Si el pasado jueves alertábamos acerca de los casos de maltrato físico ejercidos por parte de progenitores contra sus hijos, hoy me gustaría compartir con vosotros un trabajo impulsado por la organización “The Family Watch”. Se trata de una investigación realizada en el marco de la Comunidad de Madrid, gracias a la implicación de profesionales en el ámbito del menor de edad; es un estudio multidisciplinar en el que se ha utilizado una metodología principalmente observacional y empírica para comprender mejor qué ocurre dentro de las familias.
El objetivo era establecer el perfil de los niños y adolescentes que han ejercido violencia contra sus padres, o que se encontraban en riesgo de llegar a ejercerla; también se ha querido analizar la relación entre conducta violenta en el ámbito familiar y el uso de tecnología, entendida como un posible detonante y amplificador de la violencia en el menor de edad. No será la única vez que abordemos este tema en el blog, porque nuestra intención es generar debate informado y ofrecer a madres y padres más elementos para tomar decisiones cotidianas sobre pantallas, normas y límites.
Existe un fenómeno conocido como “violencia filioparental”, al que también podemos llamar violencia familiar ascendente: de hijos a padres y entre hermanos. Es considerado un auténtico drama humano, y en este punto (a riesgo de ser insistente) debo manifestar mi deseo de que la violencia familiar descendente (progenitores a hijos) sea considerada socialmente TAMBIÉN un drama, pues nadie en la familia tiene más derecho que otro a utilizar la violencia. Con esta idea clara, retomo el propósito de este artículo: explicar qué ha averiguado la investigación sobre el vínculo entre uso de TIC y violencia en casa, integrando también la evidencia más reciente de otros estudios especializados.

Violencia filioparental: un problema creciente y todavía invisible

Roberto Pereira Tercero, miembro fundador de la Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filioparental (SEVIFIP), ha establecido una definición del concepto, según la cual se trata del “conjunto de conductas reiteradas de agresiones físicas, verbales o no verbales, dirigidas a padres o adultos que ocupan su lugar”. Es importante subrayar dos matices clave:
- No se incluye la violencia ocasional sin antecedentes previos y sin repetición.
- Se excluye el parricidio, que presenta características criminológicas y psicológicas particulares.
Los datos que aporta la investigación de “The Family Watch”, junto con cifras oficiales, muestran la magnitud del problema: según la Fiscalía General del Estado, aproximadamente un 9% de los progenitores sufre violencia física por parte de los hijos menores y cerca del 40% sufre violencia verbal o emocional. Además, en los últimos siete años se han duplicado las denuncias de padres contra sus hijos. Hay que añadir que solo una fracción de los casos más graves llega a los juzgados, porque muchas familias ocultan el problema por vergüenza, culpa o miedo a estigmatizar a sus hijos.
Del trabajo que hoy mencionamos me gusta especialmente que no se queda en las cifras ni en el sensacionalismo, sino que se centra en comprender la dinámica familiar y los factores de riesgo. Entre esos factores, aparece de forma recurrente el uso problemático de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC): móviles, redes sociales, videojuegos en línea y otros dispositivos con pantalla. Las TIC pueden actuar tanto como detonante ante la privación (por ejemplo, cuando se retiran dispositivos como medida educativa) como amplificador de conductas inadecuadas y de conflictos preexistentes.
Personalmente, tengo la sensación de que las dificultades para establecer límites razonables en el uso de dispositivos, contenidos y conectividad van más allá de los estilos educativos en las familias, pues en muchas ocasiones los progenitores no sabemos cómo posicionarnos, al haber irrumpido estas tecnologías de forma muy intensa y rápida en nuestras vidas. Muchos padres reconocen sentirse desbordados, sin herramientas ni referentes claros sobre cómo acompañar digitalmente a sus hijos.
Violencia filioparental y TIC: lo que sabemos hoy

Según el informe original y las revisiones sistemáticas posteriores, el adolescente “nativo digital” se enfrenta a la realidad a través de nuevas formas de comunicarse, divertirse y relacionarse, muy distintas de las que utilizamos los adultos en nuestra adolescencia. De ahí que debamos concienciarnos de la importancia de gestionar un uso responsable de la tecnología en nuestras hijas e hijos.
Varios estudios cualitativos con progenitores que tienen hijos cumpliendo medidas judiciales por violencia filioparental han mostrado que:
- El teléfono móvil y otros dispositivos electrónicos interfieren en la calidad de la comunicación familiar.
- Se reduce el tiempo compartido significativo (comidas, conversaciones, ocio conjunto) y se incrementan las barreras en la interacción directa.
- Aparecen distancias emocionales y físicas dentro del hogar que derivan en conflictos frecuentes.
De ahí también (y esto lo añado como reflexión) que madres y padres debamos intentar acercarnos a las formas de relacionarse con el mundo que tienen nuestros niños y adolescentes. Esto implica:
- Mostrar interés genuino por sus gustos digitales (videojuegos, influencers, redes).
- Participar, cuando sea posible, en sus juegos y actividades en línea.
- Buscar formación básica en competencias digitales para que todo esto no nos resulte tan lejano.
La evidencia científica más actual coincide en que el uso compulsivo de móviles, redes sociales y videojuegos no explica por sí solo la violencia filioparental, pero sí puede intensificar conflictos preexistentes. Las tensiones suelen aflorar precisamente cuando los progenitores intentan:
- Limitar el tiempo de conexión.
- Intervenir en el uso nocturno o de madrugada.
- Retirar el dispositivo en momentos familiares importantes.
- Reaccionar ante señales de aislamiento extremo o bajo rendimiento académico.
En estos contextos, algunos adolescentes responden con impulsividad, desregulación emocional y conductas coercitivas (gritos, amenazas, empujones, rotura de objetos…), que en los casos más graves se cronifican y se convierten en un patrón de violencia filio-parental.
¿Por qué pueden ser las TIC un detonante de conductas violentas?

Por una parte se considera que el proceso de socialización de los menores resulta empobrecido si estas tecnologías sustituyen en exceso a la familia y a otras experiencias presenciales. Las TIC, por sí mismas, no transmiten valores; son los contenidos y las comunidades que se consumen a través de ellas los que influyen en la construcción de la identidad adolescente.
Muchos chicos y chicas se exponen de manera continua a modelos de identificación problemáticos (violencia, sexismo, hedonismo extremo, competitividad tóxica, humillación a otros, culto a la apariencia física, lujuria, etc.). Cada menor es distinto, pero a priori podemos pensar que la ausencia de comunicación familiar combinada con un exceso de exposición a este tipo de contenidos constituye un escenario de riesgo.
Por otra parte, hay niños y adolescentes que encuentran en los videojuegos o redes sociales una vía de escape frente a presiones, conflictos o agresividad que a veces se ejerce en casa (y que no siempre es consciente). En esos casos, la pantalla se convierte en un refugio emocional y relacional, lo que complica aún más la negociación de límites.
Otros hallazgos relevantes de la investigación reciente son:
- El uso excesivo y aislado de redes sociales se asocia con sensación de inferioridad, baja autoestima, depresión y aislamiento.
- Aumenta la probabilidad de desarrollar alexitimia (dificultad para reconocer y expresar las propias emociones), lo que dificulta hablar de lo que se siente antes de estallar.
- Muchos adolescentes construyen un “yo virtual” muy alejado de su realidad familiar, influido por discursos de influencers, bulos y comparaciones constantes, lo que crea choques de valores con los padres.
En este contexto, la tecnología puede provocar una especie de “desconexión moral”: se normalizan la falta de respeto, el insulto y la agresión verbal, disminuye la empatía hacia los demás y se justifica con facilidad la violencia como forma de resolver conflictos.
La investigación señala que algunos expertos abogan por incluir en el programa escolar la educación tecnológica, de forma que no se limite a enseñar habilidades técnicas, sino también gestión emocional, pensamiento crítico y convivencia digital. Al mismo tiempo, se considera que los progenitores siguen siendo agentes insustituibles: son quienes mejor conocen el estado psicológico y madurativo de cada niño o adolescente y quienes pueden adaptar normas y límites a su realidad concreta.
Lo que nos dicen las familias y los profesionales
En uno de los estudios cualitativos más completos realizados en un centro de ejecución de medidas judiciales especializado en violencia filioparental, se trabajó con:
- 53 adolescentes (chicos y chicas) cumpliendo medidas por violencia contra sus progenitores.
- Decenas de entrevistas a familiares víctimas de este tipo de violencia.
- Grupos focales con profesionales (psicólogos, trabajadores sociales, educadores) que intervienen con los menores y sus familias.
Algunos resultados clave que ayudan a entender la relación TIC-VFP fueron:
- Una gran mayoría de adolescentes reconoció que las discusiones por el móvil, los videojuegos o las redes sociales fueron detonantes concretos de episodios de agresión.
- El 93% de las familias entrevistadas estableció una relación directa entre el mal uso de la tecnología y la violencia ejercida por sus hijos.
- Cerca de un 60% de los menores reconocía no contar con normas claras en casa sobre el uso de las TIC.
- Alrededor de un 85% de los progenitores se sentía desbordado y sin herramientas para gestionar los conflictos vinculados a móviles, consolas y redes.
También se observó la importancia de la perspectiva de género en la prevención:
- Las chicas tendían a un uso más intenso de redes sociales, con mayor exposición de su intimidad y de su imagen, buscando validación social, lo que incrementaba el riesgo de conflictos, ciberacoso y sexting.
- Los chicos se vinculaban más a videojuegos, muchos de ellos violentos, con dinámicas competitivas y de dominación, lo que en algunos casos alimentaba respuestas agresivas e impulsivas fuera de la pantalla.
Este tipo de patrones no implica que las TIC sean la causa única, pero sí muestra que un uso inadecuado, sin supervisión ni límites coherentes, puede actuar como factor de riesgo relevante en familias donde ya existen tensiones, comunicación deteriorada o dificultades para gestionar la frustración.
De la confrontación directa a la educomunicación
Los estudios recientes coinciden en que la falta de normas y límites definidos en el uso de las TIC dentro del hogar emerge como un precursor fundamental de la violencia filio-parental. Cuando el uso de pantallas se desborda (niños y adolescentes que pasan muchas horas conectados, a veces incluso más de nueve o diez al día), los padres suelen reaccionar de forma tardía, recurriendo a medidas urgentes como:
- Retirar bruscamente el dispositivo.
- Cortar la conexión a internet sin previo acuerdo.
- Imponer castigos prolongados sin explicaciones claras.
En ese punto, el conflicto ya está muy escalado y algunos adolescentes, con baja tolerancia a la frustración, responden con agresiones verbales o físicas. Muchos progenitores describen esta dinámica como un ciclo de confrontaciones ineficaces, donde nadie se siente escuchado y el clima familiar se vuelve cada vez más tenso.
Frente a este modelo de confrontación directa, diversos proyectos de innovación educativa y programas de investigación proponen avanzar hacia la “educomunicación”, es decir, una forma de educar en la que se combinan:
- Educación digital: comprensión de riesgos, oportunidades y funcionamiento de redes, juegos y aplicaciones.
- Habilidades socioemocionales: autocontrol, empatía, regulación emocional, resolución pacífica de conflictos.
- Comunicación familiar abierta: espacios para hablar de lo que pasa en las pantallas sin miedo ni juicios inmediatos.
La clave no está solo en prohibir o restringir, sino en acompañar y negociar normas claras, razonables y revisables. Muchos adolescentes, incluso aquellos que han tenido problemas graves de VFP, reconocen que en el fondo necesitaban más ayuda y límites coherentes desde pequeños para aprender a usar la tecnología sin perder el control.
En este sentido, la intervención más eficaz no se dirige exclusivamente al menor, sino que incluye a toda la familia, reforzando el vínculo afectivo, la coherencia normativa y el apoyo mutuo. Los centros educativos también reclaman formación urgente para poder educar en hábitos digitales saludables y coordinarse mejor con las familias y los servicios especializados.
Toda esta evidencia nos lleva a una idea central: la tecnología, bien utilizada, puede ser una herramienta poderosa para el aprendizaje, la creatividad y la inclusión; mal gestionada, en cambio, puede convertirse en un factor de riesgo que tensiona la convivencia y agrava la vulnerabilidad emocional de muchos chicos y chicas. Comprender su papel como amplificador —y no como causa única— en la violencia filioparental abre la puerta a intervenciones más justas, empáticas y eficaces, que protejan a toda la familia y reduzcan la probabilidad de que los conflictos cotidianos acaben transformándose en violencia.