Violencia de género entre adolescentes y estereotipos de género: cómo se construyen y cómo prevenirlos

  • Los estereotipos y roles de género interiorizados desde la infancia influyen directamente en cómo adolescentes viven el amor, el poder y el control dentro de la pareja.
  • La exposición a modelos violentos, los mitos del amor romántico y los mensajes de redes y pornografía incrementan el riesgo de normalizar la violencia de género en las primeras relaciones.
  • Programas educativos basados en igualdad, inteligencia emocional y habilidades sociales reducen actitudes sexistas y ayudan a identificar y rechazar conductas de control y maltrato.
  • Familias, escuela y entorno social comparten la responsabilidad de ofrecer modelos no violentos y cuestionar etiquetas que limitan a chicas y chicos en su desarrollo.

Roles y estereotipos de género

Desde hace tiempo muchas madres, padres y profesionales se preguntan si la violencia de género que se observa en la población adolescente puede estar relacionada con la asunción acrítica de los estereotipos de género. Tal y como señalan Margarita Petit y Montse Prat, estos estereotipos están presentes de forma directa en la vida cotidiana de chicas y chicos, influyendo en sus decisiones, su manera de amar y la forma en la que entienden el poder dentro de la pareja.

Con demasiada frecuencia se observan actitudes machistas en adolescentes y preadolescentes: normalizan el control del móvil, justifican los celos como prueba de amor o aceptan que uno de los miembros de la pareja deba “llevar la voz cantante”. Resulta desconcertante que una generación que ha crecido viendo a muchas madres incorporarse al trabajo remunerado y a muchos padres implicarse más en las tareas domésticas acepte todavía que sea inevitable controlar horarios, amistades o redes sociales de sus parejas. Diversos estudios de percepción social siguen mostrando que un porcentaje importante de chicos y chicas considera admisible ciertos comportamientos de control o humillación, lo que indica que la igualdad formal no se ha traducido todavía en igualdad real en las relaciones afectivas.

Ángel Peralbo es psicólogo clínico especializado en niños y adolescentes, y autor del libro “De niñas a malotas”. En una entrevista que mantuve con él, tratábamos de entender por qué hay chicas criadas en contextos de aparente igualdad que acaban aceptando relaciones de dominación. Ángel explicaba que ni la familia, ni la escuela, ni la sociedad en general han aportado suficiente apoyo para desarrollar la inteligencia emocional y fortalecer la autoestima. De esta forma, muchos discursos sobre igualdad se quedan en la teoría, pero no llegan a transformar las vivencias cotidianas.

Esta falta de competencias emocionales se combina con otros factores que la investigación reciente ha puesto sobre la mesa: la influencia de los mitos del amor romántico, el papel de las redes sociales, la exposición a pornografía con contenido violento, la interiorización del sexismo hostil y benevolente, o la normalización de la violencia en el entorno familiar y mediático. Por eso es tan importante profundizar en cómo funcionan los roles y estereotipos de género y cómo se conectan con la violencia de género entre adolescentes.

Chicas, chicos, roles y estereotipos de género

Violencia de género y estereotipos en adolescentes

Podemos afirmar que una persona es mujer u hombre atendiendo a su biología, pero no es posible atribuirle de manera natural funciones “típicamente femeninas” o “típicamente masculinas”, porque estos adjetivos remiten a un constructo cultural. Lo que socialmente se espera de cada sexo se aprende, no viene escrito en los genes. Si normalizamos que mujeres y hombres tienen responsabilidades diferentes en la familia, la escuela o el trabajo, estamos negando en la práctica la igualdad de oportunidades, casi siempre en contra de las chicas y mujeres.

Un ejemplo cotidiano ayuda a verlo: si es siempre la madre quien lleva a los hijos al dentista o a las actividades extraescolares, mientras el padre estudia, hace horas extra o descansa, ella se pierde oportunidades de formación, ocio o desarrollo profesional. La clave está en ese “siempre”: una distribución desigual mantenida en el tiempo se convierte en un rol de género rígido que limita el proyecto vital de las mujeres y refuerza la idea de que los hombres están destinados a lo público y ellas a lo doméstico.

Al socializarnos, también aprendemos los comportamientos que el entorno considera masculinos y femeninos; eso son roles de género.

Estos roles suelen articularse en torno a la crianza y las tareas domésticas para las chicas, y al sustento económico y la toma de decisiones para los chicos. Más tarde se transmiten a través de creencias sobre “lo que debe ser” una mujer o un hombre. Los papeles asignados en función del sexo se han establecido así porque vivimos en una sociedad patriarcal, que históricamente ha buscado mantener una masculinidad hegemónica: fuerte, controladora, competitiva y con poder sobre las mujeres.

En este marco, muchos estudios señalan que las diferencias de estatus y poder entre hombres y mujeres siguen siendo una de las causas más importantes de la violencia de género. El sexismo funciona como un mecanismo que justifica y mantiene esta desigualdad: presenta el dominio masculino y la subordinación femenina como algo lógico, natural o incluso deseable. Cuando estos mensajes se interiorizan desde la infancia, pueden actuar como una “profecía autocumplida”, porque orientan los sueños, miedos y decisiones de chicas y chicos.

En este artículo sobre sociedad patriarcal y violencia de género se explica cómo el pasado y los distintos agentes socializadores (familia, medios de comunicación, escuela, grupo de iguales) contribuyen al mantenimiento de este orden con la aceptación de buena parte de la sociedad. A menudo terminamos aplaudiendo o minimizando situaciones injustas que no deberían tener cabida.

Niñas y niños: el mismo comportamiento, distintos significados

Tabla roles y estereotipos de género


Imagina que tienes hijas e hijos. Debido a la educación recibida, a la influencia del entorno y a lo que tú mismo has aprendido, interpretas de manera diferente los mismos comportamientos según quién los realice. Una conducta idéntica puede ser valorada positivamente en un niño y negativamente en una niña, o al revés. Si tus hijos e hijas se dan cuenta y lo señalan, o si unos lo celebran mientras otras lo sufren en silencio, el daño ya está hecho, especialmente si no te paras a reflexionar y continúas actuando igual.

En la tabla anterior se observa cómo los adjetivos que se asignan cambian en función del sexo. Una personita muy sensible puede ser vista como “delicada” si es niña, o “afeminado” si es niño. Una niña insistente se etiqueta de “terca”, mientras que un niño con la misma persistencia se considera “tenaz”. Una chica que no se deja dominar es “agresiva”, el chico que se planta ante una injusticia es “fuerte”. Estos dobles raseros alimentan la idea de que hay emociones y conductas permitidas para unos y vetadas para otras.

La investigación muestra que desde edades muy tempranas se transmiten estereotipos que asocian lo masculino con la agencia e instrumentalidad (acción, dureza, competitividad, poca expresión emocional) y lo femenino con la expresividad y comunalidad (ternura, empatía, dependencia, sensibilidad social). Esta división no solo limita a las niñas, que aprenden a priorizar el cuidado sobre sus propios proyectos, sino también a los niños, que aprenden a reprimir la vulnerabilidad y el miedo, sustituyéndolos por rabia o distanciamiento.

Todo esto impacta directamente en las relaciones de pareja adolescentes. Una chica educada para ser complaciente, comprensiva y sacrificada tendrá más riesgo de tolerar el control o la violencia psicológica. Un chico educado para ser dominante, poco empático y ganador tendrá más probabilidad de justificar el uso de la fuerza o la humillación cuando se frustra o se siente inseguro, especialmente si ha crecido viendo modelos violentos en su entorno.

Las consecuencias de establecer estereotipos de género

Consecuencias de los estereotipos de género

Rebecca Cook, especialista en cuestiones de género, explica que el problema aparece cuando el estereotipo impone una carga o niega un beneficio. Un ejemplo claro fue la prohibición del voto femenino durante décadas, pero todavía hoy encontramos restos de esta lógica: se cuestiona la autoridad de las mujeres líderes, se ridiculiza a los hombres que cuidan o se presiona a las adolescentes para que encajen en un ideal de belleza imposible.

Cook subraya también que los estereotipos afectan tanto a mujeres como a hombres. Aunque la violencia de género tiene un claro componente estructural contra las mujeres, existe una fuerte reprobación social hacia los hombres implicados en la crianza y el cuidado, aunque esta tendencia se va reduciendo. Cuando un padre reduce su jornada para cuidar a sus hijos o expresa abiertamente sus emociones, a menudo se enfrenta a burlas o críticas que le devuelven al rol tradicional de proveedor distante.

Las investigaciones sobre violencia en general indican que la exposición a modelos violentos en la infancia y la adolescencia incrementa la justificación de la violencia y el riesgo de ejercerla. Se ha observado, por ejemplo, que los adolescentes que reciben castigos físicos en su familia tienen más probabilidades de agredir físicamente a su pareja en el futuro. La violencia tiende a transmitirse de generación en generación, salvo que intervengan factores protectores como vínculos sociales no violentos, rechazo explícito de la violencia y habilidades alternativas para resolver conflictos.

En el caso de la violencia de género entre adolescentes, se suman además particularidades propias de esta etapa vital:

  • Intensidad de las primeras relaciones amorosas: se viven como algo absoluto, donde todo o nada, lo que dificulta relativizar y poner límites.
  • Ciclo de control: aparece el control del móvil, de las redes sociales, de la ropa o de las amistades, a menudo disfrazado de preocupación o amor.
  • Duración breve pero alta intensidad: relaciones cortas pero muy absorbentes, en las que se concentran episodios intensos de celos, rupturas y reconciliaciones.
  • Influencia de redes sociales y pornografía: se normalizan prácticas de control, humillación o violencia sexual que se perciben como “juego” o “pasión”.
  • Falta de autopercepción como víctimas o agresores: muchas chicas no se reconocen como víctimas porque no hay golpes, y muchos chicos no se ven como agresores porque “solo era un comentario” o “un enfado”.

Todo este entramado tiene consecuencias para la salud física y mental de las adolescentes víctimas de violencia de género. Entre las consecuencias inmediatas destacan las lesiones físicas, problemas gastrointestinales, cefaleas, insomnio o síntomas de estrés agudo. A medio y largo plazo pueden aparecer trastornos inmunológicos, cardiovasculares, respiratorios o ginecológicos, así como depresión, ansiedad, consumo de sustancias, sensación de fracaso, autoculpabilización e incluso ideas suicidas.

De ahí que no baste con actuar cuando la violencia ya está presente. Es imprescindible trabajar sobre los estereotipos y creencias que legitiman la desigualdad y que llevan a chicas y chicos a confundirse respecto a lo que es una relación sana.

La tarea no es solo revisar cómo manejamos los estereotipos las personas adultas, sino ayudar a que cambien las percepciones respecto a niñas y niños, para que crezcan sin etiquetas limitantes que puedan derivar en desigualdad y violencia.

Si nos lees y tienes hijas, hijos, sobrinas, sobrinos o nietos, recuerda esa frase que tanto se repite: “la educación tiene la clave”. Es fundamental implicarnos para lograr una igualdad real en las relaciones y para erradicar la violencia de género desde las primeras experiencias afectivas.

Los estudios más recientes sobre adolescencia y juventud muestran que una gran mayoría de chicos y chicas conoce algún acto de violencia de género en parejas de su edad, ya sea control del móvil, insultos, chantaje emocional, difusión de imágenes íntimas sin permiso o agresiones físicas y sexuales. Uno de los estereotipos que más se repite en estas investigaciones es el clásico “fuerte como papá, sensible como mamá”, que delimita de nuevo qué se espera de cada sexo.

¿Qué pasaría si empezamos por creer de verdad que los varones también pueden ser sensibles, pedir ayuda, llorar y cuidar? ¿Y si trabajamos para empoderar a las niñas de forma que sean dueñas de sus cuerpos, de sus decisiones, de sus planes de futuro y de sus relaciones?

ImagenAislinn Ritchie
TablaDel libro «Feminismo para principiantes», cuya autora es Núria Varela.

Adolescencia, sexismo y violencia de género: lo que dice la investigación

Impacto psicológico de la violencia

La catedrática María José Díaz-Aguado y otros equipos de investigación han mostrado que la violencia de género en la adolescencia está estrechamente ligada a actitudes sexistas y estereotipos de género muy interiorizados. En amplias muestras de estudiantes de educación secundaria se observa que los chicos suelen tener más arraigados estos estereotipos que las chicas, aunque en ambos casos el nivel de interiorización es elevado.

Los estudios realizados reflejan que:

  • La exposición a violencia en la familia (insultos, gritos, agresiones entre personas adultas o castigos físicos) incrementa notablemente el riesgo de justificar y ejercer violencia en la pareja durante la adolescencia.
  • Persisten creencias que presentan a la mujer como “provocadora” o “culpable” en determinadas situaciones de conflicto o agresión, especialmente cuando se percibe que ocupa un estatus superior o cuando la violencia se da entre mujeres.
  • Hay una mayor tendencia a justificar la violencia entre iguales o hacia figuras de autoridad que la violencia explícita contra la pareja, lo que puede enmascarar muchos comportamientos de maltrato psicológico y control.
  • Se está produciendo una cierta modificación en la autoimagen de chicas y chicos, que empiezan a atribuirse cualidades tradicionalmente consideradas femeninas o masculinas de forma algo más flexible, pero todavía persisten resistencias importantes.

Estas investigaciones también muestran qué tipo de programas educativos ayudan a reducir el sexismo y el riesgo de violencia en el contexto escolar. Entre las estrategias más eficaces se encuentran:

  • El uso de aprendizaje cooperativo y discusión en grupos heterogéneos, donde chicas y chicos puedan contrastar sus ideas y cuestionar estereotipos.
  • La inclusión de actividades específicas para detectar el sexismo y la violencia de género en el currículo, y no solo en charlas puntuales.
  • La promoción de una identidad propia y positiva en el alumnado, que les ayude a decidir quién quieren ser sin quedar atrapados por los mandatos de género.
  • El desarrollo de habilidades interpersonales alternativas a la violencia: comunicación asertiva, negociación, gestión del enfado, búsqueda de ayuda.
  • La conexión entre la prevención de la violencia sexista y la defensa de los derechos humanos y el respeto a todos los grupos minoritarios.

La normalización de la violencia en las primeras relaciones adolescentes

Señales de maltrato en adolescentes

En las primeras relaciones adolescentes la violencia de género suele aparecer de manera sutil y progresiva. No comienza con un empujón o una bofetada, sino con bromas hirientes, críticas constantes, exigencias de contraseñas, prohibición de amistades o chantajes emocionales. Esta dinámica se asemeja al conocido “ciclo de la violencia”, descrito en las relaciones de pareja adultas, aunque en la adolescencia la convivencia no siempre está presente.

En muchas ocasiones la escalada no es lineal: puede haber etapas de relativa calma seguidas de explosiones de celos, control o humillaciones públicas en redes sociales. La víctima, que suele estar viviendo su primera gran historia de amor, tiene dificultades para identificar la situación como violencia, sobre todo si en su entorno hay amigas que normalizan conductas similares o si el agresor alterna episodios de maltrato con gestos de aparente arrepentimiento y afecto intenso.

Además, la influencia de los mitos del amor romántico es enorme: se asocia el amor con posesión, sacrificio, aguantarlo todo, “completar” al otro o cambiar a la pareja con paciencia. Investigaciones recientes muestran que una fuerte creencia en estos mitos se relaciona con más tolerancia hacia el control y los celos, así como con una mayor probabilidad de permanecer en relaciones dañinas.

Los medios de comunicación, las series y las redes sociales también cumplen un potente rol socializador: las tramas de muchas ficciones adolescentes presentan relaciones donde el conflicto se resuelve a través de la violencia simbólica, los celos excesivos se interpretan como prueba de amor y los personajes agresivos suelen ser atractivos y carismáticos. Cuando no se analizan críticamente estos mensajes, contribuyen a que las y los adolescentes consideren “normal” lo que en realidad es un patrón de maltrato.

Por otra parte, la presencia constante de contenidos sexuales en internet y la pornografía de fácil acceso refuerza modelos muy estereotipados de masculinidad y feminidad, en los que se normaliza la dominación masculina y la sumisión femenina, así como prácticas sexuales sin consentimiento claro. Todo ello impacta en la manera en la que las parejas jóvenes negocian los límites y el respeto en sus relaciones íntimas.

Ante este panorama, se hace indispensable que familias, centros educativos e instituciones aborden la prevención de la violencia de género entre adolescentes de forma integral, incluyendo el análisis de los estereotipos de género y de los mensajes que reciben a través de los nuevos entornos digitales.

La evidencia acumulada por investigaciones y programas educativos muestra que, cuando se trabaja a fondo sobre igualdad, autoestima, habilidades sociales, pensamiento crítico y detección de señales de abuso, disminuyen las actitudes que justifican la violencia y aumenta la capacidad de chicas y chicos para pedir ayuda y romper con relaciones dañinas.

Cambiar esta realidad exige tiempo, coherencia y acompañamiento, pero cada conversación, cada cuestionamiento de un estereotipo y cada gesto de corresponsabilidad en casa suma para que las próximas generaciones vivan relaciones afectivas basadas en el respeto y la igualdad, lejos de la violencia de género.