
La semana pasada los padres de Diego González hicieron pública su carta de despedida: tenía 11 años, y todo apunta a que sufría bullying en el centro educativo al que asistía… el suicidio se había convertido en la única forma de conseguir lo que deseaba (no ir a clase). Mucho se ha escrito y hablado sobre el tema, sin embargo la conciencia social es voluble: somos tan capaces de escandalizarnos y mantener conversaciones acaloradas, como de olvidar el tema al poco tiempo. Llevo años diciendo que debemos empezar por dejar de decir ‘son cosas de niños’, para pasar a implicarnos en cambios sociales y educativos profundos… de lo contrario poco cambiará.
Fijaos que, en mi opinión, el teléfono de atención a víctimas de bullying que pondrá el Gobierno en marcha en cuestión de meses (dentro del Plan Estratégico de Convivencia Escolar), se me antoja un ‘parche’; quiero que me entendáis, no pretendo decir que es una medida inútil, solo es que necesitamos tanto o más que nuestros menores aprendan a convivir de forma respetuosa, y a gestionar conflictos sin violencia. Nos servirá porque los menores acosados tendrán dónde llamar para pedir ayuda (si no confían en ningún adulto cercano); no nos servirá si los padres de los ‘bullies’ desprecian a cualquiera que no sean ellos mismos, o si los profesores eluden ejercer funciones educativas más allá del currículum académico. Pero no quiero meter la pata, y sí: os hablaremos sobre ese Plan, que ya conocíamos porque hace unos meses se ha habilitado una ventana con información sobre sus actividades en la web ministerial; pero no hoy.
He preferido esperarme porque el dolor emocional no me dejaba elaborar bien los pensamientos, y porque todos sabemos ya lo que le ocurrió a Diego, y el calvario por el que pasan sus padres; sabemos también que (por ejemplo) Finlandia nos saca ventaja porque allí actúan como deben hacerlo (implicando a toda la Comunidad). Habría podido hablar de señales que avisan sobre el acoso escolar, o de los programas que aquí en España están funcionando, pero he decidido abordar el suicidio en niños y adolescentes, que no solo tiene como causa el bullying.

Antes de sumergirme en datos, causas, etc., me gustaría mencionar unas declaraciones de un psiquiatra infantil colombiano llamado Luis Alberto Ramírez: nos cuenta que entre las principales causas del suicidio en menores están la ansiedad en la infancia y la vulnerabilidad de niños y adolescentes que crecen rodeados por un entorno social complicado (tóxico lo llamaría yo). A ellas se suman el miedo al fracaso y al futuro; si lo envolvemos con la incomprensión de los padres, podemos desatar hechos de terribles consecuencias. Es muy llamativo que mencione el ‘reto’ que plantean los padres cuando se encuentran a niños frustrados… ‘¿os suena una niña o un niño desesperanzado que amenaza con hacerse daño, y sus padres le animan sarcásticamente?’.
Pues bien, todos entendemos que un progenitor no quiere que su hijo ejecute la amenaza, pero tratándolo de esa forma, es precisamente lo que pueden favorecer. Así que mucho cuidado, y sobre todo mucho amor y comprensión con niños que tienen una temporada difícil; que no se nos nuble el entendimiento, y tengamos la oportunidad de buscar ayuda profesional si es necesario.
¿Qué explica la conducta suicida en menor de edad?
En niños pequeños el suicidio se produce raramente, aumentando de forma preocupante a partir de la adolescencia (recordemos que ésta puede empezar a los 10 años). En Estados Unidos, y según los CDC, es la tercera causa de muerte en la franja de edad de 15 a 24 años (después de accidentes y homicidio). Y tan alarmante es que una persona con 15 años se quite la vida, como que por cada muerte por suicidio se hayan producido aproximadamente 25 intentos, lo que indica un sufrimiento silencioso mucho más amplio.
Según observamos en el cuadro publicado por la OMS (en el que el suicidio aparece entre las principales causas de muerte en las edades de 10 a 19 años a nivel mundial), el problema no es aislado ni exclusivo de un país concreto, sino una realidad global que afecta a culturas, sistemas educativos y familias muy diferentes.
Me quedo ‘de piedra’ cuando leo que la crisis social, familiar e incluso moral, afecta negativamente al comportamiento de los adolescentes, y que en ocasiones el suicidio se percibe como una solución.
No debemos juzgar sus pensamientos, ni subestimar sus amenazas, sino esforzarnos por entenderles y prestarles el apoyo que necesitan, porque habrá momentos en los que el soporte de una madre, de un padre o de otro adulto significativo sea lo único que crean tener. Con frecuencia, el impulso de ‘buscar la muerte’ surge de un estado depresivo intenso o de una situación de angustia que ven como interminable.
Lo que está claro es que un niño a partir de los 9 o 10 años, y muchas veces antes, sabe perfectamente que la muerte no es reversible, así que debo repetir: no te tomes a broma si escuchas a un chico o chica hablar de que quiere morir, de que su vida no tiene sentido o de que los demás estarían mejor sin él o sin ella. Para ellos, esas frases pueden ser la forma más directa de pedir ayuda.
Es importante recordar que alguien que está considerando suicidarse probablemente esté atravesando una condición de salud mental (depresión, ansiedad intensa, trauma, consumo de sustancias…) que afecta a sus procesos de pensamiento. No es falta de carácter ni debilidad, del mismo modo que una persona con un brazo roto no es débil por no poder levantar peso. Hablar de suicidio como un problema de salud ayuda a reducir el estigma y a abrir la puerta a la ayuda.
Factores de riesgo
Si tienes un hijo adolescente, quiero que sepas que está atravesando una etapa preciosa y llena de posibilidades: más libertad que años atrás, menos responsabilidades que cuando sea adulto, amigos por conocer, lugares por descubrir, el primer amor, el descubrimiento de la identidad, las relaciones sexuales, los planes de futuro… Pero son también unos años inciertos en los que puede prevalecer el estrés o el bienestar, o ambos a la vez. Depende de muchas cosas: de la personalidad, de la escuela, del grupo de iguales y, en gran medida, de la relación con los padres y cuidadores.
En Kids Health y otras fuentes especializadas encontramos una relación de factores que aumentan el riesgo de suicidio:
- Intentos previos de suicidio, aunque hayan sido interpretados como ‘llamadas de atención’.
- Antecedentes de depresión u otros trastornos mentales, o suicidio en la familia.
- Abuso emocional, físico o sexual (maltrato en cualquiera de sus formas), incluyendo el bullying y la violencia de pareja en adolescentes.
- Trastornos psicológicos como depresión, trastorno de ansiedad, trastorno por déficit de atención e hiperactividad, trastorno de la conducta alimentaria o consumo de tóxicos; sentimientos intensos de angustia, irritabilidad o vacío.
- Malas relaciones familiares, alta conflictividad en casa o aislamiento social por no tener tampoco apoyo en su entorno.
- Hostilidad de los demás hacia su orientación sexual o identidad de género (bisexualidad, homosexualidad, transexualidad u otras diversidades), lo que incluye discriminación, insultos y exclusión.
- Sentimientos de desesperanza causados por un fuerte complejo de inferioridad, humillaciones repetidas o fracasos acumulados (académicos, sociales, deportivos…).
- Eventos vitales estresantes, como la pérdida de un ser querido, una ruptura sentimental intensa, cambios de escuela o de ciudad, problemas legales o dificultades económicas graves en la familia.
- Exposición a suicidios de personas cercanas, compañeros o figuras mediáticas, especialmente cuando se percibe como una salida ‘romántica’ o inevitable.
Los adolescentes se quitan la vida recurriendo con frecuencia a la sobredosis de medicamentos (recuerda el caso de Alan), a métodos de asfixia, o saltando desde grandes alturas. Por eso es tan importante que las familias revisen la seguridad en el hogar: acceso a fármacos, a armas en países donde estén presentes, a lugares de especial riesgo, etc.
Según indican algunas fuentes, las niñas piensan el doble en el suicidio, y los niños fallecen por suicidio cuatro veces más que las chicas.
Esta diferencia se explica, entre otros factores, porque las chicas suelen utilizar métodos menos letales y piden ayuda con algo más de frecuencia, mientras que muchos chicos han sido socializados en la idea de que mostrar vulnerabilidad es signo de debilidad, lo que dificulta que expresen su sufrimiento a tiempo.
Tu hijo te está enviando señales…

Tu hijo o tu hija te envía señales continuamente acerca de sus emociones, inquietudes, preocupaciones; te habla sobre sus problemas incluso cuando no abre la boca. Los adolescentes necesitan ser escuchados por sus padres y profesores, lo que ocurre es que se comunican de otra forma con nosotros. No esperes a un peque que te sigue con la mirada, que te ‘adora’ y que espera impaciente a verte para contarte atropelladamente cinco cosas al mismo tiempo. Pero tú aún desempeñas un papel muy importante y necesario en sus vidas, y ese papel incluye aspectos como ayudarles a enfrentarse a este mundo o protegerles cuando corren peligro.
Antes os he contado que el suicidio es una de las principales causas de muerte entre la población adolescente; ahora os tengo que decir que la incidencia no hace más que aumentar en muchos países, así lo confirman datos de (por ejemplo) Argentina, país en el que los casos se triplicaron a principios de la década anterior. No es para tomarlo en broma, y tampoco para pensar que ‘esto aquí no pasa’.
Lo admitamos o no, es la propia sociedad con sus exigencias; o bien son determinadas circunstancias relacionadas con la escolarización (fracaso, hostigamiento), con la familia (abusos sexuales), con las redes sociales (humillaciones públicas, viralización de imágenes), las que empujan a personas que aún no han alcanzado la mayoría de edad a quitarse la vida. No digo que no sea dramático el suicidio en un adulto, pero ¿no es profundamente injusto que se produzca cuando aún no se ha tenido ninguna oportunidad de desarrollar sus potencialidades?
Además, hoy los niños y adolescentes están expuestos a un flujo constante de mensajes sobre suicidio y autolesiones en internet: memes, chistes, vídeos, series, canciones… A fuerza de repetirse, muchas de estas bromas pueden llegar a normalizar la idea de no querer vivir. Padres y educadores a menudo se sorprenden (“¿cómo puede un niño tan pequeño considerar el suicidio?”), pero subestimamos lo que ven, leen y comparten en línea.
Señales visibles
Las señales que presentamos a continuación son manifestaciones a las cuales es necesario prestar atención, sobre todo si aparecen de forma descontextualizada, o sin un motivo aparente y claro. Recordemos que casi el 80 % de los jóvenes que intentan suicidarse han dado señales previas, a veces de forma sutil, a veces muy clara:
- Comportamiento violento o impulsivo, discusiones frecuentes, estallidos de ira.
- Dificultades para concentrarse en clase, en los deberes o en actividades que antes disfrutaba.
- Aparición de dolores físicos recurrentes (cabeza, estómago), fatiga intensa o quejas somáticas sin causa médica clara.
- Pérdida de interés en actividades de ocio habituales: deportes, música, videojuegos, quedar con amigos.
- Cambios llamativos en la personalidad (por ejemplo, de ser sociable a aislarse, de ser tranquilo a mostrarse irritable todo el tiempo).
- Expresiones verbales relacionadas con sentimientos de infravaloración hacia sí mismos: “no me importa nada”, “no quiero seguir siendo un problema”, “mi vida no tiene sentido”, “todo estaría mejor sin mí”.
- Pensamientos extraños o muy negativos sobre la vida y la muerte, obsesión con la idea de desaparecer.
- Dejar de lado a sus amigos, evitar el contacto social, aislamiento creciente.
- Uso de alcohol o drogas como intento de evasión o anestesia emocional.
- Abandono en su apariencia personal: deja de ducharse, de cambiarse de ropa, de cepillarse los dientes, cuando antes sí lo hacía.
- Regalar objetos importantes, despedirse de personas cercanas o escribir mensajes de despedida en redes sociales.
- Hablar o bromear de forma recurrente sobre querer morir, desaparecer o no existir, incluso si lo hace en tono aparentemente sarcástico.

Si conoces a algún niño o adolescente que presente estos cambios mantenidos en el tiempo, considera seriamente la opción de recurrir a un profesional de la salud mental (psicólogo infantil y juvenil, psiquiatra, unidad de salud mental infanto-juvenil) para que le ayude a él y a su familia. ‘Dejar pasar el tiempo’ es casi lo peor que puedes hacer, ya que el afectado está expuesto a un riesgo que puede aumentar.
La depresión y las tendencias suicidas se pueden y se deben tratar; es obligación moral de la familia no minimizar el sufrimiento y buscar a alguien cualificado, para favorecer un desarrollo más saludable de los chicos y chicas. No es cuestión de ser padres perfectos, sino de estar lo bastante presentes como para darse cuenta de que algo va mal y pedir apoyo.
Adolescentes y depresión: ¿consecuencia de conductas intimidatorias?
La depresión no se manifiesta (o no siempre) mediante tristeza; hay personas que simplemente ‘se dejan’, en el sentido de no cuidarse, otras están de mal humor, duermen mal…
Un estudio de la American Academy of Child and Adolescent Psychiatry indica que, aunque las consecuencias del bullying están bien descritas, aún se sabe poco acerca de sus secuelas a largo plazo. En ocasiones leemos sobre su repercusión en la edad adulta, pero ahora son menores, y debemos esforzarnos en cuidarles.
El trabajo señala que, en general, los adolescentes que sufren acoso sienten tristeza durante varias semanas (aproximadamente un 30 %), tienen ideas suicidas (un 22 %), e intentan suicidarse (alrededor de un 8 %). Pero las víctimas de bullying son tres veces más propensas a tener ideas o intentos de suicidarse que sus compañeros no acosados. El mensaje es claro: el acoso no es un juego, es un factor de riesgo grave.
A esto se suma que muchos niños y adolescentes han empezado a utilizar bromas sobre suicidio y deseos de muerte (“ojalá no despertarme mañana”, “me quiero morir”) como forma cotidiana de expresar frustración. A veces sí son bromas sin mayor intención, pero con demasiada frecuencia son el reflejo de un malestar real que no encuentran cómo nombrar de otra manera. Por eso es más seguro verificar siempre qué hay detrás de esos comentarios.
A los adultos nos pasa que tenemos miedo de preguntar si sospechamos, porque entendemos erróneamente que al hablar de tristeza o de ideas suicidas, le daremos alguna ‘mala idea’ a nuestros hijos. Las investigaciones muestran que esto no es cierto: hablar abiertamente, con calma y sin juicio, no induce pensamientos suicidas en quien no los tenía; al contrario, suele ser un alivio enorme para quien ya los arrastraba en silencio.
Recuerda que a partir de los 9 años un niño ya sabe que no es posible revertir una muerte, y que puede afectar a cualquiera. Por eso somos los adultos responsables de los niños, y la sociedad en general (incluyendo la escuela, los servicios sanitarios y las comunidades online) los que debemos responder a este reto: como he mencionado, es una mala idea tomarse a broma los pensamientos suicidas, porque para ellos es muy serio, aunque lo digan medio riendo o en forma de meme.
Por qué es mala idea tomarse a broma los pensamientos suicidas de un niño
Cuando un niño o adolescente verbaliza que quiere morir, aunque lo haga con risa nerviosa o en tono aparentemente sarcástico, lo más prudente es asumir que puede estar pidiendo ayuda. Quizá no quiera morir literalmente, pero puede que no vea una salida a su sufrimiento y esté tanteando si hay alguien dispuesto a escucharle de verdad.
Minimizar (“no digas tonterías”), ridiculizar (“venga, mátate si quieres”) o acusar (“solo quieres llamar la atención”) no solo no ayuda, sino que puede aumentar la sensación de soledad y de incomprensión. Desde su punto de vista, ese comentario puede confirmar que efectivamente “nadie se preocupa”, “nadie me entiende” o “mi dolor no importa”.
Es importante reinterpretar el mito de que quien habla de suicidio solo quiere llamar la atención: toda verbalización de suicidio, de desvalorización extrema (“no valgo nada”, “soy una carga para mis padres”, “mi vida no tiene sentido”), es una señal de sufrimiento que no sabe gestionar. Es, por tanto, una oportunidad para intervenir, no algo que debamos ignorar.
Al igual que no dejaríamos sin atención un dolor físico intenso, tampoco deberíamos ignorar un dolor emocional expresado con frases tan radicales. Un niño o adolescente que se siente al borde del abismo necesita que alguien valide lo que está sintiendo (“entiendo que lo estás pasando muy mal”), se lo tome en serio y le ayude a buscar ayuda adecuada.
Cómo preguntar y cómo ayudar si sospechas que tu hijo tiene ideas suicidas

Incluso los adultos más afectuosos y comprometidos no pueden leer la mente de un niño. De hecho, hay estudios que muestran que casi la mitad de los padres cuyos hijos adolescentes pensaban en suicidarse no lo sabían. Estos datos nos recuerdan que, si estamos preocupados, necesitamos preguntar directamente.
Algunas recomendaciones prácticas:
- Elige un momento tranquilo, sin prisas ni distracciones, en el que podáis hablar en privado (por ejemplo, mientras vais en coche, paseáis o veis algo juntos).
- Empieza expresando cariño y preocupación genuina: “Me importas muchísimo, y he notado que últimamente estás diferente. A veces, cuando una persona se siente así, puede llegar a pensar en hacerse daño o en no querer vivir. ¿Te ha pasado algo así por la cabeza?”
- Haz la pregunta de forma clara y directa: “¿Has pensado en quitarte la vida?” Formularlo así no le mete la idea en la cabeza; le da permiso para hablar de algo que quizá ya estaba ahí.
- Escucha sin interrumpir, sin sermonear y sin minimizar. Aunque lo que diga te asuste, intenta mantener una actitud calmada y acogedora.
- Evita frases del tipo “eso son tonterías”, “mucha gente está peor que tú”, “deberías ser más fuerte”. En lugar de eso, reconoce su dolor: “Debe de ser muy duro sentirse así”, “gracias por contármelo, confío en ti”.
Después de escuchar, tu mensaje clave debería ser: “no estás solo/a y vamos a pedir ayuda juntos”. Si tu hijo expresa un plan concreto o dice que no puede dejar de pensar en morir, es una señal de que necesita atención inmediata de un profesional y, según la gravedad, acudir a urgencias o contactar con los servicios de emergencia o líneas de ayuda disponibles en tu país.
En situaciones menos urgentes, pero aún preocupantes, es esencial contactar con su pediatra, médico de familia o psicólogo para valorar el riesgo y elaborar un plan de seguridad. Estos planes incluyen pasos claros sobre qué hacer si vuelven las ideas suicidas: a quién llamar, qué actividades ayudan a calmarse, a qué adultos puede acudir, cómo limitar el acceso a medios letales, etc.
Cuidar a alguien en riesgo de suicidio puede ser también emocionalmente agotador para la familia. Es importante que los adultos de referencia busquen su propio apoyo (terapia, grupos, asesoramiento) y que recuerden que su bienestar también cuenta: para sostener a un hijo que sufre, hay que cuidar mínimamente de uno mismo.
La idea de que un niño hable de no querer vivir resulta devastadora, pero hablar de ello con claridad, escuchando de verdad y pidiendo ayuda profesional a tiempo, puede marcar la diferencia entre una tragedia y una recuperación. Tomar cada comentario sobre suicidio como una posible petición de ayuda, y no como una exageración o un chantaje, es una de las formas más directas de proteger la vida y la salud mental de nuestros hijos.
Al final, lo que más necesitan niños y adolescentes que atraviesan una crisis no es que les quitemos importancia a sus palabras, sino que alguien les diga, con hechos y no solo con frases hechas, que su vida importa, que su dolor tiene sentido y que hay alternativas reales al suicidio para manejar lo que están viviendo.




