemas de salud.
Si esta noticia te resulta alarmante, es buen momento para que empieces a analizar todo lo que comes y los químicos a los que te expones, ya que si no estuvieran en tu cuerpo no pasarían a tu hijo. Y no te olvides de seguir analizando bien todos los productos que le das a tu hijo, desde el agua hasta la fruta, la carne y el pescado, pasando por los productos con azúcar refinado y sin olvidarnos de las golosinas y los productos industriales con sus grasas hidrogenadas.
Para disminuir la carga total de contaminantes, diversas sociedades científicas y organismos de salud ambiental recomiendan:
- Base vegetal de la dieta: aumenta frutas, verduras, legumbres y granos; reduce grasas de origen animal y ultraprocesados, donde suelen concentrarse contaminantes liposolubles.
- Lava y enjuaga bien frutas y hortalizas; cuando sea posible, prioriza alimentos ecológicos, que suelen contener menos residuos de pesticidas.
- Elige pescados de bajo mercurio (sardina, boquerón, merluza, dorada, lenguado…) y evita grandes depredadores marinos durante embarazo y lactancia.
- Evita pérdidas de peso bruscas en el posparto, que movilizan tóxicos almacenados en el tejido graso hacia la leche; un descenso lento es preferible.
- Minimiza plásticos con ftalatos o bisfenol A: usa vidrio, acero o cerámica para almacenar y calentar; no metas plásticos en microondas ni en lavavajillas y evita alimentos enlatados cuando puedas.
- Ambientes sin humo: el humo del tabaco es una de las principales fuentes domésticas de exposición a metales y compuestos orgánicos volátiles.
- Alcohol, mejor cero durante embarazo y lactancia; si ocasionalmente tomas una copa, espera el tiempo recomendado antes de amamantar.
- Hogar y trabajo: evita pinturas con plomo y disolventes, y consulta con salud laboral ante posibles exposiciones ocupacionales; la prudencia es la regla.
- Almacenamiento de la leche: preferir recipientes de vidrio o cerámica; al calentar, evita plásticos para reducir lixiviados.
- Políticas públicas: apoya regulaciones que reduzcan la producción y uso de químicos peligrosos, y marcos como REACH que exigen demostrar la inocuidad antes de comercializar sustancias.

La mejor manera de proteger a las madres y a los bebés de los riesgos de contaminación química es evitando, reduciendo o eliminando la producción y el uso de sustancias nocivas, especialmente durante el embarazo y la lactancia. Los gobiernos y las administraciones tienen un papel clave al controlar emisiones, impulsar alternativas menos tóxicas, fomentar alimentos ecológicos y mejorar la calidad del aire y del agua.
Por último, un punto esencial: la lactancia materna sigue siendo el alimento más saludable y menos contaminado para el lactante en términos de seguridad alimentaria. Aun en presencia de contaminantes ambientales, las ventajas inmunológicas, nutricionales y de desarrollo asociadas a la leche humana superan los posibles riesgos vinculados a trazas de químicos que reflejan la exposición del entorno. El foco debe estar en limpiar el ambiente, apoyar a las familias en la reducción de exposiciones evitables y sostener la lactancia con información rigurosa y libre de alarmismo.
Imágenes – aurimas_m, Bejamín Magaña, jakecaptive.
La investigación sobre PFAS y otros contaminantes evidencia que convivimos con miles de sustancias químicas, pero también que existen acciones prácticas en la cocina, en el hogar, en el trabajo y desde las políticas públicas para disminuir la exposición. Con medidas sensatas y apoyo institucional, la lactancia materna puede seguir aportando sus beneficios únicos mientras reducimos la carga tóxica que llega a nuestros hijos y al planeta.



