La excesiva autoexigencia de las madres

Desde el inicio de los tiempos el rol de la mujer y madre ha sido principalmente de cuidadora de la casa y los hijos.

La mujer y madre desde el principio de los tiempos ha ejercido un papel de suma importancia. Su rol ha sido principalmente de cuidadora de la casa y los hijos. Añadido a esto su disposición y entrega han sido máximas exigiéndose hasta límites que rozaban lo extenuante. Hoy en día las cosas han cambiado, mejorado, no obstante la autoexigencia de las madres sigue estando muy presente.

La determinación, exigencia y entrega de las madres

Día a día la mujer carga a sus hombros muchas responsabilidades: la casa, el trabajo, el cuidado de sus hijos… La mujer, que además es madre, incrementa su ocupación mental. Todo esto no se presenta sencillo. Una madre no solo limpia, controla si faltan productos de limpieza, qué debe limpiar más a fondo y cuándo, qué ropa debe priorizar para los lavados y cuál necesita planchar antes.

La mente de la madre se ocupa en si falta comida en la nevera o qué menú preparar para marido e hijos, cambiar camas, toallas, lavar determinadas prendas a mano… Son muchas las madres que mientras trabajan en sus oficinas anotan en post-its ciertas tareas pendientes que se les han acordado. Piensa en recoger al niño del colegio o las clases extrescolares, ayudarle con sus deberes, darle su medicina, dormirle… La mente de la mujer no descansa y le abordan varios problemas o temas a resolver.

Hoy en día han mejorado las cosas. El hombre ayuda en casa, no obstante hay que hacer hincapié en la palabra “ayuda”. Muchos hombres complementan a la madre, pero no llevan el gran peso. Como siempre hay excepciones. Hay dedicados hombres que se encargan del cuidado de hijos y del hogar por decisión propia, pero un mayor porcentaje lo ocupan las mujeres.

Antiguamente existía mucha presión social, más que en la actualidad. Una madre era juzgada ferozmente por su entorno si no se mostraba como la perfecta esposa y cuidadora de su hogar e hijos. Esto ha ido haciendo mella con el paso de los años. Nuestras madres todavía refieren frases como “Has de saber cocinar, planchar o…, ¿qué harás?” Todavía muchas de ellas sirven a los comensales, se sientan las últimas a comer o se levantan las primeras para recoger. Por suerte cada vez menos, aunque todavía se ven anuncios en televisión que ensalzan el papel de la mujer todopoderosa.

Sigue la anticuada creencia de la perfección, casi sumisión que hace que la mujer no se vea apta ni libre para ser madre o esposa ejerciendo sin pedir ayuda. Hoy en día muchas mujeres viven alejadas de sus familias y también en ello radica la soledad de la madre ante ciertas responsabilidades. Vivimos en una sociedad estresante y tradicional donde todavía parece obligatorio cumplir ciertos requisitos para considerarse buena. La madre quiere llegar, se exige demasiado, pero a veces no lo logra.

La presión social en la madre

Por un lado la madre se exige demasiado por presión social y por el otro desea enormemente estar con su hijo pese a su agotamiento.

Si la mujer trabaja fuera de casa, los papeles deben estar bien repartidos. Lo que no puede pretender es hacer todo ella sola y encima bien. Además de esto por norma general la mujer y madre siente que tiene que demostrar su valía. Se siente peor madre si le deja el hijo a su padre o si le pide algo. Incluso en ocasiones tener ocio le parece no actuar correctamente como madre. Pero, ¿realmente hay algo de malo en tener un momento para una misma?

Los hijos siguen viéndose como una total responsabilidad de la madre y ella lo percibe así. La madre ama por encima de todo a su hijo. Él es más suyo que de nadie. Ya cuidó de él 9 meses antes que el padre y nace de su interior. Los primeros meses, incluso años, el vínculo es muy fuerte entre madre e hijo y probablemente esa unión y ese tiempo juntos hace más difícil delegar en el padre. La madre siempre tiende a pensar que con ella estará mejor que en otro lugar.

Por un lado la madre se exige demasiado, por el qué dirán, porque es lo que ha aprendido y visto, porque siempre ha sido así. Y por otro lado desea enormemente estar con su hijo, es algo casi irrefrenable pese a su agotamiento, estrés y dolor físico. La mujer que pide ayuda se siente menos capaz y no quiere molestar ni a familia, ni a la pareja, ni a los amigos. Prefiere no dormir y hacer todo como se supone que debe ser.

Esta situación ocurre sobre todo hasta que el bebé alcanza los 2 o 3 años y ya se vale más por sí mismo. El niño no necesita tan intensamente los cuidados de su madre, incluso si mama puede estar cierto tiempo con su padre. La madre ve que el apego por el padre también es mayor. El hombre se ve más cualificado para atender ahora a su hijo, ya no bebé indefenso.

La culpa que siente la madre pese a que no existe la perfección

La mujer y madre erra cuando se autoexige y busca la perfección. Es normal no llegar y equivocarse.

La madre sufre cuando acabado el día recuerda momentos en los que no ha hecho las cosas bien. Analiza si se ha enfrentado a su marido o hijos, si no ha podido limpiar lo que se había propuesto o se le ha quemado la cena. El andar a cien por hora y sentir que falla hace que la mujer sufra y se culpe. Lo que realmente afecta a la mujer no es cambiar tantas veces pañales, limpiar suelos o acabar el proyecto del trabajo en casa, es no estar a la altura. Lo que hiere a la madre es autoexigirse tanto.

La mujer y madre erra cuando busca ser perfecta. No hay que lanzar ese mensaje. Es normal no llegar y equivocarse. Es necesario delegar, pedir ayuda, buscar consuelo, descansar para estar más fuerte mentalmente y no caer en bucle. Tanto nivel de autoexigencia desgastará emocionalmente a la madre y conllevará que no disfrute de su maternidad.

La madre que busca la perfección decidirá y afirmará que solamente sus acciones son las adecuadas. ¿Quién dictamina qué es perfecto? Una madre decide en su casa y con sus hijos, pone sus normas, ensalza ciertos valores. La sociedad no debe imponer nada. La etapa y los conflictos de la maternidad provocarán en la madre ansiedad y posible depresión porque llega a un punto de no retorno, de no reconocerse, ni reconocer la situación ideal que había supuesto.


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Varios

Ana María Longo Silva nació en Bonn (Alemania) en 1984 y es hija de padres gallegos y emigrantes. Licenciada en Pedagogía en 2006 por la Universidad de Santiago de Compostela, también posee formación en coaching y liderazgo personal, psicología infantil, inteligencia emocional y trastornos emocionales. Colaboró en Woman Actitud, donde destaca el artículo “Vivir”, publicado en 2015. Entre 2007 y 2016, ha realizado trabajos esporádicos como cuidadora infantil y profesora particular, por lo que los niños han sido y son un referente en su vida. Amante del cine, la música y viajar, Mommy: amor en uso es su primer libro editado. Le sigue Mamá...: ¡Teta! Lactancia materna. Actualmente, reside en Palma de Mallorca. Está casada y es madre de una preciosa bebé, quien le ha despertado el deseo y el valor para publicar. Actualmente también es redactora en la revista Bekia y colabora en el blog Madres Hoy, publicando sobre temas de maternidad, una temática que le fascina y a la que dedica el tiempo completo. Con su trabajo quiere apoyar y ayudar a madres primerizas y futuras madres. En cuanto a sus proyectos, tiene pendiente publicar un libro sobre el comportamiento humano.

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